Cerca de cien millones de adultos en los Estados Unidos sufren de dolor crónico: puede durar desde meses hasta años. Es uno de los problemas de Salud más subestimados del país. El costo anual de manejar el dolor es mayor que el de las enfermedades cardíacas, el cáncer y la diabetes, tiene un efecto en la Economía: la productividad diezmada suma cientos de miles de millones de dólares. La implacable presencia dolor crónico puede desembocar en problemas mentales, sobre todo depresión, que a menudo intensifica el dolor. Nuestra más común arma contra ese dolor —los analgésicos— generan su propio dolor, como lo demuestra la actual crisis de opioides. Pero, ¿debemos depender en la farmacología para frenar el dolor? Tal vez hay un remedio —parcial e insuficiente, pero aún así útil— más a la mano.

La mayoría de la investigación sobre el dolor se concentra en una sola y aislada persona adolorida. Esto permite a los investigadores simplificar su análisis de dolor, lo que es útil hasta un punto, aunque da pie a una visión algo distorsionada. El problema es que, fuera del laboratorio, la gente suele no estar aislada: viven en el mundo social. Si no se cuentan las interacciones sociales en el estudio del dolor, nos arriesgamos a ignorar el rol que la comunicación social podría tener.

Nuevas técnicas han, recientemente, logrado monitorear la actividad fisiológica de varias personas, de forma simultánea. Esto nos permite medir el nivel de sincronía entre personas en situaciones sociales  extremas o prosaicas. Ha habido conclusiones sorprendentes. Se encontró que los participantes y espectadores de un ritual de caminar sobre el fuego tienen latidos cardíacos sincronizados. Al igual que quienes ven juntos películas emocionantes, o cantan en el mismo coro, o son una pareja sentimental mirándose el uno al otro (y que, en el laboratorio, comenzaron a imitarse). ¿Cómo se facilita la sincronía interpersonal? ¿Podría haber una forma de emparejamiento fisiológico que contribuya a aliviar el dolor? La respuesta está en la más simple de las interacciones humanas: tocarse.

La investigación que conduje recientemente, con mis colegas Irit Weissman-Fogel y Simone Shamay-Tsoory, en la Universidad de Haifa sugiere que el toque interpersonal es una forma efectiva de reducir el dolor. Reclutamos 23 parejas sentimentales heteresexuales para que participaran en el experimento. Las mujeres recibieron estímulos dolorosos en varias condiciones. Primero solas, sin su pareja, y luego con ella, pero sin contacto físico. En la tercera situación, las mujeres sostenían la mano de sus parejas mientras sentían dolor y, en la cuarta, se tomaban de la mano de un extraño. El estudio demostró que la tercera situación —el contacto con la pareja— resultaba en una acentuada reducción del dolor en comparación con las otras situaciones. Las mujeres con parejas altamente empáticas reportaron una aumentada reducción del dolor asociada al contacto con su pareja. Este estudio parece respaldar empíricamente la idea de que el tacto puede transferir la empatía de la pareja y, así, reducir el dolor. Y resulta que esta conclusión empata con estudios previos que muestran que una serie de emociones —desde el asco al amor al miedo— pueden comunicarse efectivamente a través del simple tacto.

Para entender las bases fisiológicas de nuestras conclusiones, condujimos un estudio adicional que medía la sincronía. Esta vez, otras 22 parejas fueron invitadas a participar. Durante el experimento, calculamos la sincronía fisiológica registrando el pulso cardíaco y la respiración en los dos miembros de la pareja. Había cuatro condiciones: tomarse de las manos, con dolor; tomarse de las manos, sin dolor; no tomarse de las manos, con dolor; y sin dolor y sin tomarse de las manos (el dolor fue aplicado a las mujeres). Exploramos la sincronía interpersonal en ambas condiciones sin dolor, y el tacto moderado acentuaba la sincronía de la respiración. Sorprendentemente, la sincronía desaparecía cuando se aplicaba dolor sin tocar con la pareja, tal vez algunas mujeres participantes se enfocaron exclusivamente en su dolor como una estrategia de resistencia, produciendo una ‘desconexión’ fisiológicamente de sus parejas.Sin embargo, el contacto interpersonal reanimaba la sincronía de las parejas, tanto en ritmo cardíaco como respiración. Además, las parejas que demostraron alto alivio del dolor relacionado al contacto  mostraron altos niveles de sincronía fisiológica, al igual que las mujeres con un compañero muy empático.

La investigación no se detuvo ahí. Bajo las mismas condiciones, estudiamos la sincronía inter-cerebral. Este estudio resaltaba el efecto analgésico del contacto sinérgico del tacto y la empatía, que podrían tener importantes implicaciones para condiciones de dolor agudo, como por ejemplo, la labor de parto. De hecho, la presencia de las parejas durante el alumbramiento ayuda en el 60% de los casos, lo que significaría que la empatía de la pareja y la calidad de la interacción durante el nacimiento podría explicar las diferencias entre casos. Otros estudios muestran que la presencia del padre incremente las experiencias positivas en todos los aspectos del parto. Por ende, estudios futuros podrían concentrarse en las implicaciones de estas conclusiones e investigar la eficacia de entrenar ciertos aspectos del tacto y la empatía.

El contacto interpersonal tiene importantes significados sociales y afectivos. El contacto piel-a-piel es necesario para el desarrollo de infantes prematuros. Contribuye a regular las respuestas de estrés de los adultos, aumenta la confianza, y brinda consuelo y bienestar emocional. Así que, aunque es poco probable que esto resuelva los problemas de los analgésicos, sí propone un muy simple tratamiento para el dolor con un efecto secundario crucial: conectarnos con otras personas. 


**Este texto se publicó originalmente en inglés en Aeon magazineAeon counter – do not remove