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Mortaja de palabras para Gabriel García Márquez 

El periplo humano siempre es el mismo: se nace para morir. El asunto que lo hace notable – que cada uno pudiera escribir su propia “vivir para contarla” con el regocijo de quien sale de una fiesta- es qué ocupa el tramo que va de la cuna a la tumba.  Desde el Jueves Santo 17 de abril concentramos la memoria en lo que hizo hasta esa fecha Gabriel García Márquez, Gabito, el Gabo, como todos nos hemos dado el lujo de llamarlo, en una actitud de proximidad y confianza provocada por sus libros.

Y la respuesta es fácil, vista desde afuera de su colección de títulos: lo que hizo fue escribir. Escribió desde su adolescencia rebelde a los estudios de Derecho que su familia le quería imponer. O tal vez desde antes, desde que en su infancia canicular en Aracataca poblara su imaginación con los relatos de su abuela Tranquilina Márquez Iguarán. Rodeado de naturaleza, consejas y oralidad singular, la literatura se incubó en su mente hasta el momento oportuno: el estilo de Kafka, la herencia de Faulkner. Se produjo la simbiosis, se cuajó el escritor.

Los avatares de hombre que se propuso vivir de la escritura se han expandido a los cuatro vientos: conseguir puesto en un periódico para colaborar con  críticas de cine (con la herramienta de su observación y su agudeza, no con estudios especiales), trabajar en Bogotá, tierra de cachacos, detestando el clima; quedarse varado en París cuando una revista que lo mandó a cubrir eventos le cortara el subsidio; regresar por “Mercedes, la boticaria silenciosa” y continuar en México el proyecto de vida. Escribir para supervivir –periodismo y guiones de cine–  y escribir para crear su extraordinaria narrativa de ficción.

La génesis de Cien años de soledad, viviendo en tierra mexicana, ligado ya en profunda amistad a Carlos Fuentes, forma parte  de una mitología que ha rescatado todo el proceso de alumbramiento de la magna novela: sus anuncios en obras anteriores (Macondo late en el cuento “Isabel viendo llover en Macondo” y en La hojarasca), el mismo Gabo la ha contado de diferentes maneras. Tal vez cuando manejaba su automóvil de la capital hacia Acapulco se dio cuenta de que “la tenía tan madura que hubiera podido dictarle, allí mismo, el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa”. Regresó a su casa, negoció con su esposa una manera de sobrevivir y se encerró dieciocho meses. Así nació Cien años de soledad, en versión mecanografiada de 1300 páginas.

Y con ella, la novela latinoamericana se convirtió en el faro del mundo. Aparece en junio de 1967 y alcanza un éxito resonante que obliga a imprimir edición tras edición, en tres años medio millón de ejemplares. Enseguida las traducciones a lenguas extranjeras. Ya nadie podía detener el recorrido de una novela que se dio el lujo de volver a circular con un tiraje de un millón de libros para celebrar a su autor, en el 2007 en su  célebre triple aniversario: 80 años de vida, 40 años de publicación de su novela cumbre, 25 del Nóbel.

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¿Qué tanto le debemos a esa novela? Me valgo de mis propias palabras de otro momento para responder a esa pregunta, hoy acuciada por la pena del duelo:

En tiempos apocalípticos como el presente, Macondo, ese pueblo embravecido y nostálgico concentra toda una metáfora de vida social, de los ciclos de las sociedades y de los individuos empecinados en sus errores – o en sus características, por decir lo menos – que serán arrastrados por una ola de inconmovible destrucción. Las generaciones de la familia protagonista están marcadas por mujeres emprendedoras y hombres obcecados que establecen entre sí una dialéctica irresoluble.

En “la casa” – título original de la obra – todo es posible. Desde la creación de un programa familiar hasta  las más audaces rupturas a ese código. Los Buendía se propagan por línea ilegítima (como se decía antes), sufren pasiones desaforadas, son ingenuos y tenaces, luchadores por sus ideas descabelladas, reconcentrados y generosos. Y tienen una marca común que nos aproxima a ellos: están signados por la soledad como un gen interior o como una cicatriz visible al punto de hacernos sentir a los lectores, hermanados en un rasgo de nuestro tiempo.

Un tono misterioso, un uso lingüístico envolvente y autorial –como si la voz emergiera del gran abuelo de todos los tiempos– el punto justo entre lo arcaico, lo castizo y  lo colombiano, se dan cita en el estilo que ha llevado a la crítica a sostener que después de Cervantes, es García Márquez quien más culto ha hecho de la lengua española.

Pero nuestro autor aún tenía una gran tarea por delante. Siguió contando historias con la galanura de su estilo identificable por sus largas enumeraciones,  sus imágenes poderosas y las hipérboles de la desmesura. El amor en los tiempos del cólera (1985) fue una historia intimista, El general en su laberinto (1989) fue una novela histórica donde el rostro derrotado del Libertador es tan admirable como el de su grandeza. Con el paso de los años prometió su biografía en tres tomos y solo cumplió con el primero Vivir para contarla (2002) y publicó su última novela embarcado en su brillante estilo de siempre pero con una trama de tortuosa verosimilitud en Memorias de mis putas tristes (2004).

Este texto no completa, naturalmente, el recorrido por su gigantesca talla de narrador. No revisa el ejercicio del cuento sobre el cuál meditó –como Cortázar– frente a los ojos y oídos de sus receptores (“el cuento fragua o no fragua”, dijo con imagen de albañil) y practicó con una brillantez inusitada. No tiene palabras para la faceta periodística que practicó, fomentó y enseñó con una dedicación que rivalizaba con la entregada a la literatura. Se queda mudo frente a su faceta de hombre fiel a la política de Fidel Castro, de la cual hasta José Saramago se distanció cuando la lucidez y honestidad del gran portugués lo dictaminaron.

Hay mucho más que decir y que de hecho se expondrá en estos días de recordación grata, de memoria atribulada y polémicas redivivas. Ningún grande se va en medio de olas de silencio, su viaje final se produce al atronar de trompetas que lloran, homenajean o denigran. Que la historia construya el juicio justo para el hombre, para el escritor, para el amado emblema de América Latina.