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Lecturas posibles sobre la experiencia argentina

Una de las tareas más complejas, divertidas e imprescindibles a la que uno se ve abocado al momento de habitar verdaderamente una ciudad es la de aprender a leer y entender mínimamente los códigos estético-políticos que dibujan las fronteras de su identidad y las rutas por las que circulan los imaginarios que constituyen la cultura local. En otras palabras, pasearse por ella con ganas de vivirla. Claro, hay quienes prefieren la comodidad de la impermeabilidad y pasan años imaginarizando la ciudad a la que llegan bajo las mismas categorías que trajeron empacadas en sus valijas. Conozco quienes en Buenos Aires no toman bus porque los fantasmas nacionales indican que esto es una práctica decididamente chola (palabra compleja donde las haya).  Hay entonces diferencias marcadas entre quienes hacen un esfuerzo por vivir las ciudades en calidad de turistas, y quienes procuran habitarlas en calidad de ciudadanos.

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“Salir de Buenos Aires implica 400 kilómetros. Se está en un presidio, en una ciudad muy neurótica, por eso cuando el porteño sueña, sueña con playas brasileñas”. Son palabras de Christian Ferrer, docente y sociólogo anarquista, a quien le disgustaría bastante que lo cite en un texto que trata de explicar unas cuantas cosas sobre el último proceso electoral en Argentina.  Sus palabras sirven para explicar la apatía generalizada con la que buena parte de los porteños viven el proceso electoral. No importa lo que suceda en las urnas, lo cierto es que Buenos Aires es un interesante y angustiante presidio. Las calles seguirán siendo prolongaciones de los cientos de escenarios repartidos en la ciudad, evidencia de la obsesión de los porteños por el teatro. La pizza seguirá siendo deliciosa. Los jovencitos chetos (pelucones) de Palermo seguirán sin conocer el sur de la ciudad. Las estaciones de subte seguirán oliendo a orina. Las playas soñadas seguirán siendo brasileñas.

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En Buenos Aires, el día de elecciones está lejos de poder ser catalogado como una fiesta. La gente asiste a votar como quien va al banco o a la oficina de un burócrata a cumplir con un trámite. No hay informales festivales de comida criolla, vendedores ambulantes ni comentarios ingeniosamente jocosos entre miembros de mesas electorales. Lo más llamativo del proceso es la denominación que toma el espacio físico donde se ejerce el voto: el cuarto oscuro. Hay quienes dicen que los argentinos votan mal porque, al ejercer su derecho en un cuarto oscuro, no ven por quién votan.

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En el proceso electoral de 2013 en Argentina, poco más de 30 millones de ciudadanos estaban habilitados para elegir 127 de un total de 257 diputados, y 24 de un total de 72 senadores. Antes de las elecciones el partido gobiernista (Frente Para la Victoria) era por amplio margen la mayor fuerza política y, con ayuda de sus aliados, mantenía mayoría en ambas cámaras.

Pese a las fantasías y delirios de los grupos opositores al gobierno K, los resultados de las elecciones no le restaron poder alguno al partido de gobierno en el poder legislativo. De hecho, los resultados recientes le permitieron sumar un par de legisladores más a su bloque.
Sin embargo, Sergio Massa, candidato a diputado y (ya no tan) outsider, aplastó a su directo rival del partido kirchnerista, Martín Insaurralde, en la provincia de Buenos Aires, superándolo por más de diez puntos porcentuales, marcando lo que algunos analistas interpretan como una derrota simbólica del partido de gobierno.

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Toda la apatía ciudadana plasmada en el acto de asistir a votar, tiene su contracara al momento del cierre de la jornada electoral, en las pantallas de televisión. Los recintos electorales se cierran y las maquinarias mediáticas inician el proceso de producción de sentido sobre lo ocurrido. La desidia electoral se va con el sol y al caer la noche los noticieros reciben a los televidentes con agudas interpretaciones de lo que acababa de ocurrir.

 

El contraste entre la frialdad ciudadana en el acto de votar y el entusiasmo mediático por dotar de determinados sentidos los acontecimientos fue notorio. Y no es casual: la importancia de esta contienda electoral no estaba en los resultados de la misma, que de antemano se sabía que no cambiarían drásticamente el mapa del poder. Lo trascendental estaba en la  emergencia de personajes políticos nuevos y el cambio de perspectiva de los votantes en relación a las elecciones en que Cristina Kirchner fue elegida presidente en 2011, y de cara a las presidenciales de 2015.  Los actores principales de la “fiesta electoral” no son los candidatos ni los votantes. Es la celebración de las representaciones mediáticas.

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La disputa entre medios de comunicación y gobierno, esa ya vieja conocida de los ecuatorianos, tiene en Argentina una intensidad y raigambre diferentes. A ello aporta no sólo el carácter plenamente confrontativo y a la vez victimizante que utiliza el aparato discursivo del gobierno K al hablar de la oposición mediática (referida frecuentemente como “La Corpo”), sino también la envergadura del oponente principal: Grupo Clarín es el agente concentrador de poder mediático más grande de América Latina y cuenta con decenas de medios de radio, tv abierta y de cable, internet y publicaciones impresas. Si bien no siempre estuvo confrontado con el kirchnerismo, actualmente representa, sin lugar a dudas, al gran rival político del gobierno.

De su lado, el kirchnerismo se ha esmerado en la tarea de adquirir recursos mediáticos que le permitan discutirle a Clarín ciertos espacios de representación y producción de sentidos, como fórmula para “democratizar la comunicación”. Los ecuatorianos ya sabemos más o menos cómo funciona esto: un gobierno que se endilga el carácter de único representante legítimo del pueblo construye un sistema de medios de comunicación que, establecido en la otra orilla ideológica, emula los mismos vicios y prácticas cuestionables que se  critican en los medios privados, cerrando así el círculo de la polarización de la opinión en el país . En medio, los ciudadanos no militantes y no opositores, tendrán que elegir tarde o temprano entre uno de los bandos. Ya saben, como si en la vida todo fuera blanco o negro.

 

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Si nos atenemos estrictamente a la objetividad de los medios, podemos decir que en estas elecciones el kirchnerismo ganó en todo el país obteniendo una dura derrota. O que hay una clara muestra de apoyo a la presidente, que marca además su fin de ciclo. Que el gobierno ganó perdiendo.
 

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Los argentinos son muy buenos poniéndole nombre a las cosas. A las duras condiciones climáticas que padeció buena parte del país este viernes y sábado, le llamaron Tormenta Berta. A las prácticas periodísticas del dispositivo comunicacional afín al gobierno, los opositores las han agrupado bajo la nomenclatura de “periodismo militante”, destacando el concepto en franca oposición al ideal del periodismo objetivo al que se supone ellos adhieren.  La defensa de los más indefendibles errores y estrategias gobiernistas, así como el ataque feroz a los actores políticos de oposición (medios de comunicación incluidos), son la marca distintiva del militantismo periodístico.
 
 

No obstante, y pese a lo acertada que pueda ser la definición para hablar de ciertas prácticas de comunicación masiva gobiernista, los creadores del término no parecen estar muy dispuestos a evaluar con la misma categoría prácticas similares en sus filas, escudados bajo la infantil noción de que es posible hacer un periodismo independiente de intereses políticos /corporativos.
 

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¿Cómo se puede construir sentidos radicalmente opuestos sobre los mismos acontecimientos y hacer pasar ambos por periodismo objetivo? ¿Qué dispositivos ideológicos deben ser puestos en circulación para producir lecturas totalizantes y hacerlas pasar por descripciones independientes? ¿En qué medida los lectores y televidentes quedan presos de los ejercicios de este poder político devenido en gramáticas del poder mediático, o hasta qué punto los consumidores de información toman distancia de las mediatizaciones y producen/articulan sus propios sentidos?

Hacia el momento del agotamiento de los análisis, la militancia kirchnerista comenzaba a declinar en su negación sobre los resultados de las elecciones. Caras largas se empezaban a notar incluso en los shows de tv más vinculados al gobierno K; hasta que dos días después de las elecciones la justicia declaró constitucional la Ley de Medios propuesta por el gobierno, poniendo en serios problemas al Grupo Clarín. Cuatro días después de las elecciones y dos luego de la declaratoria de constitucionalidad de la Ley, una periodista de Canal 9 (alineado al gobierno K), confesaba: “La verdad es que el domingo la pasamos horrible, por eso el martes festejamos mucho más el triunfo (de la declaratoria de constitucionalidad de la Ley de Medios)”. El militantismo dormirá tranquilo por un tiempo.

En el campamento opositor también se respira aire fresco, pese a la preocupación por la Ley de Medios. En los resultados electorales ven un kirchnerismo debilitado y anuncian que, a dos años de las elecciones presidenciales, el gobierno empieza a despedirse. Celebran en prensa y tv una anhelada transición, un cambio de rumbo en la política nacional. ¿Hacia dónde? No importa. ¿Con qué posición respecto a políticas sociales, bajo qué signo ideológico? Es lo de menos. Quizás suponen que ya habrá tiempo de ponerse de acuerdo sobre esas nimiedades, una vez que tengan el poder. Lo que sin duda será imprescindible, es tirar abajo todo lo hecho antes: que luego de caído el kirchnerismo, no quede ni rastro de él.

En esas dos posturas puedo sentir una plena identificación con la política ecuatoriana. Siempre cabe la posibilidad de que lo que estoy describiendo simplemente sea un análisis sesgado por las categorías que me sirven para entender lo que sucede en mi país. Pero es que en este apartado hay muchas similitudes entre ambas naciones, particularmente respecto de la ceguera selectiva y voluntaria de los militantes del gobierno de turno respecto de los errores y excesos de su partido; y el ejercicio irresponsable que los opositores hacen de su derecho a la pusilanimidad y el victimismo.

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Al final de la jornada electoral, Sergio Massa, el gran ganador, fue perfilado por los medios de comunicación como el gran candidato presidenciable, aquel que en el 2015 derrotará a quien quiera que sea el candidato del kirchnerismo.

Una semana antes de las elecciones, durante una entrevista televisiva, a Massa le preguntaron qué haría si descubre a su hijo fumándose un porro. La respuesta del presunto futuro presidente de una de las naciones más importantes de Latinoamérica fue franca y directa: “Lo cago a trompadas. Directamente”.

http://www.youtube.com/watch?v=vvxVBBxWV4A