Pablo le inyectó prostaglandinas y alizin a Lorena, su novia. La primera es una hormona para yeguas y la segunda un abortivo para perras. Lo hizo mientras vivían en Santiago de Chile, donde se habían mudado para hacer prácticas en el hospital veterinario Histo-vet. Lorena sufría hacía días de unos inexplicables cólicos, y Pablo (nombre protegido) le dijo que un doctor se las había recetado para que se sientiese mejor. Recién llegados a Chile, en 2006, Lorena se puso muy mal: sentía que se desmayaba, tenía infecciones en las vías urinarias, fuertes cólicos y siempre estaba cansada. Creía que era por el cambio de país o porque le llegaría la menstruación. En lugar de ir al médico dejó pasar casi dos meses. Pablo, en cambio, intuía lo que le pasaba. Nunca se lo dijo, sino que viajó a Ecuador —con la excusa de que quería ver a sus hermanos—, regresó una semana después a Chile, y le inyectó las medicinas que, supuestamente, la harían sentir mejor pero que, en realidad, eran para animales. Unas horas después, una línea de sangre comenzó a bajar por las piernas de Lorena. Ella se tocó con la mano para ver qué pasaba y se encontró con coágulos y algo que ella cree era su bebé: “Siempre lo recuerdo como un caballito de mar con ojitos negros”, dice diez años después. Pablo lloraba, y le decía que un hijo truncaría su futuro. Pablo estaba en shock. Lorena se levantó y salió del cuarto que arrendaban. La dueña de casa la vio y le preguntó qué le pasaba. Fue la primera vez que Lorena mintió: dijo que no sabía. Cuando el ginecólogo le confirmó que había abortado le preguntó si sabía qué había pasado, volvió a mentir. Regresó a casa con analgésicos, reposo obligado pero sin ninguna prueba de que había sido envenenada. Lorena, destrozada por la pérdida y la situación que aún no comprendía, regresó a Ecuador junto a Pablo después de siete meses. Lorena —delgada, de no más de un metro cincuenta, con lentes cuadrados con efecto de lupa que cubren sus ojos de color avellana, con su larga trenza negra colgada de su hombro derecho— dice que nunca habló de lo que su novio le hizo, para protegerlo. Lo amaba mucho y, además, sentía una profunda compasión por él: Pablo le había dicho que venía de una familia destrozada, que su madre nunca estaba en su casa y su padre jamás ayudó a mantenerlos: “Cuando me contó todo eso pensé “pobre hombre, necesita todo mi cariño” Yo vivía y respiraba por Pablo” —dice mientras solloza— “El peor error fue confiar en él”. Diez años después, Pablo la botó de la casa que compartían cerca del Condado Shopping, una zona al norte de Quito, la negó, la demandó, le quitó todo y la dejó en la calle.

Aunque habían sido compañeros de clase durante cuatro años, la primera vez que Pablo se le acercó, ella no sabía quién era él. “No sabía ni cómo se llamaba”, recuerda Lorena. En el 2000, ella llegó a Quito para estudiar veterinaria en la Universidad Central. Venía desde Portoviejo, una ciudad a seis horas de Quito en la costa de Ecuador, donde había nacido 21 años. Pablo tampoco había nacido en la capital del país, sino que venía de la provincia andina de Loja, al sur. En una salida de campo a una hacienda cerca de Quito, Pablo le pidió su número teléfonico, le coqueteó y la invitó a salir. Según ella, lo ignoró. Pocos meses después él intentó de nuevo, le dijo que la quería y le pidió que salieran. Se enamoraron. Dos años después viajaron a Chile.

Lorena estaba perdidamente enamorada de él, a pesar de que él no le mostraba afecto. Según Lorena cuando ella le cogía la mano, él se la escondía detrás de la espalda para que nadie los viera, cuando ella se acercaba para darle un beso o un abrazo él se alejaba con disimulo. “Lo máximo que me dijo de cariño fue Lorenita”. Y aunque a ella le dolía que él la rechazase, pensaba que cambiaría con el tiempo: “Creía que por la falta de amor que tuvo en casa, tenía problemas para  demostrar afecto”. La relación era casi clandestina: conocían a la familia del otro y a sus amigos, pero en público jamás se besaban o abrazaban. Años más tarde, según el examen psicológico que la Unidad Judicial Especializada contra la Violencia a la Mujer y la Familia ordenó que se hiciera a Pablo, él “tiene un estado de ánimo disfórico, es introvertido, se observa con cierta rigidez en sus decisiones y una actitud de exigencia consigo mismo. La prueba de personalidad revela protesta masculina, incertidumbre, miedo, reacción a la crítica, mala coordinación de los impulsos, ambición, anhelos de superación, curiosidad sexual, poca generosidad social, dependencia de la figura materna, actitudes defensivas, rasgos de agresividad, sensación de superioridad; los test proyectivos reflejan soledad y desconfianza en la relación con las mujeres, niveles elevados de ansiedad y temor en el plano de los afectos”. En el informe de Lorena, en cambio, decía que ella tiene “depresión severa, sensación de ausencia de su padre, por lo que está en desventaja en relación con otras mujeres, confiabilidad, seguridad, veracidad, percepción angustiosa de la vida que le induce al sufrimiento y a una sensación de inadaptación, concede superioridad a la figura masculina de la que depende emocionalmente, arranques de mal humor, actitudes defensivas, reacción a la crítica, preocupación neurótica, poca capacidad para los contactos interpersonales, tensión emocional, depresión, agresividad reprimida, egocentrismo y preocupación”.

Cuando regresaron de Chile comenzaron a trabajar en un pequeño consultorio veterinario del hermano de Pablo: se encargaban de la peluquería y del aseo de los perros. Al comienzo solo Lorena ganaba sueldo porque su cuñado decía que el negocio también era de Pablo. Fue ella quien comenzó a amoblar su casa, a comprar comida y ropa para ambos. Lorena dice que quería que él esté bien pero en las noches lloraba a solas por su aborto. Intentaba olvidarlo en el día trabajando mucho para que a la veterinaria le vaya mejor. Quiso ampliar el negocio y les propuso a Pablo y a su hermano que la clínica atendiese 24 horas, los 365 días del año. Ella tomó los turnos de las noche. Poco a poco, la veterinaria se convirtió en un hospital más grande. En 2011 el hermano de Pablo salió del negocio por falta de interés y se quedaron los dos. Se compraron una casa al lado de la veterinaria, al norte de Quito, a nombre de Pablo, y él sugirió que pongan todo el dinero en conjunto en una sola cuenta a su nombre para que no sea tan difícil llevar la contabilidad. Lorena aceptó. En el tiempo en que Lorena y Pablo levantaron el negocio, una proveedora de alimentos para animales fue muy cercana a los dos. Ella recuerda que los conoció en el 2008, y que sabía que vivían juntos, como pareja.  Dice que compartían muchos sueños para su futuro y que “sabía que la veterinaria era de Pablo y sus dos hermanos pero a la hora quienes estaban a cargo eran él y Lorena”. La doctora Verónica Pareja, que vive y trabaja en Guayaquil dijo, por mensaje de Whatsapp: “fui compañera de Lorena yo salí de la U antes que ella pero después de eso en el 2014 la encontré en Bogotá y recién la volví a ver el año pasado. Todos sabemos que eran novios”. Lo mismo confirmaron algunos doctores en una conferencia de veterinarios que se dio en Guayaquil el 25 de junio de 2016 pero no dieron sus nombres.  Ellas dos son de las pocas personas del círculo laboral de Pablo y Lorena que estuvieron dispuestas a reconocer que eran pareja. Los demás, prefieren el silencio o se presentaron a declarar a favor de él.

Pablo no sólo empezó a controlar el dinero, sino con quién podía salir Lorena. Como él había tenido un problema laboral con el hermano de Lorena —quien trabajó por poco tiempo en la veterinaria— le prohibió verlo. Tampoco le permitía ver al resto de su familia. La mamá de Lorena dice que, cuando iba a Quito, la veía máximo diez minutos: él estaba siempre controlándola, llamándola al teléfono celular, o recogiéndola de inmediato. Pablo comenzó a decirle también cómo debía vestirse, peinarse y maquillarse. Según Lorena, cuando estaban solos en la casa le decía zorra, prostituta, tonta. Cuando tenían sexo solo le importaba su placer: durante toda la relación Lorena dice que tuvo solo dos orgasmos. Para ella empezó a parecer más a una violación: cada vez que se acostaban, Lorena terminaba llorando. Un día su ginecólogo le dijo que tenía las paredes de la vagina lacerdas. Lorena no había tenido relaciones sexuales con nadie más y pensaba que eso era normal. Luego se enteró que era porque no estaba lubricada y él la forzaba. Meses después, tuvo infección a las vías urinarias y no le dijo nada a Pablo pensando que estaba embarazada otra vez. El doctor le diagnosticó papiloma virus que ella supone él lo contrajo en los prostíbulos que él le confesó que frecuentaba. Cuando lo confrontó, él le prometió que no volvería a esos lugares y que la trataría mejor. Hoy, si es que Lorena no se trata por lo menos tres veces al año, corre el riesgo de quedar infertil o de que esa infección se convierta en cáncer.

Una mujer maltratada, como Lorena, que continúa con su pareja después de tantas agresiones, no es una anomalía en el Ecuador. Según el censo del Instituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censo (Inec) del 2010, más de la mitad de las mujeres maltratadas en Ecuador no se separan de su pareja porque creen que las dificultades pueden superarse. La socióloga y directora del Centro Ecuatoriana para la Promoción y Acción de la Mujer (Cepam), Susana Balarezo, dice que esto sucede porque los roles de los hombres son vistos como más importantes que los de las mujeres. Muchas veces las mujeres aceptan cualquier exigencia que impone un hombre solamente para mantener la relación y pretender que todo está bien. De a poco, los hombres comienzan a dominar el cuerpo de la mujer —diciéndole cómo verse o vestirse— y pasan a dominar el entorno y los espacios exteriores como el patrimonio. “Al Cepam han llegado mujeres que han estado en esta situación por cincuenta años. Doce años no es una sorpresa porque es más común de lo que parece”, dice Balarezo. En las estadísticas, Lorena es parte de un 67,6% que se separan de su agresor después de 11 a 15 años de unión o matrimonio. El resto, sigue creyendo que todo puede mejorar.

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Pero las cosas no suelen cambiar, como tampoco cambiaron para Lorena. Pablo siguió manipulándola: le dijo que si se especializaba en Patología Animal en Colombia, tendrían un bebé como premio. Emocionada, Lorena aceptó. Pablo le puso tres condiciones: debía traer el título de vuelta, si tenían un bebé y se separaban ella debía renunciar a todos los derechos sobre la criatura, y él solo terminaría una vez adentro de ella: si no quedaba embarazada esa vez, dejarían de intentarlo. Ella volvió a aceptar. Mientras Lorena estaba en Bogotá, Pablo contrató a Ramiro como administrador de la veterinaria. Cuando regresó con título y honores —fue la mejor de su clase—, vio que el trabajo de Ramiro no era bueno: compraba productos de más que se caducaban, las bodegas estaban sucias y las estanterías empolvadas. Llegó con la idea de que Pablo honraría su acuerdo. El trato nunca se cumplió. Pablo ponía excusas, viajaba por trabajo o se cuidaba con preservativos, mientras Lorena iba al ginecólogo para prepararse para el embarazo. En lugar de tener un hijo, Pablo le propuso tener una relación abierta —con opción a tener sexo con otras personas— pero Lorena, cansada de tantos maltratos, le dijo que no. Él no insistió y siguieron juntos.

Habían pasado once años: Pablo seguía dominando su vida, su patrimonio y sus relaciones personales. Las cosas empeoraron cuando comenzó a tener problemas con Ramiro, que opinaba sobre su relación con Pablo: la frecuencia con la que salían, la manera en que administraban sus bienes, su casa. “Yo no sé qué ve Pablo en ti, tú eres nada y él es perfecto, es un ángel”, le dijo Ramiro un día. Cuando Lorena le dijo que se callara, enseguida Pablo le ordenó que se disculpara. Esa vez, junto con la exigencia de las disculpas a Ramiro, vino el primer golpe. Cada vez que ella tenía un problema con Ramiro, él le pegaba. Según el INEC, en Ecuador seis de cada diez mujeres han sufrido algún tipo de violencia de género. De estas mujeres, el 53,9% ha sido víctima de la psicológica, convirtiéndose en la más frecuente en el país, seguido por la física —38,0%—, sexual —25,7%— y patrimonial —16,7%. Más de la mitad es maltratada por su pareja. El Ecuador está lleno de casos como el de Lorena.

Después de doce años de abuso ella, finalmente, se cansó. Era noviembre del 2015 y le dijo a Pablo que lo único que quería era que le deje la casa y ocho mil dólares para el traspaso de propietario, que él se podía quedar con la veterinaria y el resto del dinero de las cuentas bancarias. Lorena dejó de trabajar en el consultorio. Pablo no volvió más a la casa. Parecía que habían llegado a un acuerdo, hasta que el 29 de noviembre el hermano de Lorena fue a su casa para ayudarla con el jardín. De alguna forma que ella aún no entiende, Pablo se enteró. La llamó a decirle que vaya inmediatamente al hospital. “Pensé que había recapacitado, que los veinte días separados lo habían cambiado”. Sería su enésima decepción.

Cuando se encontraron en la parte de atrás de la veterinaria, Pablo le comenzó a gritar diciendo que se largue, que era una zorra y una prostituta y que debía firmar la renuncia porque nada de lo que tenía era realmente de ella. Llorando, ella le dijo que lo demandaría. Lo sostenía del cuello de la camisa. Él la cogía fuertemente de los brazos y la sacudía. Le dejó moretones y un dedo torcido. Lorena se hizo el examen médico legal previo a presentar una denuncia, pero no siguió el trámite por  vergüenza. “No quería tener más problemas”, recuerda Lorena. Se deprimió. Según su madre, quien se mudó con ella por un tiempo, tenía pesadillas que la despertaban en medio de la noche. “Me decía, mami tengo miedo y yo le preguntaba de qué. Me decía que tenía miedo de que Pablo cumpliese su palabra”. Según Lorena, en las pesadillas Pablo le repetía un juramento tan críptico como tétrico:  “Le dijo que la llevaría al panal de avispas más profundo para que muera. No sé como alguien que decía que la amaba tanto podía tener ahora tanto odio hacia ella.” La madre de Lorena dice que Pablo aprovechó una visita suya a Quito para decirle que le entregaba de vuelta a su hija, y que si la relación había durado tanto tiempo era por el respeto a ella, su madre. La familia nunca supo lo que había pasado hasta ese momento: Lorena jamás les contó nada. No quería ser un fracaso frente a su familia.

El 15 de diciembre de 2015 Lorena llegó a su casa y encontró una pistola de juguete en su velador. Llamó a la policía, y la operadora le dijo que hiciera una denuncia formal. Pero al día siguiente, Pablo llegó cerca de las once de la mañana junto a Ramiro y dos hombres, también empleados de la veterinaria. “Entraron a exigirme que le firme los papeles, que renuncie, que me largue de la casa. El administrador me gritaba diciendo que esta casa es de Pablo y que yo me tengo que ir.” Lorena le dijo que no se metiese, que él era solo un empleado. “Ahí es cuando me pegó otra vez”, recuerda. Después del golpe, Lorena agarró su celular para llamar a la policía y  salió corriendo hacia el patio. Pablo corrió trás ella, le pegó, le rompió el celular y la lanzó hacia la casa de sus perros. Ramiro salió corriendo con las llaves de Pablo mientras Lorena, desde el piso, le agarraba el pie a Pablo para que no se escape. Luego Lorena se levantó y bloqueó la puerta para no dejarlo pasar. Él, con la ayuda de sus dos empleados, logró empujarla y huir. Minutos después Lorena llamó a la policía. Uno de los oficiales le aconsejó que cambiase las chapas y, otra vez, le pidieron que presente una denuncia. Según los testimonios de los policías en el juicio de violencia que enfrenta aún a Pablo y a Lorena, ella no reportó haber sufrido agresión físicaa lguna, y no mostraba signos visibles de maltrato.

Mientras Lorena cambiaba las chapas de su casa, Pablo presentó la denuncia de violencia en contra de ella junto a un chequeo médico. Le habían diagnosticado heridas superficiales por rasguños en el tórax. Le concedieron tres días de reposo. Lorena también fue a examinarse y según el informe tenía golpes en el brazo izquierdo, pero no le dieron licencia para recuperación. Pero cuando fue a realizar la demanda en la Fiscalía General del Estado, por violencia familiar, no se la aceptaron: Pablo ya había presentado la suya unas horas antes en la Unidad Judicial Especializada contra la Violencia a la Mujer y la Familia. Decía, entre otras cosas, que ella lo había atacado a él y a sus tres empleados. La víctima, decía, era él.

Un juicio de violencia en Ecuador se puede tramitar por dos vías: la Fiscalía General del Estado o la Unidad Judicial Especializada contra la Violencia a la Mujer y la Familia. Con la primera opción las autoridades competentes de la fiscalía investigan al agresor, la relación entre las dos partes, y se busca una sentencia penal. Generalmente este proceso dura, mínimo, un año —que incluye la investigación previa, la instrucción fiscal, audiencia preparatoria y audiencia de juicio. En caso de presentarse ante la Unidad Judicial, el proceso es más corto ya que las partes buscan medidas de protección, algo que no demore tanto en resolverse. Este camino permite que si, por ejemplo, la vida de una mujer está siendo amenazada por su esposo, pueda tener una boleta de auxilio: una orden judicial que ordena al agresor no acercarse al hogar de la víctima, y en caso de incumplirse, llevarlo a la cárcel. Se busca una solución más inmediata y en esta unidad no toman en cuenta los antecedentes de la violencia —como en el caso de Lorena que no tomaron en cuenta los 12 años que ella padeció. Lorena presentó una demanda en los dos lugares pero en la fiscalía no le quisieron aceptar porque Pablo ya había presentado una demanda en la Unidad Judicial. Cuando Lorena lo demandó en el mismo lugar que él, los casos se unieron y se creó el juicio que ha sido un nuevo calvario para Lorena.

El maltrato pasó de psicológico y físico a judicial. El caso se trató en la Defensoría Pública Casa de Justicia Carcelén, al norte de Quito, el 19 de febrero de 2016. La trabajadora social encargada entregó un reporte diciendo que Pablo vivía en un cuarto en el hospital sin comodidades, y que Lorena no estaba el día y a la hora que habían quedado para hacer la inspección de la casa donde ocurrieron los hechos. Los exámenes médicos de Pablo y Lorena demostraron que existió “violencia bidireccional” porque los dos aceptaron haber tenido contacto físico. Pablo decía que había tenido una relación con Lorena desde febrero de 2014, y no desde hace 12 años como ella decía. Según él, Lorena era la que lo agredía con frecuencia con golpes, insultos y celos. Decía que ella lo controlaba en todo momento y que él ya no aguantó más. La jueza dictó sentencia: una boleta de auxilio a favor de Lorena, otra boleta para que Lorena se aleje de Pablo y a él le dijo que no podía intimidarla nunca más de ninguna manera. Sobre todo el patrimonio que habían construido juntos, la jueza ordenó que Pablo reingrese a su casa. Y, según la sentencia, para protegerla de él —porque en la casa vive sola y está cerca de la veterinaria donde él trabaja—, la jueza le sugirió que se aleje de la casa donde ella tiene todas sus pertenencias y se vaya a vivir con su hermana en Calderón, al norte de Quito. En esa audiencia, tres empleados testificaron por Pablo diciendo que quien fue agredido fue él por Lorena quien lo jalaba, le golpeaba y le gritaba que se largue de la casa. Por Lorena, testificaron su hermana y los policías que fueron después de que Pablo, Ramiro y sus otros dos empleados fueron a sacarla de la casa. Los oficiales confirmaron que la habían visitado en dos ocasiones más por agresión o intimidación.

La sentencia es preocupante. La abogada Pilar Rassa —del colectivo Surkuna— quien ha acompañado a Lorena durante el proceso, dice que la violencia machista se está institucionalizando en el Ecuador. Para ella, que una jueza falle a favor de un hombre agresor y le conceda a él tres días de reposo por sus lesiones pero no a Lorena, demuestra cuán difícil es ser mujer en este país. No es un caso aislado. Cuando Alicia Marín fue asesinada en Gualaceo, Azuay en 2014, el único sospechoso de su muerte fue absuelto. En el pueblo, la responsable de su muerte era la propia Alicia: la culpaban andar sola.

Según la jueza de su caso, Lorena no demostró totalmente que ella era la víctima. No tomó en cuenta —porque dice que ella no es la autoridad competente para decidir sobre lo bienes— los certificados bancarios, las conversaciones por Skype desde el 2010 y los certificados médicos que comprobaban que él y ella tuvieron papiloma virus en el 2008. También dice que ella no puede resolver sobre los bienes, o si es que el dinero en las cuentas también le pertenecía a Lorena, que también había comprado la casa con plata de ambos, que el negocio lo habían montado los dos. Pablo, como si hubiese preparado esta coartada durante meses o años antes, había vaciado las cuentas. Además, entregó un certificado de 2015 de que no tenía papiloma virus —aunque un portador siempre lo es. Lorena me muestra sus documentos y fotos de los dos juntos. Salen abrazados, sonriendo a la cámara y con los ojos brillantes. Dice que no entiende qué pasa. “¿Por qué una jueza, siendo mujer y viendo todo lo que me había hecho falló a favor de él dejándome a mí en la calle? Ya no sabía qué hacer. Los empleados de la veterinaria me escribían diciendo que el doctor le estaba pagando a muchas personas para que hagan cosas en mi contra”. Nada de eso ha sido tomado en cuenta por la jueza.

Los empleados de la veterinaria prefieren no hablar. Según Lorena, testifican a favor de Pablo por miedo a perder el trabajo. El 22 de febrero de 2016 con una orden de la jueza —que permitía que Pablo regrese a casa y ordenaba que ella salga—, Pablo logró dejarla en la calle. Ella aún no había sido notificada de la autorización cuando recibió una llamada de una vecina advirtiéndole lo que estaba ocurriendo. Ella llegó desesperada. Encontró sus cosas en la vereda, a su gato en una caja y su perro amarrado a la puerta. Se fue donde una amiga al sur de la ciudad. Ahora vive en un lugar que prefiere no revelar.

Lorena peleó la sentencia que la había dejado sin casa y sin dinero. Insistía en que había una unión de hecho entre los dos, pero Pablo volvió a negarla: dijo por escrito que ella no era nada más que una empleada, que habían sido pareja apenas desde febrero de 2014 pero que ya tenía una relación con otra mujer a la que todos la reconocen como su pareja. Demandó a Lorena por 185 mil dólares por los daños psicológicos, morales y físicos que le había ocasionado sus acusaciones. Cuando buscamos a Pablo para preguntarle sobre su relación con Lorena, los empleados del hospital veterinario respondieron por él.

En el primer intento, la recepcionista me pidió sacar una cita “con tiempo”. Un día antes de la cita, me llamó a preguntar para qué era, dijimos para hablar de la sentencia y contestaron que en ese caso primero tendría que hablar con una empleada. Nos reunimos y ella dijo que sabía que en redes sociales había una campaña de desprestigio en contra del doctor, que no entiende por qué si él ha sido de los mejores jefes que ha tenido. Sobre Lorena y Pablo dijo que le sorprende que se hayan divorciado. Luego de sus breves palabras, dijo que esperemos para ver cuándo el doctor podía atenderme y cuando volvió, se contradijo: negó que Lorena y Pablo hayan sido pareja. Dijo que llevaba apenas un año y cuatro meses en la veterinaria, que los veía conversar pero que no sabía que tenían un relación. Me dijo que el doctor está por entrar a una cirugía pero que lo llame  a la casa y para que me atienda tipo nueve de la noche que llega porque en temas personales ella no sabe sino solo el doctor. El número estaba equivocado. Buscamos en CNT el número real pero nunca contestó. Intentamos en la veterinaria. Después, la empleada dijo que confirmaría cuándo podríamos hablar: las siguientes ocho veces no respondió las llamadas.

Lorena apeló la sentencia que la dejaba sin nada, que borraba doce años de su vida. Después de recolectar las pruebas que le faltaban —salidas migratorias a Chile, exámenes médicos que comprobaban la infección del papiloma virus, testimonios, fotos— se presentó el 10 de junio de 2016 a una nueva audiencia. Ese día, después de cinco horas de alegatos ante una nueva jueza, el proceso no pudo continuar porque faltaban testigos: nunca aparecieron los policías que fueron a su casa. Pablo negó haber tenido una relación con Lorena. Dijo que había dicho que estuvieron juntos desde 2014 porque su anterior abogado lo había presionado pero que no era cierto. Ni siquiera esta inconsistencia ayudó a Lorena. El 17 de junio le notificaron la sentencia de la apelación: volvió a perder. La jueza dijo que Lorena no rasguñó a Pablo ni agredió a los tres hombres, pero ratificó las boletas de auxilio que les impiden acercarse, repitió que Pablo no puede intimidarla de ninguna forma y que los dos debían ir a consulta psicológica. Pero la casa, el negocio y la propiedad siguen siendo de él.

*Actulaizado 7 de julio: una de las fuentes que dio su testimonio ha pedido que se retire su nombre