La vida de los otros

La vida entre cartones

Vivir con menos de 120 dólares mensuales es algo normal para un grupo de recicladores de todo el país. Muchas veces, pasan más de 12 horas al día entre plástico, cartones o papel para ganarse la vida. Cuando no les alcanza, buscan otros trabajos para tratar de completar un ingreso básico.
  • Fotografía de José María León para Gk.

Dos veces a la semana, Berta Chalco va al Mall del Río, un centro comercial cerca del río Tarqui de Cuenca, la tercera ciudad más poblada del Ecuador. Llega a las once de la noche y sale a las tres o cuatro de la mañana. Va cuando el sitio está cerrado para sus clientes, en busca de plástico, papel, cartón, vidrio, latas —todo lo que esté en condiciones de ser reciclado. Berta tiene 50 años, la voz dulce y pausada y las manos marcadas por su oficio: es recicladora en una de las ciudades que, según la Empresa Municipal Pública de Aseo de Cuenca (EMAC), “reciclar es una obligación de la ciudadanía”. La realidad va más allá del simpático slogan. Aunque el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) diga que es la ciudad que más clasifica sus residuos (más del 53%), muchos recicladores siguen encontrando material contaminado en la funda celeste destinada solo para el material reciclable. “Todavía sacan el reciclaje con papel higiénico, orgánico e inorgánico.”, dice Berta, que ha trabajado casi toda su vida en el reciclaje. “No se gana mucho”, dice con resignación, y se nota que ha dicho la frase ya demasiadas veces. En tres meses de trabajo, dice, “cojo 230 o 250”. “Pero solo en tres meses”, enfatiza. La aritmética da resultados cercanos a la pobreza extrema.

Como Berta, muchos hombres y mujeres, adolescentes y ancianos, trabajan largas horas entre escombros, en centros de acopio, o caminando bajo el sol y la lluvia para recolectar lo que otros desechan.

Berta tiene dos  hijos y es madre soltera. Una ecuación difícil de resolver. “Es medios complicado” dice. Todo el dinero que gana lo invierte en pagar luz, agua y teléfono. Pero, además, para darles una mesada diaria a sus hijos tiene “que buscar otro ingreso aparte”. Tiene otro dos —a veces tres— trabajos informales (cuando no está reciclando, lava ropa o limpia casas) para intentar redondear un salario básico, menos de cuatrocientos dólares al mes. “Entonces así, paso yo mi vida”, dice.

Juana Iza es la secretaria de la Red Nacional de Recicladores del Ecuador (Renarec), una organización que agrupa a más de 50 asociaciones de recicladores a nivel nacional. En Quito, “somos 3.400 recicladores, organizados y no organizados”, dice. Juana Iza tiene 60 años de los cuales ha dedicado 45 a recorrer las calles de la capital buscando material que reciclar.

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Fotografía de José María León para Gk.

Aunque es la capital del país, la situación no ha mejorado para los recicladores. Un estudio de The Economist Intelligence Unit sobre el estado del reciclaje en 12 ciudades de América Latina y el Caribe dice que en ciudades como Quito “no existen mecanismos de pago periódico fijo para los recicladores de base por servicios prestados”. Lo que en muchos casos desenboca en una remuneración injusta, ligada a la venta del material y no al servicio que los recicladores prestan a la comunidad.

El recorrido es largo y el pago es poco —a veces nulo. Iza cuenta que solo para lograr menos de la mitad de un salario básico, debe recolectar tres toneladas de material reciclado. En meses como diciembre le va mejor, “ahí es donde todo el mundo consume”, dice.

En el peor de los meses, recolecta una tonelada, pero no gana nada. Sin embargo, todo es relativo en la vida de un reciclador. Muchas los intermediarios compran el material, pero a un costo muy bajo. En otros casos, los recicladores tienen centros de acopio donde pueden ir a dejar el material y venderlo directamente a las industrias, sin intermediarios. Pero el problema es que en Quito hay apenas cuatro centros de acopio.

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Un oficio marginal, muchos recicladores desconocen sus derechos, si es que podemos decir que existen. Juan Pineda, reciclador de Lago Agrio, dice que el gobierno les ha ayudado a mejorar sus condiciones como trabajadores. Pero reconoce que una de las mayores dificultades es que “muchas veces no tenemos bien seguro lo que hacemos y a lo que nos dedicamos”.

Resulta asombroso que en plena era del famoso go green no se dé el valor ni reconozca al reciclaje como un trabajo que, como todo trabajo, merece una remuneración digna. María Fernanda Soliz coordinadora del Doctorado de Salud Colectiva de la Universidad Andina Simón Bolívar (UASB), explica que el trabajo de los recicladores “es un oficio que históricamente ha sido segregado”. Muchos de estos grupos, dice, son llamados como la humanidad residual. Un estudio de la Universidad de Castilla los califica como “nuevos parias que no cumplen ninguna función de utilidad” en el mercado laboral actual.

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Fotografía de José María León para Gk.

Trabajar de la basura no solo genera rechazo evidente sino también simbólico. Alberto Macas, reciclador de Cuenca, dice que muchas personas lo ven con desprecio, que los insultan. “Ladrones, vayan a trabajar, no tienen que hacer, vienen a estar aquí golpeando la puerta”, dice Berta que les han gritado.

Además, cuenta que con otras seis compañeras solían ir al hospital del Seguro Social de Cuenca para recolectar el material reciclable. Era una actividad, dice Berta, que les dejaba “de repente, diez dólares, de repente, ocho dólares”. Pero desde mediados de mayo, la administración del hospital cambió y ya no recicla. Berta y sus compañeras ya no pueden ir a buscar los cartones, plásticos, vidrios y papeles que las ayudan a sostener sus hogares.

Lo único que piden es tener los mismos derechos, no solo para ellos sino también para su hijos, esposos y esposas. “Debemos tener un salario mínimo como todo trabajador, tener seguro social, acceso a tener un crédito, una vivienda, a vivir dignamente como cualquier trabajador”, dice Juana Iza. Su pedido hasta ahora ha sido escuchado, archivado y olvidado por las autoridades.

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El reciclaje va más allá de solo ser un ejemplo en clasificación de residuos. Implica reconocer a los recicladores de manera económica y también social. Si bien es importante la clasificación de residuos para empezar a hacer cambios verdaderos, estos también deben tomar en cuenta a quienes participan.

A pesar de que existe un Código Orgánico del Ambiente que exige a la Autoridad Ambiental Nacional, así como a municipios, prefecturas y otros gobiernos locales promover la gestión de residuos, parece ser letra muerta. Todavía varios gobiernos locales carecen de una política de gestión de residuos. Y mucho menos reconocen la participación de los recicladores, no solo como individuos, sino como parte de la cadena económica urbana.

Muchos gobierno son considerados como ejemplos en clasificación de residuos. En el documento del INEC, Información Ambiental en los Hogares, dice que Loja es “la provincia con la mayor proporción de hogares que clasifican sus residuos” con un  68,18%. Pero más allá de lo que pueden decir las estadísticas, Berta cuenta que, hace unos cuatro meses, cuando uno de sus compañero visitó Loja, dijo que la condición de los recicladores estaba muy lejos de ser ideal.  “Ha sido bien duro ser allá reciclador porque en las calles no permiten a pie de vereda. Ellos no tienen a pie de vereda”, dice con asombro y, a la vez, preocupación. Pie de vereda, en la jerga recicladora, es la oportunidad de que uno de ellos vaya una vez por semana a retirar el material reciclable en casas, edificios y otros lugares públicos y privados.

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Fotografía de José María León para Gk.

Es como si muchas ciudades quisieran al reciclaje sin los recicladores. Berta se queda en silencio unos minutos y dice que muchos de sus compañeros reciclan a escondidas. Hace cuatro o cinco años, cuenta, el municipio de Loja recicla y contrata a trabajadores. Muchos recicladores se han visto obligados a entrar al botadero a “escondidos porque no les permite el municpio”, dice Berta.  “Es como si estuvieran robando, porque entran por una ladera y sacan los materiales”.

Una ciudad no puede ser un verdadero ejemplo en reciclaje si excluye a un grupo que se ha dedicado toda la vida al reciclaje. Muchos de estos problemas, responden a que actualmente se lucra de la disposición de la basura, dice Nicolás Cuvi, investigador en ecología urbana de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). “Hay gente a la que realmente no le interesa que haya disminución del volumen de basura”, dice Cuvi. Cuando la basura se convirtió en un buen negocio, y los materiales reciclables empezaron a cotizar a precios internacionales, el oficio al que Berta y muchos otros tuvieron que recurrir se ha visto amenazado por una coporativización con la que no pueden competir.

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Tal vez los mejores ejemplos de reciclaje están en pequeñas ciudades como Lago Agrio. Juan Pineda, reciclador de esta ciudad amazónica, dice que con las autoridades locales se trabaja coordinadamente. “Ahora sí se ha mejorado bastantísimo. Hemos prosperado a través de capacitaciones del gobierno local”, dice, optimista.

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Fotografía de José María León para Gk.

El municipio los ha apoyado con maquinaria y condiciones adecuadas para trabajar con los residuos reciclables. Pero la labor no solo recae sobre el gobierno local sino también está en manos de quienes compramos y generamos basura: los ciudadanos. Lo más difícil es concientizar a la ciudadanía. Muchas veces no entienden la importancia y mucho menos se reconoce el trabajo de quienes evitan que muchas ciudades colapsen. “En Lago Agrio se da un proceso de transición de tener uno de los peores botadores a cielo abierto del país a un proceso inclusivo”, dice María Fernanda Soliz.  

Juan Pineda siente que con la ayuda del municipio de Lago Agrio ha revalorizado su labor. Explica la importancia que le dan al reciclaje empresarial en Lago Agrio. Ahora, comprenden que gran parte del material reciclado puede ser usado para fabricar productos. “Nosotros debemos transformar los materiales a un valor agregado, a productos terminados”. Mientras explica sobre el apoyo que les ha dado el municipio, Juan dice,  “hemos comprendido que no hay nada imposible. A veces como recicladores tenemos el autoestima muy bajo”. El proceso de recuperación dejó el proceso de recolectar y vender.

El sistema de reciclaje en ciudades pequeñas es un ejemplo para grandes ciudades como Quito. En Lago Agrio los mecanismos para reciclar se han extendido a locales comerciales. Un requisito para que puedan conseguir su patente es reciclar.

Fotografía de José María León para Gk

Cristina Paredes, especialista en temas de reciclaje, dice que el proceso en Lago Agrio es una decisión acertada que puede ser replicable por otros municipios. Paredes explica que existe un sistema de verificación que permite llevar un seguimiento de cómo va el proceso de reciclaje en locales comerciales. Pero, “lamentablemente la ciudadanía no lo hace por voluntad sino que tienen que exigirle”, dice.

Al inicio, fue un problema: muchos de los locales comerciales se opusieron a esta medida. El municipio decidió asumir el problema porque “ellos querían apuntar a una recolección diferenciada de verdad”, dice Paredes. La labor es colectiva. No son los municipios, no son los ciudadanos o los grupos de ambientalistas. Son todos, pero sobre todo, los recicladores, quienes siguen esperando un reconocimiento de su trabajo: detrás de enormes montañas de botellas, cartones y fundas azules están seres humanos, personas que caminan en busca de los materiales de la propia supervivencia.


Este contenido es parte del proyecto Ciudades sostenibles que se hace gracias al apoyo de
GIZ

Ana Cristina Basantes
Periodista quiteña graduada en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.