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En el ámbito del emprendimiento tecnológico existen dos tipos de innovación: de concepto y de ejecución. Al contemplar una nueva idea, muchos profesionales no-emprendedores tienden a enfocarse en la innovación de concepto sin darse cuenta de que el éxito de cualquier emprendimiento se deriva de la forma en la que se ejecuta. La Iniciativa Yasuní ITT era y sigue siendo un concepto innovador que falló en su ejecución.

Si el concepto no fuera innovador no habría resistencia a los planes de proceder con su explotación. De hecho, el presidente Rafael Correa es responsable del nacimiento de un movimiento ambientalista que ahora se resiste al ‘plan B’, que implica la explotación de los bloques ITT. Nos vendió la urgencia ética y moral de proteger la zona, ubicada en la provincia de Orellana, y la compramos.

Aunque no hay duda de que algunos oportunistas se han apropiado del tema del Yasuní para ganar puntos políticos, el Presidente debería sentirse incómodo por aislar de su proyecto político a las personas que quieren acelerar el cambio de la matriz productiva.

La venta del proyecto tampoco fue mala. Quienes han trabajado organizaciones internacionales, han visto de cerca el trabajo de Ivonne Baki. Sus destrezas diplomáticas son admirables, pero hay errores de diseño que fueron difíciles de superar.

¿Qué pasó?

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El fallo de la Iniciativa Yasuní se debe a dos cosas: no posicionamos bien el proyecto con el discurso adecuado, y no reaccionamos correctamente cuando la crisis financiera internacional de 2008 causó pánico en los mercados de bonos soberanos, forzando a los gobiernos europeos a enfocarse en corregir sus déficits fiscales para salvar a la Unión Europea y su moneda. A pesar de ver que los potenciales donantes no iban a poder aportar, mantuvimos la misma estrategia durante cuatro años. No es tan simple como decir que el mundo nos falló, también le fallamos al mundo.

El primer error tuvo una crítica común desde la opinión internacional: “Ustedes están haciendo chantaje ambiental. Están apuntando la pistola a la cabeza del bosque y amenazando con disparar si no pagamos. No hay ninguna garantía para nosotros”. Por un lado estábamos vendiendo la necesidad de proteger la biodiversidad más única en el mundo, y por el otro admitíamos que no era tan única porque teníamos el plan B de explotación, en caso de que no lográsemos conseguir los fondos suficientes. El plan B tenía que haber actuado como incentivo para los donantes pero tuvo el impacto contrario porque ellos nunca sintieron la urgencia de su protección.

También nos criticaron el hecho de que presentamos el plan como una contribución a la reducción de emisión de gases C02, lo cual es un error. La emisión de carbón no depende de la oferta de petróleo sino de la demanda. Con o sin el Yasuní, al menos que se nos acabe el petróleo mundial, el mundo va a seguir contaminando hasta que logremos limitar la demanda de petróleo, no su oferta. Si el Yasuní fuera tan grande como para afectar el precio global del petróleo, podríamos argumentar sobre su papel en el calentamiento global, pero no lo es.

El presidente Correa ha tenido mucho éxito en gestionar su imagen a nivel nacional, lo cual lo ha convertido en la figura más exitosa entre las últimas generaciones de votantes. Sus adversarios políticos han tenido más éxito en proyectar una imagen de él en el exterior aprovechando, por ejemplo, sus peleas con la prensa nacional. Para personas de afuera que no tienen ni tiempo ni interés para contemplar matices, Correa encaja bien en su visión dicotómica de América Latina, junto a los Presidentes Chávez, Fernández, lo cual hizo que su credibilidad fuese cuestionada, y perjudicó al Yasuní.

No tuvimos buenas respuestas frente a esas críticas ni pudimos ofrecer algo tangible para los donantes. No obstante, aquellas críticas se concentran no en el concepto de proteger la biodiversidad, porque mucha gente aplaudió nuestro deseo de poner un valor sobre la naturaleza, sino en la presentación del proyecto, y aquí es donde creo que podríamos innovar.

Un diseño alterno

Si fuésemos a rediseñar el Yasuní, nosotros propondríamos que primero establezcamos nuestras credenciales como excelentes guardianes del patrimonio global. Por ejemplo, el Centro Histórico de Quito es el mejor preservado de toda América Latina. La conservación de las Islas Galápagos tal vez representa el logro principal del pueblo ecuatoriano y sus gobiernos. Jamás contemplaríamos colocar pozos petroleros en la Iglesia de la Compañía o en la isla Isabela porque reconocemos su valor, y en ninguno de estos casos hemos exigido subvención del exterior. Tenemos que poner al Yasuní en la misma categoría de valor, tanto para nosotros como para la audiencia extranjera.

Además, para quitar el enfoque del Presidente como principal protagonista del proyecto, deberíamos llegar a un acuerdo –entre los líderes de todos los partidos políticos del país– de no explotar ese petróleo bajo ninguna circunstancia. De esta manera ofrecemos garantías a los posibles donantes de que es un proyecto del largo plazo y que los cambios de gobierno no ponen en riesgo su inversión.

Elinor Ostrom, premio Nobel de Economía y proponente de la teoría de gestión colectiva de recursos  comunes –que son manejados por grupos de personas en lugar de una persona particular o una organización específica– indicaba que para solucionar un problema de acción colectiva, y evitar así la “tragedia de los comunes”, se necesita de cooperación, confianza y un buen diseño institucional. Por lo tanto, la imagen que presenta Ecuador ante el mundo debería proyectar confianza y apertura a la cooperación y a la vez evitar una imagen conflictiva. Nuestro mensaje sería que el Yasuní es un proyecto más grande que cualquier gobierno de turno.

Deberíamos buscar cómo convertir lo intangible en tangible. Por ejemplo, en lugar de donar plata a la protección de un bosque, ofrecemos la venta de petróleo exclusivamente a clientes cuya preferencia es mantenerlo bajo tierra. De esta manera, como donante, no estoy “regalando” nada, estoy comprando petróleo a un precio descontado con el pretexto de dejarlo en paz. Hasta podríamos entregar barriles vacíos o simbólicos a los donantes para que puedan tocar y sentir lo que viene a cambio de su compra.

El plazo de la entrega de dinero fue arbitrariamente establecido. Deberíamos de ser capaces de pensar con una línea de tiempo como la de nuestros antepasados. Las iglesias del Centro Histórico, por ejemplo, fueron construidas por personas que nunca iban a verlas terminadas. Tal como otros monumentos y maravillas del mundo. Tanto fue su grandeza que los constructores ignoraron su propio orgullo de ver terminada su obra y optaron por construir cosas que ni siquiera sus nietos iban a poder disfrutar.

Tal vez es por los ciclos de elecciones en las democracias representativas, pero hemos perdido la capacidad de pensar en rangos de tiempo tan largos. Aunque los chinos se demoraron ochocientos años en construir su muralla, tan seria era la amenaza continua de una invasión de los vecinos que continuaron con el proyecto, a pesar de los cambios de condiciones que se presentaron en ocho siglos.

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Dado que Dios o la Pachamama se demoraron millones de años en hacer evolucionar al Yasuní para que llegue a su forma actual, deberíamos ser más pacientes y esperar ver los frutos financieros de nuestra preservación. De esta manera, la protección del Yasuní se vuelve un proyecto multi-generacional. En lugar de pensar en plazos de diez años, podemos imaginarlo como un proyecto de cincuenta o cien años.

Cuando uno quiere recaudar fondos hay tres modelos que puedes aplicar: el centralizado, el descentralizado, y el distribuido. En el centralizado uno depende de un único donante que cubre todos los costos asociados. El descentralizado cuenta con pocos donantes y en el distribuido cualquier persona particular u organización puede donar.

Nosotros optamos por aplicar un modelo descentralizado porque nos limitamos a las donaciones de gobiernos soberanos, asumiendo que los gobiernos representan los intereses de sus ciudadanos. El Yasuní nació en 2007 y en 2008 empezó la crisis financiera que ha demorado casi cinco años en resolverse. Como resultado, la mayoría de los gobiernos económicamente capaces de donar eran consumidos por la crisis de deuda que amenaza tumbar a la Unión Europea. La falta de confianza en los bonos de deuda de países como España, Italia, y la presión que se generó sobre Alemania para “salvar” el euro, hizo que esos gobiernos simplemente no pudieran aportar. A pesar de esta realidad obvia, seguíamos con la estrategia original. Si fuéramos una empresa tecnológica hubiéramos pivoteado: es decir, hubiéramos cambiado de estrategia, adaptándonos a las condiciones y las limitaciones de nuestros clientes. Nuestra sugerencia al ver la falta de aporte de los gobiernos hubiera sido cambiar de un modelo descentralizado a un modelo distribuido para poder generar nuevas y diversas fuentes de ingresos.

Por ejemplo, el avance de la industria de financiamiento colaborativo (crowd-funding en inglés) demostrado por el éxito de plataformas como Kiva, KickStarter y IndiGoGo, muestra las nuevas posibilidades de conseguir financiamiento para proyectos anteriormente ignorados cuando los únicos modelos disponibles de recaudar fondos eran centralizados o descentralizados. El financiamiento colaborativo democratiza el acceso al capital por romper su concentración en las manos de pocos.

El plan original del Yasuní contemplaba generar  tres millones seiscientos mil millones de dólares sobre trece años, lo cual equivale cuarenta y siete mil millones de dólares, o treinta y cinco mil millones si aplicamos una tasa de descuento de cinco por ciento.

Pero imaginemos que diversificamos la fuente de ingresos y empezamos por cobrar cien dólares a cada turista durante cicuenta años. Si suponemos conservadoramente un aumento del dos por ciento de turistas cada año, después de cincuenta años habríamos recaudado seis mil millones de dólares, o casi veinte por ciento del total. Es más, el beneficio desde la perspectiva de marketing nos daría una ventaja sobre nuestros vecinos: no solamente podríamos decir que viajar al Ecuador contribuye a la preservación de la Amazonía sino que podríamos promovernos como el único país en el mundo que ha optado por dejar el camino extractivista atrás y en su lugar ha generado negocios sostenibles. Este es solo un ejemplo de una de las alternativas que se podrían tomar y que si se proponen acciones complementarias sería posible alcanzar la meta de la propuesta original.

No hay ninguna manera de saber si estas ideas tendrían más aceptación en la comunidad internacional, pero de igual manera ofrecemos una presentación alternativa para estimular la imaginación. Tal vez no tengamos las soluciones, pero no significa que no existan: alternativas de ejecución del proyecto hay y es nuestro deber explorarlas.

Finalmente, aunque quisiéramos que el Yasuní se mantenga como es (ni siquiera hablamos de responsabilidad ética en cuanto al riesgo a los pueblos no-contactados), reconocemos que las personas que prefieren explotar tienen opiniones válidas.

Si pudiéramos cambiar el tono del debate, pediríamos a los grupos que están a favor de la preservación que opten por sugerir alternativas en lugar de elegir la vía de la confrontación. Esta fórmula no funciona con el gobierno porque el Estado tiene el poder de explotar si quiere. Ofrecer y popularizar alternativas económicas al Yasuní es lo más subversivo porque pone en entredicho el discurso oficialista de que la explotación es necesaria. A la vez, la confrontación no sirve para convencer a los otros ciudadanos de que no se debería explotar los tres bloques del Parque Nacional. Radicalizar y polarizar a la ciudadanía no nos ayuda porque endurece la opinión pública: no olvidemos que es la que determinará el destino del Yasuní.

El Presidente debería dejar de decir que estar en contra de la explotación del Yasuní es estar en contra de los pobres porque es un discurso diviso e intelectualmente deshonesto. Singapur, por ejemplo, país modelo para proyectos como Yachay, no tiene ni una gota de petróleo y ha logrado alcanzar la calidad de vida más alta de casi todo el mundo. Muchos países han logrado desarrollarse sin petróleo; no es una cuestión de falta de alternativa, es falta de imaginación.

El discurso del cambio de la matriz productiva supone que en algún momento podremos desviarnos del camino extractivista y la legitimidad de esa visión. Sin la aceptación y colaboración del sector privado y la sociedad civil, el cambio de la matriz productiva será tema de conferencias académicas pero nunca tendrá un impacto real en el futuro del Ecuador.

El Yasuní puede ser visto, en términos que usan los economistas, como un bien público global o una externalidad positiva, es decir que produce beneficios para muchos, más allá del gobierno y sus habitantes. Por lo tanto, por sus características de no exclusividad (no se puede excluir al mundo de los beneficios relacionados a su biodiversidad y al aire limpio que produce) y de no rivalidad (el aire que es consumido por alguien difícilmente disminuye la capacidad de aire limpio disponible para otra persona), la teoría predice que el mercado no lo producirá efectivamente. Por lo tanto, en este caso, el mercado empuja hacia la vía más fácil: vender el petróleo que se encuentra bajo el Yasuní en vez de intentar conseguir que otros países paguen por las externalidades positivas intangibles de la biodiversidad y aire limpio. Dentro del capitalismo, Yasuní es un proyecto radical porque asigna valor sobre algo intangible cuyo valor es difícil de reconciliar. El sistema capitalista solamente valora el petróleo, pero nosotros entendemos que su valor para el país y el mundo es más.

Si queremos escribir un capítulo diferente en la historia del Ecuador y del mundo, mostrar audacia frente a las fuerzas destructivas del planeta, escoger un camino diferente sin poner en riesgo nuestro futuro o dejar de buscar ofrecer igualdad de oportunidad para todos, tenemos que atrevernos a ser más creativos en cómo presentamos este valor al mundo.

Yasuní, para nosotros, ha sido exitoso porque ha despertado una conciencia sobre nuestro lugar y papel como seres humanos dentro del ecosistema frágil y único que es el territorio que habitamos. Si Ecuador es el paraíso en la Tierra, como dice el Presidente, deberíamos tratarlo así, pero primero tenemos que canalizar nuestros esfuerzos creativos en crear un modelo sostenible y rentable, que agregue valor tangible e intangible para los anunciantes.

Como dijimos, el petróleo nos sobra, la imaginación nos falta. 

Bajada

Un diseño alterno para el Yasuní