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¿Cuáles son las historias detrás de las estadísticas públicas?

Ya no hay café y tengo tres presentaciones que hacer. Tengo que viajar a Guayaquil en una hora y aún me falta un reporte que terminar. No he desayunado ni almorzado y necesito cambiarme de corbata y que cambien dos láminas en la presentación. En esta ciudad no para de llover; por eso no me gusta Quito, me entristece. ¿Dónde está mi café? Me he olvidado el cargador de la computadora. En quince minutos debo estar en la rueda de prensa. Pienso que debo acabarla y salir soplado al aeropuerto. Y comer.

Me siento en el auto y espero en el tráfico. Aún no reacciono sobre la gravedad de los datos que, como director del Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos, presenté hace cinco días: La encuesta de victimización y violencia contra la mujer. Si hay un tema que preocupa en este país es la violencia implícita y estas estadísticas han causado un impacto mediático inmenso.

Mientras espero en el carro, viaja conmigo un asistente.

– “Oiga le llegó una carta media rara”, dice.

– “¿Eh? ¿Me das más café?”, respondo.

– “Le llego esta carta hoy, dice “personal” así que no la abrí”, continúa.

– “¿Remitente?”, pregunto confuso.

– “Solo dice “F. de Festejo”, contesta.

– “Déjame leer”, le pido.

Festejo

Hace exactamente tres días mi hija se graduó de la universidad con honores. Se ganó una beca para estudiar en Harvard. En realidad Harvard a mí me apesta. Se creen los mejores en el peor de los mundos. Hubiese querido que viaje más y se equivoque más. Me acabo de enterar también que ya tiene financiamiento para publicar su primer libro. Ella siempre ganó premios y fue abanderada. Para colmo, la más guapa del curso y no lo digo porque sea su madre sino que siempre tuvo a los novios con ramilletes esperando. Mañana viaja a Boston por cuatro años. Como te digo, ella es de esas niñas perfectas que no se equivocan que nunca se descarrilan. Belleza y perfección en cuerpo. Belleza y perfección en mente. ¿En el espíritu? No sé si en espíritu, no lo sé.  Esa es mi hija: la que no he visto en persona desde que tenía doce años. Ya son nueve cumpleaños sin verla.

Ayer te escuchaba hablar de los datos del maltrato a la mujer. Estás tan grande, me acuerdo de vos chiquitito cuando te robaron la bicicleta y venías llorando a mi casa. Me pediste que hable con tu mamá porque tenías miedo a su reacción. ¿Qué buenos momentos pasaron en el barrio no? Generaciones enteras de felicidad. Bueno, quería decirte que no tenía idea que se podía medir el maltrato sicológico, recién me entero. Y más o menos sobre eso te quiero conversar. Aunque para mí tenga sabor a festejo.

La primera vez que mi esposo me pegó me pidió disculpas y dijo que era porque estaba borracho. La fuerza del puñetazo me cortó desde la ceja hasta el párpado. No salí de casa un mes para que nadie me descubriera. Los pibes eran chicos y como sabes, los argentinos en Ecuador somos muy unidos porque éramos pocos y nos veíamos todo el tiempo. Así que por obvias razones Natalia, mi amiga, se enteró al paso. Ella se indignó y me dijo que lo denuncie. No me atreví porque al toque empecé a vivir el “maltrato psicológico” como vos le llamas.

Él empezó a lavarme el cerebro diciendo que no lo satisfacía y que los problemas que teníamos eran porque yo no era suficiente para él. Mientras tanto, él seguía ascendiendo en la empresa: estaba de gerente de área y ganaba más dinero que todos sus hermanos juntos. Yo no trabajaba por tonta, porque dejé los estudios por él y porque tuve el torpe sueño de creer que ser madre de familia me llenaría la vida.

La segunda vez que me golpeó estaba sobrio. Se molestó porque remodelé el jardín y ya no entraba el tercer auto en el garaje y tuvo que parquear en la calle por un tiempo. Resulta que le robaron porque estaba parqueado en la calle. No, perdón: le robaron porque a mí se me ocurrió arreglar el jardín para que los chicos tengan más espacio para jugar. En esa ocasión me intentó ahorcar y me mandó a dormir en la sala. Ya no era normal ni tolerante.

Los golpes físicos los aguanta cualquiera y se curan, Byron, pero los golpes en el alma no. Hablé con Natalia y empecé a contactar a doctores para que conversáramos los tres. Eso empeoró su reacción y me amenazó con lo que más tarde cumpliría: ponerme en contra de los niños, alejarme legalmente de ellos y dejarme en la calle sin trabajo. Y claro que no soy perfecta, si es que tuve un pasado con la copa fue por la depresión y el abandono de él. Pero sí, es mi culpa y mi droga. Lo más sensible y lo más delicado fue usado en mi contra.

No te quiero aburrir con dramas que ya superé. Te cuento que cuando desaparecí del barrio nunca los abandoné a mis chiquitos. Hubo un tema legal de por medio y no me podía acercar. El tipo se volvió loco y hasta empecé a sentir que disfrutaba verme hundir. Desde ahí no veo a mis hijos pero tú sabes cómo es una mujer y cuál su mejor virtud: volver a empezar.

De regreso sola en mi tierra fui mesera, cocinera, hostess, recepcionista, vendedora y hasta camarera. Pasé día tras día recuperando mi dignidad y buscando cualquier forma de conectarme con mis hijos. A escondidas y por terceros me enteraba de todo y de cuando en cuando conversábamos horas por Skype. Joaquín se ha hecho emelecsista como ustedes. Siempre me acuerdo de ti por eso.

No volví a Ecuador sino hasta hace un mes. Tenía pensado ir a la graduación de mi hija pero la ilustre me llamó a decir que para evitarnos impases con su padre ella prefería que yo no fuera a la ceremonia. “Impases”. Me quedé pensando en esa palabra por horas. Seguro será una palabra que aprenderá mucho más en Harvard.

Y bueno, ya estando acá, he visitado a viejos amigos, a mis conocidos y sin pensar he cerrado un buen negocio. Las cosas están mejor en mi vida profesional y tengo dónde caer muerta dignamente. Tengo una pareja estable y somos muy contentos con nuestros gatos. Él se deprime de cuando en cuando y yo también. Pero no hay mejor cosa que una depresión acompañada. Nada como eso.

¿A qué viene todo esto? A un festejo.

Ayer estaba a punto de irme. Ya había hecho mi maleta y tenía solo un par de golosinas que comprar. Tenía en mi cabeza esto de las encuestas de victimización a la mujer y la ironía de haberlo vivido sin haber sido parte de las estadísticas. ¿Por qué no había esto antes? ¿Conocer esto me hubiera animado a denunciarlo? Me reía en silencio, para mí nada más. Entré a la pastelería y pregunté por el postre de las milhojas. Le pregunté al tendero que qué de nuevo tenían las oscuritas, que nunca las había probado.

Me dijo: “Mi señora linda, no todo lo que existe es lo que ve. ¿Si no lo ve, no existe? ¡Tiene que comprarla, abrirla capa por capa y verá lo que existe!”

Me quede quieta y congelada.

Byron, ¿sabes por qué es importante un número como el de la violencia sicológica? Estoy segura con todas las fuerzas de mi vida que hay mujeres que no saben que existe a pesar de que la viven y por esa razón creen que es “normal”. Por eso se dejan maltratar. Por esa razón asumen que el hombre es su propietario.

Yo ya soy una mujer vieja pero aún puedo sacarme las espinas con mis propias manos. Aún puedo festejar.

Decidí hacer una denuncia y escribir varias cartas. La primera a mis hijos, en la que por primera vez le cuento con detalle todo lo que su padre me hizo. Ellos nunca lo supieron y yo tontamente acepté no contárselo. Si hay que ser felices, hay que ser felices con la verdad, o a pesar de ella. La segunda carta es para su papá y a toda la junta directiva de la empresa. Con lujo de detalles y todos los anexos legales que develan la calaña de persona que es, y que siempre me he guardado. La tercera es a un abogado, con el que lo denuncié ante los juzgados. La cuarta es esta que estás leyendo.

No voy ni quiero recibir nada a cambio. No me interesa ni dependo de nadie aquí. Solo quiero dejar por sentado lo importante de ejecutar un derecho. El derecho de no quedarte callada. El derecho de no quedarme callada, de no sentir más vergüenza, de darme mi lugar. No quiero dinero. No quiero fama ni quiero venganza. Quiero ser un antecedente más. Porque eso es lo importante en el numerito: que la mujer vea que no está sola y que se atreva a denunciar. El numerito importa para que el político vea que el problema si existe y se atreva a hacer algo, para que el periodista entienda la gravedad del problema y se atreva a escribir una historia al respecto.

Quizás no logre mucho muchacho, pero con el simple hecho de visibilizar un derecho se pueden hacer milagros. Que pese en la conciencia de cada uno lo que ha hecho pero mientras exista un mecanismo legal para respaldar a una persona en situación de vulnerabilidad, es mejor. Abogo por que hoy las mujeres se atrevan, reclamen, se quejen, se paren duro, se den su lugar. El lugar que yo permití que me lo quiten y del que no me iré, aunque sea sin denunciar.

Sí, es una denuncia. Pero para mí es un festejo.

Cuídate mucho muchacho, gracias por esos datos que han llegado en el momento preciso. Y ten cuidado con eso de la política, preocúpate también de ser feliz. Porque a veces se nos olvida. Porque a veces, se nos olvida.

Tu rescatista de bicicletas robadas,

F de Fernanda.

PD. Visitáme en Buenos Aires cuando quieras. Tienes un hogar emelecsista también allá.

PD2. Me conto gente del barrio que pronto te vas a estudiar afuera. Por favor, no vayas a Harvard.

****

– ¿Alooooooooo? ¿Byron? le pregunto si todavía quiere café, me pregunta mi asistente.

– ¿Eh?, respondo sin saber qué preguntó.

– Que si quiere café, insiste.

– Quiero comer, respondo.

– Pero tenemos la presentación y que viajar a Guayaquil, me informa.

– Cancela por favor. Llévame a comer, le pido.

– ¿Seguro?, cuestiona.

– Sí, contesto.

– Bueno solo una cosa, tengo en la línea a un periodista. Le quiere hacer una pregunta: ¿Cuál es el beneficio de hacer encuestas como la de la violencia contra la mujer? Él dice que solo causan escándalo y luego la gente se olvida. Que da lo mismo si se hacen o no”, me cuenta y yo sonrío. “¿Le digo lo de siempre? ¿Le digo entonces que motiva a las políticas públicas para volver a la sociedad más equitativa?, continúa mi asistente.

– Dile que puede escribir lo que quiera. La encuesta ya está pagada, respondo satisfecho.

 No todo lo que existe, es lo que se ve. Todos los datos de la encuesta que motivaron la carta.