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Una metáfora sobre el lazo entre padres e hijos abrió los #Edoc13

Entre César y Darío hay mucho silencio. Un mutismo incómodo. La sensación de que el otro es un completo desconocido. Son padre e hijo sentados a la mesa sin saber qué decir. Así ha sido siempre. Cuando Darío quiso mostrarle su primer cortometraje, el padre prefirió ver un partido de fútbol. Pasó igual con su primer cuadro, su primera guitarra y el día en que le contó que se iba a vivir a Alemania para estudiar cine. Darío nunca le dijo que esos silencios eran dolorosos, que estaba harto, que quería huir.

Aquella relación entre el director ecuatoriano Darío Aguirre y su padre César, motivó la realización del documental ‘El Grill de César’.

 

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La película es una bella metáfora del irremediable lazo entre padres e hijos. A fin de cuentas, esas diferencias generacionales, esas ausencias, esos pequeños resentimientos y dolores que creemos que nos alejan de nuestros padres, en realidad nos acercan más. Pretendemos ignorarlos pero no podemos, lo que somos y hacemos es –por fortuna o por desgracia– resultado esa relación que tuvimos.

La necesidad de entenderse hizo que Darío Aguirre regresara del exilio voluntario. Pasaron diez años desde que salió de Ecuador para estudiar cine en Europa. Un día, como nunca lo hizo en todo ese tiempo, su padre lo llamó para pedirle un préstamo. El gesto, primero, desató el resentimiento del cineasta guayaquileño. Luego, sintió la urgencia de comprenderlo y lo hizo a su manera: filmándolo todo. Empacó su cámara de video y tomó un avión de vuelta a Ambato, la ciudad donde vive su padre, en esa esa casa que hace ocho años no termina de construir, que tiene bloques y sacos de cemento arrimados en la terraza.

El documentalista asumió el riesgo de mostrarse en una cinta autobiográfica, intimista, protagonizada por él mismo. Lo hizo con tal sutileza que la presencia del director no estorba. Lo logra de una manera original, en medio de la narración, utiliza canciones inéditas que le ayudan a contar la historia. Él mismo aparece con la guitarra cantando letras relacionadas con lo que pasa. Esta película ganó en marzo de 2014, el premio al mejor documental del Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse.

Otro de los aciertos es que la cámara no es invasiva cuando retrata a su padre, quien –contrario a lo que se pensaría de un papá poco comunicativo– accede cariñosamente a ser parte de esta película. Es obvio que César y Darío son dos seres distintos. El padre corta carne toda la mañana para su modesto negocio: Los pinchos de César. El hijo, de treinta y dos años, es vegetariano, come lechugas, zanahorias y practica yoga. Cuando Darío regresa a Ambato, por primera vez trabajan juntos en dos proyectos: salvar el restaurante para pagar las deudas y filmar todo lo que pasa en el proceso. Pero eso solo es un pretexto. En el fondo, la intención es recuperar todas esas conversaciones que estaban pendientes. La alegre y motivadora presencia de su madre, a quien diagnostican cáncer en medio del rodaje, abre el camino para estos diálogos. 

‘El Grill de César’ es un ejemplo de que, si está bien contada, una historia cotidiana, personal, se vuelve universal. También es una muestra más de que el documental es el género cinematográfico que mejor se le da al país. Este título fue el regalo con el que se inauguró la treceava edición de los EDOC (Encuentros del Otro Cine), el 22 de mayo. Los que han seguido este festival desde sus inicios, intuyen que la primera película será una sorpresa, y no se equivocan. Cientos de personas que llenaron el Teatro Nacional de la Casa de la Cultura, en Quito, se pusieron de pie para aplaudir a Darío y César Aguirre, que aparecieron al final de la proyección. La aparición de estas personas –hasta hacía poco apenas personajes en la pantalla gigante– le dejó al público una suerte de alegría, más aún al ver que, afuera del Teatro, El Grill de César ofrecía, en vivo y en directo, pinchos y choclos asados.