Este reportaje es parte de la alianza entre GK y Mongabay Latam


Todos los días, desde hace más de 50 años, los mecheros de las estaciones petroleras brillan sin descanso en medio de la Amazonía ecuatoriana. A la distancia parecen gigantes antorchas olímpicas que se levantan alrededor de frondosos árboles, pero de cerca, la gente los llama los mecheros de la muerte. “El calor al acercarte es horrible”, dice Donald Moncayo, quien vive al noreste del país en la provincia de Sucumbíos, a tan solo 200 metros de distancia de una de estas estructuras. “A veces sientes como que se te abriera la piel”, comenta. Son varias las generaciones que por más de cincuenta años han convivido y soportado el intenso calor. Pero los más jóvenes están cansados y han comenzado una lucha para detenerlos.

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Los mecheros son un sistema de quema de gas natural que funciona a una temperatura promedio de 400 grados centígrados —casi la misma que la superficie de Venus, el segundo planeta más cercano al sol—. En la Amazonía ecuatoriana, los primeros mecheros fueron instalados por la multinacional Chevron-Texaco que perforó el primer pozo comercial en 1967. Desde entonces, la explotación petrolera solo ha crecido. Hasta el 3 de julio de 2020, según datos de la Agencia de Regulación y Control Hidrocarburífero, había 2013 pozos petroleros en producción en todo el país y de los 71 bloques petroleros, 8 están en la Costa y los otros 63 en la selva amazónica . El problema es que el crecimiento de la industria petrolera significa un alza en la cantidad de mecheros, y por lo tanto, en la cantidad de gases que se queman y terminan en el aire. 

Denisse Núñez Samaniego es de la provincia de Orellana, al norte de la Amazonía, tiene 12 años y toda su vida ha vivido rodeada de estos grandes quemadores de gas. Hay uno a 500 metros de su casa, otro al lado de su escuela y otro cerca del trabajo de su mamá. La niña y su familia aseguran que esa cercanía ha tenido efectos negativos: la madre de Núñez tiene cáncer de tiroides, una compañera de su escuela y dos de sus tíos fallecieron por causa de esa enfermedad, que la padecen también muchas otras personas en su barrio.

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Cientos de insectos voladores nocturnos se consumen entre las llamas de los mecheros todos los días. Su intensa luz los atrae y al acercarse, el calor los quema. Fotografía de José María León.

El 20 de febrero de 2020, Núñez y otras niñas y adolescentes de las provincias de Sucumbíos y Orellana presentaron una acción de protección contra el Ministerio de Energía y Recursos Naturales no Renovables y el Ministerio del Ambiente y Agua. Argumentaron que el impacto de los mecheros vulnera su derecho al agua, a la salud, a la soberanía alimentaria y a un ambiente sano y ecológicamente equilibrado, y por eso piden que dejen de funcionar. En su demanda,  las niñas dijeron que los mecheros han causado daños en la salud de los habitantes de la zona y contaminado el agua lluvia que creían era la única fuente de agua limpia que quedaba. 

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Sin embargo, el 7 de mayo les negaron la acción de protección. Una de las justificaciones de la justicia ecuatoriana es que no existen estudios que confirmen que existen afectaciones a la salud debido a los mecheros. Aún así, el médico Alfredo Maldonado opina que este argumento es absurdo porque sí existen estudios, solo que no son del Ministerio de Salud Pública (MSP). La abogada de la niña Denisse Núñez, Vivian Idrovo, dice que la falta de un estudio hecho por el MSP es una prueba de la omisión del Estado y no una prueba de que los mecheros no causan enfermedades. Las niñas no desistieron de sus peticiones y apelaron las sentencia. 

Los obstáculos de la demanda

Leonela Moncayo tiene diez años, y junto a Denisse Nuñez y otras siete niñas, se está enfrentando al Estado para ponerle fin a la actividad de los mecheros. El 7 de mayo la jueza María Custodia Toapanta Guanoquiza negó la acción de protección presentada por Leonela y sus compañeras, y justificó la sentencia diciendo que no se probó la existencia de una vulneración de derechos. Vivian Idrovo, la abogada patrocinadora de Denisse Nuñez, explica que esta decisión es extraña porque en un caso donde existen riesgos a la salud se debe aplicar el principio de precaución. 

Según el Código Orgánico del Ambiente, el principio de precaución exige que el Estado, a través de sus autoridades competentes, adopte medidas para evitar, reducir, mitigar o cesar la afectación, incluso cuando “no exista certeza científica sobre el impacto o daño que supone para el ambiente alguna acción u omisión”. La abogada Idrovo dice que basados en ese principio, los testimonios de las accionantes con respecto a la incidencia de enfermedades y las pruebas de las omisiones del Estado debieron ser suficientes para fallar a favor de las niñas. Pero no fue así.

Apelaron la sentencia y esperan que sea revertida por la corte provincial de Sucumbíos. Sin embargo, no tienen mucha esperanza pues hasta ahora la audiencia se ha aplazado cinco veces, desde la fecha inicial el 25 de junio de 2020. Idrovo dice que la primera vez se postergó para el 16 de julio a petición de las niñas demandantes porque necesitaban coordinar la logística. La segunda vez, cuenta la abogada, se cambió para el 26 de agosto porque los operadores de justicia estaban enfermos. Luego, se pospuso para el 16 de septiembre porque los jueces necesitaban tiempo para leer  los “amicus curiae”que les habían llegado, es decir,  recursos legales de personas externas que tienen interés en el caso y quieren aportar con su opinión.


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Lo cierto es que llegado el 16 de septiembre, la audiencia se volvió a aplazar. La razón esta vez fue que hubo cambios en los abogados patrocinantes de las niñas y los jueces pidieron que se ratifiquen las modificaciones por escrito. La nueva fecha para la audiencia era el 2 de octubre. Esta vez la audiencia sí se instaló, pero fue suspendida en la noche sin que se presentaran todos los amicus y los argumentos de cierre de las demandantes. No les dijeron cuándo se dictará sentencia.

“A mi me da mala espina”, dice Donald Moncayo, papá de Leonela, una de las niñas accionantes. Siente que no les van a dar la razón porque hay una idea errónea sobre lo que están pidiendo. “Creo que [los jueces] creen que estamos pidiendo que se pare la extracción petrolera, pero no es eso”. Moncayo explica que lo que exigen es que se dejen de quemar gases en los mecheros, y que el gobierno busque otras alternativas para usar ese gas de forma más eficiente.

La contaminación de los mecheros

Según datos del Banco Mundial, la quema de gas natural es uno de los mayores contribuyentes del cambio climático ya que provoca la emisión de más de 300 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera cada año —más de siete veces el total de CO2 que emitió todo Ecuador en 2016—. Belén Páez, máster en Conservación y Gestión del Medio Natural y directora de Fundación Pachamama, dice que entre los contaminantes que arrojan los mecheros están el sulfuro de hidrógeno y el disulfuro de carbono. Estas sustancias, explica Páez, son altamente tóxicas y junto al CO2 son una de las causas principales del deterioro de la atmósfera, los cambios climáticos impredecibles y el calentamiento global. 

Debido al impacto negativo de los mecheros en los humanos y el ambiente, su uso en los campos petroleros no es considerada la mejor opción. La Asociación Canadiense de Productores de Petróleo dice que la función de los mecheros es la quema controlada de gas natural “que, debido a razones técnicas o económicas, no puede procesarse para su venta o uso”. Es decir, la quema de los gases que se extraen naturalmente con el crudo debería ser extraordinaria y no algo cotidiano. 

Apaguen los mecheros

Según el Colectivo Eliminen los Mecheros, que Encendemos la Vida existen 447 mecheros en la Amazonía. La mayoría están en Orellana y Sucumbíos. Fotografía de José María León.

Carolina Montero, ingeniera química experta en gestión de residuos industriales y energía, dice que existen alternativas a la quema de gas que son económicas y ecológicamente rentables. Montero recomienda por ejemplo, usar el gas natural para la generación de electricidad, la producción de gas licuado de petróleo (GLP) y la reinyección de los gases en los pozos para mantenerlos en equilibrio.

Sin embargo, en la Amazonía de Ecuador quemar los gases es lo usual. Carmen Samaniego, habitante de Orellana, al norte de la Amazonía, dice que en su provincia hay cientos de infraestructuras quemando gases todo el tiempo desde hace varias décadas. Donald Moncayo, de la provincia fronteriza de Sucumbíos afirma que allí es igual. Según el Colectivo Eliminen los Mecheros, que Encendemos la Vida existen 447 mecheros en la Amazonía. La mayoría están en Orellana (232) y Sucumbíos (210) pero también hay otros en las provincias amazónicas de Napo y Pastaza. 

A pesar de esto, no hay datos oficiales públicos del gobierno ecuatoriano sobre el número de mecheros. Hicimos un pedido de información al Ministerio de Energía y Recursos Naturales No Renovables, pero hasta el cierre del reportaje, no se ha recibido respuesta. 

Es mejor quemarlo pero no es lo ideal

La razón principal por la que se quema el gas natural que se desprende durante la extracción del petróleo es porque no hacerlo podría ser peor. Alejandro González, director de la carrera de Ingeniería Ambiental de la Universidad de las Américas (UDLA) de Ecuador, explica que uno de los gases que se expulsa al extraer petróleo es el metano. Este es un contaminante muy nocivo que, según dice, es hasta veinticuatro veces más contaminante que el CO2. Al quemar el metano en los mecheros, este se convierte en un compuesto menos dañino. Aun así, eso no significa que sea lo más adecuado. 

Al quemar el gas se genera ozono, otro contaminante nocivo para el ambiente y que, según González, puede hacer que los cultivos disminuyan su productividad porque ya no pueden crecer ni desarrollarse igual que antes. La bióloga ecuatoriana Yanara Reascos asegura que debido al intenso calor de las antorchas, las hojas de los árboles que están cerca de las infraestructuras tienden a tener poca capacidad fotosintética. Es decir, tienen problemas al sintetizar los carbohidratos que necesitan para su desarrollo y esto también es un impacto ambiental negativo. 

En Sucumbíos les dicen mecheros de la muerte a estos grandes quemadores de gas por una razón: cientos de insectos voladores nocturnos se consumen entre sus llamas todos los días. La intensa luz de los mecheros los atrae y al acercarse, se queman. 

Donald Moncayo, que vive en Sucumbíos cerca de un mechero, y es también el subcoordinador de la Unión de Afectados y Afectadas por las Operaciones Petroleras de Texaco (UDAPT), cuenta que los insectos se mueren por montones. Belén Páez explica que la pérdida de insectos deja vacíos en el dosel del bosque “que son gravísimos” porque afectan la materia orgánica que las especies usan como fuente de energía. 

Viviendo entre humo negro

“A veces sale hasta petróleo por esos mecheros y es como ver un volcán erupcionando, inmensas nubes negras cubren el cielo”, cuenta Donald Moncayo. Las consecuencias de aquella “erupción” no solo afectan el medioambiente sino a la población. Y es que otro de los problemas de los mecheros es la caída de hollín. 

Carolina Montero, docente de la facultad de ingeniería química de la Universidad Central del Ecuador, dice que el hollín es un contaminante ambiental que resulta de la combustión incompleta de los hidrocarburos, suele caer sobre la vegetación y el suelo que rodea los mecheros y, por el viento, llega a los techos de las casas donde se colecta el agua de la lluvia o cae sobre cultivos agrícolas, poniendo en peligro la salud y el acceso a alimentos de las comunidades locales. 

Moncayo dice que ellos solo quieren, por lo menos, tener agua lluvia limpia. “Los ríos y aguas subterráneas están contaminadas, y nunca hemos tenido agua potable, por eso recolectamos el agua de la lluvia”. 

Las comunidades indígenas de Sucumbíos cuentan una historia parecida. Justino Piaguage, líder de los siekopai —una de las 11 nacionalidades indígenas del Ecuador— dice que los mecheros han afectado sobre todo su consumo del agua. “El agua potable no ha llegado acá ni con la ayuda de los municipios, ni del Estado, ni de nadie”. Por eso, dependen de la lluvia. Pero al vivir cerca de los mecheros, Piaguaje cuenta que casi siempre el agua que se colecta está contaminada y que esto les causa dolores de estómago y ronchas en la piel

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Indígenas Siekopai en una de las playas de Aguarico, preparándose para el viaje al corazón de su territorio ancestral, Lagartococha (Pëkë’ya), en la Amazonia en la frontera entre Perú y Ecuador. Foto Amazon Frontlines.

Los mecheros también han alterado la tranquilidad de las comunidades. El líder siekopai afirma que el ruido que generan en la noche no los deja dormir tranquilos e, incluso, interrumpe las actividades ceremoniales de los abuelos que son muy importantes en su cultura. 

Hicimos un pedido de información al Ministerio de Energía y al Ministerio de Ambiente y Agua, pero hasta el cierre del reportaje no se ha recibido respuesta.

Es normal estar enfermo

De acuerdo con el ingeniero Alejandro González, los mecheros pueden causar problemas respiratorios ya que expulsan partículas contaminantes diminutas (PM 10 y PM 2.5). Este material es peligroso porque al inhalarse de forma repetitiva y prolongada provoca graves afectaciones en el sistema respiratorio. Las partículas PM 2.5 son las más perjudiciales porque, al ser tan pequeñas, pueden atravesar los bronquios y causar enfermedades pulmonares. 

Un análisis de la Evaluación Nacional de Tóxicos del Aire (NATA) en Estados Unidos en 2016, reveló que la quema del gas natural libera contaminantes tóxicos altamente nocivos para la salud como el benceno, el etilbenceno y el formaldehído. El estudio de la NATA encontró vínculos entre exposición al benceno y cáncer, anemia, daño cerebral, malformaciones, y trastornos reproductivos y del desarrollo. 

Una publicación de 2016 de la Clínica Ambiental, un proyecto del Centro de Estudios y Asesoría Social (CEAS) y la organización no gubernamental Acción Ecológica, señala que, en la región amazónica del Ecuador, hay más casos de cáncer en la población que vive cerca a las zonas donde operó Chevron-Texaco y donde existen instalaciones petroleras como los mecheros. Pero el cáncer no es la única afectación. El médico Alfredo Maldonado explica que, además de la incidencia de estos casos, otros efectos de la exposición a los contaminantes de la quema de gas son las malformaciones y los abortos “producto de un daño genético”. 

Según Maldonado, también hay consecuencias en la salud que son visibles de forma inmediata. Algunas de ellas son rinitis, dolores de cabeza intensos, aumento de infecciones de vías urinarias, terigión en los ojos, alergias y hasta gastritis. 

El tiempo se agota

Ecuador ya está haciendo cambios, pero no son suficientes. En 2015, la empresa pública Petroamazonas, que está a cargo de 19 bloques petroleros en la Amazonía del Ecuador se suscribió a la iniciativa “Eliminación de la quema regular de gas para 2030” del Banco Mundial. El programa tiene como meta que las empresas petroleras detengan la quema de gas a través de la implementación de soluciones económicas y ecológicamente viables, a más tardar en diez años. Petroamazonas ha hecho cambios y en 2019, según la empresa, redujeron las emisiones de CO2, generaron energía eléctrica a partir del gas e incluso hubo un ahorro económico al no comprar diesel para generar electricidad. 

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Mechero en el campo Shushuqui, Pacayacu, Sucumbios, Amazonía ecuaotriana. Foto Nicolas Mainville / Amazon Frontlines.

Para las comunidades que viven cerca de los mecheros, los avances de la empresa pública de hidrocarburos no han sido muy grandes. Donald Moncayo, de la Unión de Afectados por Texaco, dice que aún se ven grandes llamas quemando día y noche sin descanso en los mecheros, y que por eso insisten en su lucha. 

Jorge Acero, abogado de Amazon Frontlines y quien coordina la oficina de derechos humanos de la organización en Sucumbíos, dice que el Ministerio de Energía y Recursos Naturales No Renovables continúa dando permisos para que las petroleras quemen gas natural en los mecheros cuando “para la población que vive acá desde hace años, es evidente que estos causan afectaciones a la salud y al ambiente”. Solicitamos una declaración oficial de Petroamazonas, el Ministerio de Energía, y el Ministerio de Ambiente, pero ninguna de las instituciones ha respondido hasta el momento.

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Las niñas de la Amazonía esperan que la justicia falle a su favor y que el Ministerio de Ambiente y el Ministerio de Energía se hagan responsables por las vulneraciones de sus derechos y los de sus comunidades. Sus representantes insisten en que no están pidiendo que se cierren las empresas petroleras, solo quieren que se eliminen los mecheros.

Si el sistema de justicia les da la espalda, como lo hizo recientemente con las comunidades indígenas en el caso del derrame de petróleo de abril de 2020, las niñas y sus abogados están dispuestos a agotar todos los recursos internos. Dicen que si no son escuchados, no descartan la posibilidad de llevar el caso a una corte internacional.