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¿Por qué a todos los que se meten a políticos se les seca el sentido del humor?

Sería prematuro augurar para el Presidente Rafael Correa el mismo trágico destino que el protagonista de la novela Retrato de Dorian Gray. Uno no puede evitar, sin embargo, recordar en estos días aquella genial fábula sobre un hombre cuyo arrebatador aspecto le asegura un amplio crédito público (salvo en sus víctimas), pero cuya serenidad dentro del cinismo se ve amenazada por un retrato cuidadosamente escondido, que con el tiempo adquiere paulatinamente todos esos rasgos delatores que su fresco y juvenil rostro se resiste a reflejar. En el mundo de la fábula, el mecanismo de tan diabólico trueque es necesariamente un misterio; en el de la política, cualquiera puede gozar de la misma inagotable lozanía, el mismo aire de eterna y fresca inocencia delante del gran público, si tiene en su haber algo así como una Secretaría Nacional de Comunicación con millonario presupuesto. En cuanto a ese maldito retrato, con su repugnante mueca de sorna, de altivo desprecio, de irreflexiva egolatría, esas facciones corroídas por el poder, el capricho y el narcisismo, esa horripilante y traicionera imagen que se rehúsa a colaborar con la mentira “oficial": ante la duda de que tan singular objeto adorne la pared de algún oculto pasillo de palacio, la tradición manda que la realización y la actualización, a través de los años, de ese tipo de retrato, quede a cargo de un gremio muy particular, el de los caricaturistas políticos, del cual Xavier Bonilla, por sus (indudables) pecados, es exponente preclaro en este país.

El caricaturista tiene como principal deber (aquí me perdonarán el tono didáctico; frente a las simplezas blandidas por la Supercom, no es para menos) opinar. Lo suyo no es informar “a la ciudadanía” sobre “los hechos”, pues para eso queda el resto del periódico. Qué digo, para eso quedan las cadenas de la SECOM. Por eso mismo tendríamos que dudar del equilibrio mental de quien se proponga la quijotesca tarea de embeber noticias frescas, veraces, verificadas y el resto de la letanía, a través de un simple dibujo de pocos trazos presentado en una sección que se titula, habitualmente en letras grandes, “OPINIÓN”. Claro que si nos ponemos jesuitas en el asunto, opinar es una manera de informar sobre lo que uno mismo piensa, o en el mejor de los casos, sobre su personal visión de lo que sucede. ¿Que esta visión del dibujante se yergue sobre datos de dudosa fiabilidad, prejuicios, múltiples ignorancias? Puede que sí, a veces. Puede que siempre. Pero sigue siendo su visión,  por eso lo vienen a buscar día tras día, porque esa visión para ese público tiene un valor muy aparte de los hechos anecdotarios que le sirven de enfoque casual. Quien tiene sed de hechos y de cifras se va a otro sitio, a otra sección (Actualidad, Política, Internacional, Deporte), y si tiene algo de seriedad, lo hace repetida y recursivamente en diversas fuentes. Quien quiere saber cómo Bonil ve las cosas, se va directo a Bonil. Por tanto (y de nuevo me disculpo por la obviedad, pero aparentemente hay que decirlo), acusar a un caricaturista (o llegados a eso, un columnista de opinión cualquiera) de “desinformar” es como acusar a un novelista de “mentir”. La acusación en sí revela una paupérrima cultura, una ignorancia de las reglas básicas del juego, una deficitaria absorción de las normas civilizadas y de las convenciones y tradiciones del género, que sorprendería incluso si no viniera de una institución adornada con el (en sí, absurdo, y en este caso, socarrón) nombre de “Superintendencia de Comunicación”. Pero revela algo más que eso.

Si el caricaturista mediocre se felicita porque su arte por lo menos permite “reconocer” a los personajes, y el de cierto talento se vanagloria de plasmar la esencia, la singularidad, el rasgo decidor de una cara (y nada más que eso) mediante la estudiada exageración y la economía de trazos, para el ambicioso todavía existe un desafío mayor: dar con esa espléndida y contundente metáfora visual que resume un hecho noticioso o un fenómeno, o define un personaje público de una vez para siempre, que va más allá de la cara y desnuda el alma, o que (al igual que hace el novelista) permite llegar a través de la ficción a una verdad más profunda. Se trata de imágenes que quedan grabadas en la memoria colectiva: el Gargantua de Daumier, que le valió meses de cárcel; el John Major de Steve Bell con su calzoncillo, gris como el propio personaje, llevado pantalón afuera al estilo Superman; El “hombre bota” de Roberto Weil, metáfora insuperable del chavismo; y por estos lares, una lengua enorme, con cierto elemental poder de locomoción serpentina, que sostiene una pequeña corona en son de majestad y en ángulo a la vez displicente y coqueto. Lo que tienen en común todas estas imágenes, aparte de hacernos reír, es un detalle importante: representan el poder. Proponen que nos burlemos, hasta el último momento, con gesto desafiante, de la nube que se cierne sobre nosotros, indefensos ciudadanos lectores de periódicos, de esa bota que quiere aplastarnos por (desde luego) nuestro propio bien. Tal ha sido siempre, si no el deber, la tendencia natural de todo caricaturista digno del nombre. Bonil se ha demostrado capaz de reírse de casi cualquier cosa, pero el tema del poder, de su sempiterno abuso, y de sus absurdos excusas y pretextos, ejercerá siempre sobre él una fatal atracción, así sea únicamente porque el humor – el suyo, especialmente – se nutre precisamente de lo absurdo, y el poder, sobre todo el que no conoce de límites, es fuente primaria de absurdos de toda clase.

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La caricatura – genial, hay que decirlo – del 28 de diciembre pasado, para cualquiera que no sea o bien ciego o bien Superintendente de Comunicación, da plena muestra de ello. No pretende informarnos (y por tanto, no puede desinformarnos) sobre el contenido preciso de aquellos dispositivos sustraídos de la casa del Sr. Villavicencio, en una siniestra operación relámpago propia de las dictaduras de otros tiempos. Si fuera tan importante el dato de que lo sustraído eran “denuncias de corrupción” y no, pongamos por caso, “pornografía” y otras “cosas impresionantes” igualmente susceptibles a usarse en contra del desdichado sujeto, el dibujante hubiera buscado otro modo de contar la historia, pues lo esencial de una caricatura nunca vas a encontrarlo en los textos, sino en los trazos, y estos no dicen nada acerca del contenido de aquel material tan escrupulosamente confiscado. Lo que sí dice mucho es la expresión facial de los encargados de cumplir con el acometido de la Fiscalía: esas sonrisas de triunfante cinismo, de jolgorio despiadado y desalmado, que resumen tan bien la actitud de los poderosos que se saben – aun, a estas alturas, casi sin creérselo – omnipotentes e impunes, en situación de forjarse ellos mismos sus propias leyes, desapariciones y justificaciones para todo lo que hacen. De modo que, aunque fuera cierto que el caricaturista tiene por obligación legal “informar”, pues en el caso en cuestión lo hace de manera incuestionable y contundente: nos revela, como le toca muchas veces al caricaturista hacerlo, el pensamiento oportunista y amoral que subyace a la palabra hipócrita, oficial, de rigor, y lo hace del modo más puro y económico posible, a través de unas cuantos rostros dibujados.

Es comprensible que todo esto, tanta información no solicitada, moleste, escuece, en ciertos ámbitos. El Superintendente de Comunicación, Carlos Ochoa, antes de dar con el genial pretexto de la “desinformación” o “descomillización”, se expresó con bastante mayor candidez al señalar que, para él, la gráfica “deslegitima […] la acción de [la] autoridad” y “apoya la agitación social”. Lo que sorprende en estas declaraciones es tan sólo la candidez de quien admite, tácitamente por decirlo así, que la mitología oficialista, de una “revolución ciudadana” fruto de una larga tradición de “agitación social”, de desafío a las “autoridades” en pro de los desposeídos y excluidos, es sólo eso, papel de envoltura, y que la realidad del asunto es ésta: aquí está la bota, se llama Autoridad, o séase Nosotros, y aquí estás tú, te llamas Insecto, y lo demás, romanticismos. Así que deje de deslegitimar y de agitar, o verás lo que te pasa. Y si tal grado de candidez sorprende es porque uno habría pensado, a estas alturas, que un régimen con tantas y tan sonadas victorias electorales en su haber, y con una oposición política de vacaciones permanentes, podría de vez en cuando aflojarse el corsé y permitirse aunque sea un poquito, nada más que eso, de buena onda, tolerancia, espíritu conciliador, y hasta inteligencia. (No digo autocrítica: no pidamos peros al Olmedo.) Pero vemos que no es así: hasta ahora ha funcionado el maniqueísmo, pues maniqueísmo ha de ser siempre, desde el oficialismo, de cara larga y falda al tobillo, hasta la ducha final. Si dibuja para El Universo, es el demonio, y punto. No importa que en secreto, en los semáforos de Avenida América, nos hace reír a todos: lo importante es que cuando viene el Jefe, ¡chus!, cara seria, otra cosa fuera suicidio. Y así nos va.

Sobre el deus ex machina de la supuesta “toma de posición institucional” de El Universo en torno a la inocencia o culpabilidad de los involucrados en un proceso legal en curso, poco se puede decir. Es una excusa excelente para sacarle plata al diario. Es, además, un argumento la mar de convincente, salvo por dos cosas, detalles en fin: primero, el dibujo de Bonil no dice nada sobre la inocencia o culpabilidad de Villavicencio en el juicio que le afectaba (o en todo caso, dice bastante menos que la caricatura de Der Stur… digo, de El Telégrafo del 4 de enero), proceso que versaba, recordémoslo, sobre un tema de presunto hackeo de correos; y segundo, que difícilmente puede considerarse una “toma de posición institucional”, la publicación en una sección de opinión, regida por un disclaimer explícito. Aparentemente, si digo que no necesariamente estoy de acuerdo con alguien que cita a un implicado en un proceso legal que dice que se le llevaron algo de su casa, es como si dijera que esa persona es inocente. Vaya. Con argumentos así, ahora sólo falta que aseveren que el dibujo en cuestión compromete la salud física de la abuela de Karl Marx. Y de paso: consíganme rápido, alguien, una denuncia de corrupción, de quién sea, de dónde sea, pues si algún día me acusan de algo, pago para que algún policía se me lleve esa denuncia y asunto arreglado, ¡soy inocente! Así es en el mundo fantástico, Carrolliano, de las Superintendencias de Comunicación. Dios les bendiga y a sus pequeñas medias de algodón.

Si este asunto tiene su lado serio, ya veremos; pero me da la sensación de que sí. Como otros han observado, se trata de un test case de la Ley de Comunicación y, por lo que veo, no deja dudas sobre el afán de llevar esa absurda epistemología de verificación y contraste oficial al terreno de los tribunales e instancias punitivas diversas. Me refiero a la noción, implícita en el texto de la sanción, de que verificar equivale a obtener respuestas oficiales, con sello de ministerio. De las pruebas presentadas por Bonil, el problema es que “…no contienen pronunciamiento alguno de la Fiscalía o de la Policía…”. Si alguien es víctima de un robo y quiero saber qué es lo que se sustrajo, puedo creerme a esa víctima o al ladrón, según mi propio análisis sobre la credibilidad de ambos implicados; pero si cualquiera de ellos representa al Estado, olvídense de lo que le enseñaron en el colegio sobre pensamiento crítico y todo el intríngulis: verificar correspondería con obtener su respuesta, y buenas noches. Será porque, como sabemos, los políticos siempre dicen la verdad. Tomen nota quienes mueren por saber si existe realmente el Boson de Higgs, o si la leche de soja previene contra la lujuria, o si el autor del Cantar de Mío Cid vivía en la Alcarria. Sugiero que prueben primero con el MIES: esa gente tiene un poco más de tiempo libre.

En fin. Ante el triste espectáculo de un Superintendente de Comunicación que piensa que las comillas sirven para citas resumidas (¿qué haremos con las literales?) fuera del excéntrico style indirect libre de Austen y Fielding, que hay una importante diferencia entre no citar la fuente y hacerlo de manera “tácita”, que la tipografía utilizada por Bonil para señalar procedencia periodística carece de función aclaratoria, o que se puede “forjar una realidad falsa” (no así una falsedad falsa, se supone) uno hace dos cosas: se pone a reír a carcajadas, o se refugia en la bebida.

Y ahí llegamos a constatar un hecho curioso, que supongo que desde los albores de la profesión habrá alegrado el alma de todo caricaturista político: que los personajes políticos no pueden dejar de ser ellos mismos, no pueden dejar de autoparodiarse, no pueden dejar de darle la razón al caricaturista en cuanto se ponen a pelear con él. De la misma manera que un Jaime Nebot, al ser criticado y burlado por llevar una supuesta política de garrote, responde con garrote: de la misma manera que un Correa, al ser acusado de insultador, responde con insultos: de esa misma manera responde una institución del Estado “deslegitimada” por la vil insinuación de que tales instituciones se subordinan a los caprichosos intereses del poder: su única respuesta consiste en llevar a cabo una sanción dictada por los caprichosos intereses del poder. ¿Cómo funciona eso? ¿Qué misterioso fenómeno es el que a cada persona que se mete en el mundo de la política se le extirpa precautelarmente el sentido del humor, el sentido del ridículo? No lo sé, pero para el caricaturista eso debe ser maná del cielo. Sin esos personajes, su trabajo sería bastante más difícil, sin duda alguna.

Pero a mí que no me pidan caricaturas. Puede que los políticos te lo pongan fácil, puede que la vegetación de lo absurdo dé ricas flores e hilarantes frutas, pero la savia que la nutre creo que tiene que brotar de una visión cultivada en el interior del artista, una visión de otra vida posible, acaso de otra sociedad posible; esta visión es la que últimamente no diré que me está faltando, pero en vistas de tanto “respétame, no porque lo haya merecido, sino porque quiero sentir primero lo que sería merecérmelo”, pues casi casi. Constrúyela de recuerdos, si tienes edad y experiencia para ello, o si no, de lecturas, de viajes, en último término de sueños erigidos sobre postulados racionales, humanos, civilizados y decentes. La cuestión es que sepas reconocer cuándo, en tu entorno, en la portada de tu diario, las cosas que se presentan como hechos normales, acciones necesarias, opiniones consensuales, leyes justas y razonables, sacrificios inevitables, no son nada de esto.

Y si puedes recordarle todo esto a un lector con un simple dibujo, tal vez debes ser caricaturista tú también. Es un don que no veo muy ampliamente repartido en el mundo.