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Llegamos una hora antes para coger puesto, creemos que el concierto de la protagonista de La Teta Asustada tendrá inmensa acogida. Nos equivocamos, está aún vacío. Transcurren 60 minutos y las mesas se van ocupando: un grupo de jóvenes franceses, dos parejas de cincuentones, algunos tríos de amigos; un público variado para un lunes en La Noche, bar de Barranco, el distrito de Lima reconocido por sus zonas bohemias. La espera se vuelve inquietante hasta que aparece un singular telonero: una suerte de mago japonés. Con su español mocho interactúa con el público y se empeña, sin éxito, en hacernos reír. Parecería que todos esperan que comience el verdadero show.

El ilusionista de ojos rasgados, después de un par de trucos, se marcha y en el fondo del escenario se proyectan una serie de videos de Magaly Solier. Desde sus inicios cuando era una chiquilla de 18 años y actuó en Made in Usa, el filme que la catapultó para sus siguientes producciones. Extractos de otras películas también aparecen en la pantalla: Altiplano, La Teta Asustada y la reciente Amador. La proyección se extiende casi 10 minutos pero se torna más entretenida con los fragmentos de entrevistas como una con el periodista Jaime Bailey quien, en el set de su programa El Francotirador, la molesta.

– Jaime: "La otra vez que me contaste de tu chacra, me prometiste que me ibas a regalar unas paltas y veo que has tenido memoria y has cumplido tu promesa”.

– Magaly interrumpe: “Claro que tengo memoria, cómo me voy a olvidar, felizmente te dije seis paltas pero te aumenté dos más, hay ocho paltas”

– Jaime: ¿Es un obsequio o….?

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– Magaly: Si me quieres pagar bueno.

El público en el set del programa suelta carcajadas; el público, en La Noche, también.

Terminan los videos y finalmente los cinco músicos de su banda se acomodan en el mediano escenario: el charango, la zampoña , el violín, el bajo, la guitarra y la batería. Al fin llega Magaly. Viste una falda larga verde hasta la cintura que contrasta con su camiseta negra sin mangas; adorna su sobrio vestuario con una cinta gruesa de flores coloridas que cuelga en su cuello como bufanda. Su pelo está enroscado, lleva aretes largos y brillantes, ojos delineados y unos zapatos de taco alto que hacen juego con su atuendo.

Saluda y sonríe, habla poco con sus músicos y empieza a cantar. Canta en quechua un ritmo que jamás había escuchado, estilo fusión: una mezcla entre la tradicional música de su tierra, Ayacucho –en la sierra peruana- donde predomina el dulce sonido de la zampoña, y un estilo más contemporáneo logrado por los golpes de la batería. Interpreta dos canciones y se dirige al público: “Ay madre mía estoy tan nerviosa”. Y su risa confirma su confesión; “me tiemblan las piernas”. Vuelve a reír. Los asistentes la aplauden efusivamente y un espectador le grita “¡Tranquila! Estás en casa”. Sonríe, nuevamente, y dos hoyitos se dibujan en sus cachetes adornando su sonrisa. “¡Gracias!”, exclama y comienza a cantar nuevamente ahora un ritmo mucho más movido.

Abre sus brazos de par en par y aplaude, invita al público a seguirla; le hacen caso. Inclina su tronco hacia adelante y atrás como quien imitara a una guitarrista de un grupo de rock, de esos que vibran con cada nota. Se desplaza sobre el escenario bailando de una manera muy singular: alza un pie y lo golpea contra el tablado de madera, luego el otro, y se camina. Tiene ritmo y emoción en cada movimiento. Movimientos que no son sensuales. Movimientos que no son toscos. Su estilo es, como toda ella, siu géneris.

Entre canción y canción explica un poco sobre la letra: “Es la historia de una madre que lucha por la muerte de su hijo que fue víctima del terrorismo, es una lucha incansable que ella tiene y (toma una prolongada inhalación)… no los cansaré, soy muy mala hablando, mejor escuchen la canción”. Sus intervenciones son escuetas, parece que se sentiría más segura cantando o actuando. Comienza a cantar de nuevo. Detrás de ella, en la pantalla gigante, se proyecta un video con las imágenes de montañas, rostros de mujeres indígenas y la letra de su éxito Citaray traducida al español: ¿A dónde va esa mujer? / ¿Acaso no encontró a su hijo? / Pobre mujer, años y años que buscó / Hay que preguntarle a dónde va / Pregúntale.

Termina de cantar y dialoga con el público nuevamente: “Por ahí me ha dicho alguien que canté en inglés”. La interrumpen con un escandaloso “nooooo” y ella continúa: “Algún día…sé decir Ai lof yu…let it bi… ¡Pero yo prefiero el quechua!”, exclama entre risas y los presentes se contagian con su sinceras carcajadas. Su siguiente canción también es en quechua y con un ritmo similar pero su letra es menos “profunda” que la anterior; su nombre es Vaca vaca. La letra aparece en la pantalla y los presentes descubrimos que se trata que la historia de una gran tormenta que llega a un campo y es tan fuerte que las vacas, ovejas y chanchos corren riesgo a irse con la tormenta. Ella les canta a los animales que corran.

Termina la canción y de nuevo explica de qué va la siguiente. Esta tiene una historia más conmovedora que Vaca vaca. La letra denuncia la violencia que sufre una mujer por parte de su esposo. Cada una de sus canciones tiene una historia y ella se toma el tiempo para explicarla brevemente antes de interpretarla.

Parecería que las letras de sus canciones no mantienen relación una con la otra. Pero todo se vuelve lógico con el apoyo de los videos que acompañan su canto. Las imágenes muestran paisajes de la sierra peruana, mujeres indígenas, animales del campo, la vida rural y otros elementos que, de alguna u otra manera componen lo que fue la vida de Magaly antes de que fuera “descubierta” por la directora de cine Claudia Llosa. Ocurrió en 2004 mientras la actual estrella peruana entonces humilde comerciante ambulante vendía puca picante en una carretilla en Ayacucho. Hoy, siete años después, la artista que causó llaga en la población peruana tras ser nominada al Oscar en 2009, canta frente a unas 100 personas que se han acomodado en los dos pisos del bar barranquero. Ya casi no hay espacio.

“¡Diosa!”, le grita una fanática desde el público y Magaly responde con una mirada tímida: “no me digas eso que me lo creo”. Risas en ambos lados. El ambiente es cercano y acogedor; a solo un metro de nuestra mesa está ella, quien toda la noche se ha empeñado en crear un espectáculo casi espontáneo. Tiene un orden para tocar sus canciones pero sus comentarios que vienen y van no parecen responder a un guión preestablecido. “El siguiente tema se llama…agua, quiero agua” y por enésima vez se ríe con el público que la acompaña. Piden al mesero que hidrate a la artista y bebe agua con los doscientos ojos encima de ella.

Pasan los minutos. “¿Ya son las doce?”, pregunta y ella mismo se responde “¡Uy! hace rato, entonces ¡Feliz día a todas las mujeres!”. Aplausos y ovaciones una vez más. “¿Saben? Yo también adoro a los hombres” y hace una larga pausa “¡Pero cuando defienden a las mujeres!” exclama. Vuelve a cantar, a bailar y a conversar con el público. En una de las pausas invita a una mujer al escenario. Magaly la abraza y se dirige a nosotros: “Ustedes saben quién es ella, le voy a dar un rato el micrófono para que hable. Escúchenla que su mensaje debe servir como ejemplo para muchas mujeres”. Mis amigos y yo, al igual que muchos de los presentes que revelan rostros de incertidumbre, no sabemos quién es la señora, pero la oímos. Ella –cincuentona, pelo corto, vestida sencilla- tampoco se presenta pero empieza a contar su historia. Es una mujer que fue abusada por su esposo y que luego de aguantar por varios años el abuso, decidió denunciarlo. Vuelve a abrazar a Magaly y baja del escenario.

La cantante y actriz de ojos rasgados y piel trigueña cautiva al público con su sonrisa. No es delgada pero no le importa mostrar sus brazos en su camiseta sin mangas. Ha sido flaca sí, para la película La Teta asustada tuvo que bajar de peso; su rostro era más fino, con menos cachetes, su cuerpo, también, menos robusto que el que desfila frente a nosotros hoy. Pero su look parece no importarle demasiado. El ejemplo más claro que revela su desinterés por la moda fue durante la alfombra roja de los premios Oscar donde una periodista la interroga con mucha curiosidad: “Magaly al final que te pusiste, que los periodistas peruanos estaban desesperados porque no les decías”. Y ella, sin reparo, responde: “Me he puesto un vestido muy hermoso muchas gracias. Estoy muy emocionada y feliz de estar aquí con todos ustedes”. Termina su respuesta, mira la cámara fijamente y hace la seña de Rock and Roll con su mano derecha, en señal de éxito.

Éxito tuvo, y mucho, la galardonada Teta asustada recibió 13 premios nacionales e internacionales, no llegó a ganar el Oscar, pero sigue siendo recordada por los peruanos como la única película que ha sido nominada a los premios de la Academia. La cinta aborda una problemática social de millones de mujeres peruanas que fueron abusadas durante la violencia política que caracterizó a Perú en la década de los 80 y 90. Su disco Warmi, que significa mujer en quechua, contiene canciones que, en su mayoría, resumen problemas que enfrentan las mujeres en la región de la sierra peruana. De alguna manera su denuncia social es a través de sus letras y música.

En su país Magaly ya no es la popular que fue hace pocos años, pero sigue arrastrando a fanáticos a conciertos como el de esta noche. Todavía actúa, viaja y se codea con actores y directores internacionales. “Mañana me voy a Miami por eso no me puedo quedar hasta tan tarde”, confiesa. Su comentario podría parecer sobrado, pero su sinceridad en cada palabra y gesto desde que llegó impiden pensar que lo dijo con esa motivación.

Su show dura cerca de una hora y media. Canta “una más” a pedido de su público y ahora sí se despide. Al bajar del escenario su paso es interrumpido por una decena de fans que quieren una foto. Mis amigos son parte del grupo, y yo los sigo. Subimos hasta el segundo piso y esperamos cinco minutos para tener un momento con ella. Mi turno, me paro junto a ella, beso, semiabrazo y la felicito. No le digo lo que pienso pero aquí sí lo escribo: me agrada su autenticidad y originalidad en su manera de hablar, cantar, bailar y ser, siento que a pesar de todo el reconocimiento que tuvo en su momento sigue siendo aquella humilde muchacha de Ayacucho que proyectaba su vida dentro de Ayacucho. Lo que sí le digo –no sé porqué- es que soy ecuatoriana y me interrumpe para confesarme que va a grabar una película en Ecuador. Pregunto: “En qué parte, ¿quién es el director?” y responde, despistada pero sincera: “No tengo idea, recién me dieron el guión”. Me apuran, me despido y me marcho con mi breve diálogo y foto con Magaly. Hay una fila de 10 personas que esperan su minuto con la mujer que, aunque algunos la critiquen por vender su imagen, es un ícono que los peruanos respetan.