Los que no aparecen

Pablo Gavilanes

Relatos en primera persona de aquellos que aún buscan los cuerpos de sus seres queridos que murieron durante la emergencia del covid-19.

Pablo Gavilanes

Este es el testimonio de Gabriela Orellana, esposa de Pablo Gavilanes, fallecido el 30 de marzo de 2020 con covid-19.

Pablo Gavilanes

Pablo Gavilanes, fallecido el 30 de marzo de 2020 con covid-19.

Mi esposo murió el 30 de marzo a las 3:45 de la tarde de un paro cardiaco. Han pasado casi tres meses y todavía no sé dónde está el cuerpo de él. Tuvo síntomas desde el 16 de marzo pero no eran graves, todavía. Fuimos a un hospital para que lo examinaran, nos dijeron que debía tomar vitamina C y paracetamol porque tenía “problemas respiratorios”. Yo quería que le traten los síntomas para que no se empeore pero no lo hicieron y volvimos a casa. Como seguía con los síntomas, el 23 llamé al 171 y me agendaron una cita para el 26 de marzo. Cuando llegamos al hospital, nos dijeron que las citas ya no eran válidas y que le daban prioridad a las personas que estaban ahogándose. Era un caos. 

Yo les rogué que lo atiendan. Mi esposo estaba muy mal, con fiebre alta. El guardia del hospital nos dejó pasar y logramos que, en la zona de triaje, le tomen la saturación y la temperatura. Nos mandaron a esperar a la única doctora que estaba atendiendo. Había más de 30 pacientes solo en el área donde estábamos. Llegamos a las diez de la mañana y salimos a las siete de la noche. Esperamos más de ocho horas para que nos diga que tome azitromicina, paracetamol, suero oral y que nos vayamos a la casa. 

Mi esposo se sentía agitado desde el 29 por la mañana y murió 24 horas después. Yo quería llevarlo al hospital cuando empezó a agonizar, pero no pude bajarlo porque vivíamos en un tercer piso. Llamé al 911 para pedir una ambulancia y llegó a las 4 de la tarde, cuando él ya había muerto. Tuve que volver a llamar a emergencias para que levanten el cadáver. 

Llamaba y llamaba pero me decían que tenía que seguir insistiendo. Mi familia y amigos me ayudaron a llamar. A todos nos dijeron lo mismo. Llamamos cada 30 minutos por 24 horas. Tenía miedo porque había escuchado de personas que esperaban entre 5 y 7 días para que levanten a sus muertos. Hice un video en redes sociales que se viralizó y llegaron a recoger el cuerpo el 31 de marzo por la tarde.

La noche que mi esposo murió tuvimos que dormir en un zaguán con mis dos hijos, la mayor de 14 y el pequeño de 7 años, porque el cuerpo seguía ahí. Después tuvimos que salir de nuestra casa y vivimos un tiempo en la calle. Hasta hoy no he podido acceder a la ayuda del Estado o de cualquier otra organización. 

Me dijeron que se llevaban a mi esposo al Hospital del Guasmo y que en tres días podía ir a identificarlo. Esa fue la última vez que lo vi, cuando lo fui a buscar el 3 de abril, no apareció. No supe nada por más de un mes, hasta que el 6 de mayo me llamaron de la Dirección de Muertes Violentas y Desapariciones (Dinased) y me dijeron que apareció, luego se retractaron. Tuve tres llamadas de distintos agentes policiales, ninguno me dio respuestas. Me refirieron a un Sargento que me derivó a un antropólogo. Hemos estado hablando, pero todavía no lo identifican. Es probable que no lo puedan identificar por el estado de descomposición en el que está, ya no les sirve la ropa, no le pudieron tomar las huellas.

Me dijeron que van a tratar de hacerlo con ADN, pero sigue en la lista de personas desaparecidas. Sé que ya no van a entregar los cuerpos porque las autoridades ofrecieron encargarse del entierro. Necesito esa seguridad de que van a sepultar a nuestros seres queridos. Me da miedo la confusión de cadáveres que han tenido. Enterraron a quienes no eran, otros resucitaron. No se sabe, han hecho tantas cosas mal. 

Si buscas el cuerpo de un familiar fallecido en la emergencia del covid-19, súmalo a esta lista 


Este testimonio fue recogido y editado por Susana Roa Chejín.

GK
(Ecuador, 2011) Un cable a tierra en un mundo polarizado.