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¿Es esto lo que quería Alfaro, señor Presidente?

El Estado laico es en nuestros días el garante de las libertades públicas, de conciencia, pensamiento y religiosas, en primer lugar; luego, de expresión, de asociación, de acción, de prensa y muchas otras más. El laicismo aflora como una gran idea, una suerte de aventura política intelectual, hija de la moderndad y de la Ilustración. Pero, así como la fe cristiana brota en el seno del pueblo judío, el laicismo surge en una sociedad profundamente creyente, la francesa, en la cual el axioma decía “fuera de la Iglesia no hay salvación”, lo que daba lugar a un verdadero terrorismo religioso que reservaba el cielo a un pequeño grupo de elegidos y mandaba al infierno al resto de la humanidad. No había de otra, los preceptos religiosos de ese momento, al igual que ahora, no soportaban ni la heterodoxia, ni la incredulidad. La diferencia es que entonces esos preceptos religiosos eran ley. El laicismo nace además en una época en la que la pareja Estado-Iglesia parecía un matrimonio indisoluble. 

Desde que en 1789 se llaman a Estados Generales en Francia y la Asamblea vota los Derechos del hombre y del ciudadano, laboriosos triunfos se han conseguido poco a poco para instituir el laicismo en todo el mundo. A nosotros como Ecuador el laicismo público nos llega de la espada de Eloy Alfaro en el año 1897. La sociedad ecuatoriana empieza a cambiar, pero el cambio es paulatino, doloroso, hay resistencia que por momentos se vuelve furibunda y violenta. No es tan sencillo cambiar la idiosincrasia de un pueblo únicamente a través de leyes. A Alfaro de alguna manera esto le costó la vida, pero su sacrificio, cien años después, puede verse en nuestro país en forma tangible. Gracias a él tenemos Registro Civil de tal forma que hoy todos los ecuatorianos y ecuatorianas constamos en un registro público, que antes era un archivo privado, exclusivo para católicos. Por esa misma lógica, el matrimonio también es civil, cualquiera puede acceder a este sin importar la religión que profese, pues hay libertad de cultos, y este matrimonio además contempla la posibilidad de disolverse mediante el divorcio. Existen escuelas, colegios y universidades públicas en las que no tienes que ser católico (o pertenecer a cualquier otro credo) para poder ingresar.

Eloy Alfaro profesaba la fe católica, sin embargo tenía muy claro que en una democracia liberal la separación del Estado y de la Iglesia era imprescindible para el bienestar de todo el pueblo. Hoy reconocemos que el laicismo público fue el principal aporte de Eloy Alfaro para que nuestro país ingresara a la modernidad. Ese es el insustituible lugar que tiene el viejo luchador en nuestra historia.

Gracias a ese laicismo público de herencia revolucionaria, liberal y alfarista, y a pesar de la feroz oposición de la Iglesia, hemos ido conquistando como sociedad victorias contundentes: el voto de la mujer, la ley de uniones de hecho, la equiparación de los hijos llamados ilegítimos a los que nacieron dentro de un matrimonio, la despenalización del adulterio, la existencia de dos causales de aborto impunible, la despenalización de la homosexualidad y recientemente, en la Constitución del 2008, la posibilidad de que parejas del mismo sexo accedan al reconocimiento legal de su unión de hecho para obtener, por lo menos en teoría, los mismos efectos jurídicos que tienen las familias constituidas mediante matrimonio. Todo esto se ha logrado con gran escándalo y apocalípticas profecías de los sectores más reaccionarios y curuchupas del país.

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Hoy el debate sobre la despenalización del aborto por violación puso a prueba nuestro laicismo público. Este perdió vergonzosamente y nosotros como Estado laico sufrimos un retroceso. El Presidente Rafael Correa puso sus convicciones religiosas por encima de la ética laica que según el art. 3, numeral 4 de la Constitución es el sustento del ordenamiento jurídico ecuatoriano. Me parece a mí, no es lo que hubiera querido Eloy Alfaro. 
El laicismo es la condición necesaria para que exista una convivencia plural en una sociedad liberal y democrática. Es el límite que permite separar la moral privada, de la moral pública. En un Estado laico las convicciones religiosas deben quedarse en el ámbito privado, la ética laica, por otro lado, debe exigirse en el ámbito público. Un individuo auténticamente liberal, como sí demostró serlo el Presidente Eloy Alfaro, entendería que un ordenamiento jurídico, así como cualquier política pública, debe estar dirigido tanto para creyentes como para no creyentes, agnósticos o ateos. En este sentido tiene tanta razón Martin Farrell cuando sostiene que:
Los principios religiosos son, necesariamente, de tipo metafísico, insusceptibles de prueba, dogmáticos, autoritarios y, en buena medida, inmunes al razonamiento. En la filosofía occidental se considera a los sentimientos religiosos generalmente como carentes de prueba, y las pruebas que han tratado de buscarse se han considerado inválidas. El orden jurídico, por su parte, está dirigido a todos, creyentes o no creyentes. Para cualquier contenido de orden jurídico hay que dar razones, proporcionar argumentos. Hay que discutir, y no dogmatizar.

Es por esto que, ante las recientes declaraciones de Rafael Correa referentes a la despenalización del aborto por violación, yo pienso con honda pena y gran inquietud que lo que queda de Eloy Alfaro debe estar revolcándose en sus tumbas y gritando “Yo no quería una ciudad con mi nombre, ¡yo quería Estado laico!”.

Bibliografía:
Nuestra laicidad pública, Emile Poluat.
La ética del aborto y de la eutanasia, Matrin Farrell.
Por una defensa incondicional de los derechos de las mujeres y un mínimo de racionalidad científica, Rodolfo Vásquez.