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¿Qué busca Henrique Capriles en sus recorridos por Venezuela?

El gobernador venezolano Henrique Capriles Radonski recorre los pueblos de Miranda, su Estado, y en cada una de sus casas tienta la seguridad de sus paredes. Palpa un país en sacudida y los signos de resquebrajamiento de quince años de revolución bolivariana que se estrellaron en el cáncer de su líder, Hugo Chávez. Son casas con techos de zinc y muros de precarios acabados que no conocen la prosperidad del petróleo.

Capriles ha sido criticado por no ponerse al frente de un descontento que en febrero de 2014 –después de una manifestación de estudiantes de la Universidad Católica del estado Táchira en contra de la inseguridad en su campus–, desencadenó una ola nacional de protestas que, tres meses después, dejó más de cuarenta muertos y tres mil detenidos. Capriles va a pie. No cree en liderazgos televisivos, pero denuncia censura en su contra, reclama “no tener una corneta para que lo que yo diga aquí me lo escuchen en todo el país”. Prefiere la fuerza de un mensaje que se enuncia de frente, ante la evidencia de la necesidad, y que escucha las palabras de quienes viven en cada pueblo. Va vestido con una camiseta tipo polo verde oscuro que oculta el sudor. Se protege del sol con una gorra tricolor –como la bandera de Venezuela– que se convirtió en un símbolo de la oposición venezolana durante sus campañas presidenciales.

La banda estatal recibe a Capriles y su gabinete con los acordes de la canción “Barlovento, tierra ardiente del tambor”, mientras él, pecho afuera y sonrisa de candidato, sonríe y abraza. Allende a la costa central de Venezuela, la región es famosa en el país por su estruendo de fiestas y percusiones telúricas. Tomada en su extensión por pequeños caseríos y pueblos rurales, los treinta y cinco grados de temperatura suspenden el tiempo en un sopor elástico, mientras el reloj se deshace como un sueño.

El Chinchorro, pueblo conformado por unas treinta casas, se asienta acunado en una pendiente que asemeja a una hamaca. De ahí su nombre, como se conoce en Venezuela a esa suspendida forma de descanso. La carpa principal, desde donde el Gobernador se dirigirá a los asistentes y entregará canastillas para las embarazadas y certificados de construcción, está en la explanada de un taller mecánico, cedido por sus dueños. A los costados, más tiendas: juegos de ajedrez para los niños, termos con agua, listas, programas.

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El Gobernador hace una enérgica entrada. Mientras pasa las filas de sillas de plástico, los asistentes se ponen de pie en un ritual de besos, abrazos y saludos que se ha convertido en la danza canónica de la política en campaña. La asamblea parroquial la inauguran integrantes de la comunidad, quienes se dirigen a sus vecinos y al Gobernador para contarles sus problemas: la falta de agua corriente, de una cancha deportiva, de insumos para construir mejores casas. Yésika Morales, líder de la convocatoria, está en el centro simbólico del estado Miranda. Se pone de pie y le gritan: “¡Vamos, negra, que sí puedes!”, y ella, con una voz tímida que no disimula su nerviosismo responde: “Desde el 2009 estoy detrás de esto. Es la primera vez que nos visita un gobernador en ejercicio”.  Capriles preside la mesa de autoridades y responde adusto a cada palabra que escucha. El público, en cambio, hace vítores ante sus voceros. Yésika prefiere una declaración de principios con recibimiento unánime: “Le digo, Gobernador, que a pesar de que vivamos en El Chinchorro no estamos achinchorrados”. Cientos de personas toman los alrededores, entre ellas niños de las escuelas municipales que sostienen pancartas de bienvenida, maestras sudorosas y orgullosas. La fuerza magnética del acontecimiento sacude la modorra de la humedad ante la esperanza de nuevos techos, de ropa para el bebé y bolsas de mercado dispuestas en filas para repartir entre los beneficiados.

Henrique Capriles Recorre Una Venezuela Sacudida. Fotografia De Tomas MujicaHenrique Capriles recorre una Venezuela sacudida. Fotografía de Tomás Mujica

 

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Capriles confía en el trabajo del peregrino, de quien toca las puertas de las casas de los más pobres y los escucha: sostiene bajo el brazo un fajo de cartas que le hablan sobre las cuitas de una Venezuela que dice conocer como la palma de su mano. Precede al Gobernador el rumor de las carpetas que contienen más cartas. De tinta azul, negra, roja, del grafito de los lápices, un río de descontento que serpentea por toda la curva de El Chinchorro entinta los papeles que sostienen con ahínco y diligencia cada uno de los solicitantes. Lo rodean pobladores de comunidades vecinas que aprovechan la oportunidad para entregarle en persona sus peticiones. El gobernador Capriles las recibe todas. Se le acumulan en la mano derecha como a un pasante al que le exigen sacar muchas copias, con la diferencia de que él mira de frente a cada uno de sus interlocutores: les pregunta por sus necesidades, les responde con certezas. En ningún momento luce atribulado por el leviatán que lo zarandea y le entrega misivas escritas en hojas blancas, en folios arrancados de cuadernos. Antes que con automática solidaridad emotiva, responde con información a cada uno de sus interlocutores: “¿Pero qué, es un problema de construcción?”, “¿Ya te anotaste en el programa? ¡Anótese!”. Conoce los caminos de la burocracia: “¿No tienes trabajo? ¿Eres maestra? Debes concursar en la Zona Educativa”. Y distribuye las responsabilidades: “Eso es con los de la Casa del Pueblo, ellos se encargarán”.

El estado Miranda es el segundo más poblado de Venezuela, con un poco más de tres millones de habitantes. Asiento de la ciudad de Caracas, es una codiciada plaza electoral. Por eso, después de perder frente a Hugo Chávez en las presidenciales del 2012, Capriles se lanzó a la reconquista de una región de cuyo gobierno se había separado durante la campaña presidencial. Obtuvo la victoria frente a Elías Jaua, hasta entonces vicepresidente de la República, con un 51% de los votos.

Una acusación constante en contra de Capriles es la de desatender las responsabilidades de su cargo para dedicarse a la oposición. Por eso, en marzo del 2013, Nicolás Maduro designó al derrotado Jaua como Protector de Miranda. A la cabeza de la Corporación de Desarrollo Integral del Pueblo del Estado Miranda, Jaua se encarga de “dar respuestas rápidas y oportunas en la resolución de problemas de la entidad”, según reseña la web oficial de Nicolás Maduro. “El único protector de Miranda es Dios”, respondió Capriles, reconocido por su fe católica.

Quienes asisten al gabinete parroquial son los que están más conscientes de esa pugna entre autoridades. Están para que los escuchen, de la instancia que sea. Heidy es una de ellas. Viene en representación del sector La Marturetera, una zona montañosa donde no llegan los servicios básicos y las viviendas están “en peores condiciones que las de aquí, se están cayendo, son puros ranchos”. Describe su comunidad como una alejada zona de verde y tierra, que creció bajo el frágil resguardo de la informalidad. Esperaba desde temprano con su carpeta en la mano. En el camino, se burlaban de ella, le decían que Capriles no asistiría al acto: “Ese señor no va a ir para allá, es mentira”. O la confundían diciéndole que tomara un bus de transporte público en la dirección contraria. Finalmente logró llegar y risueña pudo alzar su folio amarillo sobre el mar de manos y entregársela al Gobernador. “A ver qué pasa”. Es el acostumbrado peregrinar hacia las autoridades. Una forma de hacer política en que las instituciones cobran sentido a partir de la coyuntura, en forma de carpa oficial, y la arrolladora pero efímera presencia del poder.

Las Casas Del Chinchorro Que El Gobernador Palpa. Fotografia De Tomas Mujica

Las casas del Chinchorro que el Gobernador palpa. Fotografía de Tomás Mujica

 

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Para llegar a El Chinchorro desde Caracas hay que recorrer durante una hora la autopista Gran Mariscal de Ayacucho, principal vía de comunicación hacia el oriente del país. Lleva en construcción desde mediados de los años setenta, cuando un empuje de prosperidad petrolera permitió fabular una nación moderna. Cuarenta años después apenas ha sido inaugurada por tramos que asfaltan periódicamente pues se agrietan con cada temporada de lluvias. Sobre las once de la mañana comienza el mitin. Capriles se pone de pie y respalda su figura atlética para hablar de una futura cancha. “Nosotros a los que nos gusta hacer deporte”, dice. Tiene cuarenta y dos años y  asegura seguir la política, leer periódicos, desde los siete. Exhibe una barba rala que a ratos se transforma en tema de discusión en las redes sociales venezolanas con fanáticos y detractores. Pide aplausos para Yésika Morales y explica: “Fíjense, gracias a una de esas cartas hoy estamos aquí”. Dice que las leen todas, que el estado es muy grande y cuesta atenderlo. “Pero la perseverancia de Yésika nos reúne hoy acá”, reflexiona el Gobernador. “Siempre les digo: no cesen de insistir. Yo trabajo para ustedes, soy un servidor suyo”. El público mira con atención. Capriles les asegura: “Aquí vamos a hacer compromisos”. Y aprueba recursos para la reparación de un tanque de agua, para repavimentar las vías aledañas. Pide vencer el miedo, y hace una defensa de lo propio. “¿Cómo puede ser que en la construcción de viviendas que está aquí cerca, con tanto desempleo que hay en nuestro país, no haya trabajando ningún venezolano?”.

Por los veinte minutos de carretera rural que conecta a El Chinchorro con la autopista hay que atravesar uno de los sitios de construcción de la Gran Misión Vivienda Venezuela, uno de los operativos del gobierno venezolano, heredados del hacer político de Chávez, para saldar el déficit habitacional de casi tres millones de hogares. Sobre la fachada del campamento destacan las identificaciones de la empresa china Citic construction. Los tractores se pasean con choferes asiáticos que intentan resistir las inclemencias del trópico. Capriles critica esa selección de personal, bajo la mirada seria de los asistentes. La obra consiste en más de dos mil doscientos apartamentos como primera fase de unos veinte  mil que se proyectan. Un complejo de edificios de cinco pisos, entre los que se planean escuelas, centros asistenciales, deportivos y culturales, en cuya construcción, denuncia, pudieran estar trabajando venezolanos. Se concentra en ese inciso del discurso, de pasada, la coyuntura de una jurisdicción que se pelean un gobernador, un protector, y todo lo que existe en el medio, hacia arriba y hacia abajo. Capriles habla: “El petróleo es de ustedes, el pueblo no debe ser conformista. El gobierno debe intervenir como un padre que abraza al hijo”. Es una frase que se dice con el peso de las décadas de renta, que resuena con el reventar de los primeros pozos petroleros durante los años veinte en Venezuela.

 

El Recorrido Por El Chinchorro. Fotografia De Tomas Mujica

El recorrido por el Chinchorro. Fotografía de Tomás Mujica

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Henrique Capriles Radonski comenzó su trayectoria política a los veinticinco años, cuando fue elegido diputado por el estado de Zulia. Dos años después, en 1999 se convirtió en el presidente más joven de la Cámara de Diputados del Congreso venezolano. Quince años más tarde continúa con una carrera que le otorgó dos veces el puesto de alcalde del municipio caraqueño de Baruta (en 2000 y 2004), y de gobernador de Miranda (en 2008 y 2012). Sus únicas dos derrotas electorales han sido presidenciales: en octubre de 2012 contra Hugo Chávez —vencido unos meses después por el cáncer— y contra su sucesor, Nicolás Maduro, en abril de 2013.

Hacemos una pausa en el recorrido y el gobernador me atiende en una casa que ofrecen los vecinos. Sentado en la sala habla de su trayectoria como líder de la oposición y de la especial coyuntura en la que se encuentran las fuerzas que se aspiran a realizarse como una alternativa al chavismo después de Chávez. Ha recorrido el país y esa experiencia hace reafirmar su posición, que él califica de irreverente. “Pero para algunos es traición, hasta cobardía”, afirma. La oposición venezolana tuvo una escisión a partir de “La Salida”, un movimiento que se propuso encabezar las protestas populares iniciadas en febrero de 2014 para lograr un cambio político. Estaba liderada por María Corina Machado, diputada; Antonio Ledezma, alcalde mayor de Caracas y Leopoldo López, ex alcalde del municipio caraqueño de  Chacao, hoy preso después de que el Gobierno lo acusara de instigación a la violencia.

Meses después del punto álgido de las manifestaciones, con el conflicto aplacado, la crisis económica prevalece. Para Capriles el movimiento estuvo impulsado en su mayoría por sectores de la clase media que no supieron sintonizar su descontento con la mayoría del país. Ve ahora una oportunidad para la unión: “Los problemas que hay hoy en nuestro país afectan tanto al que vive en la urbanización como en el barrio: la escasez, la inseguridad, la falta de oportunidades. Yo creo en lo social que convoca a lo político, y no al revés”.

Sin señales de una apertura política de parte de Nicolás Maduro, después de La Salida, el 67% de la población percibe la situación del país como negativa y más del 62% culpa al gobierno de Maduro, según cifras de la encuestadora Consultores 21 reveladas en agosto de 2014. Un dato más ofrece una perspectiva acerca de cómo las protestas influyeron dentro de la misma oposición: Leopoldo López pasó a ser el líder principal con 49% de agrado, seguido de María Corina Machado y, en tercer lugar, Henrique Capriles Radonski con un 43%.

 

Capriles Explica Sus Diferencias Con Otros Lideres De La Oposicion. Fotografia De Tomas Mujica 0

Capriles explica sus diferencias con otros líderes de la oposición. Fotografía de Tomás Mujica

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El calor se difunde por las paredes azules,  como una invisible y densa bruma. Los dueños de la casa que ha recibido a Capriles, apurados, traen un aire acondicionado portátil que él rechaza enérgicamente. La sala, decorada con fotos familiares enmarcadas con distinta vocación barroca, da vista hacia la cocina, donde el Gobernador se pasea para conversar sobre la preparación del día y atender los reclamos cotidianos de sus dueños.                                                   

El hombre acusado por la oposición de no ser capaz de articular un mensaje que trascienda promesas electorales, se mantiene como un creyente del trabajo cara a cara. En sus actos es interpelado, más que por angustias nacionales, por asuntos de gestión. Acusa de frágil el gobierno de Nicolás Maduro: “El pueblo chavista, al que respeto, está profundamente huérfano”. Dice que el gobierno se sostiene cada vez más sobre el control institucional, no sobre la base del apoyo popular. Una especie de inercia sin rumbo. “Quienes están ahora en el poder no tienen la más mínima visión hacia dónde llevar al país”. Como respuesta a los reclamos que le hace tanto la dirigencia opositora como sus seguidores, Capriles cree en reconocer los descontentos de los diferentes sectores, sin desestimar al otro: “Les pido solidaridad en el momento que vivimos”. Se pregunta entonces por qué ese pueblo chavista no termina de dar el paso. Aventura una respuesta: “Tienen una desconfianza del discurso opositor que más se ha hecho escuchar estos últimos meses. El pueblo chavista entonces dice: aquí estoy jodido, estoy pasándola duro, pero ¿voy a salirme de aquí a ese discurso excluyente, polarizante? No, hermano”. Esa realidad que se expresa en las cartas que recibe y en los relatos de quienes se lee acercan para pedir ayuda es un síntoma de lo que le reclaman: no ser capaz de aglutinar una mayoría en una visión de país que mire más allá de los problemas cotidianos y se transforme en una alternativa al chavismo.

 

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Henrique Capriles recibe cientos de cartas. "Las leemos todas", asegura. Fotografía de Tomás Mujica

 

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En el ir y venir de epístolas, una resonó con especial fuerza. Jorge Giordani, ideólogo del modelo económico de Chávez, renunció al Viceministerio de Planificación y Finanzas. Tras su salida, hizo pública una misiva a partir de la que se pudieron conocer las diferencias dentro de la cúpula chavista. Y es precisamente detrás del control de cambios, una estrategia ideada por Giordani en el 2003 para restringir las transacciones en moneda extranjera y recuperar la caída de las reservas internacionales, donde yace una de las razones para entender cómo se sostienen los grupos de poder en Venezuela. Un acuerdo que mantiene las paredes del proyecto nacional, una estructura a la que se enfrentan políticos que, como Capriles, aspiran a un cambio de modelo que ya muestra signos de decadencia: el país presenta un 60% de inflación interanual y un 28% de índice de escasez, según cifras del Banco Central de Venezuela. Factores que explican por qué la CEPAL estimó que Venezuela será el único país de América cuya economía se contraerá este año.

Después de la turbación que dejaron las protestas, destaca un cambio dramático en el sistema de medios venezolano: la venta de importantes empresas de comunicación en Venezuela como la Cadena Capriles —con la que el Gobernador no guarda relación—, Globovisión y El Universal. Capriles denuncia una cortina de censura frente su accionar público. Advierte que necesita difundir lo que ha hecho en su estado: “Desde Miranda yo he podido construir una narrativa, tenerla y ejecutarla: ahí está la fuerza”. Carlos Delgado Flores, director del Centro de Investigaciones para la Comunicación de la Universidad Católica Andrés Bello, forma parte del contingente de autores que en los últimos días han sumado una epístola pública a su repertorio. Esta vez, a Henrique Capriles Radonski. En sus palabras hacia el Gobernador de Miranda, Delgado acude a la metáfora para caracterizar su tipo de liderazgo: “Dentro del imaginario cristiano hay un arquetipo que funciona para entender la figura de Capriles: el adalid, un caballero con una misión encomendada por Dios”. El analista asegura que esto tiene algo de ventajoso, pues resuena en el ethos del catolicismo popular venezolano, terreno en el cual se ha abonado el mito de Hugo Chávez: “Es una forma de explicar las relaciones clientelares entre el caudillo y sus gestores”.

En su carta a Capriles, le pide que recurra a la potencia del profeta para denunciar la injusticia. Desestima la censura frente a una situación económica catastrófica en que la corrida de anunciantes, la falta de papel y las multas corroen el accionar de los medios. Hace falta, según Delgado, un cambio de paradigma y cree, precisamente, que el discurso que encabeza Capriles ha sido tímido en denunciar “el imaginario mágico, rentista, petrolero”. En Venezuela, afirma, más del 50% de la fuerza productiva no pasa del séptimo grado de educación básica y más de 40% de los jóvenes no considera el estudio como una opción para progresar. La encrucijada de la dirigencia en Venezuela, alega Delgado es “gratificar ese imaginario o desmontarlo”. ¿Qué implica abatir esa concepción en Venezuela? La respuesta es quizás el punto de honor más importante de cualquier conflicto. Delgado lo sentencia sin pruritos: “Eso supone arriesgar el estatus quo”. 

Ricardo Sucre, psicólogo social, se alinea con la apreciación de Carlos Delgado Flores y que enlaza los últimos quince años de Venezuela en una clave interpretativa. En su blog, Política con sentido, afirma que la verdadera fuente de estabilidad política son las “reglas para la apropiación del excedente petrolero y principalmente, su transferencia hacia afuera, por parte de los agentes públicos y privados”. Sucre desestima la “conexión emocional” de Chávez como garante de la estabilidad, como vínculo mitológico de una nación en revolución. Venezuela se sostiene, se desprende de su análisis, en un pacto que permite legitimar la renta petrolera y transar con los capitales que ella genera. El petróleo como motor de una máquina expendedora de dólares sobre la que se trata de erigir un país.

Las cartas están escritas con la densa tinta del petróleo. 

Una De Las Cartas Que Recibe Henrique Capriles. Fotografia De Tomas Mujica

Una de las cartas que recibe Henrique Capriles. Fotografía de Tomás Mujica

 

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La noche anterior al gabinete parroquial, Capriles asistió al Consejo Federal de Gobierno —una reunión entre autoridades municipales, regionales y nacionales—. Se mostró incrédulo ante la discusión sobre la pobreza como una realidad reciente. Allí, cuenta, increpó al vicepresidente de la República, Jorge Arreaza, quien se mostró sorprendido por una zona recientemente empobrecida en el estado Bolívar: “¿Papito, compañero? ¿Dónde estabas tú los últimos quince años?”. Capriles recuerda la denuncia de Jorge Giordani, según la cual desaparecieron veinte millones de dólares en asignaciones a empresas fantasmas. Recurre también a cifras del Instituto Nacional de Estadística: durante los dos años del gobierno de Nicolás Maduro dos millones de venezolanos han caído en la pobreza.

Las maneras de Capriles no siempre destacan por su enérgica forma de recorrer los pueblos. El estoicismo también ha templado su carácter, que lo ha hecho aceptar sus derrotas electorales cuando le ha tocado reconocerlas. Una última renuncia ha hecho especialmente revelador cómo ha respondido Capriles a la crisis reciente: la de Ramón Guillermo Aveledo a la Secretaría Ejecutiva de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), coalición de fuerzas de la oposición. Aveledo, abogado y profesor universitario de reconocida carrera pública, hombre ecuánime y amante de las formas, ha sido el mediador de más de una treintena de organizaciones políticas que buscan una alternativa al chavismo. Decidió separarse de su cargo cuarenta y ocho horas después de una reunión denominada “la encerrona”, en donde se discutieron los conflictos internos de la unidad. Capriles, reporta una crónica de Ewald Scharfenberg y Alfredo Meza, guardó silencio durante la reunión, con una cara de “profunda ladilla”, como se le dice al hastío en vernáculo. Su mudez, atribuida a la “personalidad de Henrique”, fue la manera de manifestar su “desacuerdo con La Salida, con lo que se discutía en la reunión y los métodos inmediatistas” para hacer realidad el cambio político.

Días después, la reacción pública de Capriles a la renuncia de Aveledo ha estado en sintonía con lo que predicaba desde El Chinchorro. Pidió orientar el debate y dejar de discutir asuntos internos: “O nos metemos en la agenda de los problemas de los venezolanos o simplemente el tren pasa y nos quedamos”, afirmó durante un encuentro de reconocimiento a escuelas estatales.

La discusión en la oposición está centrada, según la investigadora en Opinión Pública Iria Puyosa, en conflictos sobre las vías de acción política. La dominante, representada por el partido de Capriles, Primero Justicia, propone trabajar en la vía del crecimiento electoral, mientras la emergente propone la “la movilización social, la vinculación con las organizaciones de la sociedad civil y la activación de la protesta popular”, representada por el partido Voluntad Popular, los salidistas.

En la respuesta de Capriles ante esta coyuntura está uno de los retos definitorios de su liderazgo. Cuando competía contra Hugo Chávez, explica Puyosa, enfrentaba electoralmente a un presidente extremadamente popular, poderoso políticamente, pero prácticamente agonizante. “El estilo de baja confrontación,  de des-ideologización del debate, de populismo moderado, era apropiado para esa coyuntura”, afirma. Pero ahora, en un diagnóstico que Capriles también reconoce, el actual liderazgo del chavismo no posee la misma popularidad sin Chávez. El descontento campea, al galope de la crisis económica y la respuesta autoritaria del Gobierno. Eso exige, según Puyosa: “un liderazgo confrontacional, que se ponga al frente de la movilización social y capture programáticamente las demandas expresadas en las protestas”.

La urgencia de la crisis económica, según resaltan los especialistas, exige acción política en un año sin elecciones y con una crisis económica que se agrava día a día. Las definiciones están en cada lado: el Gobierno está obligado a tomar medidas impopulares en medio de un enorme descontento y la oposición debe replantearse sus estrategias, con el horizonte electoral más cercano puesto en las elecciones parlamentarias de 2015.

 

Venezuela Es El Unico Pais Cuya Economia Se Contraere En 2014. Fotografia De Tomas Mujica

Venezuela es el único país cuya economía se contraerá en 2014. Fotografía de Tomás Mujica

 

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Capriles recorre cada una de las casas de El Chinchorro como un maestro de obras. Golpea las paredes, pregunta por la calidad de su construcción, tantea las grietas, supervisa los techos, en su mayoría hechos de zinc. Acompañado por los habitantes de El Chinchorro, sube un pequeño barranco y llega a ver el tanque de agua que se reparará. Es una breve atalaya de concreto, un fósil que no ha servido nunca. Lo sigue –vestida de jean y camisa blanca– la secretaria de Gobierno del estado Miranda, Adriana D’Elia, quien trabaja con Capriles desde tiempos de la alcaldía de Baruta. Junto con los vecinos, empiezan a fabular cómo será cuando funcione. “Por ahora es solo un pisapapeles”, afirma entre risueña y retadora la Secretaria de la Gobernación.

Bajo el brazo y en numerosas carpetas, el equipo del Gobernador se lleva las cartas a sus oficinas. Las paredes agrietadas vibran con la energía potencial de su futuro. Las casas del estado Miranda, como las de Venezuela, han sido erigidas con la promesa de un país próspero, movido por la renta del petróleo pero que ahora parecieran tambalearse ante la evidencia de la crisis.

La oposición, golpeada después del sacudón de febrero, debate la idea de una Asamblea Nacional Constituyente, cómo construir una mayoría que permita plantearse un cambio de modelo, cómo darle una salida política al descontento que reverbera cuando se tientan los muros maltrechos. Mientras, Capriles vuelve a pensar en hacer gira por todo el país, en auscultar las puertas y seguir tanteando las fracturas. En su apostolado de sudor y apretones de manos, revisa la esmerada caligrafía de las peticiones como un padre que piensa en abrazar a sus hijos. La crisis del país rentista se traduce en esa apurada redacción de descontentos que se acumulan como en el diario de un proyecto fallido, cartas que terminan debajo de un promontorio de concreto construido con la promesa de otra esperanza.

En El Chinchorro el sol perdona sobre las cuatro de la tarde, cuando empieza a quedarse todo solo de nuevo. La tierra se levanta mientras las motos y los carros enfilan hacia sus destinos. En la materialización de liderazgos locales, en la organización de su comunidad, está una de las esperanzas de Henrique Capriles Radonski.