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¿Una locura o una visión planificadora hacia el futuro?

“Yo soy el preñador, yo soy preñador”. Cuenta la leyenda que, hace muchos años, después de un conflicto bélico en Europa, la población masculina de la región disminuyó. Las mujeres temían porque no había elementos masculinos para procrear. Por eso se tomó la medida de designar a los “preñadores”, hombres que con aplomo y profunda carga viril, caminaban de pueblo en pueblo con la grata misión de hacer el trabajito para conservar la especie mermada por las guerras.

Hoy la situación sufrió un golpe radical. Ya no se busca mantener la raza humana. Hoy debemos tratar de controlar el nacimiento innecesario, la sobrepoblación y los hijos de padres que no son adecuados para la tarea.

Las estadísticas y números sobre el control de natalidad y criterio de responsabilidad sobre el tema nos apabullan. Es como una premisa obligatoria: si tienes casa de caña, eres desempleado y no tienes educación, entonces buscas la familia numerosa. La casa de caña es sinónimo de siete hijos.

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Además, no todo el mundo está preparado para ser padre. Para todo hay que tener un permiso en el mundo actual, menos para ser padre. Para operar maquinaria, hay que tener un permiso. Para ser médico, abogado, arquitecto y hasta trabajadora sexual se necesita una licencia. Sin embargo, cualquiera puede andar por ahí, regando semillas, a diestra y siniestra. Me lo comentaba Andrés Crespo hace pocos días: “Imaginen adictos a drogas duras teniendo hijos con descontrol. Los triqueros no deben tener hijos, ya el ser basetero es difícil por sí solo; tener hijos vuelve todo más jodido”. Quién sabe, posiblemente en un futuro cercano más drástico y organizado, habrá que tener licencia para ser padre, rendir una prueba y conseguir que el traer más gente al mundo sea política social de todos, una sola línea de pensamiento demográfico. Pero aún la paternidad sigue siendo una opción sin mayores reflexiones. Una mala noche de tragos, un accidente profiláctico y ya está, sin pedirlo, sin meditarlo, sin pensarlo, se convierten muchos en padres. Es hora de que la planificación familiar sea una política de todos. Que tener un hijo sea una decisión que exija pensarlo dos y tres veces.

Por supuesto, desde ya se puede percibir el rechazo del poderoso –aunque últimamente debilitado– sector de la Iglesia. Me cuesta creer que impongan como criterio sabio y divino, designio natural del mancito de arriba, antes que una planificación responsable que vaya de la mano con una sociedad más sana. Ante todas estas defensas radicales, que seguramente surgirán con intensidad, es que propongo la circulación del Vasectomóvil: un quirófano móvil que recorra sectores previamente designados y fomente, invite, estimule el procedimiento anticonceptivo permanente en la raza masculina. Que los machos sepan que la intervención dura de veinte a treinta y cinco minutos, que es reversible, que no requiere sutura y permite salir caminando después de que los conductos deferentes fueron ligados. La ligadura femenina requiere internación, cirugía, sutura y días de recuperación. Es una básica cuestión de coherencia, esencial justicia y cero machismo.

Imagine al vasectomóvil haciendo unas cinco operaciones al día de manera responsable, con previo análisis del paciente y con el respectivo trabajo social necesario. Si a esto le sumamos la tostada idea de pagar un valor a quien quiera someterse a la vasectomía y clasifique para el asunto, ¿cómo quedamos ahí?

La labor primaria es someter a nuestra especie a comprender el valor de la planificación familiar y lo positivo que puede ser una vasectomía para fines de buen vivir. ¿Sería demente tener este vehículo rodando por las calles, haciendo sentir su presencia al llegar al barrio tal vez con una alegre tonada, como los carritos de helados, mientras recluta elementos que consideren que cumplieron ya con su aporte a la población mundial?

Por más que suene demente, no lo es.