Había pasado una semana de que se confirmó que los tres por los que habíamos estado esperando desde que fueron secuestrados en la frontera entre Ecuador y Colombia el 26 de marzo de 2018, ya no volverían. El dolor, la rabia, la impotencia y el shock ante su asesinato se convirtieron en gritos, demandas, consignas, canciones y fuerza para exigir al Estado las respuestas que nos debe sobre lo que ocurrió con Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra.

Los amigos, la familia, los colegas y los ciudadanos que nos sentimos dolidos por una pérdida inexplicable —y aún inexplicada—, salimos a marchar. Marchamos también por la libertad de Óscar Villacís y Katty Velasco. Por las vidas de Wilmer Álvarez Pimentel, Jairon Sandoval Bajaña, Sergio Elaje Cedeño, Luis Alfredo Mosquera Borja, los militares asesinados por una bomba el 20 de marzo.

Nos convocamos a las cinco y media de la tarde en el parque El Ejido de Quito y avanzamos hasta la Plaza San Francisco, en pleno centro histórico. Marcharon junto a nosotros quienes se han sentido abrumados por por el miedo de la violencia, por la angustia del silencio y el olvido.

Todos exigimos respuestas, justicia y reparación. Lo mismo que nos motivó a iniciar las vigilias en la Plaza Grande, desde la segunda noche del secuestro de los colegas, nos tuvo ahí, marchando, sin cansancio, sin tregua, sin miedo.

Porque por ellos, por los tres colegas, nadie se cansa. Porque seguiremos alzando nuestra voz, para exigir explicaciones al Estado, para demandar que regresen sus cuerpos. Porque tampoco callaremos por Óscar y Vanessa, aún en manos criminales. Porque no callaremos por los militares asesinados en Mataje. Porque no nos cansaremos ni nos callaremos. Por Paúl. Por Javier. Por Efraín.

Nadie se cansa.


*Texto de María Sol Borja