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La primera vez que vi al ‘memorioso’ fue una tarde de 2013, en Marcelino Maridueña, un cantón azucarero ubicado a sesenta y cinco kilómetros al este de Guayaquil. Mi madre, nacida allá, me acompañó en ese viaje; le dijo que se llamaba Martha Adams y le preguntó si la recordaba. “Ah, Adams, sí, usted es la segunda hija de Haydee y nació el 13 de septiembre de 1969. Ella también tuvo un varoncito, el cuarto, que ya ha de estar por cumplir treinta y cinco; él es del setenta y ocho”, le contestó Segundo Arreaga Rodríguez, haciéndole justicia al sobrenombre por el que todos lo conocen en su pueblo.

La gente pasaba en bicicletas y en motos. El cielo, despejado y pintado de un azul zafiro, contrastaba con el rojo espeso del cartel: “Cuerpo de Bomberos Marcelino Maridueña”.  Don Segundo, con una camiseta grisácea  y desgastada, salió de un zaguán frente a la estación para cruzar la calle y sentarse en un banco en la vereda de la avenida Salazar. Allí lo aguardaba Severa Aguirre, una mujer de ochenta años con un serio problema para caminar. Los amigos se acompañan en la esquina de una casa con pintura descascarada y puertas carcomidas por el tiempo y el óxido. Se dedican a esperar a que suceda una de dos cosas: que el local de almuerzos de la señora Margarita, a pocos pasos de allí, aturda el ambiente con el olor de la comida lista para servir; o que Esther, la hija mayor de Severa, les lleve el almuerzo. Esperan a que el día caiga o a que pase algún conocido al que puedan saludar. Severa conoce a mi madre desde chica y, en esta ocasión, fuimos nosotros quienes pasamos a saludarlos.

Severa le susurró a Martha, mi madre, “El doctor me dijo, tiempo atrás, que si no salía de casa no iba a tener mucho tiempo de vida”. Severa sale, pero no mucho. No más allá de la vereda, con una de esas botellas de un litro de Coca-Cola y con unos vasos para brindar. Aunque es la primera vez que la conocía, no dudó en insistir en que le aceptara uno. Una vida de vereda no amerita más que un brindis con Coca-Cola. La chispa de la vida.

Moro –como también le dicen por no haber sido bautizado– y Severa se acompañan mutuamente, aunque casi no hablan entre sí. Sus silencios se acompañan. Severa apoyó su espalda en la gran pared de la casa que, a más de antigua, noté estaba pintada por una añeja y desgastada publicidad amarilla, roja y negra del Partido Roldosista Ecuatoriano. El de los pobres. El de los que salen solo a las veredas. Y brindan solo con Coca Cola.

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Al pie del cantón Maridueña –mejor conocido como “San Carlos” en honor a San Carlos Borromeo, patrono del cantón– pasa el Río Chimbo. El pequeño pueblo está lleno de cultivos de caña de azúcar, que son la base de su economía, por los productos que pueden generarse del bagazo de caña, para hacer papel, o de la melaza para producir alcohol. En la década de los cincuenta se edificó el primer hospital y la planta eléctrica; se construyeron viviendas para los trabajadores y la carretera que los conectó con El Empalme, cantón vecino con amplia zona agrícola. La mayoría de sancarleños trabajan para tres grandes empresas que son parte de su paisaje: el Ingenio San Carlos, Sociedad de Destilación de Alcoholes S.A. y Papelera Nacional.

Severa afirma que cada año, en junio, comienza la zafra y todo se cosecha. Segundo Arreaga, con las manos recogidas entre sus piernas y moviendo los labios en esa mímica que revela la entrada edad de las personas, con la mirada fija en un punto invisible, asiente: “El primero de junio caerá sábado y la zafra dura hasta por agosto. 31 de agosto del 2013 caerá domingo y mi cumpleaños, 31 de octubre del 2013, caerá viernes. Viernes, sábado, domingo”. Es un juego de desvarío que muestra cómo trabaja su memoria y su contabilidad de fechas y calendarios.

En tiempo de zafra, la caña se quema y sus restos son expulsados al aire como plumas escupidas por chimeneas; cubren las calles, las casas, el centro, el parque. “La ceniza cae por todos lados”, cuenta Severa mientras se sirve un vaso de cola. Su pie derecho está ligeramente curvado, evidencia de la poleomelitis que padeció cuando niña.

Las cenizas hoy también caen sobre los relatos que alguna vez circularon entre los habitantes, en tiempos previos al auge del Internet y la televisión. Están, por ejemplo, los que afirman haber visto al diablo bailar sobre una de las chimeneas que queman de la caña. El diablo, por supuesto, no disfrutaba de cualquier ritmo; según cuentan algunos, bailaba Footloose –una canción popular de mediados de los ochenta. Su presencia ocasional en las chimeneas respondería a un pacto con los accionistas principales del ingenio para aumentar la producción de azúcar, y que explicaría las muertes y accidentes ocasionales de los trabajadores. Se los llevó el azúcar. Se los llevó el diablo.

Al paso del tiempo también se han olvidado a otros personajes como el “Come-coco”, un relato-rumor empapado de una gracia perversa: él era un señor real, de carne y hueso, que recibió el apodo por su presunto goce de “descocar” a menores de edad; cuando las niñas jugaban, las madres les ordenaban –entre risas– entrar a casa porque se acercaba, allí venía el Come-coco.

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En el restaurante de Margarita prepararon sopa de arroz de cebada y arroz con carne y ensalada de verduras. Para caminar, Severa debe apoyarse en la silla plástica, en que estaba sentada, que le sirve de andador ortopédico. “No se preocupen, avancen nomás”, dice con una risa fresca.

Los veteranos del lugar conocen bien al Moro, que el 31 de octubre cumplirá sesenta y cinco años. Lava ropa para vivir, así obtiene ingresos para los almuerzos y el pago del alquiler. Los miércoles, me cuenta, algunos vecinos le van a dejar la ropa y él la lava a mano. También tuvo otros oficios: limpiaba casas, hacía los mandados de los vecinos y durante un tiempo fue mesero en el ahora extinto bar ‘300 millones’, donde, según me dice, había “chicas fáciles” y prostitutas. El Moro lava por otros, limpia por otros, recuerda por otros. “Nací en Guayaquil pero he vivido siempre en San Carlos. Tuve tres hermanos, uno murió; los otros viven, una hermana en Guayaquil y otro en La Troncal. Mi madre murió el 4 de junio de 1983 y, como nací en 1948, yo tenía treinta y cuatro. Ella ya va a tener treinta años de fallecida”. Le pregunto si tuvo esposa o hijos. “No, no, nunca”, responde riendo. “Yo soy solo”.

Pero la fama que alcanzó no fue ni por su memoria ni por su oficio: él era popular entre las embarazadas por adivinar el sexo de los fetos. Como los diversos relatos que circulaban entre los habitantes, el Moro encarnaba uno propio por sus dotes de adivino. “Claro, yo le adiviné a Haydee, tu mamá, que su último hijo iba a ser varón”, le dice a mi madre.

– Ahora se van al doctor y con esos aparatos le miran si va a ser varón o mujer, pero a veces no pueden verlo por la posición del bebé. Acá todas iban a donde las parteras; esas le adivinaban lo que ni los doctores podían. Severa, ¿te acuerdas el apellido de las parteras?” pregunta el Moro, fingiendo que ha olvidado.

Pero él mismo se responde:

– Se llamaba María Cerezo y otra era María Anangonó. Cuando los doctores no podían hacer parir a las embarazadas, ellas iban donde Cerezo o Anangonó, quienes les daban puro caliente mezclado con ruda y hojas de higo y el niño se les salía nomás. ¡Va a creer! Ellas decían hasta la hora en que iban a parir y yo les adivinaba el sexo.

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– ¿Y cómo hace para adivinar? –pregunto con curiosidad–.

– Solo veo y lo sé.

-¿Y las embarazadas aún le vienen a preguntar? –interrumpo–.

-No, ya casi nunca –ríe–.

El hijo de la señora que atiende el local donde comemos le pregunta al Moro –quizá tras haber escuchado nuestra conversación– por la edad de uno de sus hermanos que migró a España. “Claro, claro, si él nació por el setenta y seis ya debe estar por cumplir treinta y seis o treinta y siete años”.

 

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El pueblo ha experimentado muchos cambios. Ahora tienen un pequeño centro comercial, un parque central enrejado y remodelado por el municipio. “Ya está más grande San Carlos, han construido bastante. Antes la gente jugaba en las calles; entre todos jugaban”, recuerda el Moro. “Ahora ya no se ve eso. Había un cine y todos íbamos allí, pero como ya la pasan en los televisores y todos tienen uno…”.

Moro no sabe explicar el mecanismo de su memoria lúcida. Afirma que es como un calendario.

-¿Tú, cuándo naciste? –me pregunta Segundo.

-El nueve de noviembre.

-¿De qué año?

–Del ochenta y ocho.

–Tú entonces ya vas a cumplir veinticinco años y naciste un miércoles.

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Mi madre y yo nos despedimos para tomar un bus de regreso a Guayaquil. Severa nos dio un abrazo cálido y fuerte. Moro el memorioso también se despidió con afecto. Mientras avanzamos, ambos nos hicieron señas con la mano desde la vereda, a la que salen a diario, para alargar su tiempo de vida. La Coca-Cola con la que brindamos se había caído en el suelo. En la esquina de la pared asomó lo que parecía ser el rostro de Abdalá Bucaram. Del que los ecuatorianos nos despedimos alguna vez y aún no lo dejamos volver. Decir “alguna vez” sería impreciso para el Moro. Él diría que fue la mañana del martes 11 de febrero del 1997. Pero en mi caso hay fechas que prefiero olvidar.  

En el camino de regreso alcancé a ver las chimeneas por donde sale la combustión de la quema de la caña. Imaginé al diablo bailar sobre una de ellas mientras tarareaba la canción Loose, footloose / Kick off your Sunday shoes / Please, Louise / Pull me off a my knees. Mi madre me escuchó. Ambos reímos.

Bajada

Un sábado con un personaje borgiano.