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Ahora que está de moda deplorar la cultura como espectáculo y que de un tiempo a esta parte los poderosos huyan de los intelectuales para dejarse ver más bien junto a chefs, modelos y cantantes, en lugar de rasgarnos las vestiduras deberíamos pensar cuánto de todo aquel rechazo es achacable a los mismos intelectuales. Total, ¿cuántos escritores desearían cenar con una modelo en lugar de cenar con otro escritor?

Uno de los estamentos más molestos y cuestionados de cualquier sociedad es el integrado por artistas, escritores, humanistas y creadores de toda condición, de quienes se espera de todo aunque no se les pida de nada. ¿Cuál debería ser la relación del intelectual con el poder? Esa es la pregunta del millón.

Durante la década de los 60 se puso de moda la etiqueta de «comprometido», para distinguir a quienes se proclamaban de izquierda de quienes no lo eran. Sartre –por ejemplo– era el arquetipo del escritor comprometido, en menoscabo de Camus. Sin embargo, la mayoría de escritores comprometidos terminaron festejando a ciertos dictadores o justificando algunas guerras, como si fuera posible hablar de tiranos benéficos y holocaustos justos. Por eso hoy en día no es posible hablar de intelectuales «comprometidos», pues ello supone dar demasiadas explicaciones o tolerar más de un malentendido.

Uno tiene asumido que los intelectuales han tenido una responsabilidad funesta en el siglo XX, ya que entronizaron la legitimidad de la violencia cuando era ejercida en nombre de una idea, un libro o una doctrina presuntamente infalibles. El siglo XX ha sido el siglo del descrédito de los intelectuales, pero aún así de cuando en vez alguien exige a los intelectuales que cumplan un rol sublevante, que agiten las conciencias o que señalen algún camino. Estas demandas se me antojan sinceras e idealistas, pero la historia nos ha enseñado que la relación del intelectual con el poder sólo consiente tres variantes: cortesano, asesor y aguafiestas.

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EL CORTESANO: Hay individuos que necesitan del poder para convalidar sus credenciales intelectuales a través de premios, prebendas, embajadas y otras regalías con cargo al presupuesto público. A cambio se convierten en palmeros de cualquier régimen y firman lo que se les ponga por delante con tal de halagar al poder. Por lo general se trata de artistas y escritores que se valen de su influencia para promover sus propias obras y de paso perjudicar las de sus enemigos. El intelectual cortesano comienza escribiendo los discursos de su jefe y acaba redactando las monografías universitarias de los hijos de su jefe.

EL ASESOR: El asesor no es un cortesano porque tiene pensamiento propio y por lo tanto le pone un precio a sus ideas. Por supuesto que hay asesores honestos que creen en las causas para las que son convocados, pero se trata por desgracia de una minoría. El intelectual asesor ha leído a Platón y sabe por experiencia que si no existen reyes filósofos, mejor ni hablar de presidentes, ministros, alcaldes, consejeros o concejales más o menos hermenéuticos. El intelectual asesor desprecia a sus jefes, habla mal de ellos en sus círculos más íntimos y siempre deja claro que jamás le hacen caso, pero no podría vivir sin asesorar.

EL AGUAFIESTAS: Como su nombre indica, el aguafiestas es un peligro porque el poder nunca sabe por dónde va a entrar o salir. Desea tanto dejar constancia de su independencia, que no vacilará en formular sus objeciones y perplejidades incluso poniendo en riesgo su estabilidad laboral. Por eso un aguafiestas nunca será cortesano, aunque si llega a ser asesor siempre será un aguafiestas. El intelectual aguafiestas tiene fama de ácrata, de diletante, de pesimista y de sectario, pero sus opiniones son el insumo del asesor y la envidia del cortesano.

Para que el horror sea perfecto, el intelectual aguafiestas cae en el olvido hasta que un intelectual asesor le recuerda al poder que se acerca su centenario, y un intelectual cortesano redacta el texto de la placa.