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Cuando Marisela Loor tenía 21 años empezó a vivir sobre un basural. El 2003 terminaba y ella se había enterado de que el municipio de Santo Domingo de los Tsáchilas, una ardiente ciudad en el interior del Ecuador, entregaba terrenos gratuitos en un barrio llamado Laura Flores. Mucha gente en la ciudad se estaba apropiando de tierras municipales, porque no tenían dónde vivir: de cada cuatro santodomingueños, uno no tenía un techo sobre su cabeza, según el déficit de vivienda del Instituto de Estadísticas y Censos (Inec) de 2010.   Entregar los lotes voluntariamente era una forma de evitar las apropiaciones ilegales y resolver el déficit de vivienda  local. Pero había un detalle que volvía a Laura Flores un lugar únicamente peligroso: estaba —está— construido sobre basura. Marisela Loor, y muchos otros de sus otros habitantes, no lo sabían, hasta que llegaban y veían los cerros de desechos flanqueando los lotes. El botadero municipal sobre el que se construyó jamás fue debidamente cerrado. 

Cuando le propusieron mudarse a Laura Flores, Marisela Loor no hizo demasiadas preguntas. La ilusión de  dejar de pagar arriendo y tener una casa propia era demasiado atractiva —quizá demasiado buena para ser cierta: cuando llegó a su nuevo terreno, un lote de 70 metros cuadrados tenía el piso de basura. No había recubrimiento alguno: tenía que levantar su casa literalmente sobre los desechos. 

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Pronto Marisela Loor se enfermó. Durante dos años tuvo problemas para respirar, gripes constantes, dolores de huesos y cabeza. Perdió peso. En 2005, se quedó sin poder caminar durante un año. Aunque recuperó la movilidad, aún camina con mucho cuidado porque, dice, se siente débil ya que hasta ahora no logra recuperar su peso normal. Nunca supo qué le causó esa parálisis. 

Como ella, muchos otros residentes de Laura Flores se han enfermado sin entender por qué. El centro de salud más cercano al barrio registra que las primeras tres causas de consulta son parasitosis, infecciones respiratorias agudas y anemia. Según Alexis Torres, médico epidemiólogo, estas tres causas están relacionadas con vivir tan cerca de la basura. En el 2011 hubo un informe del Ministerio del Ambiente que diagnosticó la situación de nueve botaderos a cielo abierto de Santo Domingo, entre ellos Laura Flores. El Ministerio pidió que se ejecuten cierres adecuados, que requiere que se construyan canales para evacuar los líquidos que salen de la basura orgánica y chimeneas para que no quede atrapado el gas que también se genera por la descomposición de los desechos. Precisa, además, un sistema para controlar vectores que transmiten enfermedades como mosquitos, garrapatas, entre otros y realizar una limpieza superficial colocando una cobertura vegetal. 

En el botadero sobre el que se hizo Laura Flores jamás se hizo un cierre técnico, a pesar de que el Ministerio de Ambiente lo pidió en 2011 —siete años después de que el asentamiento se fundó.

basura en Santo Domingo
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El asentamiento tiene 2 calles principales y 7 pasajes donde se ubican los 404 terrenos que fueron entregados por el municipio de Santo Domingo.

El impacto de los botaderos de basura en la salud de las personas se detalla en el estudio de  Salud colectiva y ecología política de la investigadora de la Universidad Andina Simón Bolívar, María Fernanda Solís. En un análisis sobre el botadero a cielo abierto de Portoviejo, Manabí, Solís dice que “los recolectores, chamberos y criaderos de cerdos (del basurero) presentan una media más elevada de las enfermedades ocasionadas por la exposición a biogas”. El mismo estudio señala que la ausencia de políticas nacionales genera dos tipos de gestión “aquellos que actúan sobre las emergencias, tratando de proveer soluciones temporales, insuficientes, y que no atacan la estructura generadora del problema o, en su defecto, alternativas que privatizan y mercantilizan los residuos, agudizando aún más la problemática”.  

En Santo Domingo, desde 2003 han pasado cuatro alcaldías. Ninguna ha hecho algo para evitar que la gente siga viviendo sobre el basural. Ninguna cumplió con cerrar los botaderos para evitar la contaminación que produce la basura mal tratada. 

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Con ropa ligera por el calor —en Santo Domingo puede haber 30 grados Celsius—, calzando sandalias y sin guantes, Marisela Loor empezó a ir todos los días a limpiar su nuevo terreno. Era una limpieza que era como una paradoja: alrededor había jeringas, sueros, huesos de animales, baterías de carros, comida descompuesta, pañales desechables y fundas de todo material y tamaño imaginable. Antes de ser un barrio sobre la basura, Laura Flores era solo una gran fauce que nunca se cerraba, donde Santo Domingo depositaba sus desechos: era el principal basural de la ciudad. Entre 2000 y 2003 recibía 200 toneladas de desperdicios diarios, similar al peso de 33 buses llenos de pasajeros. 

Este basurero a cielo abierto fue habilitado en 1996, último año de la alcaldía de Ramiro Gallo. Entre ese año y el 2000, durante el mandato del alcalde Hólger Velasteguí, se siguió usando, según registros municipales y recortes de prensa de esa época. Tenía seis hectáreas, lo que miden seis canchas de fútbol juntas. Las volquetas y camiones de basura recogían los desperdicios de la ciudad sin clasificación alguna: los desechos infecciosos de clínicas privadas y del único hospital que había en Santo Domingo se mezclaban con comida, baterías de carros y huesos de camales clandestinos. 

En octubre del 2003, el municipio de Santo Domingo empezó a entregar de manera gratuita lotes a 404 familias sobre el basural a cielo abierto. Era la administración de Kléber Paz y Miño, que fue 3 veces alcalde (1978 al 1984; 2000 al 2004 y 2004 al 2009) y murió el 7 de mayo del 2014. Antes de empezar a entregar los terrenos, el exalcalde declaró cerrado el basural. Sin embargo, nunca hubo un cierre técnico. 

Paz y Miño empezó la distribución gratuita de los predios. Inicialmente se inscribieron 120 familias. Hoy hay 404. Fueron distribuidas en 3 sectores que comprenden 28 manzanas y 13 pasajes. Ahí vive Marisela Loor. 

Basurero en Santo Domingo

Wilson Banguera es oriundo de Esmeraldas y es dueño de un terreno en el antiguo botadero, actualmente es el presidente de Laura Flores. Fotografía de Gisela Guerrero.

Wilson Banguera y Carmen Ostaiza, presidente y secretaria del asentamiento, que tiene personería jurídica y está inscrito como Comité Promejoras desde octubre de 2007,  supieron desde un principio que Laura Flores se iba a levantar sobre un basural. Ambos dicen que en las reuniones que tuvieron para la entrega de los predios, participaba directamente el entonces concejal y actual alcalde Wilson Erazo, quien se ofreció realizar un cierre técnico, para clausurar el sitio y que los desechos queden aislados para evitar afectar a los moradores. Los vecinos agradecieron la decisión de Paz y Miño y la participación de Erazo bautizando al asentamiento con el nombre de la madre del entonces alcalde, Laura Flores, y a las dos calles principales las llamaron Kléber Paz y Miño y Wilson Erazo. 

Un antiguo funcionario del departamento de Saneamiento Ambiental del municipio, que pidió mantener su nombre en reserva, recuerda que los camiones llegaban cargados de basura, con líquidos regándose y lo único que importaba era rellenar las seis hectáreas. Las volquetas elevaban sus cajas y vomitaban los desperdicios sin control, ni siquiera se los aplastaba. Los minadores —quienes se ganan la vida recogiendo y clasificando basura— trataban de recoger lo poco que era rescatable. 

Sobre ese suelo, Marisela logró construir una pequeña “ramadita” —una estructura rústica de madera y plástico. Puso tablas como piso y empezó a ver ese espacio como su casa. Sus ingresos provenían del trabajo doméstico. Su esposo era operario en una fábrica de balsa, una madera muy codiciada que hoy se exporta para construir hélices de los generadores eólicos de energía.  

Al primer año de vivir en Laura Flores, Marisela empezó a perder peso y masa muscular, a tener gripes continuas, dolores de garganta, mareos y debilidad en sus piernas. Dejó de trabajar y empezó a ir a consultas médicas del sistema público de salud pero no encontraba respuestas a su estado. Tuvo que visitar médicos privados. Su esposo hacía horas extras en su trabajo para afrontar los pagos de consultas y medicinas, pero no encontraban un diagnóstico acertado. “Fue rápido, mi salud decayó, yo no podía caminar, mi esposo me tenía que cargar”, dice Marisela Loor. Antes de enfermarse pesaba 175 libras, pero muy pronto bajó a 50. Su salud mental empezó a resquebrajarse, no tenía apetito y sus órganos se debilitaron rápida y continuamente. 

Hoy, diecisiete años después, dice que varias veces pensó que se iba a morir. Aún llora cuando recuerda lo que vivió. Su precaria condición física ha hecho que jamás haya podido regresar a trabajar. Nunca recuperó su peso: pesa apenas 110 libras, y tiene una delgadez desvalida, impropia de sus 172 centímetros de estatura. 

Solo dos años después de vivir en el asentamiento y de que su salud se deteriorara sin entender bien por qué, tuvo un diagnóstico que le permitió aplicar un tratamiento: los médicos identificaron la bacteria estreptococo hemolítico tipo A. Esta bacteria, según Alexis Pérez, epidemiólogo del hospital Gustavo Domínguez de Santo Domingo está presente en la garganta y la piel, y se contagia por el contacto con personas infectadas, o con agua contaminada, alimentos mal lavados y por falta de higiene en las manos. Henry Freire, médico con una maestría en biotecnología molecular, fue quien atendió a Marisela Loor. Le diagnosticó una miopatía, una enfermedad muscular que se da cuando el sistema inmunitario ataca a los músculos como consecuencia de una inflamación. 

afectaciones por basura

El médico Fredy Freire fue quien atendió a Marisela Loor y le diagnosticó una miopía, asegura que cuando la paciente llegó a su consultorio no podía caminar.

Freire explica que esta enfermedad se considera “huérfana” porque la sufre un mínimo porcentaje de población. Está listada entre las enfermedades huérfanas del Censo del 2016 que hizo el Inec sobre enfermedades catastróficas. Es una condición degenerativa: si no se trata a tiempo puede generar una parálisis progresiva en la que el cuerpo queda inmóvil y no se puede ni siquiera caminar. Loor también explica que en todas las enfermedades influye el medio en el que vive el paciente. En el caso de Marisela Loor, el ambiente de la contaminación por basura fue un agente que pudo activar la patología. 

Pérez dice que la presencia de enfermedades —infecciosas parasitarias, diarreicas y vectoriales— en personas que están expuestas a vivir sobre un botadero es alta, debido a que el agua y el aire se contaminan. En Laura Flores es una alta posibilidad, pues al no tener agua potable, sus habitantes se abastecen de pozos de agua o de los esteros cercanos, que reciben descargas de los lixiviados, líquidos que salen de la descomposición de los desechos orgánicos. Pérez agrega que para diagnosticar y dar tratamiento a estas enfermedades es recomendable realizar exámenes médicos a la población para aplicar cercos epidemiológicos y curarla. Son, dice, decisiones que competen a las autoridades de salud y municipales.  

Al mismo tiempo que Marisela desmejoraba sin una explicación científica y médica, a la hija de Carmen Ostaiza, que tenía 2 años en el 2003, le empezaron a salir granos. Debajo de su piel se movían unas diminutas bolas. “Como bichitos”, dice la mujer que vive aún en el mismo asentamiento. 

contaminación por basura

Carmen Ostaiza mira un estero que pasa cerca de su casa, en las orillas aún hay basura, el agua es obscura y no se puede consumir. Fotografía de Gisela Guerrero.

Carmen Ostaiza visitó por primera vez el basural convertido en barrio en el 2004, un año después del inicio de la entrega de los lotes. Un tío le contó sobre los predios y fue a conocer. Cuando llegó, recuerda que vio hasta dentaduras de caballo entre la podredumbre. Dice que había olores similares al gas de un cilindro doméstico. 

Pero Carmen estaba separada de su pareja y quería desesperadamente conseguir para ella y sus hijos un sitio donde construir su casa. “Yo no tuve plata para escarbar y llegar a tierra firme (para construir su vivienda), algunos vecinos hacían limpiezas de 3 metros de profundidad para poder construir, pero en mi terreno tocaba limpiar a 10 metros de fondo, esto me costó llanto”, dice Carmen Ostaiza, dirigente del asentamiento Laura Flores. Dice que ella y sus vecinos utilizaban métodos rudimentarios para limpiar: de sus predios recogían las fundas (que era la mayor clase de basura que había) y las quemaban. 

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Durante los primeros cinco años de vivir en el asentamiento, los vecinos escuchaban pequeñas explosiones debajo del suelo de basura donde habían construido sus casas. Carmen Ostaiza dice que cada vez que había estos ruidos ella sentía mareos. “Yo dormía y escuchaba pum, como un petardo y salía un olor como tóxico, nos daba miedo de que ocurriera algo feo”, cuenta Ostaiza. Verónica Narváez, ingeniera ambiental, es exfuncionaria de recepción de denuncias del Ministerio del Ambiente y actual directora de Ambiente de la Prefectura, y dice que estas explosiones se deben a la descomposición de la basura orgánica. Narváez explica que este tipo de desperdicio de origen animal y vegetal se descompone generando gas metano, que es altamente combustible y, al mezclarse con el oxígeno o fuentes de calor, y debido a la alta temperatura en Santo Domingo, explotan. 

Ostaiza dice que vio a muchos vecinos enfermos y a dos de ellos morir sin saber por qué. En el 2010, Marisela y su familia decidieron salir de Laura Flores. Hoy viven en el comité Pro Mejoras El Bosque, que está a dos kilómetros del barrio asentado sobre el basural, donde no hay basurales cerca. 

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Wilson Banguera, nacido en Esmeraldas, vivía en Machala cuando su padre, que trabajaba como estibador y era miembro de una Asociación de Triciclos en Santo Domingo, le dijo que fuera a la ciudad donde él vivía. Era 2003. “Mi papá me dijo ‘mijo yo puedo poner a un familiar (en la entrega de terrenos que hacía el Municipio)’, me dijo que me iba a inscribir, pero me aclaró que era sobre un botadero de basura, y vinimos a conocer el sitio”, dice el hoy dirigente del asentamiento Laura Flores. 

Cuando Wilson Banguera llegó a conocer su terreno creía que el basurero había sido cerrado, pero tuvo que caminar por las toneladas de basura depositadas durante varios años. “Donde hay ahora una cancha de indor había jeringas y todo producto infeccioso, yo vine un día antes de la entrega oficial y nunca hubo cierre técnico, solo una capa de arena que pusieron”, dice Banguera. 

Blanca Ríos llegó a Laura Flores con su esposo Fernando Alcívar. Recuerda que el olor fétido era insoportable, pero asegura que por la necesidad de tener un terreno propio hicieron una aparente limpieza: cavaban para sacar la basura y no encontraban tierra firme. La pareja construyó sobre los desperdicios su casa. Los materiales que utilizaron fueron madera y plásticos. Unos años después, los reemplazaron con bloques y un techo liviano debajo del cual criaron a sus cuatro hijos. 

Las primeras viviendas se levantaron con jampa (madera sin cepillar) y techos de plástico en terrenos de 10 x 10 metros. Ciento veinte familias fueron las primeras en recibir sus lotes y la mayoría logró recibir escrituras debidamente aprobadas por el Municipio. Las entregas continuaron cada año hasta llegar a los 404 terrenos que, con el tiempo, disminuyeron en sus medidas hasta llegar a 5 x 5 metros (similar a un garaje donde se estacionan dos carros).

El Registro de la Propiedad, la oficina cantonal que se encarga de anotar y llevar la cuenta de todas las transacciones sobre bienes inmuebles en una ciudad, no cuenta con un archivo general de escrituración que diga cuántas personas tienen la legalidad de esos 404 lotes actualmente, ya que su sistema pide que se entreguen los nombres de todos los propietarios para verificar la tenencia. Para conocer la cantidad de escrituras pedí una entrevista a Juan Carlos Recalde, subdirector de Legalización de Tierras del Municipio de Santo Domingo. Pero la asistente de la subdirección dijo que no podía dar declaraciones si no se tramitaba el pedido a través de la dirección de comunicación municipal. El 9 de noviembre de 2020 llamé a un funcionario de esa dependencia para tramitar la entrevista —jamás hubo una respuesta. 

Según los dirigentes que aún viven en el asentamiento, quien se encargó de reunir a las familias y entregar los terrenos fue el actual alcalde Wilson Erazo, que en esa época era concejal. “Nosotros nunca fuimos invasores, fue el mismo Municipio quien nos entregó la tierra y nos dijo que esto iba a tener una remediación y cierre técnico, nunca se hizo”, dice Banguera. En una entrevista, el actual alcalde y exconcejal no afirmó ni negó su participación en la entrega de los predios sobre el basural, y recalcó que quien administraba esa época el municipio era Kléber Paz y Miño. “Yo solo fui concejal” dijo Erazo.

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En el 2011 la dirección provincial del Ministerio del Ambiente (MAE) culminó el informe sobre 9 botaderos a cielo abierto que se habían abierto en Santo Domingo desde el 2000. Entre ellos, el asentamiento Laura Flores. Luego del informe, se realizaron inspecciones para entregar las recomendaciones al municipio para que dé paso a los cierres técnicos y rehabilitaciones. 

asentamiento Laura Flores

Los bisnietos de Francisca Veliz juegan en uno de los pasajes que fue adoquinado por el municipio, uno de ellos presenta granos en su cuerpo igual que su bisabuela.

Además de Laura Flores, el Ministerio recomendó cerrar los basurales de la Vía al Búa, La Lorena, Vía al Toachi, Vía a la Vengala, Las Gaviotas (2 sectores), y el de los kilómetros 18 y 19 de la vía a Quinindé. Este recorrido se hizo porque en febrero del 2011 el MAE entregó competencias ambientales a las direcciones provinciales que antes eran competencia directa del Ministerio y se ordenaban desde su matriz en Quito. Desde mediados de septiembre de 2020 he pedido información a Viviana Alarcón, técnica del Programa Nacional para Gestión Integral de Desechos Sólidos del Ministerio. No hubo respuesta. 

El 12 de noviembre del 2020 solicité la documentación del informe al director zonal del Ministerio de Agua y Ambiente de la provincia de Esmeraldas, Cristian Reyes. Hice el pedido a la zonal de Esmeraldas porque la funcionaria de la oficina de recepción de documentos de la Dirección Provincial de Santo Domingo de los Tsáchilas dijo que, por la nueva estructura del Ministerio (que fue fusionado con la Secretaría del Agua), Santo Domingo de los Tsáchilas pertenece a esta zonal. La misma funcionaria de la dirección provincial dijo de manera verbal que la documentación no se tenía ya que no se encontró en el sistema gestión y recopilación de documentos del Estado (llamado Quipux). Dijo que la técnica Paola Rodríguez iba a dar esta respuesta de manera oficial mediante un correo que nunca llegó. El 30 de diciembre volví a insistirle, por escrito, a Rodríguez. Tampoco respondió. 

José Luis Cedeño fue el director provincial que levantó la información en 2011. El exfuncionario dice que estos informes concluían con el pedido al Municipio para que haga el cierre técnico, la remediación, recuperación de suelo, subsuelo y agua contaminada. Esta versión la confirmó Carlos Quezada, extécnico del ministerio, quien levantó los informes de los basurales de La vía a la Bengala y Las Gaviotas. En sus registros anotó que el 28 de septiembre de 2011 entregó al municipio la notificación de que cerrara técnicamente estos dos sitios. 

En el 2011, Kléber Paz y Miño ya no era alcalde y enfrentaba un juicio penal desde el 2008 por el delito de contaminación ambiental, por el que fue posteriormente condenado y por el que cumplió arresto domiciliario, por su edad. Esta causa se ventiló en la Primera Sala de lo Penal de la Corte Provincial de Pichincha por el depósito ilegal de basura en un predio municipal ubicado en el kilómetro 14 de la vía, un sitio que estaba destinado para un programa de vivienda. La provincia de Santo Domingo de los Tsáchilas había sido creada apenas un año antes, y no tenía Corte Provincial propia aún, por lo que la causa fue ventilada en la corte de la vecina provincia pichinchana. 

Verónica Zurita fue alcaldesa desde 2009 hasta 2014. Su administración recibió el informe de la dirección provincial del MAE que pedía el cierre técnico y la remediación. Pero el municipio no lo hizo —Zurita continuó con la entrega de escrituras que empezó su predecesor. En el 2010, mientras ignoraba ese informe, el Municipio contrató a la desaparecida Fundación Natura para una consultoría de estudios y rehabilitación ambiental de otros 9 botaderos abiertos desde 2004 de la ciudad de Santo Domingo.

Después de Zurita, fue alcalde Víctor Manuel Quirola. En su gestión tampoco se trabajó la remediación ni cierre técnico, afirman los dirigentes y lo refleja el portal de compras públicas donde no hay contrataciones para este tema. Ubicar a Quirola para que diera su versión fue imposible. 

basural

La mayoría de las casas del asentamiento no tienen patios y son estrechas, por ello se utilizan los pasajes para secar la ropa. Fotografía de Gisela Guerrero.

Después de seis años de la entrega de los terrenos en el botadero que se convertiría en Laura Flores, en el 2009, la fundación Niñez y Vida de Quito —financiada con fondos de la cooperación suiza— llegó al asentamiento y empezó a desarrollar un proyecto de salud materno infantil. La organización trabajaba en otros basurales, como el de Zámbiza en Quito. Guillermo Rodríguez, director ejecutivo de esta fundación, dice que cuando llegaron a Laura Flores se veía a la basura debajo de las casas. La organización planteó ayudar a las familias a salir del sitio ya que no había agua potable, canalización de aguas servidas ni de agua lluvia, y cuando llovía se generaban charcos que se mezclaban con los lixiviados. La fundación descubrió que las mujeres embarazadas no se realizaban controles de salud durante el embarazo ni en el posparto; los recién nacidos tampoco tenían asistencia médica. “Las mujeres daban a luz ahí (en sus casas) sin ningún control y había mucho abandono, porque no estaba presente ni el ministerio de Salud Pública (MSP), ni el MIES (Ministerio de Inclusión Económica y Social), ni otro organismo y daba la impresión que poca gente conocía la realidad de la Laura Flores” dice el director ejecutivo. 

Debido a la falta de atención en embarazos y de posparto, la fundación identificó enfermedades en las madres y sus hijos. Según Rodríguez, registraron muertes maternas que, dice, eran altas. Todos los casos de enfermedades y muertes se registraron en los informes que entregaba la fundación a sus donantes y también se dieron a conocer al Municipio y al Ministerio de Salud Pública (MSP). Por ello, se coordinó con los dirigentes de Laura Flores para iniciar un acercamiento con el MSP para que grupos de trabajadores de la salud visiten el asentamiento y capaciten a comadronas y parteras. Pidieron, también, la construcción de un subcentro de salud. El subcentro fue construido en el 2012, a unos 500 metros de Laura Flores. 

Basurero en Santo Domingo

El barrio tiene pasajes donde los moradores colocaron una capa de tierra para tapar la basura y pueda ser transitable. Fotografía de Gisela Guerrero.

En el 2004, cuando Carmen Ostaiza llegó a Laura Flores vio morir a dos personas que vivían en el mismo pasaje donde tiene su casa: una recién nacida y la otro un profesor de la escuela del barrio que falleció por cáncer. El caso que más recuerda es el fallecimiento de la bebé, que era hija de su vecina, Nancy Quiñonez. “Nunca se supo de qué murió la recién nacida. A los dos años la mamá también falleció, pero de cáncer, tampoco se supo por qué le dio esa enfermedad”, dice Ostaiza.  

Antes de que haya el centro de salud cerca del asentamiento, los vecinos acudían a otro conocido como Los Rosales para atenciones médicas. Solicité al Ministerio de Salud las primeras diez causas de morbilidad durante los años 1995, 2008, 2019 y 2020 en ese centro y en el subcentro del Plan de Vivienda Municipal, que queda cerca del asentamiento. El Ministerio respondió que no tenía datos de 1995, pero sí dio información de 2008: en el centro de Salud de Los Rosales las diez principales enfermedades atendidas por consulta externa fueron parasitosis, infección respiratoria aguda, anemia, infección de vías urinarias, faringitis, amigdalitis aguda, enfermedades de la piel, vaginosis, desnutrición y rinofaringitis. 

Del centro de salud del Plan de Vivienda entregó información del 2019 (fue construido en el 2012). En el 2019, el centro de salud del Plan de Vivienda registró parasitosis intestinal, infecciones urinarias, rinofaringitis aguda, resfriado común, vaginitis, vulvitis y vulvovaginitis en enfermedades parasitarias, anemia por deficiencia de hierro, vaginitis aguda, infecciones en las vías urinarias en el embarazo, infección genital en el embarazo, infecciones de vías urinarias, neuralgia y neuritis. En el 2020, dice el Ministerio, el centro atendió rinofaringitis aguda, resfriado común, infecciones de las vías urinarias en el embarazo, parasitosis intestinal, infecciones de vías urinarias, vaginitis, vulvitis y vulvovaginitis, amigdalitis aguda, anemia por deficiencia de hierro, candidiasis de la vulva y la vagina, y obesidad no especificada. 

En el asentamiento también se reportan posibles enfermedades en la piel. Cuatro vecinas, que viven en diferentes sectores, dicen que tuvieron pequeños granos en sus brazos, piernas, espalda y abdomen. Margarita Sánchez, de 18 años y madre de dos niños, asegura que en el 2018, cuando dio a luz a su primer hijo, tuvo los granos y que sentía un ardor desesperante. “Todas las piernas se me brotaron y no pude tomar medicamentos porque estaba dando de lactar”, dice. Ahora ya no tiene granos, pero le quedaron cicatrices.

María Moreira, que vive en el asentamiento hace 15 años, dice que también tuvo la misma afectación en una parte de su espalda. Ella se automedicó con una pastilla que le dieron en una farmacia y asegura que se curó. La mujer cree que este problema en su piel se habría dado por el agua que utilizan para asearse, ya que la almacena en tanques de plástico que coloca en el piso de tierra de su patio pues no tiene agua potable permanente.

Contaminación por basura

La calle Wilson Erazo, nombre del actual alcalde de Santo Domingo, tiene adoquinado. Fotografía de Gisela Guerrero.

A Francisca Veliz, de 84 años, y su hija Ana Olguín, de 55 años, que viven hace 12 años en Laura Flores, les aparecieron los mismos granos hace 2 meses. En su casa viven once personas. Francisca Véliz comenzó a tenerlos en las piernas y luego se esparcieron a la espalda y vientre. Ella dice que es como una “rasquiña” porque es constante y genera mucho malestar. Véliz usa remedios caseros para aliviarse como untarse licor artesanal con hierbas y bañarse con agua hervida y caliente. “Esta sensación es desesperante, uno ya no sabe qué hacer”, se lamenta. 

Ambas mujeres dicen que es la primera vez que padecen de esta picazón en la piel, no saben a qué se debe, creen que pudo ser sarna o por ácaros de alguna mascota. Dicen que en otros sectores de Laura Flores también se padece este brote. Para el médico Alexis Pérez, estas enfermedades de la piel están relacionadas con contaminaciones en agua y en tierra que todavía hay en lugares que sirvieron o aún son vertederos de basura, ya que la presencia de desechos biológicos está catalogada entre las principales determinantes que inciden como factor directo para que una persona esté sana. “Generalmente los desechos afectan la salud y el medio ambiente. Las enfermedades más frecuentes son: las de la piel, infecciones respiratorias agudas, parasitarias, diarreas y enfermedades vectoriales”, dice Pérez. 

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Las alcaldías de Paz y Miño, Zurita y Quirola no invirtieron en el cierre técnico del basural, según lo que pedía el Ministerio de Ambiente y Agua. Lo que sí hubo fueron dos obras. A finales del 2009, en la alcaldía de Paz y Miño, la Empresa Pública Municipal de Agua Potable y Alcantarillado de Santo Domingo (Epmapa) hizo conexiones de agua potable para una parte del asentamiento.

Los dirigentes dicen que nunca les llegó el agua, pero a pesar de ello les facturaban supuestos consumos. Carmen Ostaiza dice pidieron a la empresa municipal que no se cobre porque no estaban recibiendo el líquido. Algunos vecinos lo lograron, pero no todos. Una de las moradoras que no pudo dejar de pagar es Vileda Floridalba, a quien le siguen facturando cada mes agua potable y alcantarillado que no recibe, ella dice que sigue pagando porque teme dañar su historial crediticio y esto no le permita sacar préstamos en otras entidades a futuro. 

La segunda etapa en el barrio sobre el basural empezó a construirse diecisiete años después de que se entregaron los terrenos. El 14 de febrero de 2020, el alcalde Wilson Erazo firmó un contrato de adoquinado, infraestructura hidrosanitaria (alcantarillado residual y de lluvias), aceras y bordillos y señalética por  más de 204 mil dólares. El contrato contempla que los trabajos se deben ejecutar en las dos calles principales. 

Laura Flores

En el 2020 el municipio realizó la obra de colocar adoquines  en 2 calles y construir alcantarillado para aguas servidas.

Kelmin Luzuriaga Morales fue seleccionado como contratista para desarrollar la obra. Luzuriaga dice que hubo que remover con excavadoras las dos calles principales y sus pasajes (pequeñas calles peatonales) para colocar las redes de alcantarillado, hacer la veredas y posteriormente poner los adoquines. 

Al hacer los trabajos, removió la basura que ha estado en el sitio por diecisiete años: fundas de todos los tamaños, baterías de carros, llantas de carros, zapatos y hasta huesos de animales que fueron colocadas en pequeños montículos detrás de un parque infantil en el mismo asentamiento. Luzuriaga dijo que tuvo que hacer un estudio adicional de suelo para ejecutar la obra porque, al ver que había basura debajo, la estabilidad que se necesita fue más complicada de lograr. No dio detalles de qué tipo de estudios realizó, ni tampoco dijo si construir calles y alcantarillado sobre basura es seguro, pero aclaró que está cumpliendo con todo lo que pide el contrato. 

En el contrato se especifica que la obra debía ser entregada en 90 días. Empezó en los primeros días de marzo del 2020 y tuvo que ser suspendida el 16 del mismo mes, cuando el gobierno nacional decretó el estado de excepción para contener la propagación del covid-18 en el Ecuador. En agosto, los trabajos se reanudaron. A finales de enero del 2021 se prevé entregarlos.

El alcalde Erazo está convencido de que construir un alcantarillado, veredas y colocar adoquines en dos calles que están sobre basura no es antitécnico, y puso como ejemplo al distrito de Brooklyn, en Nueva York, Estados Unidos. “Todo suelo es susceptible de mejoramiento, miremos a la ciudad de Brooklyn que fue construida sobre un relleno de basura, la tecnología y la ingeniería hizo que se mejore esa situación”, dice Erazo.  En Brooklyn se cerró y rehabilitó el botadero de la avenida Fountain, que acopió basura entre 1956 y 1980. Fue cerrado en 1985. Para 2009, tras una inversión de 200 millones de dólares y una rehabilitación que incluyó plantar 33 mil árboles y arbustos, fue convertido en el parque Shirley Chisholm. Este proyecto tiene una segunda fase y en el 2021 se prevé abrir instalaciones educativas, espacios para conciertos y eventos culturales. 

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El alcalde Erazo defiende la inversión que hace su administración en el asentamiento: dice que los moradores de Laura Flores han sido engañados por varios años por los políticos y que solo los han visitado por campaña sin darles obras. “Yo he llegado y les he dado condiciones de vida, es un sector popular donde está nuestra gente y tiene derechos a tener agua potable y alcantarillado porque también son ciudadanos”, recalca. La declaración del alcalde debe ser matizada: los residentes de Laura Flores tienen redes de agua potable, pero el agua sigue sin llegar por esas tuberías. 

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Desde que Marisela Loor dejó Laura Flores, no ha regresado. Ella aún se recupera de la enfermedad que sufrió por años. Ahora es abuela y se enfoca en no recordar el quebrantamiento de salud que tuvo, pero al mismo tiempo no puede creer que en el sitio que enfermó se ejecuten obras sin que se hayan hecho los cierres técnicos de los que tanto se hablaban y prometían.  

afectaciones por basura

El piso de cemento de la casa de Carmen Ostaiza tiene fisuras y cada vez se inclina. debido a que no hay suelo firme que soporte la construcción. Fotografía de Gisela Guerrero.

Wilson Banguera y Carmen Ostaiza coinciden con ella. Saben que es impensable plantear una reubicación porque las 404 familias ya construyeron sus viviendas y es el único patrimonio que tienen. Ahora viven con la esperanza de tener agua potable y que el piso de basura sobre el que viven no les genere más problemas. Todos quieren saber, a ciencia cierta, si las enfermedades que han tenido están relacionadas con vivir en uno de los basurales más grandes que tuvo Santo Domingo. “Sería bueno que nos hagan exámenes para saber qué tenemos y de qué nos habremos contagiado” dice Carmen Ostaiza, sentada en la cama de una de las dos habitaciones de su casa. Se queda en silencio y mira al suelo, cuyo piso de losa se está resquebrajando: al estar construido sobre basura, carece de la firmeza necesaria para soportarlo. Si se sigue rompiendo, de entre sus grietas empezará a reflotar los desperdicios.

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