Los que no aparecen

Abdón Zúñiga

Relatos en primera persona de aquellos que aún buscan los cuerpos de sus seres queridos que murieron durante la emergencia del covid-19.

Abdón Zúñiga

Este es el testimonio de Regina León, sobrina de Abdón Zúñiga, fallecido el 29 de marzo de 2020.

Abdón Zúñiga

Regina León sostiene la foto de su tío Abdón Zúñiga

Mi tío se llamaba Abdón Aparicio Zúñiga Rodríguez y tenía 53 años. Él tuvo síntomas de covid-19, pero nunca pudimos comprobar que sí tuvo porque no fue al médico. No quiso arriesgarse e ir al hospital por temor a contagiarse y poner en riesgo a su familia.  Pero por los síntomas que presentó posiblemente fue covid-19. Falleció en su casa el 29 de marzo a las 8:10 de la mañana en Guayaquil.

 Nosotros tenemos un mausoleo en el cementerio de Pascuales y lamentablemente no lo pudimos llevar allá porque la pandemia estaba descontrolada y las funerarias nos dijeron que solo tenían cajas de una medida y que no había para la estatura ni el peso de mi tío. Además en esas fechas se dispararon los valores de una caja o un entierro. Por eso decidimos darles el cuerpo de mi tío a los de Medicina Legal. 

El lunes 30 de marzo me llamaron de Medicina Legal a preguntar si estábamos dispuestos a que el cadáver de mi tío sea enviado a una fosa común. Para esto, el cuerpo de mi tío ya estaba en estado de descomposición en la casa, no se lo habían llevado. Entonces mi tía y mi mamá —las hermanas mayores de mi tío— decidieron que se lo lleven a una fosa común,  porque no podíamos seguir exponiendo al barrio ni a mi otro tío, que vivía en la misma casa. 

El martes 31 de marzo alrededor de las dos de la tarde vino el personal de Medicina Legal en un patrullero a coger los datos de mi tío y preguntaron cuándo había muerto, qué síntomas tenía, y su edad. Una vez que llenaron sus papeles nos dejaron el acta de defunción y nos dijeron  que dentro de una hora regresaban a retirar el cuerpo. Regresaron cuatro horas después a llevarse el cuerpo. Yo les pregunté si había que hacer algo más y me dijeron “no, nada más”, y se fueron. 

Desde ahí nosotros no llamamos a nadie, no investigamos nada. No lo hicimos porque creo que cualquier ser humano al escuchar “fosa común” entiende que tú entregas el cuerpo y que ya no sabes nada. Solo nos confiamos en lo que las autoridades decían, que iban a crear un cementerio para los enfermos de covid y que iba a haber un listado con el lugar donde iban a reposar los restos de las personas que murieron. Entonces lo que nosotros hicimos como familia fue confiarnos en estas palabras. Más bien para nosotros fue una sorpresa cuando Medicina Legal se hizo presente en la casa de mi tío semanas después, a mediados de mayo. 

 Llegaron sin avisar a la casa de mi tío a decir que andaban investigando para identificar cuerpos. Dijeron que tengamos paciencia, que la investigación era un primer filtro, y que teníamos que esperar. Yo conté cómo exactamente había muerto mi tío. Me pidieron fotos de él para ver los rasgos, con qué ropa murió, cómo lo embalaron o cómo se lo llevó Medicina Legal. 

 Luego de tres semanas me llamó el antropólogo y  me hizo otras preguntas más: si mi tío tenía dentadura postiza, si tenía algún tatuaje, si tenía alguna cicatriz. El antropólogo me explicó que él era el segundo filtro y que tenía que esperar la respuesta para ver si los cuerpos que él iba a investigar tenían las características que le había dado.

 Pasaban las semanas y yo no recibía noticias, pero como tenía el número telefónico del antropólogo, lo llamé. El antropólogo me dijo que tenía que tener paciencia, que ya estaban investigando pero que había más de 200 cuerpos por investigar. 

 En esos días me llamó una señorita de una organización de derechos humanos. Ella me comentó que había visto en una base de datos que yo era una persona que no encontraba el cuerpo de mi tío. Entonces ella me dijo ‘bueno, le rogaría que si sabe algo me devuelva la llamada a los siguientes teléfonos’. Créame que han pasado las semanas y yo le he estado llamando, y esos teléfonos nunca contestan.

 Luego de tanto esperar volví a  llamar al señor antropólogo de la policía y le dije  que ya habían pasado más de tres semanas desde la última vez que hablamos y todavía estoy esperando para saber qué pasó, si han encontrado el cuerpo de mi tío o no. Y él me dijo  muy amablemente que en el área de antropología ya había cumplido su misión y tiempo de investigación, y que el caso había pasado a criminalística.

 Criminalística era el tercer filtro y se encarga de tomar las pruebas de ADN. Entonces me dijeron que yo tenía que esperar porque había un escrito que lo habían enviado a Quito para autorizar que se realicen las pruebas de ADN en los cuerpos que todavía faltan de identificar. Y que tenía que esperar, que tenga paciencia.

 El martes 7 de julio fui a la Policía Judicial y una doctora le tomó la prueba de sangre al padre de mi tío. Y ahí la doctora dijo que teníamos que esperar 60 días para que ellos analicen la muestra. Y que yo tenía que estar atenta del teléfono porque apenas lo encuentren ellos nos iban a informar. 

Para nosotros el mismo hecho de revivir cada filtro que ha pasado es doloroso. Y no es que uno quiera olvidar porque esto jamás lo vamos a olvidar. Esto es un trauma que toda la familia no se imaginó que íbamos a pasar.

Se me hace el corazón chiquito cada vez que veo las noticias y veo que ya fueron identificados nuevos cadáveres, que hay ciento y pico aún en la lista sin identificar. Y yo le digo aquí a mi familia que ‘tengo fe que entre esos ciento y pico va a estar mi tío y vamos a recibir esa llamada’. 

 Si buscas el cuerpo de un familiar fallecido en la emergencia del covid-19, súmalo a esta lista 


Este testimonio fue recogido y editado por Joaquín García.

GK
(Ecuador, 2011) Un cable a tierra en un mundo polarizado.