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 Un eufemismo del ninguneo que lo hará quedar de lujo

         Una de las cosas que he aprendido en España es que la expresión «ahora mismo» significa «ya», «sobre la marcha» y «de inmediato», y así he ido olvidando ciertos modismos de mi tierra que –sin embargo- vienen a significar cuestiones completamente distintas. Es el caso de «ahorititita», palabro que no necesariamente supone una acción que abarque una expresión de tiempo más breve que ipso facto.

          Evidentemente, «ahorititita» viene de «ahora», pero entre «ahora» y «ahorititita» existen «ahorita» y «ahoritita», dos instancias temporales más bien separadas por horas que por nanosegundos. Por lo tanto, cuando uno se constituye en una ventanilla y el funcionario nos dice muy suelto de huesos: «Ahorititita le atiendo, señor», más vale montar la tienda de campaña porque la vaina tiene para largo.

          Como todo el mundo sabe, el castellano de América propende al diminutivo, de modo que nadie toma cervezas sino «cervecitas», no se juega fútbol sino «fulbito» y nadie echa polvos sino «polvitos». No obstante, el diminutivo en América es algo más que una alusión a la brevedad, pues la mayoría de diminutivos connotan cariño, confianza y respeto. Así, a la oficina del profesor universitario a quien hay que pedirle una revisión de la nota final del curso hay que entrar con «permisito», llamarle «doctorcito», solicitarle un «ratito», exponerle nuestro «casito», pedirle dos «puntitos» y despedirse diciendo «adiosito».

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          Y es que los diminutivos son la expresión más genuina de eso que en el Perú llamamos «huachafería» y que en España viene a ser lo hortera, pues no hay nada más cursi y rechinante que ese empalagoso proceso de achicamiento del que no se salva ni Dios, porque en América Latina los ángeles son angelitos, la Virgen es la Virgencita y Dios es «Diosito». Y aunque no hay diminutivo de Cristo, la huachafería popular ha acuñado «Papá Lindo».

          Sin embargo, la originalidad de los diminutivos latinoamericanos consiste en que a veces significan lo contrario y en que son gramaticalmente rocambolescos. Tal es el caso de «ahorititita», un diminutivo de adverbio que en realidad quiere decir «espera que termine lo que estoy haciendo y cuando tenga tiempo me encargo de lo tuyo», pero como es muy feo desentenderse así del personal, uno queda como más diligente si responde «ahorititita». Pasa lo mismo con «aquisito», otro adverbio comprimido que se usa para decirle a los incautos que todavía tienen que caminar un huevo, aunque siempre quedando de lujo.

          Uno había olvidado las acepciones vernaculares de los diminutivos de «ahora», pues en España «ahora» es «ahora»; es decir, mismamente y no más tarde. Pero en Lima, Quito y México D.F. he advertido la importancia que me concedían según me despacharan «ahora», «ahorita», «ahoritita» y «ahorititita». De hecho, no hay nada peor que recibir un relamido: «Espérese un ratitito, señor, que ahorititita lo atiendo». Obviamente si te embadurnan de diminutivos te están reduciendo a la mínima expresión.

          Por lo tanto, «ahorititita» es un diminutivo de adverbio de tiempo lleno de conservantes, pero de conservantes de tiempo que dilatan la acción por minutos, por horas y hasta por días. «Ahorititita» es una suerte de anestesia semántica que inoculamos a nuestro impaciente interlocutor para que no perciba el discurrir del tiempo y de paso nuestro ninguneo. «Ahorititita» es un concepto inversamente proporcional a su connotación temporal. «Ahorititita» -en suma- no tiene nada que ver con «ahora».

          Si hay una palabra del acervo de nuestra tierra que me gustaría introducir en Andalucía, esa palabra es precisamente «ahorititita», pues es más amable y querendona que la expresión «está reunido», otro eufemismo del ninguneo.