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Hace dos años, desde su cuenta de Twitter, Iván escribió: “Debes amar por completo y fuertemente a quienes merecen tu cariño, pero nunca des la otra mejilla a tu enemigo”. Tuvo cinco retuits. Una semana después, tuiteó la misma frase pero citó su fuente: Biblia Satánica. Nadie lo retuiteó. “La gente sataniza el satanismo”, dice este quiteño, treinteañero, blanco y de ojos verdes. Él la conoció  hace quince años mientras preparaba un argumento para su clase de Oratoria en Sullivan College, en Nueva York, donde estudiaba matemática pura. En la exposición quería alegar la inexistencia de Dios. Buscando información para sustentarlo, se topó con la Biblia Satánica de Anton LaVey, el fundador de Church of Satan. En 1966, en California, este escritor, ocultista y músico, propuso un sistema filosófico que realza la “verdadera naturaleza humana”. El satanismo de Lavey dice que el hombre es una bestia carnal, promueve el materialismo y no reivindica ninguna inspiración sobrenatural. LaVey, de túnica negra, pentagrama en el pecho y calavera humana en la mano, creó la primera organización formal en el mundo que se inspiraba en el Diablo como un símbolo  y no como un ser supernatural maligno. Iván leyó la Biblia Satánica dos veces, primero en inglés y luego en español. Nunca más ha vuelto a consultar el texto traducido a decenas de idiomas como latín, ruso, mandarín y alemán. Las dos veces lo hizo en un documento digital. En su casa, en el Valle de los Chillos, no tiene el libro de pasta dura negra con una estrella de cinco puntas invertida en el centro de la portada.

Los tres principios del satanismo son individualismo, orgullo y libertad. Iván comulga con ellos. Niega ser un satanista de clóset pero es muy reservado, no comenta su afinidad al menos que se lo pregunten. El satanismo de LaVey no es proselitista, no busca adeptos. “Es para pocas personas que tienen el intelecto suficiente para entenderla”, explica. Una comprensión que, según Iván –de 36 años-, apenas tiene el uno por ciento de la población mundial.

Iván fue católico y evangélico. A los trece años le pidió a su abuela hacer la primera comunión; la ceremonia fue en la Iglesia de la Villaflora, en el sur de Quito. De adolescente participó en concursos de oratoria de Salmos y ganó. Aún recuerda de memoria el Sermón del Monte –capítulos cinco, seis y siete del evangelio según Mateo–, el Salmo ciento diecinueve y el veintitrés. Leía textos sobre la historia de la Iglesia Católica, catecismo, pero no consultaba la Biblia; se refugiaba en Dios y en lo que la Iglesia decía, sentía que necesitaba creer en algo. A los quince debatió con una tía quien aseguraba que los católicos interpretaban la Biblia de manera errónea y que los libros que él había leído eran solo comentarios al texto más sagrado. Lo convenció. Sus familiares católicos le explicaban que no tenía que pensar en lo que no entendía. “Solo tener fe”, recuerda. Pero la fe no era lo suyo. Dejó el catolicismo. Comenzó a leer la Biblia de Reina Valera –una versión que data de la reforma protestante y de la que Iván tenía una editada en 1960– y se convirtió en cristiano evangélico protestante pentecostal. Su abuelo materno, a quien visitaba poco luego del divorcio de sus padres, era pastor de una iglesia en Guamaní, al sur de Quito. Iván asistía a su iglesia y él le prestaba casettes de Yiye Ávila, un pastor puertorriqueño que aseguraba que la venida de Jesús era inminente. Los evangélicos no adoran imágenes. Están convencidos de que hacerlo es pecado porque el capítulo veinte del Éxodo dice: “No te inclinarás a ellas (imágenes), ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen”. Cada vez que Iván veía una estampa en su casa, la rompía.

Pero mientras más leía la Biblia de Reina Valera, menos sentido le hacía. Su idea previa de Dios era de amor y bondad. En las nuevas lecturas aparecía como venganza y guerra. Cuando se enteró que para los evangélicos las teorías de evolución eran consideradas tentaciones del Diablo, su raciocinio ganó. “No pude tragarme de nuevo la pastillita de fe”, dice mientras toma una cerveza en un bar en el norte de Quito. El estudio de la Biblia y el evangelismo duraron tres años. Entre salmos, apóstoles y profetas, leyó que Dios no perdonaba si le decían Anatema –“maldito”, en latín– al Espíritu Santo. Lo puso a prueba. Un día, cuando tenía diecisiete años, subió a la terraza de su casa, en la Villaflora y gritó al cielo la blasfemia. Dios no le respondió. Iván se convenció de que no existía Dios. Tampoco  el Diablo.

Su desencanto con el cristianismo le produjo un vacío. “Me quedé en un limbo espiritual”, recuerda. Creía que Dios no existía pero sentía que debía rezarle a su manera. La tradición de creyentes en su familia le pesaba. Durante siete años se consideró ateo, reflexionó que todo lo que había creído antes había sido impuesto. Por esos días, frecuentaba gente que escuchaba rock, hardcore punk y estaba vinculada con el ocultismo y la brujería. Sus creencias le chocaban porque se enmarcaban dentro de lo que él consideraba malo y era opuesto a “Diosito”. La curiosidad lo arrastró hacia un grupo de satánicos que aseguraban que el Diablo les hacía favores –dinero, mujeres, poder, fama– a cambio de su fidelidad y suma de seguidores. Eran satánicos tradicionales o teístas que veneran al Diablo. Iván los puso a prueba: les dijo que le pidan a Lucifer que robe el dinero que él tenía escondido y se lo entregue al grupo satánico. Sus conocidos no pudieron cumplir con el pedido. Iván confirmó lo que intuía: “Los satánicos son católicos a la inversa. Adoran ciegamente a un ser que, al igual que Dios, no existe”.

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Ser satánico no es lo mismo que ser satanista. Un satánico ve al Diablo como un ser supernatural, como un Dios; un satanista cree que es un símbolo de los rasgos humanos. Los sacrificios animales, los ritos con sangre y la violencia son satánicos. Casi todo lo que los medios se han encargado de difundir como grupos diabólicos es de satánicos. Ellos creen que a través de rituales o magia se logran cambios. Los satanistas, también conocidos como seguidores de LaVey, no rinden culto a Satán, defienden el hedonismo, el egoísmo y la filosofía nietzscheana. No realizan sacrificios pero tampoco los condenan. Para ellos no existe el bien y el mal; cada uno decide qué es correcto y qué no. Para Iván es correcto haberse casado por la Iglesia Católica para hacer feliz a su esposa. Es correcto bautizar a su primer hijo para complacer a su familia política. Es correcto vivir a plenitud sin reprimir su ira y odio. “Decir que se puede amar a todos los seres es hipócrita por eso creemos que el cristianismo es falso” –explica– “Se puede amar a la familia y amigos pero no al enemigo”. El satanismo dice que si odias, debes odiar con todo tu corazón. Una vez en Twitter lo acusaron de odiador. Él respondió: ¿Y qué tiene de malo?

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Iván habla pausado. Sonríe cuando menciona a sus dos hijos y dice que lleva la vida que tiene porque él la buscó, no porque un ser superior lo bendijo. No adora a Satanás. Satanás no es una persona. Satanás no existe. Satanás es un símbolo del adversario al cristianismo. Para Iván no hay un dios; él es su propio dios. Él crea su destino. El padre Peter Howard Gilmore, escritor estadounidense y administrador de la Iglesia de Satán, dice que los practicantes de esta filosofía no son ateístas sino yoteístas. Iván así lo siente. Asegura que Satán es una proyección metafórica del potencial más alto de cada persona que promueve la libertad e independencia. Por eso si alguien siente ira u odio no debe sentir remordimiento luego porque no hay un ser mitológico que castigue por eso. No es fanático, comulga con la filosofía pero no tiene ritos ni amigos que siguen a LaVey. Tampoco le interesa tenerlos. Su única actividad relacionada al Papa Negro –como se lo conoce a LaVey– es ver videos en YouTube de personas que cuentan por qué se han convertido al satanismo. Iván insiste que no es una religión. “Religión viene de religar, de volver a unir y aquí no hay nada que unir”. Cree en los nueve manifiestos de la Biblia Satánica, que Satán representa: 1. complacencia, en lugar de abstinencia; 2. la existencia vital, en lugar de sueños espirituales; 3. la sabiduría perfecta, en lugar del autoengaño hipócrita;  4. la amabilidad hacia quienes la merecen, en lugar del amor malgastado en ingratos; 5. la venganza, en lugar de ofrecer la otra mejilla; 6. la responsabilidad para el responsable, en lugar de vampiros psíquicos (personas que se alimentan de las emociones de otros); 7. ve al hombre como otro animal, algunas veces mejor otras veces peor que aquellos que caminan en cuatro patas, el cual, por causa de su “divino desarrollo intelectual” se ha convertido en el animal más vicioso de todos; 8. todos los pecados que se cometan sintiendo una gratificación física, mental o emocional y sin arrepentimiento posterior; y 9. que Satán ha sido el mejor amigo que la iglesia siempre ha tenido, ya que la ha mantenido durante todo este tiempo.

A Iván nunca le interesó visitar las iglesias que hay en San Francisco o Nueva York ni pagar los cien dólares para convertirse en miembro honorario de la organización. Dice que más que ser una comunidad que se reúne a practicar, los satanistas son una red mundial de identificados con la filosofía.

      – ¿Todos los satanistas son silenciosos como tú?

      – Sí, porque si decimos que lo somos, nos van a estigmatizar.

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Iván no escucha Metal ni otros géneros asociados con Satán. Le gusta el Hard Core y el Punk porque son expresiones de protesta. Se enteró que el cantante de Industrial Metal, Marylin Manson, es satánico cuando vio Bowling for Columbine, aun así no le gusta tanto su música. En ese documental, el director Michael Moore entrevista a Manson –también seguidor de LaVey– y le pregunta qué opina de que lo responsabilicen de la matanza de catorce estudiantes y un profesor en una secundaria de Colorado en  1999. El cantante satanista responde que es fácil culparlo porque él es una imagen de miedo, “yo presento lo que todos temen porque yo digo lo que me da la gana”. Manson habla con lucidez, sin las estridencias de su música, y responsabiliza a la violencia, al deficiente control de armas y a las acciones bélicas de Estados Unidos en otros países. La apariencia y música de Manson, alusivas al diablo, son el origen de los prejuicios que las sociedades tienen sobre él.

Iván dice que cuando fundó la iglesia en California en 1966, Anton LaVey debía llamar la atención de los medios y por eso vestía de negro, llevaba un pentagrama colgado en el pecho y mostraba serpientes. Esta noche él está de negro: lleva una chompa Nike deportiva. Hace cinco años dejó el cigarrillo, hace diez que no consume drogas y hace cuatro meses empezó con un régimen de ejercicios para bajar de peso y mantenerse sano. Trabaja en el departamento de sistemas de una compañía de software que le permite hacerlo desde casa. Sus responsabilidades laborales las combina con las domésticas: cambia pañales, calienta biberones, prepara desayunos, juega a las luchas con su hijo mayor, construyen torres con bloques y castillos con Legos, ven juntos Dora la Exploradora y Bob el Constructor. “Soy el caballito y los llevo de paseo por la sala”, cuenta.

Lleva una vida pacífica pero no critica a quienes no la tienen. “Si quieres hacer daño tienes que estar consciente de las consecuencias”. Iván no hace daño y dice que el satanismo da opciones para no lastimar. Por ejemplo, se puede hacer un muñeco de trapo, colocarle la fotografía de esa persona que odias y acuchillarlo, quemarlo, insultarlo, golpearlo. Así se descarga el odio sin afectar directamente. “Si luego del ritual coincide en que a quien odias le pasa algo malo, puedes regocijarte”, explica.

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Según la Biblia, Lucifer fue el arcángel más hermoso de Dios, que se rebeló contra él. Cuando lo hizo se convirtió en Satanás. Dios es la representación de la bondad y el amor y da la capacidad de ser libres y aceptar o negar esos sentimientos. Lucifer los negó y creó el infierno, que los teólogos dicen que es ese estado donde no hay dios, ni amor, ni esperanza. San Juan Bosco, fundador de la orden Salesiana, narraba sus sueños a los jóvenes que formaba. En uno de ellos contó que bajó hasta el infierno y lo describió como un lugar horrendo con suelo poco firme, lleno de baches, de guijarros y piedras por donde era difícil caminar. Un sitio donde los jóvenes eran halados por hilos casi invisibles que los arrastraban hasta un abismo donde se perdían. El Concilio Vaticano II, un encuentro ecuménico convocado por la Iglesia Católica en 1959 para promover el desarrollo de la fe católica, es –junto a la del Papa– la voz más importante de esta organización. El consenso sobre el infierno está en el numeral cuarenta y ocho de la Constitución Lumen Gentium, que se presentó durante el Concilio y dice “y nos mandarán a ir como perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores”. La Comisión Teológica Internacional, un organismo que ayuda a la Santa Sede a examinar doctrinas, plantea que la explicación del infierno como un lugar está sobreentendida. Mientras esta Comisión no emita un pronunciamiento oficial, el infierno seguirá siendo objeto de discusión entre Papas y teólogos.

Cuando era niño, Iván sí creía en el infierno como un espacio físico. Pensaba, además, que el diablo era un ser que lo empujaba hacia la tentación, hacia lo malo: la lascivia, robar, mentir, desobedecer. Sus hijos aún son pequeños y no saben quién es el diablo. Él no piensa inculcarles el satanismo, pero cuando observa que uno está muy enojado porque, por ejemplo, no lo deja ver televisión si no recoge sus juguetes, no se lo reprocha, sino que le pregunta por qué está bravo. Conversan sobre lo que siente e Iván le dice que él se sentiría igual en su lugar. “Prefiero que mi hijo sepa cuándo está cabreado y haga algo razonable al respecto, a que se trague o contenga su enojo y de repente se declare loco y hiera a la gente”.

En casa, cuando habla de religión con su esposa, es una discusión entre la fe y la lógica. Por eso, prefiere evitar ese tema y hablar de lo que comparten, de esa lista de “lo correcto” para inculcar a sus hijos: el respeto, la verdad, el cariño, la curiosidad. Ella conoce la forma de pensar de su marido pero no sabe que proviene de una filosofía llamada satanismo. Él cree que si se entera, satanizaría sus ideas.

Iván habla lento, es un matemático puro que no admira a otros expertos en su área pero sí reconoce su admiración por Nikola Tesla, el ingeniero que inventó la transferencia inalámbrica de energía eléctrica y la radio. Iván, que viste un blue jean, zapatos de caucho y gorra beige, es un satanista que se comió una hostia consagrada cuando se casó por la Iglesia Católica, pero que nunca le ha arrancado la cabeza a un pajarito con los dientes. 

Bajada

¿Puede un seguidor del diablo ser una buena persona?