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Breves historias de discriminación

Tres historias. Diferentes personajes, diferentes contextos, diferentes lugares. Son pequeños relatos cotidianos. Quizás ninguno haya ocurrido. Pero todos son ciertos.

1

Maike es alemana y hace voluntariado en Otavalo. Como muchos de sus amigos, vino a Latinoamérica después de acabar la secundaria, antes de empezar la universidad. No tiene más de veinte años. Habla un español rudimentario, aunque comprensible, y entiende la mayor parte de lo que le dicen. Su pelo rubio, sus ojos claros y su altura inusual para los adolescentes de la zona, llaman la atención entre los muchachos. Por eso, cuando el pueblo se enciende en cualquier celebración, no le faltan invitaciones. Esa noche aceptó una. Un chico de la zona, su amigo, le dijo que la llevaría a una fiesta en las cercanías del pueblo. Hasta había prestado un carro para ir.

En la fiesta, Maike bebió poco. Sabía que a pesar de toda la amabilidad recibida, estaba muy lejos de casa. Pero se divirtió. Bailó, sonrió, coqueteó… Todo estaba bien hasta que ella y su compañero quisieron marcharse en el auto prestado. El muchacho estaba casi borracho. Mucho más allá del límite de alcoholemia. Maike notó la embriaguez de su compañero, pero no pensó que algo saldría mal. El chico parecía saber lo que hacía. Además, no era una conducta extraña en la sierra ecuatoriana, la región donde más alcohol se consume –de acuerdo con datos publicados en 2011 por diario El Telégrafo y la agencia de prensa estatal Andes–, en un país que, según la Organización Mundial de la Salud, es el  segundo mayor consumidor alcohólico per cápita de América Latina.

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A la mitad del camino de regreso, el amigo se quedó dormido por unos segundos. Fue suficiente para que invadiera un carril y diera un susto de muerte al conductor que venía en sentido contrario. Ambos carros quisieron frenar para evitar la colisión. No pudieron. Por suerte, aunque pudo ser desastroso, el impacto fue mínimo. Pero hubo abolladuras. Y el muchacho del carro prestando decidió huir tan pronto como vio que el otro conductor se bajaba insultándolo. Esquivó el obstáculo, aceleró tanto como pudo y largó de la escena. Se alejó unos metros. Entonces sí tuvo un accidente de verdad, uno que pudo terminar en las cifras de la Organización Panamericana de la Salud, que estima que entre el veinte y el cincuenta por ciento de las fatalidades en accidentes de tránsito en las Américas están relacionadas con el alcohol.

El ruido de una discusión despertó a Maike en el hospital. El escándalo tenía varios protagonistas. Estaban los familiares del chico que pidió y luego estrelló el carro prestado, estaba el dueño del carro y estaba el conductor al que habían chocado en medio de la carretera. Los dos últimos exigían que el chico hospitalizado con heridas menores se hiciera responsable por los perjuicios. Querían que pagara los daños. La familia se defendía como podía, hasta que dijeron que no podían pagar porque no tenían dinero. Su origen humilde no impidió que llegaran a una conclusión junto a los perjudicados: “Que la alemana pague todo”.

A Maike, entorpecida, con un collarín y aún en su camilla, le faltaba el español para defenderse. Los padres de su amigo le decían que tenía que hacerse cargo del problema. Los dueños de los carros le increpaban los daños. Todos hablaban rápidamente, sin importarles si la extranjera entendía sus palabras. Ella, al borde del llanto, no podía concentrarse en entender. Solo una frase ocupaba su mente: “Que la alemana pague todo”. Y los recuerdos de una tierra distante, que ahora extrañaba más que nunca, la invadieron de repente. Y se acordó de que ella solo vino a hacer voluntariado. Pero vino a un país donde muchos creen que el dinero se mide según dónde se emitió su pasaporte.

2

Aterrizamos en el aeropuerto de Cuzco antes de las ocho de la mañana. Andre caminaba a mi lado arrastrando su maleta de mala gana, con la mueca de disgusto que tiene cada vez que duerme poco. Al salir del edificio, en medio del frío andino de una mañana de abril, nos embarcamos en el primer taxi que se ofreció a llevarnos. Quizás ese fue nuestro error. Quizás las explicaciones del tipo se veían inverosímiles desde el principio. Pero la pesadez del viaje desactivó nuestro instinto de viajeros. Y antes de subir al vehículo nos dejamos convencer por sus argumentos. Había desdoblado un mapa y nos había señalado dos sectores. “Ustedes van aquí y la plaza está aquí. Si quieren que los deje en el centro, la carrera cuesta treinta soles. Si quieren que los lleve hasta su hotel, son cuarenta y cinco, porque es una subida difícil”. Optamos por la segunda opción.

Estuve seguro de que la situación era extraña cuando el taxista hizo un ademán de burla a través de la ventana, mirando a sus compañeros que se reían en la acera. Pensé que nos estaba cobrando unos cuantos soles de más. No le di mayor importancia, así que pregunté cosas que quiero escuchar de un taxista cuando estoy de pasada en un lugar turístico: qué clima esperar, dónde comer, qué mirar… Pero en la parada de un semáforo el conductor interrumpió mi interés somnoliento girándose desde su asiento y mirándome de frente: ¿Y ustedes, van a Machu Picchu verdad? ¿Ya compraron las entradas? Efectivamente, todo lo habíamos compramos desde Lima, en un paquete que incluía el hospedaje. La respuesta pareció no gustarle.

Empezó su perorata acusando a los propietarios del hostal adonde nos dirigíamos. Según él, eran unos ladrones, capitalistas extranjeros que se adueñaban de las ganancias turísticas de Cuzco. Como todos los demás de los hostales. Gente que se aprovechaba de los visitantes, vendiéndoles servicios a precios exagerados. Gente que usaba Internet para engatusar a turistas incautos. Gente de mierda. Andre escuchaba el monólogo encogida en un rincón del asiento trasero, mirándome con una mueca de fastidio. ¿Cuánto les cobraron por todo? ¿Cuánto creen que cuesta en verdad? ¡Debieron venir y comprar aquí en la comunidad! Pese a que no contestamos nada, guardó su última propuesta para el final, cuando llegamos al hostal:

-Vayan a decirles a los del hotel que ya no quieren lo de Machu Picchu, que les devuelvan el dinero. Y yo los llevo a un lugar donde comprar más barato. ¿Los espero?

Rechazamos la oferta, por supuesto. El taxista se marchó sin decir nada después de recibir su paga, mientras un empleado del hostal nos abría la puerta y lo miraba con desconfianza.

-¿Cuánto les cobró por traerlos desde el aeropuerto?

-Cuarenta y cinco soles.

-Chuzo, chicos, la carrera cuesta máximo diez. Son unos ratas.

Andre estalló. Malhumorada, subió a la habitación, quejándose por sentirse robada por un ladrón que tuvo el descaro de quejarse de la delincuencia. Se sentía especialmente ofendida: los taxistas son un elemento vital en el ecosistema turístico. Y aún así, figuran constantemente en las listas de estafas más comunes en los viajes. Tanto puede ser el descontento con ellos que incluso existe una web dedicada a odiarlos: Ihatetaxis.com (OdioLosTaxis), la cual nació –según reseña su historia– después de que sus creadores fueron estafados por un taxista en Tailandia. Los dueños de este portal cuentan una verdad que con la que nos sentimos identificados: verse dubitativo, no conocer las tarifas del servicio y estar fastidiado después de un vuelo largo muchas veces dejan a los viajeros en un estado de completa vulnerabilidad. El resultado común, dicen, es terminar pagando una cantidad ridícula de dinero para ser llevados hasta su hotel. Pero hay un efecto más grave: “Desafortunadamente, esto da forma a las primeras impresiones sobre una ciudad o un país”. Por eso, Andre siente que el peor día de sus vacaciones del año pasado lo vivió en Cuzco.

3

En la red de metro de Madrid, la estación de Moncloa conecta el transporte dentro de la ciudad con pequeños buses que van hacia comunidades cercanas. Pozuelo de Alarcón es una de ellas. Allá se quedaba Paola, una ecuatoriana nacida en La Libertad, durante la pasantía laboral que hacía en diario El País, de España. Había recorrido la ciudad por varias semanas; se sentía cómoda moviéndose en ella. Por eso, la noche en la que un policía la detuvo mientras corría en la estación de Moncloa, lo único que pensó fue que perdería el bus de las nueve. La voz seca y masculina que la paró sonaba autoritaria.

-Tus papeles.

-Tenga.

-Tu cara se me hace conocida.

-Claro, me cogió el otro día.

-Cuántas veces te han cogido.

-Una.

-¿El otro día? Voy a hacer chequear tu pasaporte, siéntate allá. 

Paola no solo perdió el bus de las nueve. Mientras esperaba sentada entre un grupo de mujeres, al parecer todas extranjeras, vio pasar cuatro más. Estuvo sentada sin decir nada durante más de media hora, esperando a que chequearan su pasaporte, donde tenía estampada una Visa Schengen que estaba lejos de caducar. El grupo seguía creciendo, nutrido por otras mujeres. Chinas, negras, morenas como ella…Básicamente, las que no se veían europeas y caminaban por ese pasillo de la estación. Algunas, después de un rato, recuperaron sus pasaportes y se marcharon. A las demás, un oficial calvo e inexpresivo les dijo: “Ustedes me tendrán que acompañar”.

Paola se acercó a reclamar, exigiendo que miraran su pasaporte, su Visa.

-Usted está ilegal en el país.

-No, yo no soy ilegal en su país. Tengo visa para cuarenta y cinco días más. Me quedo hasta mediados de marzo, hago una pasantía en diario El País.

El oficial, en silencio, miraba en el pasaporte una Visa caducada que Paola había usado hace dos años, cuando hizo un recorrido por Alemania, Dinamarca, Holanda y Francia. La chica le dijo que pasara la página, que tenía dos visas de entrada. Hace dos años una alemana y ahora la española.

-¿Por qué no lo dijo antes?

Mientras caminaba a esperar su bus, Paola pensó que en lugar de quedarse callada, debió contestar: Porque usted dijo que iba a chequear mi pasaporte, ¿no lo hizo? ¿Bajo qué criterios creyó que era ilegal? Continuó hasta tener un discurso estructurado que no olvidaría la próxima vez que le pidieran los papeles. Incluso hoy, dos años después, sigue esperando la oportunidad de pronunciarlo. Pero ahora sabe qué criterio empleó el oficial de esa ocasión: una estrategia llamada “identificación por perfil étnico”, la cual se define como el uso de generalizaciones basadas en la etnia, la raza, el origen nacional o la religión, en lugar de en pruebas objetivas o el comportamiento individual, como elemento determinante para aplicar el derecho en investigaciones, según un informe de la Universidad de Valencia.

El documento explica que este comportamiento es discrecional por parte de la policía e impune porque resulta difícil de probar. Peor aún, en ocasiones se considera justificado, a fin de mejorar la efectividad policial. En España, “este tipo de conductas forman parte de las actuaciones racistas que minan la legitimidad social y política de la policía”, dice el informe. Y ocurren en todo el país: SOS Racismo, una ONG presente en España, calcula que los cuerpos policiales han protagonizado el 40% de los casos de discriminación étnica en Cataluña a lo largo del 2013. Concluyen que las actitudes racistas de los efectivos policiales se reflejan, sobre todo, en procesos de identificación que están motivados por el perfil étnico. Como le pasó a Paola en el Metro de Madrid.