La vida de los otros

El camino de Saray

Cuatro de cada diez venezolanos que llegan a Ecuador son mujeres. El miedo a ser acosadas, a ser agredidas y a morir, es un inseparable compañero de un viaje que se hace en semanas, incluso meses.
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    Ser una mujer migrante es ser parte de historias funestas que se presentan en el camino. El largo recorrido pone en riesgo a niñas y mujeres que dejan Venezuela. Fotografía de Valentina Tuchie para Gk.

Saray extiende su mano izquierda y ofrece dos chupetes que no va a vender. La gente pasa junto a ella en Tulcán, una ciudad ecuatoriana fronteriza con Colombia, a la que Saray —16 años, cabello negro y ondulado, los ojos oscuros y risueños— llegó con su familia. Este día lleva una blusa anaranjada sobre la piel tropical. Sus ojos risueños sonríen como una mezcla entre sonrojo y timidez. Ha llegado después de recorrer cientos de kilómetros desde Venezuela. Con la otra mano, Saray no ofrece nada, sino que suplica: la estira y la abre, pidiendo una limosna. A veces le dan, otras, la gente pasa de largo. Y otras, le proponen tratos mucho más onerosos y crueles. “Llegan hombres ofreciéndome cinco dólares para acostarme con ellos. Yo les digo no gracias”.  Saray llegó a Tulcán —53 mil habitantes, un frío indoblegable— el 2 de febrero de 2019, huyendo de la crisis de su país. Salió para buscarse una vida mejor, pero el camino ha sido tan duro como la realidad que dejaba.

Como ella, cientos de mujeres que han dejado Venezuela sufren diferentes tipos de violencia sexual en su éxodo. Según un estudio de la Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el acoso sexual a mujeres refugiadas es más alto en el Ecuador (56%) que en otros países. “La visión estereotipada sobre las refugiadas colombianas y venezolanas como objetos sexuales de fácil acceso”, dice el reporte. Ser mujer y ser migrante es estar dos veces en peligro.

Cuando vivía en Venezuela, Saray estudiaba. Estaba en cuarto año. Su vida era distinta, jugaba con sus amigos y amigas, llegaba a su casa, hacía deberes. Era una niña. Ahora, pasa sus días sentada en una grada del pórtico del mercado de Tulcán. Saray dice que no denuncia a los hombres de las propuestas indecentes, porque tiene una mentira que la salva cada tanto: “Les digo ‘yo ando con mi esposo’ y se van”, dice Saray, con una sonrisa nerviosa que le titila en la cara. El informe de ACNUR explica que las mujeres migrantes no denuncian estas situaciones por desconocimiento “de sus derechos o de servicios y redes de apoyo en el país de acogida, como también a su situación de vulnerabilidad por su estatus migratorio”.

El recorrido de Saray hasta Tulcán duró 18 días. Lo cuenta con una naturalidad algo desplazada, como si todo lo que ha pasado fuese el precio natural de abandonarlo todo para llegar a no tener nada.

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En Ecuador, el acoso sexual a mujeres refugiadas es más alto que en otros países. Fotografía de Valentina Tuchie para Gk.

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Parece que la vida termina y comienza en Rumichaca, puente fronterizo entre Ecuador y Colombia. Grupos de familias, hombres, mujeres y niños suman 34 mil 196 venezolanos  que ingresaron al paso internacional de Rumichaca solo en enero de 2019. Llegan como sintiéndose a salvo, después de recorrer caminos regulares e irregulares, como la trocha. La historia de todo venezolano que emigra inicia en la trocha. Existe, multiplicado por decenas, entre Venezuela y Colombia, y entre Colombia y Ecuador.

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Después de exigir a los venezolanos las presentación de un pasado judicial apostillado, en Ecuador se han registrado 70 pasos irregulares.Fotografía de Valentina Tuchie para Gk.

Saray habla, nerviosa,  sobre lo difícil que fue cruzar. Una tabla de madera hacía de puente para atravesar un río largo y  correntoso. Hay un calor húmedo que se encierra debajo de la vegetación espesa, donde se esconden grupos armados. Sobran las historias en las que muchos de estos grupos irregulares han intentado abusar de varias mujeres o secuestrarlas. A pesar del riesgo, estas rutas han proliferado. En Ecuador se han detectado 70 pasos irregulares entre Ecuador y Colombia. Desde que se impuso a los venezolanos la presentación de un pasado judicial para poder entrar al país, las trochas se han multiplicado.

Ser una mujer migrante es ser parte de historias funestas que se presentan en el camino. El largo recorrido pone en riesgo a niñas y mujeres que dejan Venezuela. En países como Colombia “se roban mucho a las niñas”, dice Elizabeth*, de 16 años. Los peligros están ahí, en los momentos menos esperados como cuando van a comprar alimento, buscan un baño o simplemente se alejan un poco del grupo con el que caminan.

“A mí me trataron de raptar”, dice Elizabeth,  abre sus ojos negros, y hace una pausa como si volviese a sentir miedo. “Mis hermanos me mandaron a comprar una gaseosa porque veníamos cansados”, dice, sentada en la grada de una vereda. Unos hombres estaban vendiendo zapatos. Elizabeth se detuvo unos minutos a mirarlos de lejos. Ellos la llamaron: “‘¿Te gustan los zapatos? ¿Cuál te gusta?’ me preguntaron, y yo me quedé viendo los zapatos”, dice y su voz se pierde entre los gritos de vendedores ambulantes. “Me dijeron ‘si necesitas plata, necesitas ropa, necesitas comida, te puedes ir con nosotros’”. Le preguntaron su edad y Elizabeth empezó a sospechar. “Embuste. Era para llevarse a niñas y ponerlas a prostituirlas”, dice. Más personas se acercaron a ver los zapatos de los supuestos vendedores; Elizabeth aprovechó para huir.

En el viaje, las mujeres buscan sentido a algo que dejó de tenerlo: la existencia. Organizaciones como el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés) brindan ayuda a las mujeres víctimas de violencia pero la realidad es que no todas denuncian a sus agresores, y quienes lo hacen no se quedan para dar seguimiento al proceso judicial. Eliana Cabrera, gestora de casos del UNFPA, dice que muchas veces pierden el rastro de mujeres víctimas de violencia que atienden. Tulcán, en realidad, es solo un sitio de paso. Los contextos de violencia de género así como situaciones de violencia sexual e intrafamiliar son algo común. Un informe de las Naciones Unidas explica que muchas sobrevivientes de violencia de género priorizan la continuación de su viaje a recibir atención. Incluso la atención médica.

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En el viaje no solo acumulan secuelas internas —a veces imborrables— sino también externas. El desgaste y la fatiga son visibles en sus rostros. Su piel tiene pequeños surcos; ligeras manchas cafés se pintan alrededor de sus ojos. Muchas mujeres que llegan a Rumichaca van directo al centro de salud. Aunque el número de embarazadas no es alto (apenas un 2,9%) su presencia es parte del paisaje de Rumichaca. Katherine es una de ellas. Tiene 45 años y ocho meses de embarazo. Sus ojeras delatan las noches sin dormir. Teme dar a luz en su camino hacia Perú. “Que me vayan a dar los dolores ahí”, dice mientras acaricia su barriga y le habla a su bebé que está en camino “rato diciéndole que no se vaya a portar mal”. Antes de llegar a Tulcán, pasó cinco días en bus desde Caracas; dos de ellos esperando que cese una huelga de campesinos en Cúcuta, Colombia.

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El centro de salud es uno de los lugares más concurridos de Rumichaca. Las largas caminatas, los cambios de clima, la falta de espacios limpios para hacer sus necesidades o asearse es un grave problema, sobre todo para las mujeres y las niñas.

Las principales enfermedades con las que llegan quienes viajan desde Venezuela —y de las que el vocero oficial del Ministerio de Salud de Tulcán, Rodrigo Bolaños, tiene registro son: rinofaringitis, dolor de cabeza, diarrea y lumbalgia. La muestra es de hombres, mujeres, niños y niñas porque, según Bolaños, el sistema no lo separa por género. Por eso no hay una cifra ni datos más claros sobre las principales enfermedades que presentan las mujeres.

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Cuando los venezolanos llegan, descansan en uno de los 15 contenedores plásticos de la ACNUR. Tienen la forma de las casas de los cuentos infantiles, con ventanas cuadriculadas, pero la ilusión es pasajera: están refugiándose de la intemperie, recuperándose, mientras esperan tomar uno de los buses que actúa como corredor humanitario hacia el Perú, donde muchos esperan llegar.

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En el campamento del ACNUR varias mujeres pasan la noche. Los espacios para dormir están dividos: unos para hombres y otros para mujeres. Fotografía de Valentina Tuchie para Gk.

Aunque en el campamento de ACNUR están a salvo, en sus alrededores las mujeres son acosadas con supuestos piropos o miradas provocativas. Eliana Cabrera de UNFPA entiende la importancia de precautelar la seguridad de las mujeres a través de charlas sobre violencia de género y programas de ayuda para mujeres.

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Son las 8:30 de la mañana y Saray está sentada, en el pórtico del mercado de Tulcán. Un niño de tres años está sentado en su regazo. Toma las manos de Saray, buscando unas moneditas con las que juega. Ella le da unas cuantas. ¿Es tu hijo?, le pregunto. “Es mi sobrino”, dice con esa sonrisa con la que aplaca todo. “Es el hijo de mi hermana mayor, que viajó conmigo a Tulcán”. Saray mira a su sobrino,  acaricia su cabello negro. El niño sigue jugando con las moneditas, que su tía ganó vendiendo los chupetes.

Habla del camino y hay una idea recurrente, siempre presente: “Mi mayor miedo fue que nos fueran a matar por ahí”, dice Saray y se ríe. Como queriendo quitarle peso a una oración que, en ese momento, era una posibilidad segura de la que no podía escapar. Se queda unos minutos en silencio y mira a las personas pasar. Como ella, muchas mujeres migrantes se enfrentan a diario a los peligros del viaje en su travesía de Venezuela a destinos como Colombia, Ecuador o Perú.

Para Saray, fue Ecuador. Solo en enero de 2019, según el Ministerio del Interior, 49% de todos los venezolanos eran mujeres: un 1% más que en el mes inmediatamente anterior. Llegar es enfrentarse a los peligros que las mujeres conocen mucho más de cerca, mucho más a menudo: el acoso, el abuso, la violación. Ya no es solo la muerte, sino lo que hay después de ella: quien los llore, quien los entierre, quien vaya a dejarlas, de mes en mes, unas flores. Ese es su mayor temor: “Venirnos a morir tan lejos”, dice.

Huir de Venezuela es una determinación que carece de planes establecidos. En el mejor de los casos, algunos toman buses. Otros, como Saray, tienen que caminar. Desde Arauca, un departamento colombiano limítrofe con Venezuela,  peregrinó durante 18 días hasta el Ecuador. Arauca es un departamento ubicado en Colombia, limita al norte y al este con Venezuela. Salió de Arauca el 18 de enero y llegó a Tulcán el 2 de febrero, junto con su madre, una mujer de 60 años. “Los camiones que iban pasando nos daban cola”, dice; cola es un aventón.

Hacían tramos durante el día, pero cuando oscurecía era cuando corrían más peligro. “Dormíamos en la calle, en porches de la casa, donde nos agarrara la noche”, dice la madre. Saray dice que comían pan y refresco. “O lo que la gente nos pudiera regalar.”

Ya en Tulcán, las cosas no han cambiado demasiado. Desde que llegó, Saray no ha pensado en la posibilidad de seguir viajando. “Aquí me quedo”, dice con cierta firmeza, porque, para ella, a pesar de todo, estar en el Ecuador, aunque la inminencia de los peligros no cambie, para ella es como estar a salvo.  

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Hay pequeñas casitas dispersas, todas de ladrillo, varas de metal amarillentas y cables salidos. Casi todas están a medio construir. A medida que recorríamos el camino entre Quito y Tulcán, la imagen bucólica iba desapareciendo. En su lugar, se veían grupos de entre cuatro y cinco personas caminando. El camino comenzó a llenarse de los caminantes. La carretera se perdía junto con sus siluetas.  

Después de cinco horas, el viaje terminó. Tulcán es una postal de pequeños fuertes amurallados de ladrillos. La pequeña ciudad se ha convertido en el camino ineludible de muchas mujeres venezolanas que dejaron atrás familia, amigos, hijos, vida.

El día es una mezcla turbia entre ventiscas y pequeños momentos soleados. Es la una de la tarde y todos llevan sus chompas, sacos como de lana y bufandas. Tulcán es una de esos lugares donde el sol quema pero no calienta: siempre hace frío. Todos están preparados excepto dos hombres sentados en una vereda. Los separa unos pocos pasos de distancia. Están cubiertos por una manta delgada de pies a cabeza. Llevan zapatillas. El más joven, un short negro. Su tez es pálida, tiene los labios agrietados por el frío y sus ojos están inyectados del rojo del cansancio. Ambos son venezolanos, parte de un éxodo considerado por muchos como uno de los movimientos migratorios más grandes en la historia de América Latina. Solo en enero de 2019, Ecuador recibió 45 mil.

Unas cuadras más adelante, una mujer y su hijo, de unos 5 años. Comparten otra mantita, intentando protegerse del frío. Ofrecen chupetes a inmutables transeúntes. La mujer parece de unos 30 años, y, como la mayoría, con la misma piel cuarteada y los ojos cansados, miran al vacío. Hablan de muchas cosas pero, en realidad, no hablan de nada. Están solo pasando el tiempo, evitando un silencio que carga una verdad incómoda: la promesa de que la vida iba a ser mejor cuando llegaran a su destino, aún no se les ha cumplido.

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Al despedirse, Saray y su madre me dicen un breve chao, como si las palabras se les hubiesen agotado ya. A Saray le queda la misma sonrisa intermitente con la que ha atemperado el relato de su odisea.  Aún no sabe cuál será su próximo camino, pero parece tener claro que los peligros no acaban en el puente de Rumichaca y que estar ahí es mejor que estar —al menos por ahora— en su país, que se ha convertido en un lugar aún más hostil de lo que podría ser un lugar desconocido, ajeno.

En menos de una hora de viaje de regreso, los caminantes son la única constante del paisaje. Cuento 27 personas con mochilas a sus espaldas caminando a la vera de la carretera. Otros hacen pequeñas paradas para descansar o pedir ayuda a los transeúntes. Hay madres con sus hijos pidiendo ayuda en peajes y los semáforos en las partes urbanas del camino. Sostienen pequeños letreros de cartón, desgastados por el sol y la lluvia. Dos horas después, Quito. El viaje a una realidad mejor parece infinito, como si creciera a cada paso que se da.

Ana Cristina Basantes
Periodista quiteña graduada en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.