La vida de los otros

La verdad enterrada en la quebrada

Después de que el pastor evangélico acusado de la desaparición de Juliana Campoverde dijera dónde dejó el cuerpo de la joven, la familia de Juliana ha tenido que soportar angustiosas jornadas de búsqueda. Lo ha hecho con la misma fortaleza, dignidad y convicción que desde hace 6 años.
  • Fotografía de Lisette Arévalo para GK.


UN CABLE A TIERRA EN UN PAÍS POLARIZADO

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Hay cosas tan terribles que deben confesarse en privado, a pocas personas, aun cuando los hechos hayan escandalizado a todo un país. El 10 de noviembre de 2018, el pastor Jonathan Carrillo estaba sentado en un todoterreno dorado en el sector de la Biloxi al sur de Quito. Con él hablaban la fiscal Mayra Soria y sus dos abogados. Les estaba diciendo, sabríamos después porque no podíamos escucharlo, que habría arrojado el cuerpo de Juliana Campoverde en una quebrada en el sector de Bellavista varios kilómetros al norte de donde estaban. Afuera, bajo un cielo sombrío, sentada en la vereda de la calle donde caminó con su hija por última vez, Elizabeth Rodríguez no despegaba la mirada del automóvil, como quien vigila que algo, o alguien, no se escape. Elizabeth y su familia ha tenido que esperar seis años de investigación,  a manos de 11 distintos fiscales, de indolencia pero también de perseverancia, fuerza y convicción para llegar a la hora de una verdad terrible pero necesaria.

Elizabeth Rodríguez no ha dejado de buscar a su hija, Juliana, desde que desapareció el 7 de julio de 2012. Fotografía de José María León para GK.

El camino tortuoso de la búsqueda de Juliana comenzó a despejarse a comienzos de septiembre de 2018. En la madrugada del 5 de ese mes, el pastor Jonathan fue detenido en su casa y llevado a rendir versión en la unidad de flagrancia. La prueba vinculante en su contra: un registro de llamadas que evidenciaba que habría sacado la tarjeta SIM del celular de Juliana, la habría puesto en el suyo y marcado al buzón de voz la noche en que ella, entonces de 18 años, desapareció.

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El mismo día de su detención, después de casi 4 horas de interrogatorio al pastor, la fiscal Mayra Soria formuló cargos por secuestro extorsivo y pidió su prisión preventiva. El juez acogió los argumentos y dio 90 días para la instrucción fiscal.

El 12 de octubre de 2018, se realizó un barrido en el sur de Quito con personas de la fiscalía, agentes del Grupo de Operaciones Especiales (GOE), Policía Metropolitana, la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO), Elizabeth y sus abogados. La fiscal Soria describió qué vestía Juliana el día de la desaparición: una chompa fucsia, una blusa gris, un jean y unos zapatos Converse. Los agentes buscaron en las quebradas del sector y hallaron ropas, zapatos y un libro pero ninguna de esas cosas eran de Juliana.

Al día siguiente, realizaron una reconstrucción de los hechos. Comenzaron en la casa del pastor Jonathan y terminó en la gasolinera de la Biloxi, donde Elizabeth vio a su hija por última vez. La ruta duró cerca de dos horas. Cuando debía continuar,  el pastor se acogió al derecho al silencio. La reconstrucción terminó ahí con el pastor convertido en una tumba.

Semanas más tarde, el 30 de octubre, la Fiscalía allanó la Iglesia evangélica  de la familia Carrillo a la que Juliana y Elizabeth asistían. Los policías utilizaron georadares para detectar si hubo levantamiento de tierras, y saber si es que Juliana podría estar enterrada ahí. Nada.

Fue entonces que hubo un giro inesperado: a comienzos de noviembre, el pastor Jonathan se acogió a la cooperación eficaz, una figura legal que le permitiría una rebaja de pena a cambio de información sobre el delito investigado. Seis años y cuatro meses más tarde, después de dar múltiples versiones contradictorias, el pastor habló.  

La reconstrucción fue programada para las 8:30 de la mañana el sábado 10 de noviembre, en el lugar donde se detuvo cuando el pastor eligió callar: en la gasolinera en el sector de la Biloxi.

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Policías forman una cerca entre Jonathan y los familiares mientras que el pastor daba su versión. Fotografía de Lisette Arévalo para GK.

Hacía frío. Estaba nublado. Cerca de 11 policías rodeaban el carro dorado donde Jonathan Carrillo estaba sentado. En la puerta de la tienda de la gasolinera, estaban los abogados del pastor y su familia: su papá el pastor Patricio, su hermano, su suegro. Elizabeth estaba a pocos metros, parada en la vereda con una de sus abogadas. La acompañaban Absalón,  padre de Juliana, la hermana de Absalón, y algunos amigos. Elizabeth, como siempre, tenía el afiche fucsia de la búsqueda de su hija en sus manos. Como los últimos 6 años no lo soltó: lo mantuvo firme, sin arrugarlo, frente a su pecho.

A las 8:50 llegó la fiscal Soria y anunció que tenían que esperar a criminalística unos 20 minutos más. Enseguida, el padre de Jonathan —vestido de gris, de pelo blanco y lentes sin marco rectangulares— se subió al carro dorado con vidrios blindados donde estaba su hijo y cerró la puerta. Los demás se quedaron donde estaban, como si se hubiera delimitado un terreno para las partes.  “Yo espero que el procesado nos diga la verdad, que nos diga dónde está Juliana, qué pasó con Juliana, qué hicieron con Juliana”, dijo Elizabeth. “Espero que eso llegué a pasar este día”. Horas más tarde, estaría parada frente a la quebrada donde el pastor dijo que dejó el cuerpo de su hija.

Criminalística llegó cerca de las 9:30 de la mañana con el halo sombrío de los forenses. Cuando la fiscal Soria dio la orden de que comenzaran, el papá de Jonathan salió del auto y corrió hacia donde estaban sus familiares. Todos caminamos  por la vereda cuesta arriba, hacia una cuchara atrás de la gasolinera: ese fue el lugar donde Elizabeth y Juliana saludaron con el pastor minutos antes de su desaparición. La fiscal llamó a que los abogados de las dos partes se registren en un papel y comenzó el proceso. El subteniente de criminalística Daniel Padilla dijo que la diligencia era una “reconstrucción de los hechos que implica hacer una reanimación o reanudación testimonial, imitativa, práctica, dinámica de una acción presumiblemente delictiva”. El objetivo: llegar a “concordancias de tiempo y de espacio” que puedan servir para la investigación. Pidió que se guarde el orden, que los familiares y los medios de comunicación mantengan una distancia y dejen que la Dirección Nacional de Delitos Contra la Vida, Muertes Violentas, Desapariciones, Extorsión y Secuestros (Dinased), la policía, los agentes de  Unidad de Mantenimiento del Orden y fiscalía lideren la caravana que recorrería diferentes lugares de Quito. La fiscal dijo que el testimonio sería “de carácter reservado por haberlo así solicitado el procesado” y que sólo intervendrían en la escucha de lo que el pastor tenía que decir  los abogados del procesado, la Fiscalía y la Policía. Algunos asintieron con la cabeza, otros se quedaron quietos.

Caminamos unos metros más arriba, donde estaba estacionado el auto donde estaba Jonathan. Los abogados —un señor de lentes con terno azul casi eléctrico, y una mujer con gafas oscuras y pantalón café— se acercaron al auto con la fiscal, ingresaron y cerraron las puertas. Una cerca policial de 4 oficiales se formó entre todos los que nos quedamos afuera y ellos.  Sobre una vereda, estaban el pastor Patricio y uno de sus hijos. Los dos, mirando fijamente al automóvil. Por la calle caminaban cuesta abajo dos niñas de unos 12 y 7 años aproximadamente. “Hola pastor”, le dijeron a Patricio y él se agachó para saludarlas con un beso en la mejilla. Las niñas siguieron caminando, mirando a los policías, a los que estaban parados esperando. Veían la escena de reojo, se veían entre ellas, volvían a mirar a los que estaban ahí. La mayor puso su brazo alrededor de los hombros de la más pequeña y siguieron caminando hacia la gasolinera sin mirar atrás otra vez.

Durante la casi hora que duró la versión de Jonathan, la gente se movió poco. La calle seguía separada: a un lado quienes estaban con Elizabeth y Absalón, al otro lado quienes estaban con Jonathan. Un medio de comunicación entrevistó a los padres de Juliana ahí. Elizabeth habló primero y dijo que esperan saber la verdad. Cuando le tocó a Absalón, Elizabeth se quedó parada al lado de él, sosteniendo el afiche de su hija. Absalón decía que espera encontrar a su hija con vida, y Elizabeth se desmoronó. Se tapó la cara con el afiche y se alejó de las cámaras. Sus abogados y familiares la abrazaron, le dieron agua y mentas. Se sentaron con ella en la vereda a esperar.  

Cerca de las 11 de la mañana los abogados de Jonathan salieron del auto. El abogado de terno azul tomó agua de una botella, hizo una mueca desencajada y cruzó los brazos. La abogada de gafas y pantalón café se acercó a sus acompañantes, les dijo algo breve e ininteligible y regresó al lado del otro abogado. Los policías rompieron la cerca que habían formado: podíamos acercarnos. La fiscal Soria salió del auto y junto al teniente Padilla nos dieron información: íbamos a comenzar el recorrido en el local de Juliana, a más o menos 5 cuadras de donde estábamos.

El día que Juliana desapareció, después de saludar con el pastor, ella iba hacia su negocio de productos naturales. La fiscal Soria ya no tenía la mirada dura que tenía al inicio del día. Se veía pálida, desconcertada, como si lo que escuchó en el auto la hubiese estremecido hasta los huesos.

La reconstrucción fue a varios lugares que el pastor señaló: el local de Juliana, a una calle atrás del nuevo hospital del Seguro Social en el Sur, a un motel a la vuelta del hospital, a la casa de Jonathan en el centro norte de Quito, a la quebrada donde dijo que había dejado el cuerpo de Juliana. Los motivos de por qué fueron a todos estos lugares son desconocidos porque la reconstrucción fue hecha en base a la versión reservada que dio el pastor. Pero lo que sí sabemos es por qué la caravana terminó en la quebrada del sector Bellavista: Jonathan dijo que había dejado el cuerpo de Juliana ahí, metido en una funda.

Vista de lejos de la excavación de búsqueda por los restos de Juliana Campoverde. Fotografía de Lisette Arévalo para GK.

Cuando le pregunté a Elizabeth detalles de lo que ocurrió en la reconstrucción de los hechos, me dijo que no podía decirme mucho. Lo que sí me contó es que el pastor dijo que había dejado el cuerpo de Juliana en esa quebrada, a los tres días de que ella desapareciera. “De ver que el cuerpo estaba ya no con vida, vino y lo botó aquí al cuerpo como si fuera basura con tanta frialdad. Mi mente no concibe tantas cosas”, dijo Elizabeth. “Hay cosas que no le creo. No le creo. Y por eso exijo que digan la verdad”.

La excavación en la quebrada comenzó el domingo 11 de noviembre, a las ocho de la mañana. Ese día, la Dinased y la fiscalía encontraron piezas dentales y óseas. Estos restos “están sujetos a pericias y tenemos que esperar obviamente esos resultados para poder determinar si esos vestigios encontrados pertenecen a Juliana”, dijo el director de la Dinased, Víctor Araus. Con estos hallazgos, el padre de Juliana habló a los medios de comunicación: “El hecho ya está hecho, no podemos dar paso atrás. No podemos devolverle la vida a mi hija”, dijo Absalón Campoverde. “Lastimosamente lo que queremos este rato es recuperar sus restos para ubicarlos en el lugar donde debe estar”. Se lo veía resignado, con los ojos acuosos, la voz a punto de quebrarse.

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Al día siguiente, el lunes, continuaron las excavaciones: encontraron cuatro huesos pequeños más. Elizabeth y Absalón estuvieron ahí desde la mañana, a la espera. A ella le parece raro que no encuentren todavía un cráneo o un hueso largo de la pierna. “Esperamos encontrar todos los restos, yo exijo que me devuelvan todo el cuerpo o todos los huesos de mi hija”.

Se utilizó la máquina retroexcavadora desde el domingo 11 de noviembre hasta el martes 13 de noviembre para buscar restos que podrían pertenecer a Juliana Campoverde. Fotografía de Inredh.

El martes 13,  la Fiscalía y la Dinased continuaron las excavaciones pero no encontraron nada más. La búsqueda con la máquina retroexcavadora ya no puede seguir. La búsqueda del cuerpo de Juliana continuará con una unidad especializada de la policía y perros entrenados. Mientras tanto, Elizabeth y Absalón entregaron muestras de sangre para hacer las pruebas de ADN de las piezas óseas y dentales halladas hasta ahora. El periodo de instrucción fiscal termina el 5 de diciembre.

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Aunque la investigación ha avanzado muchísimo para que se sepa la verdad, Elizabeth tiene un sabor amargo sobre cómo se hicieron desde un inicio. “Nosotros dimos esta información desde el primer día que a Juliana la desaparecieron y los fiscales dejaron pasar el tiempo, no cumplieron con celeridad las investigaciones, no hicieron muchas peticiones nuestras; en especial, que los investiguen primero a ellos”, me dijo Elizabeth entre sollozos. “Se demoraron demasiado. Duele esto, que después de 6 años y 4 meses se haga todo esto porque hubiéramos encontrado a Juliana los primeros días que la buscábamos intensamente igual que hasta ahora.”  Tiene razón: la búsqueda incansable de Juliana sigue y Elizabeth no deja de contar los días sin su hija: hoy son 2 mil 317.

*Actualización 28 de noviembre, 2018 

El 27 de noviembre de 2018,  el laboratorio de la Fiscalía Provincial de Pichincha informó que los restos hallados no pertenecen a Juliana Campoverde. De los cuatro huesos encontrados, dos dieron un resultado negativo y los otros dos dieron un resultado indeterminado. La muestra de la pieza dental también fue negativa.

Según Daniel Véjar, abogado de Inredh Derechos Humanos, la Fiscalía es quien “deberá decidir si insiste en continuar los procesos de verificación o no”. Además, el abogado dijo que hasta ahora “no hay ninguna evidencia que nos pueda decir que Jonathan nos esté diciendo la verdad”.

La búsqueda de Juliana sigue.

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Lisette Arévalo Gross
(Ecuador, 1992) Periodista. Es editora junior en GK y pasante editorial en Radio Ambulante. Le gusta producir historias en audio y hacer fact-checking. Escribe sobre violencia de género, y derechos sexuales y reproductivos . Estudió una maestría en periodismo de investigación en Columbia University en la ciudad de Nueva York.