La vida de los otros

La debacle de mi matrimonio, vista en Google Maps

Las fotos que toma la cámara sobre el techo de un auto no revelan lo que pasa tras las puertas de las casas que graba.
  • matrimonio en google maps

    Ilustración de Brian Rea


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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Mi marido se mudó hace unas seis semanas, con lo que terminó nuestra relación de casi diecinueve años. Google Maps aún no lo sabe. Esa mañana saqué a nuestros hijos de la casa para que él y sus amigos de la universidad pudieran montar sus pertenencias en un camión de mudanza y llevarlas al hogar que ahora renta.

Nos pusimos de acuerdo en que sería él quien se mudaría. Acordamos, también, qué se llevaría: el comedor y las sillas, una pintura que le había regalado su anterior jefe antes de fallecer, los aparadores que compramos para guardar la vajilla de la boda y un guardarropa antiguo que nos regaló el vecino de nuestro primer departamento porque no le cupo en el camión de mudanza cuando se fue.

Fui yo quien empacó la mayoría de las cosas de mi esposo, porque su jornada de trabajo es muy larga. Busqué entre los libros y los CDs, los adornos navideños, las tazas de café. La licuadora sería suya. El procesador de alimentos, mío. El molde para panecillos: suyo. La lata para guardar los panecillos: mía. La vida que tuvimos, dividida.

Todavía no sé cómo es su nueva casa, aunque sé que está a tan solo unas cuadras.

Desconozco qué me hizo googlear nuestra dirección hace unas semanas, mientras estaba en una residencia para escritores en Tucson, Arizona, lejos de nuestro hogar en Ohio. Pero lo hice y ahí estaba: mi casa aparecía en Google Maps con mi esposo aún dentro. Y, creo, aún enamorado de mí. La fotografía de la fachada en StreetView es de enero de 2016.

Bueno, no, como la imagen fue tomada de día, mi marido estaba en el trabajo. Los botes de basura azules, para cosas reciclables, se ven llenos en la calle frente a la casa; era, entonces, una mañana de lunes. Hay algo de nieve y los árboles de magnolia de mis vecinos no tienen hojas. Florecen en la primavera y son inigualablemente hermosos durante unos días, hasta que caen todas las flores y los jardines de ambos quedan hechos un desastre.

De cualquier manera me encantan.

Pese a que es invierno, el triciclo de mi hijo está en el porche de enfrente. Es nuestra manera de guardar bicicletas porque no tenemos cochera. Seguramente cerca del triciclo está la pala de nieve. No puedo acercar la imagen lo suficiente como para ver si al lado de la puerta de entrada está la bolsa amarilla para salar la nieve, pero sé que ahí está. También sé que dentro hay un contenedor de plástico color naranja, nuestra manera improvisada para cucharear la sal.

Seguramente yo sí estoy adentro de la casa, sola. Mi esposo llegaría al anochecer. Lo más probable es que esté frente a mi laptop, tecleando con los dedos índices porque nunca aprendí a teclear con toda la mano, como se debe. Quizá estoy recalentando la taza de café que siempre dejo enfriarse.

Por la tarde, cuando recojan la basura reciclada, yo jalaré los tachos de regreso hacia el costado de la casa. Caminaré para recoger a mi hija de la escuela y conduciremos para ir a ver a mi hijo a la guardería.

La escena no podría ser más distinta de Tucson, donde el paisaje es rojizo y rocoso, como si fuese otro planeta, con más estrellas que las que jamás había visto.

En la pantalla de la computadora puedo ver las ventanas de mi casa y la puerta, los detalles violeta de la fachada y una zona para flores que en realidad era solamente abono. Puedo ver la caminata que hará mi marido cuando llegue, con su traje y su abrigo, a eso de las seis de la tarde, cuando ya esté oscuro. Los niños lo verán llegar desde la contrapuerta. Mi hijo, que tenía 3 años en ese enero de 2016, seguramente gritará “¡Papi!” y correrá a saludarlo.

Esa fría mañana de invierno alguien de Google pasó en el vehículo con las cámaras y tomó esta imagen. Dos años y medio después, mi matrimonio se desmoronó. ¿Es necesario explicar por qué, decir aquí qué sucedió y quién hizo qué contra quién? No importa.

En esta versión de mi hogar que existe en línea, de enero de 2016, no se pueden ver los zapatos que mi marido desperdigaba debajo de la mesa del comedor. Tampoco las tazas de las que tomaba solo la mitad y dejaba por doquier. Los libros que está leyendo, tantos al mismo tiempo, están apilados cerca del sillón reclinable en el que tantas veces mecimos a nuestros hijos.

El shampoo de mi esposo sigue en la ducha y su rasuradora y crema sobre el lavabo. Su cepillo de dientes y su almohada aún están en el segundo piso: no empezará a dormir en el sofá de abajo hasta dos años más tarde. Pero esa versión de nosotros no estará en la web, la versión en la que vivimos en el mismo lugar, pero no juntos.

La gente —otra gente, que piensa como yo— tiene preguntas para Google Maps: “¿Cómo retiro la imagen de mi casa?”, “¿Cómo actualizo la imagen de mi casa?”, “¿De qué manera logro que no se vea tan borrosa?”.

Cuando veo mi casa en Google Maps, en realidad veo otra vida. Una vida borrosa que quiero que quede más enfocada.

Y leo: “La mayoría de las fotografías son tomadas por los vehículos de Street View, pero algunas son tomadas con trekker, triciclo, carrito, moto de nieve, barco o aparatos submarinos”.

Descubro que en 2018, Google Japón comenzó a ofrecer la vista a la calle desde la perspectiva de los perros. Pero en enero de 2016 no teníamos un perro. Adoptamos a nuestra boston terrier a finales de abril de ese año. Había sido maltratada y se alcanzaban a ver fácilmente los huesos de su cadera y la columna bajo su pelaje.

Cuando la llevamos a casa mordió a mi marido en la mano porque intentó recogerla para subirla al auto. Pero después se quedó dormida y tranquila sobre mi regazo. Cuando veo la fotografía de mi hogar esa mañana de lunes sé que adentro estoy sola, sin perro que me acompañe con ligeros ronquidos. No hay un perro de pelaje blanco a quien puedo acurrucar mientras lloro. Estoy adentro de la casa y mi esposo va a regresar pronto. Todavía no tengo razones para llorar por él.

No debería torturarme así. Debería cerrar la computadora. Hacerme otra taza de té. Concentrarme en ver el atardecer anaranjado de Tucson. Debería escribir. Esa es la razón por la cual estoy en la residencia en Arizona. Pero no puedo evitarlo: le doy clic al historial de fotografías de mi casa, a todas las versiones captadas de mi vida de casada.

Veo noviembre de 2015. Mi auto está en la entrada y estoy sola en la casa, o quizá está mi hijo de 3 años. Aún no va a la escuela, solamente algunas horas a la guardería. Todavía están las decoraciones de Halloween y el piso está repleto de hojas secas. Sobre el árbol de pino cerca de la puerta hay una telaraña hecha de algodón que colgamos mi esposo, mis hijos y yo.

El árbol de pino murió un año después y él lo cortó como si nada.

Doy clic de nuevo. Veo agosto de 2014: mi auto está en la entrada. Desde ahí se alcanza a ver la carriola de mi hijo; entonces mi bebé y yo estamos en la casa. Él probablemente está tomando una siesta o quizá jugando con sus bloques de madera en la alfombra. Seguramente sobre la mesa de la cocina dejé cargando mi teléfono celular. Quizá se alumbre con la notificación de un mensaje de mi esposo para decirme que va a llegar tarde a la cena, o que probablemente no va a llegar.

Luego veo junio de 2012: mi auto está en la entrada y el patio de enfrente está iluminado por la luz del sol. Los árboles de magnolia de los vecinos están verdosos, pero ya no están las flores. Yo estoy adentro, sola o con mi hija, y embarazada. Mi hijo nacerá en octubre, después de haber sufrido dos abortos espontáneos en dos años. Mi esposo llegará a casa y dejará lo que tiene en sus bolsillos del pantalón sobre la mesa del comedor, la misma mesa que, seis años después, subirá a un camión de mudanza. Cada noche había algo suyo distinto en la mesa: las tarjetas de negocios, algunas monedas sueltas o el clip para billetes con un grabado que le regalé para su cumpleaños.

Cuando veo mi casa en Google Maps —habiendo olvidado por completo el atardecer de Tucson— veo nuestro hogar. El que dibujan mis hijos con crayolas violeta para la fachada y café para la puerta, con recuadros negros para las ventanas. Si me acerco lo suficiente a la imagen puedo ver el muñón del árbol de pino, pero no veo nada más que pueda predecir el fin del matrimonio.

¿Cómo actualizo la imagen de mi casa? ¿De qué manera logro que no se vea tan borrosa?

“Street View es actualizado cada uno o tres años”, leo.

Han pasado casi tres años desde que Google fotografió por última vez nuestra calle. Eso significa que algún día pronto un auto pasará con una cámara montada al techo para decirme lo que ya sé: estoy sola, intento actualizarme, no ver todo tan borroso.

Ya no están los zapatos debajo de la mesa del comedor ni hay tazas tomadas a la mitad desperdigadas por doquier. Puede que los niños estén en la casa o en la escuela o que ese día hayan ido a la casa de su padre.

En la calle solo estará mi auto.


©2018 The New York Times
Es escritora y poeta. Vive en Bexley, Ohio, y es la autora de "Good Bones".