Este reportaje es parte de la alianza entre GK y Mongabay Latam


Si la esperanza pudiese reírse, sonaría como la risa de Nemonte Nenquimo. Ya sea a través de la pantalla de un computador o el parlante de un teléfono celular, la fuerte onda expansible de su carcajada parece una invitación de amistad imposible de ignorar,  como su lucha por la Amazonía. Nemonte Nenquimo, una mujer  waorani de 35 años, ha encabezado la protesta de su gente para que el Estado ecuatoriano respete los territorios y los derechos de las nacionalidades indígenas amazónicas: en 2016 creó la Alianza Ceibo para atender las necesidades de comunidades a’i kofan, siona, siekopai y waorani. En 2019 encabezó la demanda que suspendió el proyecto de explotación petrolera del bloque 22 en la provincia de Pastaza, un foco de biodiversidad, que a la vez es fuente de petróleo. Esa es la defensa territorial a la que se ha avocado Nemonte Nenquimo, nombre melódico como una sonaja. La victoria legal que obtuvo podría sentar un precedente sobre la explotación petrolera en la Amazonía ecuatoriana y ha conquistado la atención del mundo entero.

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A Nemonte Nenquimo acaban de darle el premio Goldman: el mayor reconocimiento ambiental que se entrega a nivel mundial. Antes que ella, lo recibieron personajes como: Alberto Curamil, Luis Jorge Rivera, Berta Cáceres, Ruth Buendía y Francia Márquez. Curamil lo recibió en 2019 por dirigir a su comunidad mapuche en la detención de la construcción de dos proyectos hidroeléctricos en el sagrado río Cautín de Chile. A Márquez le fue entregado en 2018 por organizar a las mujeres afrocolombianas de La Toma y detener la extracción ilegal de oro en sus tierras ancestrales. En 2016, Rivera lo recibió por liderar una campaña para establecer una reserva natural en el Corredor Ecológico Noreste de Puerto Rico. Cáceres fue galardonada en 2015, un año antes de su asesinato, por emprender una campaña que presionó con éxito al mayor constructor de represas del mundo para que se retirara de la represa de Agua Zarca. Y en 2014, Buendía lo recibió por unir al pueblo Asháninka en una campaña contra las represas a gran escala en Perú. 

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A Nemonte Nenquimo, cuyo nombre en wao tereo, su lengua materna, significa estrella, y a quien sus amigos más cercanos llaman Nemo, se lo entregan por la defensa de su territorio —específicamente por la victoria legal  para evitar la explotación de los pozos petroleros en el bloque 22  de la Amazonía ecuatoriana—. “Ese premio no es para mí, es para todos porque solita no hubiera llegado”, dice Nemonte Nenquimo, moviendo sus ojos inquietos, pintados con semillas de achiote,  a través de una pantalla, signo de estos tiempos pandémicos, en un español fluido. 

Su esposo, Mitch Anderson, un estadounidense con más apariencia de patinador urbano de San Francisco que de ambientalista, y que dirige la organización Amazon Frontlines, dice que el Goldman es una oportunidad para mostrarle al planeta la lucha de los pueblos indígenas: es la tercera vez que un activista ecutoriano lo gana. En 1994, lo recibió Luis Macas por liderar una lucha pacífica por los derechos indígenas.  En 2018, lo recibieron Pablo Fajardo y Luis Yanza que durante décadas han liderado el caso por daños ambientales causados por la operación petrolera de Chevron-Texaco en la Amazonía Norte del Ecuador.

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Ese reconocimiento la ha vuelto a poner en el centro de las páginas de los medios, de los feeds de las redes sociales, de los horarios estelares de los noticieros. Hace unas semanas, el actor Leonardo di Caprio, escribió en la revista Time unos breves párrafos de por qué Nemonte Nenquimo es  una de las 100 personas más influyentes del mundo. En ese entonces, Nenquimo dijo que le llamaba la atención que el reconocimiento fuese para ella, individualmente. “Los occidentales son egoístas y siempre reconocen solo a una persona”, dice Nemonte y deja ver abriendo un pequeño espacio entre sus dientes delanteros por encima de la quijada en punta.  Abre los ojos profundamente cafés para decir que la cultura waorani privilegia el colectivismo y ella siente que ni el Goldman, ni la presencia en la prestigiosa lista de Time, se los ha ganado ella sola. “Yo represento a millones de personas indígenas que luchamos por la naturaleza. Si me reconocen a mí, nos están reconociendo a todos”, dice Nemonte Nenquimo, mientras lamenta un poco lo abrumador que puede resultar estar en la mirada del planeta entero.

Nemonte

Nemonte Nenquimo, lideresa Waorani de la Amazonía ecuatoriana. Fotografía de Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines.

Nemonte Nenquimo dice que las cámaras, la atención, los mensajes de WhatsApp y las llamadas, le cansan. Cuando siente que ya no puede más con la presión, se refugia en la naturaleza y se desconecta de todo y de todos. “Me gusta ir a donde hay cascadas. El golpe de la cascada saca el malestar y los malos pensamientos. Me ayuda a aclarar la mente, me fortalece”. Nemonte dice que esa es su terapia: ir a la selva, pensar y respirar. 

Nenquimo creció en Nemonpare, una pequeña comunidad waorani donde viven cerca de 10 familias grandes, y que está a dos días de caminata desde Puyo, la capital de la provincia de Pastaza. Cuando nació, los funcionarios del Registro Civil, arquetipo estatal de la cultura  mestiza, no quisieron inscribirla como Nemonte. Su hermano Oswaldo —a quien todos llaman Opi— dice que le pusieron Inés, “para complacer a los blancos mestizos, un nombre de cédula”. Pero en casa siempre fue Nemonte. La tía de su papá le puso ese nombre porque al verla supo que era “como una estrella y quería que llevara su sabiduría y su cultura”, dice Opi. Para él, aunque haya personas que critiquen a su hermana por el nombre de Inés, Nemo siempre será Nemo porque es el espejo de su esencia interior. 

En Nemopare, entre los onkos —casas triangulares de troncos y palmas entretejidas— y las trochas hacia la selva, Nemonte Nenquimo vivió su infancia y adolescencia. Le gustaba sentarse con los abuelos —pikenani en wao— y cantar. “No podía estar quieta”, recuerda riéndose su hermano Oswaldo. Era la tercera de diez hermanos, y la primera mujer de todos ellos. “Fui como una mamá. Aprendí a cuidar y proteger a mis hermanos, a mis animalitos, y a la naturaleza”, dice Nemonte.

Nemonte Nenquimo en casa preparándose para ir a pescar, comunidad de Nemonpare, Pastaza, Amazonía ecuatoriana. Fotografía de Jerónimo Zúñiga, Amazon Frontlines.

A los 15 años se escapó. Sin el permiso de sus padres, se fue hasta la capital del país, Quito, para estudiar en una escuela misionera. “Quería aprender español. A esa edad, era muy curiosa de saber el mundo occidental”, dice la activista. Pronto se dio cuenta que ese mundo que algún día le llamó la atención no era lo que imaginaba. “El ambiente era triste. Mi corazón era de volver a mi familia”, recuerda con la voz pisando la línea entre la culpa y la nostalgia. Tres años después de vivir en Quito, volvió a su casa. 

Ahora que asumió su rol como lideresa wao, Nemonte Nenquimo viaja por todo el mundo: San Francisco, Ginebra, Río de Janeiro, Nueva York. “Yo escuchaba que Nueva York era muy bonito y que los ecuatorianos se iban allá para hacer una vida mejor”, dice Nemonte Nenquimo del otro lado de la videollamada. “Pero yo no vi nada mejor, la gente ahí no vive bien, no vive tranquila”, dice. Por eso, siempre vuelve a casa. “Donde sea que me reconozcan como líder o donde sea que me vaya, nada me va a cambiar. Amo quien soy, una mujer waorani”, dice. Por eso, cuando sale a recorrer el mundo para contar su lucha, es como si llevara su casa. 

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Cuando Nemonte Nenquimo regresó de la escuela misionera, a los 18 años, se involucró en su comunidad. Hacía artesanías como le enseñaron de pequeña, participaba en todas las asambleas que hacían los abuelos para aprender más de ellos. En 2010, se involucró en un proyecto de la Asociación de Mujeres Waorani de la Amazonía Ecuatoriana (AMWAE) que buscaba detener el comercio de carne silvestre. En ese entonces, los indígenas waorani cazaban guantas, huanganas, pecarís, y chorongos dentro del Parque Nacional Yasuní para venderlos en el mercado de la comuna Pompeya, al pie del río Napo, al norte de la Amazonía. Las especies se estaban extinguiendo y, además, el comercio de carne silvestre puede ser profundamente problemático: se estima que el coronavirus que causa el covid-19 salió de un mercado de venta de carne silvestre en China, permitiendo que el virus pasara de murciélagos y pangolines a los seres humanos. 

Ana Puyol, bióloga y exdirectora de Fundación EcoCiencia, estuvo involucrada en la iniciativa que planteaba reemplazar la venta de carne silvestre por prácticas sustentables y así conoció a Nemonte Nenquimo. Cuando la recuerda, piensa en su carcajada. “Era como si tuviera la risa muy cerca de ella siempre”, dice Puyol. Ella recuerda que, aunque los diálogos sobre la carne silvestre eran difíciles, Nenquimo siempre encontraba una forma de transmitir esperanza y alegría. Carlos Mazabanda, coordinador de Ecuador para Amazon Watch —una organización que trabaja para proteger la Amazonía y apoya a los pueblos indígenas— también se ríe cuando piensa en Nemonte.

“Tiene una risa que abarca toda su voz, es divertida y tiene un sentido del humor muy particular”, dice Mazabanda. Como si le hubiera contado una anécdota chistosa, Ana Puyol también se ríe cuando le pregunto cuál es su principal recuerdo de Nemonte Nenquimo. “Su risa es increíble, siempre que la pienso, me la imagino con su gran sonrisa. Hasta en el día más duro, siempre nos hacía reír”. “Nemonte es una luz”, me dice Puyol. Su esposo Mitch Anderson, la abogada y activista por los derechos de la naturaleza María Espinosa y el líder de la Nacionalidad Waorani del Ecuador (NAWE) Gilberto Nenquimo repetirían esas frases en distintas entrevistas. 

Nemonte Nenquimo recuerda esos tiempos del proyecto junto a la AMWAE. Bajo la guía de la lideresa waorani Manuela Ima, las mujeres no solo lograron detener el comercio de carne silvestre, sino que crearon un programa para que las mujeres pudieran hacer y vender artesanías y chocolates, y así ser más independientes. De ellas, Nenquimo aprendió mucho. “Lo que decían las mayores, los consejos que daban, me han servido y fortalecido mucho”, dice la lideresa que produce afectos divididos: muchos waos no la consideran una mujer waorani de verdad porque su mamá es sápara —otra de las once nacionalidades indígenas de la Amazonía ecuatoriana. 

Nemonte Nenquimo junto a miembros de su comunidad. Fotografía de Sophie Pinchetti, Amazon Frontlines.

Pero Nemonte Nenquimo dice que nunca se ha sentido menos waorani.  Según cuenta, su mamá conoció a su papá a los catorce años y desde entonces vive en territorio wao. Ya ni siquiera habla su idioma. “Yo considero ser mujer wao como mi papá. No sé nada de la cultura de mi mamá. En lo más profundo soy mujer waorani”, asegura con determinación. Su pueblo, afirma, es el waorani. Es todo lo que conoce. Es por ellos que continúa su lucha todos los días. 

En 2013 empezó a trabajar en la construcción de un sistema de agua lluvia limpia para su comunidad y allí conoció a Mitch Anderson, que llevaba dos años trabajando en la Amazonía de Ecuador. Los dos tenían una lucha en común por la dignidad de los pueblos indígenas y trabajaban juntos en proyectos para apoyar a las familias y a los niños. Así, en algún punto —que ninguno de los dos recuerda con exactitud— se enamoraron y se casaron.

Pero para algunas personas del mundo indígena, su relación es problemática. Manuela Ima dice que, en la Asociación de Mujeres Waorani de la Amazonía Ecuatoriana, Nemonte Nenquimo nunca podrá ser lideresa porque “para serlo tendría que estar casada con un wao y no lo está”. Alicia Cahuiya, otra lideresa waorani, dice que muchos en su comunidad no están de acuerdo con que una lideresa waorani esté con un “gringo”. 

“Mi pareja respeta mi cultura y mis decisiones. Es alguien que tiene mucho respeto, mucho valor, y siempre está conmigo trabajando para proteger el territorio waorani”, dice Nemonte Nenquimo. Oswaldo, su hermano, dice riéndose que cuando lo conocieron, pensaron “¿Gringo aprenderá a vivir en la selva?”. Para responder esa pregunta, lo llevaron a cazar con un machete y una escopeta. Cuando regresaron unas quince horas después con varios animales, Mitch les había probado por qué ‘Nemo’ se había enamorado de él— era diferente. En mayo de 2015, nació Daime Omere Anderson Nenquimo, la hija de la pareja. Daime significa arcoiris en wao tereo. Desde que nació se convirtió en otra razón para que su madre insistiera en la protección de su territorio y su cultura. Nenquimo dice que lucha por todos, pero desde que es mamá, lucha siempre pensando en su hija. Ahora tiene un motivo más— está embarazada. Quiere dejarles a sus hijos un ambiente sano, agua limpia, aire puro, y una selva como en la que ella creció: “sin petroleras y sin contaminación”. 

También hay quienes cuestionan su juventud. “Su lucha es muy buena y fuerte, la felicito. Pero tiene que seguir aprendiendo, y nunca olvidarse de su comunidad y sus necesidades”, dice la lideresa Manuela Ima. La antropóloga Kati Álvarez dice que Nemonte Nenquimo ha hecho un gran trabajo para visibilizar al pueblo waorani al exterior “pero debe seguir trabajando en el interior, en el corazón de las comunidades y apoyar también en las luchas más internas”. Nemonte Nenquimo sabe que no todos están de acuerdo con sus decisiones. Sin embargo, dice que siempre está dispuesta a seguir aprendiendo y que por eso siempre escucha los consejos de los abuelos y de sus padres.  

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Mientras construían los sistemas de agua lluvia, en 2013, Nemonte y otros líderes de los pueblos a’i kofan, siona, siekopai y waorani notaron que compartían muchas cosas —resistencias, luchas y visiones—, y que juntos podían hacer más. En 2016, crearon la Alianza Ceibo, una organización que trabaja por la selva, la cultura y el bienestar de las cuatro nacionalidades indígenas. Un proyecto que también ha traído reconocimientos y alegrías. 

En junio de 2020, la alianza ganó el Premio Ecuatorial, un reconocimiento del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que premia iniciativas innovadoras para proteger la biodiversidad y enfrentar el cambio climático. Aunque Nemonte Nenquimo lideró la Alianza Ceibo hasta 2018, su trabajo marcó el inicio de su camino como la reconocida defensora del ambiente y los pueblos indígenas que es hoy. 

Nenquimo

Nemonte Nenquimo, lideresa Waorani, junto a otros líderes Waorani y ancianos (Pikenani) durante una marcha, Puyo, Pastaza, Amazonía ecuatoriana, febrero 2019. Fotografía de Mitch Anderson, Amazon Frontlines.

 Cuando terminó su periodo dirigiendo la alianza, Nenquimo viajó desde Puyo hasta Nemonpare para visitar a su mamá. Allí, en una asamblea donde todos los candidatos eran hombres, Nenquimo se convirtió en la primera presidenta del Consejo de Coordinación de la Nacionalidad Waorani de Pastaza (Conconawep). Desde ese puesto comenzó su lucha más importante, iniciada por la comunidad en 2012.  

En ese año, un grupo de técnicos de la entonces Secretaría de Hidrocarburos del Ecuador hizo una supuesta consulta sobre la explotación del bloque petrolero 22, que ocupa unas 200 mil hectáreas en la Amazonía ecuatoriana  —un poco menos de la mitad de la extensión de Quito—, y es uno de los trece proyectos de la llamada “Ronda Suroriente” que el gobierno ecuatoriano planeaba licitar a empresas nacionales e internacionales. Según Gilberto Nenquimo, líder de la Nacionalidad Waorani del Ecuador (NAWE), la consulta de 2012 “fue una trampa”. El líder asegura que gente del gobierno llegó en helicópteros a varias comunidades waorani, les regalaron botellas de Coca-Cola y alimentos enlatados, y les dijeron que firmaran un papel que decía que el gobierno iba a trabajar para proteger la Amazonía. Los waorani firmaron. Pero no sabían que luego el gobierno utilizaría las firmas para decir que los indígenas estaban de acuerdo con la explotación petrolera. 

Siete años después de la supuesta consulta, en 2019, Nemonte encabezó la acción legal contra el Estado ecuatoriano por ese “engaño”. La demanda decía que el Estado violentó el derecho del pueblo waorani de Pastaza  a la consulta previa, libre e informada sobre el plan de explotación del bloque 22.  Según la Constitución, antes de siquiera explorar la presencia de recursos no renovables en territorios indígenas, se debe hacer una consulta obligatoria y oportuna. Si la comunidad no da su consentimiento, no se puede explotar ese territorio.

María Espinosa, una de las abogadas que apoyó el proceso cuenta que preparar la demanda tomó dos años. Recuerda un día en la casa de Nemonte Nenquimo en Nemonpare. “Estábamos ahí todos hablando con varias mujeres wao sobre el territorio y el valor que tiene para ellas, y entonces Nemonte empezó a cantar”, dice Espinosa en una llamada telefónica. “Nos transmitió algo que sentí como un mensaje poderoso”, dice la abogada, sin recordar con exactitud cuál era pero ella supo que algo estaba claro: estaban yendo por buen camino y tenían que seguir adelante.

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Andrés Tapia, comunicador de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de la Amazonía Ecuatoriana (Confeniae), recuerda a Nemonte en esos días con su hija siempre a su lado. “Iba con ella a las marchas, a las asambleas y a las audiencias”, dice Tapia. Para Nemonte Nenquimo tener una hija pequeña nunca ha sido un impedimento para luchar. Al contrario, va con ella a todas partes porque quiere que “aprenda sobre su cultura y su lucha”. Mientras hablo con su papá vía Zoom, Daime de cinco años, vestida de princesa, se acerca tímida a la pantalla y me saluda en inglés. Me cuenta que extraña a su mamá y dice “I want to be like her” (quiero ser como ella).

Nenquimo

Pueblo Waorani celebra fallo legal contra la explotación petrolera en la selva, Puyo, Pastaza, Amazonía ecuatoriana, abril 2019. Fotografía de Mitch Anderson, Amazon Frontlines.

En julio de 2019, la Corte Provincial de Pastaza determinó que la supuesta consulta de 2012 hecha a las comunidades no cumplió con estándares nacionales e internacionales. La decisión no solo protegió a las 200 mil hectáreas del bloque 22 sino también a las más de 4 millones de hectáreas de selva que se querían subastar con el proyecto Ronda Suroriente. El fallo es histórico. Carlos Mazabanda dice que la victoria marcó un precedente para que todos los pueblos y nacionalidades indígenas del país puedan exigir que se respeten sus territorios y sus vidas. 

Cuando piensa en la decisión de los jueces en 2019, Nemonte Nenquimo sonríe.