Tenía 67 años y un juez estaba por decretar el fin de mi matrimonio que había durado 35 años. Para el mundo –es decir el mundo de las mujeres– parecía haberme vuelto invisible en esas décadas. Las mujeres no solo pasaban a mi lado sin notarme sino que sentía como si hubieran caminado a través de mí. Como si fuera fantasma.

Fue difícil conciliar mis expectativas y mi edad. Tener suerte a estas alturas, me habían dicho, significaba encontrar compañía, la versión tibia de lo que alguna vez fue estar en pareja. Debería sentirme afortunado, me dije, si llegase a encontrar a cualquiera que se interese por mí.

Padecía de esto crónico y aquello crónico, causados por una falta de confianza crónica. Hasta en mis mejores épocas fui pésimo para coquetear con mujeres en bares o fiestas. Prefería morir antes de intentar conquistar a alguna mujer viuda o divorciada en el supermercado o el metro.

Y luego llegó ese miércoles de finales del año cuando tenía tres horas libres antes de mi vuelo a Londres y terminé en el mostrador de Legal Sea Foods, en la terminal internacional del aeropuerto Logan, de Boston. Había pedido una crema de mariscos con papas y almejas, que estaba muy caliente.

A mi derecha, en la esquina de la barra, sentí que había una mujer. La miré de reojo y casi me caigo del asiento. Se veía luminosa con un suéter blanco y su cabello rubio. Un flequillo enmarcaba perfectamente sus ojos.

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“Qué tonto”, me dije. Era casi tan joven como para ser mi hija. Si volteaba a verla de nuevo, temía que no iba a poder dejar de mirarla.

Así que me concentré en la sopa. La idea de hablar con ella nunca me pasó por la cabeza. Luego ella me preguntó qué tal estaba mi plato, aunque yo estaba seguro de que realmente solo estaba interesada en el sabor de la crema.

Me estaba preparando para el epílogo de la vida, sin pensar jamás que iba a empezar otro prólogo.

Siete meses después, ella y yo vivimos juntos —Diana y sus dos hijas— en un hogar que data de la Guerra Civil en la avenida principal de un pequeño pueblo en el estado de Nueva York. En vez de escribir columnas pesadas sobre las amenazas a la democracia, ahora de vez en cuando entrego las flores que ella vende en su tienda, mientras voy en el auto camino a algún sitio pintoresco donde debo evadir a las gallinas en la entrada y usar mi cuerpo como escudo para que los pétalos no sean destruidos por el viento (hace poco hasta me dieron una propina de 15 dólares por hacerlo). En un sitio donde abundan las camionetas pickup, mi auto —con placas del estado de Massachussetts— parece una nave espacial.

amor después del divorcio

En una de nuestras primeras salidas, fuimos a una funeraria, algo lejana, que para llegar había que atravesar un camino montañoso. Dejamos ahí los arreglos para el servicio fúnebre del día siguiente. También hemos ido a capillas, iglesias y lugares de eventos, donde parejas jóvenes (algunos a punto de ser enviados a pelear en una guerra) se preparaban para intercambiar promesas de amor rodeadas por los hermosos arreglos florales, las velas y guirnaldas que llevamos para la ocasión.

Diana y yo estamos en la intersección entre comprometidos y abandonados, entre inicio y final, en nuestro romance tan improbable. Cuando ella nació yo ya era un joven que vivía fuera del país.

Match.com y eHarmony nunca nos habrían unido. Mi abuela presidía su templo religioso y la abuela de Diana era mormona devota. A mí me incomodan las escaleras y apenas puedo cambiar un foco. Diana maneja muy bien un taladro y luce cómoda cuando se asoma desde la ventana para quitar las hojas acumuladas en el techo. Yo evadí la conscripción durante la Guerra de Vietnam; ella ha pertenecido al ejército, ha sido voluntaria enviada a Somalia y es gran tiradora. Pero aquí estamos.

Honestamente, no estaba buscando a una mujer más joven. No quería ser un cliché senil.

Ahora soy una de las 1700 almas en el poblado neoyorquino, equidistante del kiosco y la feria del condado.

A principios de nuestro romance, el plan era que pasara la noche en el sillón de una vecina llamada Jean. Esa mañana en la cafetería, un desconocido me preguntó si yo era el tipo de fuera del pueblo que iba a dormir en el sillón de Jean.

“¿Por qué?”, le pregunté, más sorprendido que otra cosa.

“Pues”, respondió, “quería saber los detalles jugosos”.

“No lo creo”.

Aún no conozco a todos aquí, pero ya todos parecen conocerme. Los desconocidos me hacen preguntas muy personales. También me preguntan si me gusta la nueva alfombra y en qué fecha es mi viaje a Inglaterra. Me siento incómodo preguntándoles sus nombres cuando ellos ya saben tanto sobre mí.

Hace poco estaba sentado en mi escritorio y me sentía enamorado y confundido a la vez. Miraba hacia nuestro cobertizo de color arándano, donde están guardadas las pertenencias del hombre que solía ser:sobrio, pensativo, egocéntrico. Es un espacio lleno de cajas con documentos polvorientos, premios antiguos y fotografías de una vida que ya pasó. Como una colección curada y retrospectiva, está llena de nostalgia. Me estaba preparando para el epílogo de la vida, sin pensar jamás que iba a empezar otro prólogo.

Debajo de donde estaba sentado, hay jardines (estaban cubiertos por nieve y escarcha, pero son jardines), una net para voleibol, una polea, un columpio y un cielo invernal que se mueve junto con las nubes y deja ver las estrellas. Hay una luna brillante por arriba de los pinos. (Diana hace horticultura y sabe los nombres comunes y científicos de casi todo lo que crece a nuestro alrededor; suele buscar ramas y ramilletes sueltos para hacer sus arreglos florales).

Temo haber dejado algo pasar entre la crema de mariscos en el aeropuerto y el hogar en la avenida principal. En parte es porque ni yo me puedo explicar cómo llegué aquí. Me siento como figura de caricatura —Wile E. Coyote, se me ocurre— que ve el puente que cruzó cuando alguien ya lo está borrando.

No hay cómo regresar; ya solo hay aire detrás. Honestamente, no estaba buscando a una mujer más joven. En un sitio de citas en línea para clientes no tan jóvenes había establecido la edad mínima de parejas potenciales: 60 años. No quería ser un cliché senil. Ya conozco el viejo dicho: no hay peor tonto que el anciano que lo sigue siendo.

De verdad  intenté persuadirla (bueno, no tanto) de que los años que nos dividen no son aliados, que ella hoy tiene 47 y yo, 67; que, pese a que solo hay un día entre nuestros cumpleaños —el mío es el 14 de septiembre y el suyo, el 15— los veinte años se harán cada vez más presentes. ¿Qué va a hacer con el anciano de 77 años que seré pronto? Algo de tiempo en el gimnasio retrasará, pero no prevendrá lo que viene. “Es insensato”, le dije, enamorado y esperanzado de que lo dicho no tuviera efecto.

Alguna vez, al principio, intenté alejarme de la idea de que no había futuro. Necesitaba demostrar madurez y autocontrol, así que cancelé una cita que teníamos. No hice más que lastimarla y me sentí terrible. La resistencia era fútil. Dejé de decirle que seguramente hay otros hombres para ella que son una mejor opción.

Conozco las malas jugadas del tiempo. Mi padre, que muchas veces hablaba sobre cómo quería gastar la fortuna de su suegro envejecido, falleció a los 50, mucho antes que mi abuelo. Uno de mis hijos murió cuando tenía 21. Las tablas de mortalidad no eran de fiarse; incluso si las matemáticas se cumplían, no quería intercambiar un solo día sin ella por uno más de vida. ¿Es una ilusión? Posiblemente. Pero ¿no lo es todo, al fin y al cabo?

Diana, por su parte, evade con mucha gracia mis preocupaciones. Cuando pasamos frente a un asilo de ancianos, le pregunto si debo reservar de una vez mi lugar. Cuando vamos a una fiesta, ella sugiere que bailemos… pero solo si lo hacemos lentamente. Cuando necesitamos mover objetos pesados, ella me saca del camino y se echa el peso a la espalda.

No objeto.

No, no voy a cambiar el color de mi cabello cada vez más delgado ni alterar mi vestimenta (muchas camisas de botones y lana tweed), ni hacer como que Aretha Franklin y Marvin Gaye no son lo más reciente de la música; tampoco dejaré de usar mi reloj con menos manillas a las que estoy acostumbrado: hora, minuto y segundo. Cada vez que una de ellas se mueve me vuelvo testigo del tiempo transcurrido con alguien con quien nunca imaginé estar; ahora no puedo imaginarme estar sin ella.