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O cómo entender que tu mejor amigo de la escuela sea un terrorista

“El Instituto Armado busca a este etarra” titulaba un periódico español en marzo de 2002. Junto al texto, el rostro afable del vasco Asier Aranguren sonreía a plenitud. Para Aitor Merino era una cara amiga, cercana, familiar. Reconoció la misma mirada vivaz de esas viejas fotos de colegio que aún conserva. No entendía cómo su antiguo compañero de clase se había metido en tremendo problema. ¿Cómo? ¿Asier? ¿El cariñoso camarada de toda la vida? ¿Un terrorista?

A Asier lo buscaban por ser “presunto colaborador” del grupo nacionalista ETA, siglas de Euskadi Ta Askatasuna –en euskera, el idioma vasco, “País Vasco y Libertad”­–. Por esos días, la policía de España, país que tiene una parte del territorio vasco, allanó el departamento de Asier en Pamplona. Pero él ya estaba lejos, lo encontraron a los pocos días en Francia, el otro país con territorio vasco. Fue condenado a ocho años de cárcel. Para ese entonces, ETA –que en el 2011 bajó las armas– protagonizaba noticias sobre atentados suicidas, coches bomba y asesinatos masivos. Desde los sesenta, el grupo exigía a España la independencia del Euskadi (País Vasco) y el reconocimiento de la lengua.

En ese rincón entre Francia y España crecieron Asier y Aitor. Cuando salieron del colegio, cada uno siguió su sueño: Asier se quedó en su querido País Vasco para luchar por la autonomía y Aitor se fue a Madrid para convertirse en actor de películas. Su amistad es el hilo conductor del documental ‘Asier ETA Biok’, dirigido por Aitor y su hermana Amaia Merino. Pero al mismo tiempo, el filme es un pretexto para hablar de otra cosa: de la voluntad por comprender lo inadmisible, una actitud que es posible gracias al amor. Solo un amigo, un padre, un hermano, un hijo, una pareja, serían capaces de intentar comprender, aunque no justificar, actos que consideramos atroces. Quizá por eso el documental genera más preguntas que respuestas: ¿Qué lleva a una persona a actuar como jamás lo haríamos? ¿Qué convicciones políticas, religiosas, espirituales, la conducen a tomar decisiones tan duras? ¿Cómo entender eso que nos causa tristeza, dolor y sufrimiento?

 

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Aitor jamás imaginó que su amigo de toda la vida podía involucrarse con ETA, una agrupación considerada por el gobierno español –y gran parte del planeta–, como terrorista. Aitor no lo dimensionó incluso cuando Asier estuvo en la cárcel; siempre creyó que todo era un malentendido. Cuando intercambiaban correspondencia –el uno en una celda en París y el otro en Madrid–  nunca le preguntó si era verdad eso que decían en los periódicos, que él era miembro activo de ETA y, como tal, quizá mató gente. No lo entendió hasta que su amigo salió de la cárcel y presenció la bienvenida que le dieron en Pamplona: aplausos y reverencias; el decorado fue la bandera prohibida, la vasca, la llamada ikurriña (fondo rojo, una cruz blanca y una equis verde). La necesidad de comprender se hacía urgente.

 

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La idea  del proyecto nació en Ecuador y llegó a Madrid con una video llamada. Amaia Merino, codirectora del documental, vive en Quito desde hace veinte años; vino para rodar una serie de TV española llamada Nazca y le gustó tanto el país que se quedó. Al enterarse de que el mejor amigo de su hermano, quien además es vasco, como ella, saldría de la cárcel, identificó una gran historia. Aitor coincidió con su hermana, compró una cámara pequeña, tomó un tren, viajó de Madrid a Barcelona, y luego al País Vasco. Se encontró con la familia de Asier y todos fueron a la frontera con Francia para recoger a su amigo. Ahí, sin siquiera saber cómo financiarían la película, empezó el rodaje del proyecto.

Los fondos llegaron a través de concursos: ganaron la convocatoria del Consejo Nacional de Cinematografía de Ecuador (CnCine), de doce mil quinientos dólares. Después consiguieron cuatro premios de Ayuda a la Posproducción en el Festival de Cine de Guadalajara. Para reunir más dinero hicieron una campaña en YouTube. La mayoría de las productoras españolas se negaron a apoyarlos por el temor a abordar el conflicto vasco,  menos Doxa. En Ecuador, contactaron con la productora de Andrea Calvache, quien opina que un cineasta ecuatoriano debe abordar temas de cualquier parte del mundo. El documental fue un éxito en España, país que maneja con pinzas el tema vasco. Ganó el premio Irizar al Cine Vasco en el Festival de San Sebastián y se ha presentado en circuitos alternativos de cine en sitios como el País Vasco, Cataluña, Madrid y Palma.

Luego de todo ese recorrido –que apenas empieza– el documental ‘Asier y Yo’ se estrenó el 13 de junio en el cine OchoyMedio, de Quito. Días antes, Amaia y su hermano Aitor ofrecieron un par de proyecciones para la prensa. En la sala principal de este cine independiente, tres periodistas vimos la cinta a nuestras anchas. Luego, los hermanos y la productora ecuatoriana, se sentaron cerca para conversar sobre el documental.

Contaron que a pesar de enfrentarse a los temores de los distribuidores, han tenido éxito en su país. Quizá sea porque el documental no muestra violencia explícita ni se refiere a las víctimas de los atentados de ETA. Hay mucho respeto a las familias de los fallecidos. A esa parte del conflicto se la trata con mucho tino y distancia. Aitor cuenta que las reacciones han sido positivas, un familiar de uno de los afectados por el conflicto mantiene correspondencia con los directores y ha expresado su voluntad de conocer a Asier y, sin justificar, tratar de entender.

La forma de contar define a la película. No es una narración trágica y dramática de hechos violentos protagonizados por ETA. Aitor nos introduce a manera de cuento para niños –en un tono incluso inocente- al conflicto vasco. Utiliza mapas, marcadores, recortes de periódico, fotos, dibujos a mano, y otros recursos didácticos. Tampoco es la historia de cómo Asier entró a ETA, ni el retrato de un terrorista, ni una posición a favor o en contra. Es un documental sobre la amistad y el respeto a los ideales.

 

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Cuando el documental se estrenó en España, en enero del 2014, Asier no asistió a la proyección. Lo encarcelaron de nuevo.  Aunque ya no es miembro activo de ETA, Asier apoya a un grupo de abogados que defiende los derechos humanos de los presos etarras. El problema es que en España, explicó Amaia sentada junto a su hermano, existe una idea política de que todos los que reproduzcan la visión de ETA son parte del grupo, incluso si son indiferentes a la autonomía del Euskadi.

En medio de un conflicto como el vasco es difícil tomar distancia. La idea de “o estoy contigo o estoy en tu contra” se acentúa cada vez que a alguien le preguntan por su postura. Sin embargo –y ese es otro de los planteamientos de la película– se puede no estar ni con el uno ni con el otro, no defender ningún bando sino a la lógica del pensamiento propio, y esa también es una posición política. Por eso, Aitor aparece en la película en la mitad de dos banderas (la de España y la del País Vasco) y habla de sus amigos de Madrid y cómo hacerles entender que su amigo vasco –Asier- se involucró con ETA.

Ser vasca, dijo la codirectora, te condena a responder preguntas. Afuera del Euskadi hay un desconocimiento del conflicto. En Ecuador, por ejemplo, escuchan el acento de Amaia y la identifican como “española”; nadie pregunta si es “vasca”. Pero a veces, ella se toma tiempo para explicar sus orígenes y todo lo que implica. Amaia y su hermano Aitor hablan euskera desde pequeños porque la generación de sus padres hizo un gran esfuerzo para que se recuperase esa lengua antigua. Durante la dictadura de Francisco Franco se prohibió hablar otras lenguas que no fueran el castellano, como el euskera, el catalán y el gallego.

Gran parte de la película está hablada en el idioma euskera con subtítulos en castellano. De este lado del continente, pocos habrán escuchado antes a qué suena esa lengua, a excepción de unos tres o cuatro lingüistas estudiosos. La película de Amaia y Aitor Merino puede ser una estrategia para internacionalizar un idioma que a inicios del siglo veinte estaba prohibido. Una forma de visibilizar un territorio y su gente que trata de conservar su memoria oral.

 

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Asier sigue preso desde enero de este año. No se sabe qué pasará con él. Hasta ahora, no ha podido estar en ninguna proyección oficial del documental que protagoniza. La película no es precisamente el retrato que quisiera mostrar de sí, dice Aitor. Es difícil exhibirse ante el público, sobre todo si es un ex etarra que estuvo ocho años en la cárcel. Es complejo que sus familiares sepan que militó en ETA. Sin embargo, no se opuso a que su amigo Aitor mostrara su historia, quizá por la confianza y el cariño fraterno que existe entre ellos.

Aunque Aitor Merino conduce el hilo narrativo del documental, Asier también hace preguntas y cuestiona, a su madre, a su tía, a su amigo. Y casi al final, aquel hombre de mirada afable, el amigo de las fotos de colegio, plantea una hermosa interrogante, de esas que nacen cuando se quiere profundamente, cuando se tiene la certeza de que siempre se estará cerca, sin importar el peligro o las circunstancias. Asier abraza a Aitor y con una sonrisa le dice:

-¿Cómo nos ves en veinte años?