Perdí la cuenta de cuántos países exhibieron y catalogaron el gol del ecuatoriano Fabián Tello como el mejor de la historia. La forma en que deja jugadores regados en el camino sin respetar marcas, al más puro estilo del Oliver Atom de los Supercampeones, una máquina barredora, si alguien se puso delante de él, quedó atrás, en el camino a la ruta del gol ante Paraguay en los juegos suramericanos que se disputaron en Chile con categoría sub-16. Tello tiene dieciséis años, nació en Atacames, pertenece a Independiente del Valle en donde juega en una categoría dos veces mayor a su edad y una tarde de marzo demostró al mundo lo que sus compañeros dicen que hace habitualmente en los entrenamientos. ¿Será que seguiremos hablando de Fabián Tello por el 2018 o 2019? ¿O su gol será solo una imagen que buscar en Youtube para preguntarnos qué se habrá hecho ese jugador? Existen algunos casos en Ecuador de quienes lograron fama antes de cumplir los veinte años, y de los que se escribe más por lo que hicieron en su casi adolescencia que en lo que fue –o no fue– una destacada carrera profesional.

Segundo Mina

La euforia por el éxito alcanzado de las divisiones juveniles de Barcelona –que regresaban del famoso torneo que organizaba la academia Cantolao en Perú– era alta. La figura del equipo amarillo era Segundo Mina; el delantero había destruido todos los récords de goleo, no hubo factura o estilo del gol no logrados por él. Se hablaba de interés de equipos internacionales, al poco tiempo estaba ya en selecciones juveniles de Ecuador y seguía marcando, y solo un poco tiempo después de esto… desapareció.

Las leyendas tomaron fuerza. Una lesión, decían unos; mala vida, otros. En fin, Mina se desvaneció del futuro, pero en el pasado es difícil que ante la pregunta de su recuerdo, un periodista de los que ya laboraba en los ochenta no lo conozca.

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Hellmur Moeller

“Ojalá hubiéramos tenido diez más como él”. Así titulaba revista Estadio la actuación del arquero de Ecuador en el mundial sub-16 de Canadá en 1987. Era el primer mundial que jugaba Ecuador. Los medios internacionales, más no los nacionalistas locales, hablaban de la alta categoría de la labor de Moeller, quien tenía potencial de adueñarse del arco ecuatoriano en una década en la cual ya había nivel y competencia en el puesto. Moeller deambuló por equipos, fue segundo arquero de manera fija y recorrió la segunda categoría también con firmeza. La continuidad nunca fue su amiga y debió resignarse con quedar en el archivo de los que fueron figuras juveniles y después no arreglaron contrato con la estabilidad en primera.

José Muñoz

Un lateral sabido, rápido, valiente. Fue parte también del equipo ecuatoriano que participó en aquel mundial de Canadá 1987. Con estilo de carrilero pero habitando una era en que en ese puesto se tenía más gen de marcapunta, así eran los ochenta para esa posición.

Muñoz se proyectaba sin descuidar su verdadero rol defensivo; tenía una cuota interesante de fútbol. En los años siguientes me lo topé en la cancha del Reed Park –donde entrenaba Barcelona–, era parte del equipo pero nunca logró consolidarse en primera. Con el tiempo y de la manera más simple se escondió. Años después lo vi en circunstancias que no vale pena detallar aquí.

Fabián Mendoza

Llegaron a llamarlo el Maradona “chupa mangos”. Era petiso, habilidoso, zurdo y goleador. Recuerdo una tarde en el estadio Modelo –hoy Alberto Spencer–. Con diecinueve años, Mendoza jugaba en Filanbanco. Había llegado al equipo banquero procedente de Liga de Portoviejo, se mandó un golazo frente al temido equipo de El Nacional: el elenco militar de los ochenta no era lo que es hoy; era una máquina. Mendoza humilló a defensores consagrados y marcó un gol muy gritado por Filanbanco, un equipo que no tenía hinchada. Era el primer partido del año, solo seis fechas después, Mendoza llevaba ya once goles… Y hasta ahí llego.

Ese poder que lo dominó durante seis fechas se extinguió. De a poco se fue desvaneciendo, jugó algunos años más en primera, después se mudó al fútbol de salón y al final se cambió con todo a Estados Unidos. Esos once goles conseguidos en mes y medio, esa dimensión en la que deleitó a todos, simplemente no volvió.

Diego Ayala

Sobrino del “Tin” Delgado, su tarjeta de presentación traía presión: tenía que seguir el legado del tío. Buena talla, potencia, juego aéreo, fisonomía de jugador de El Chota. Muchos factores a su favor. Sin embargo,  todo eso no cuajó y lo mucho que se esperaba de él, nunca floreció.

El ex jugador de Liga de Quito, hoy trabaja preparando jugadores en las escuelas de fútbol de Agustín Delgado. Con el tiempo ubicarlo dice mucho: más que Diego Ayala, es el sobrino del “Tin” que pintaba para figura y se quedó el camino.