diegoriverabailetehuantepec1928.jpg

Para Sandra Milena

“El amor es bailar”.
Café Tacuba
Re.

Dicen que bailar es hacer el amor de pie. Cuando uno baila con ganas  intima tanto como si tuviera buen sexo: olores, fluidos, ritmos y pulsaciones y creo que por eso, en muchos casos bailar requiere tomarle gusto a esa ceremonia donde se comparte el cuerpo y se próxima a otra piel con expectativa, casi siempre erótica. Yo bailo salsa porque es lo que he aprendido luego de nueve meses de estar viviendo junto a colombianos que llevan la agitación en la sangre. Pese a mi buena voluntad, siempre me tenido la certeza de que soy muy torpe con el cuerpo. Quizá me estoy remitiendo a una infancia donde era más que otra cosa,  una niña de sombra, una niña que jamás aprendió a nadar o a usar la bicicleta, una niña teórica.

Las mujeres bailan, los hombres casi no bailan o bailan muy poco. Si el baile es sexo ¿qué pasa por la cabeza de las parejas masculinas de baile? El baile es la posibilidad de aproximación más carnal que existe sin que el compromiso dure más que un par de minutos. Un amigo mío comentaba que los hombres acceden a bailar porque saben que es parte del ritual de seducción y aunque no lo disfrutan en su mayoría —y es parte de los secretos masculinos que jamás deben comentarse— acceden a bailar o por complacer o porque pierden puntos ante otros hombres que sí lo hacen, o porque no hay más remedio. Otro amigo baila solo cuando nadie lo mira, baila porque lo necesita y porque le produce placer, porque el baile lo sincroniza con el universo. Entonces gira, se golpea el pecho, azota el suelo con los pies y asume su naturaleza sensual. Y cuando los hombres bailan juntos y se divierten, no hay gesto masculino que se le compare. Como muestra están los griegos absortos en su danza, bailando abrazados, sudando, entre gruesas carcajadas.

En la pista de baile a la que acudo de vez en vez, poco a poco hay movimiento. Primero nadie parece muy interesado en nada mientras todos observan con desgana a los demás. Para empezar a bailar hay que romper el hielo, siempre  hay una pareja valiente que más que talento tiene impulso. Luego llegan una segunda,  una tercera y luego todos están ya bailando. Una de las cosas que también he aprendido con respecto a la libertad de mi cuerpo es que puedo sacar a bailar a quien quiera. En esta lid donde a las mujeres nos ha tocado ganarnos un espacio en el cual hacer nuestra voluntad, me acojo a la licencia del baile. Sacar a un hombre que nos parece bello a bailar es el mejor ejercicio de feminismo. 
Y voy por los hombres que a primera vista me agradan: elijo a uno barbado, de camisa a cuadros y pelo rojizo. Sé que viene de otro lado, se le nota porque hace lo posible por no despegarse de sus amigos, también extranjeros. Es español, se llama Pablo. Se mueve bien para ser de una tierra donde la mayoría de las personas tienen la agilidad de una tabla. Pero se inquieta, hay cierta química y Pablo quiere tener una noche tranquila, nada más. Se lo piensa y me dice gracias.

PUBLICIDAD

Luego doy con un hombre alto de cabello largo, me recuerda un poco a un ex de Centro américa a al que quise mucho. En un lance de nostalgia le pido una pieza. Este hombre, en cambio se mueve lento, de forma más bien clásica, mi ritmo es acelerado y el de él es como el fluir del agua. Luego de un par de movimientos sabemos que no vamos, pero yo me esfuerzo por calzar y  logramos terminar la melodía. Le comento que es divertido notar como a pesar de que escuchamos lo mismo, todos nos movemos de manera diferente. Él dice que no sea intelectual y es verdad,  la razón debe parar y dejar que otras partes sean las que hablen.

Y sigo eligiendo hombres, un mulato alto, uno corpulento calvo y voluminoso, uno menudo que hace muchas piruetas con el que sorprendentemente voy a tono, uno que es como una roca y que me separa y me acerca a él con violencia… un desfile de pieles y de humores. Al final se acerca ya la media noche y el cuerpo se cansa. Me duelen los pies y es necesario beber algo que contrarreste tanta aceleración.  Sigo imaginando. ¿Quién no ha deseado que la canción que comparte con alguien jamás de termine? ¿Prologar más el abrazo? O apretar el cuerpo del hombre que una desea, tomarlo de las nalgas y acercar su pelvis a la nuestra, frotándonos suavemente; enterrar las manos en su cabello, besarlo con profundidad; empezar a desvestirlo y todo eso girando en medio de una música real o imaginaria. 

Pero siempre viene una pieza que nos gusta, una canción que quisiéramos bailar con alguien con quien moverse no sea traumático o un duro empeño, sino más bien un delicia y una alegría. Ahora suena esta tonada y luego esta otra y entonces sabemos que fuera de la pista somos solo seres vulnerables tras escritorios o pupitres, personas que temen exponerse y lucir vulnerables, seres a quienes se les va en tiempo postergando salvo cuando follan o bailan. Es verdad, si nos ponemos a pensarlo más allá está el amanecer, el paso de las horas y la muerte, pero eso vendrá luego. Mientras, suena música y nosotras bailamos.