Placeres

Tácticas de supervivencia de la poesía

Algunas pequeñas editoriales tienen en común el amor por un arte ancestral (la poesía) y por otro muy antiguo (la edición de libros), mientras buscan cómo hacer económicamente viable la difusión de un trabajo bajo amenaza.
  • libros de poesía

    Ilustración de Paula de la Cruz.


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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Tras ganar casi 2 millones de euros en Pasapalabra, un popular concurso de preguntas y respuestas de la televisión española, el poeta David Leo García podría haber publicado su nuevo libro, Nueve meses sin lenguaje, en cualquier editorial, incluso en las que publican mensajes fotografiados por instagramers o letras de canciones pop como si se trataran de auténticos poemas. Ha escogido, en cambio, compartir con Efraín Huerta, Alberto Cardín, Jorgenrique Adoum o Chus Pato el catálogo de Ultramarinos, un humilde y exquisito sello de Barcelona.

¿Saber y ganar? “Lección Uno: No se puede saber —/— Hay que saber. La verdad quema: / es el punto de vista de los dioses”. El compromiso del autor con la poesía y con su circulación alternativa es radical y mutuo. Ningún otro editor hubiera firmado una introducción como la que ha escrito Unai Velasco sobre su trabajo: “La apuesta de David Leo García por cierta retórica, por la dominación del lenguaje, no es regreso al clasicismo, es pelea en el barro, en el humus de Peniel, es Jacob que ha luchado contra el ángel”.

Ese respeto por el arte poético y ese diálogo son afines al que encontramos en muchos otros poetas contemporáneos y en las pequeñas editoriales en que a menudo publican. También en Barcelona se encuentra Kriller71 y del mismo tamaño hay proyectos en Madrid como La Bella Varsovia o Los Libros de la Marisma.

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En Buenos Aires una editorial afín podría ser Añosluz y desde allí el mapa editorial y poético de América Latina podría ir ascendiendo a través de Cuadro de Tiza de Santiago de Chile, Tragaluz de Medellín, Libros del fuego de Caracas o La Dïéresis en Ciudad de México.

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Todas ellas tienen en común el amor por un arte ancestral (la poesía) y por otro muy antiguo (la edición de libros). Buscan estrategias —a través de recitales, comunidades de afinidad, páginas web, subvenciones, ferias y festivales— que hagan económicamente viable la edición y la difusión de un arte bajo amenaza. Con la conciencia, como ha escrito Ben Lerner en El odio a la poesía, de que es una forma literaria más difícil y que sobrevive en un contexto adverso: “Solo es posible hacerle espacio, y aun así no se encuentra el verdadero poema, el auténtico objeto”. Más que un lenguaje o un género, es pura desesperación —tan necesaria—.

A finales del año pasado se publicaron dos importantes traducciones al español de sendos ochomiles de la historia de la poesía: la Comedia, de Dante, vertida por José María Micó, y Cantos, de Ezra Pound, traducida por Jan de Jäger. Ambos están teniendo un merecido eco mediático. En 2018 también ganó el premio Cervantes la gran poeta uruguaya Ida Vitale, de 95 años, mientras que el Reina Sofía le era concedido al venezolano Rafael Cadenas, de 88. Ambas noticias también fueron con justicia compartidas y multiplicadas.

Pero importa señalar que estamos acostumbrándonos a pensar la poesía en términos de grandes clásicos, de consagración, de reconocimiento tardío, de vejez venerable. Habría que invertir la pirámide mediática y recordar que en la base trabajadora y en las clases medias, intergeneracionales, existe un caldo de cultivo poderoso, un sustrato muy fértil, un laboratorio de I+D configurado por miles de poetas y de editoriales que siguen creyendo en un arte que, aunque pierda peso en el mercado de la atención y en el ecosistema de las narrativas, sigue conectando con el núcleo duro de la comunicación, de la espiritualidad, del verbo recreativo y creador.

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Las nuevas traducciones de los viejos maestros y los mayores premios institucionales no tienen que significar reconfirmación ni culminación, sino apertura. Para que el foco deje de iluminar a un individuo y revele redes de afinidades que abarcan presentes, pasados y futuros. Así, el Reina Sofía de Cadenas puede conducirnos a Paisajeno, el excelente poemario que escribió en Caracas uno de sus discípulos, Willy McKey, y que publicó en Madrid Esto no es Berlín.

O el Cervantes de Vitale puede invitarnos a descubrir la poesía de su contemporánea Circe Maia, de enorme prestigio en Uruguay pero poco conocida más allá de sus fronteras, de quien el también poeta Jordi Doce ha editado y prologado Múltiples paseos a un lugar desconocido. Antología poética (1958-2014).

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Nos dice Maia en su poema “Leyendo a Ritsos”: “Empezar / por acontecimientos mínimos. / Como quien empieza / una canción / con solo / un par de notas. / Pero arrastrando / otras. / Imperceptiblemente.”. Así resiste y se expande la poesía en el siglo XXI. Quien dice notas dice palabras, versos, poemarios, poetas, pequeñas grandes editoriales, traducciones, premios, alumnos que ya son maestros: este texto.


©The New York Times 2019
Escritor y crítico cultural.