La presencia de la humanidad sobre este óvalo de agua y polvo se condensa en la pregunta existencialista de quiénes somos y adónde vamos. Quien quiera que sea que resultemos ser, sin embargo, algo es seguro y eso es que vamos directo hacia el final, y que no sepamos muy bien dónde ni cuándo nos haremos vapor, no parece tampoco desanimarnos porque somos, señora, animales de aventura. Nos cruzamos por el Santo Grial y saltamos océanos por seda, piedras de colores y aliños. Devastamos junglas por su caucho y somos ratones enceguecidos para rapiñar minerales al gruyere del subsuelo; exhibimos en nuestros dedos limpios los diamantes que arrancamos con sangre en las manos.

Buscar un fin —un destino— nos revela nuestra endeblez, pues siempre necesitamos saber dónde estamos. No podemos con la incertidumbre de la desubicación. Los monos superiores podremos ser la cúspide de la evolución pero carecemos de la seguridad intuitiva de los grandes gatos: todo animal que conquista, se sacia y descansa; el mono erecto, en cambio, quiere otro punto alto desde el cual ver más lejos. Así perseguimos ese lugar final desde el principio de los tiempos.

Cuando niño, mi fin del mundo estaba en Mompracem: hasta allí podía viajar la imaginación para suponer —no en la Literatura sino en el presente vivo— a Sandokán y los Tigres de la Malasia enfrentarse al infame Lord Guillonk. Aquel confín tenía arabescos, humedad, espadas de hoja curva, puñales malayos y una legión de soldados de Su Majestad con casacas rojas y pantaletas blancas. En la infancia, el fin del mundo está tan poblado de misterios que construir metáforas nos ocupa toda nuestra pequeña existencia, pero no es sino a través de esa labor que el patio de casa se convierte en una isla ficticia en el Oriente del mundo y el sillón de hierro y la escoba en la atalaya de un bergantín con cañones. El fin del mundo, en la infancia, está en la imaginación, como en la primera juventud en el triángulo del amor y en la vejez en el pastoreo de las horas mustias.

En el pasado más pasado, el lugar del fin del mundo era etéreo. Se llamaba miedo. Los hombres se embarcaban en una tierra plana cuyos confines los mapas retrataban fértiles de iguanas con cara de pez y de dragones con patas de cerdo. En el siglo XVI, el artista Abraham Ortelius ilustraba sus mapas del Pacífico con ballenas glotonas que atacaban a los navíos mercantes al mismo tiempo que unas enormes sirenas rubias se peinaban los cabellos esperando por el momento de encantar a los marinos con sus voces. En la antigüedad, entonces, el fin del mundo era la línea del horizonte, el ojo su cartógrafo y el temor su navegante. El miedo empezó a acabarse cuando hubo recompensas suficientes para visitar los confines de la Tierra. Los marinos de los imperios se animaron  y, con el tiempo, los géneros y especias del Oriente no fueron novedad para nadie. Marco Polo fue el enviado especial de Europa al fin del mundo y de allí regresó con hilos de huevo y harina a los que Italia borró el origen y llamó pasta. Los bucaneros ingleses y holandeses se estiraron por el apéndice sur del África y hallaron pieles más oscuras que las suyas —hombres de noche— y ese nuevo fin del mundo resultó una buena despensa de esclavos y oro. Los descubridores creían hallar nuevas tierras y culturas con sus misiones, cuando en realidad revelaban sus propias fronteras erróneas.

América, que existe por equivocación, volvió a demostrar que el fin del mundo siempre queda en otra parte. América no fue el finis terrae sino un pedazo de tierra entrometido en el camino a Asia, pero resultó un lugar apetecible para que los adelantados siguieran el error del genovés que paró el huevo. Esta tierra equivocada al final resultó un desvío conveniente del camino conocido al fin del mundo, pues permitió tocar el confín de los cielos. Alonso de Mendoza fue uno de los primeros grandes montañistas que supo que, de este lado del planeta, el fin de lo que conocemos podía estar en las cumbres, así que subió todo lo que pudo y, cuando no pudo más, apoyó la rodilla en la tierra yerma y fundó La Paz. Como él, otros se hundieron en los ríos, las cuevas andinas y las selvas amazónicas —esa vastedad definitiva— a dar con El Dorado, que a su modo era el fin de otro asunto, la codicia humana. Nadie encontró la riqueza absoluta, esa otra misión universal, en parte alguna de Sudamérica pero muchos hallaron el fin de sí mismos en aquel ardor: darse de cara con la muerte es apropiado para quien investiga el final de algo.

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El prestigio de morir para llegar al fin del planeta estuvo siempre de moda. La humanidad se apretuja mejor en los sitios templados, pero una vez que esquilmamos los territorios nuevos y guerreamos hasta el cansancio en Europa, nos inventamos la misión de clavarle una bandera a los dos extremos que sostienen el globo terráqueo en las escuelas. Roald Amundsen, un noruego de culo inquieto con cara de San Bernardo, estaba predestinado a visitar el Polo Norte y ser el primero en llegar al Sur pero si algo lo empujó a poner un pie en el confín septentrional del planeta fue la competencia. Amudsen se dispuso a dar caza al explorador británico Robert Scott, que había dirigido la proa de su barco hacia la Antártica, y una vez que lo adelantó y conquistó el Polo Sur, echó a la suerte su destino en el refrigerador nórdico. Pero esa vez los dados de dios cayeron del lado frío y el noruego de rostro perruno desapareció en el último parche blanco que quedaba por recorrer. El fin del mundo, en ocasiones, es el fin de todo lo desconocido.

Si el motor de la historia es resolver problemas —dicen unos—, la curiosidad lubrica el engranaje de los inquietos, pero llegó un momento a inicios del siglo XX —casi en los tiempos en que Amundsen se extraviaba en el Mar de Barents— en que todo sobre la Tierra parecía haber sido descubierto. Fue una revelación a la luz del día: si quedaba algún confín por catastrar, pensaron los más resueltos, tendría que estar a mano, esto es, dentro de las fronteras de lo ya develado. De ese modo, los nuevos aventureros se hicieron matemáticos, geofísicos e ingenieros, repasaron la superficie loteada del planeta y decidieron que era hora de hallar el fin del mundo en los cielos y bajo la alfombra. Así nos fuimos a la Luna y enviamos robots a Marte y a galaxias que sólo el Enterprise de Star Trek parece conocer y así también empezamos a hundir astronautas de profundidad en las fosas oceánicas.

La ciencia tiene la secreta frustración de no poder acabar con la literatura y en esa suerte se propuso la también no develada misión de crearse nuevos horizontes para que el fin de las cosas le pertenezca a ella y no a la imaginación: hoy buscamos el fin del mundo en el cielo y el agua, los territorios temibles de cuando la fe a veces paralizaba y otras movía la curiosidad de navegantes y hombres de a pie. Algo hemos aprendido: en tiempos pretéritos el oscurantismo impedía ver nuevas cosas a plena luz del día, y hoy las mentes más claras trasiegan las penumbras del universo y el fondo de los mares para abrirnos los ojos. La ciencia y la tecnología son hijas de la precisión y han sofisticado nuestra curiosidad: Craig Venter, el hombre que decodificó el genoma humano —según se vea, el punto final o el principio del hombre— ha recorrido los mares para capturar microorganismos capaces de producir energía con el sol, el CO2 y el agua que consumen. Es un modo de iniciar un nuevo mundo hurgando en los fondos de otro que va en picada.

La gran duda de dónde queda el fin del mundo se ha especializado y como saber más es tentador nos inventamos fines del mundo para todo. El calentamiento global derrite el Polo Norte y prevemos que los mares comenzarán a ahogar al planeta en unas décadas: el fin de la Tierra como la conocemos. Se caen los servidores de Gmail y el acabóse es hoy. Los seguidores de los equipos que juegan contra Messi y el FC Barcelona han conocido el final de la existencia cada semana. También la geografía, el primer mapa donde marcamos el sitio más alejado de toda noción, multiplicó sus posibilidades terminales. Tenemos tanto una ciudad del fin del mundo en el sur —Ushuaia, en la helada Tierra del Fuego argentina—, como una en el norte, la noruega Hammerfest. Wikipedia registra treinta y cuatro confines planetario: la isla Kaffeklubben es el pedazo de tierra más al norte del planeta; la cima del volcán Chimborazo, el punto más distante del centro de la Tierra. El Everest sigue siendo el techo del mundo y el abismo Challenger su cimiento. En todos los continentes hay un lugar que parece inalcanzable —el más distante de cualquier costa— aunque sólo uno es el lugar más inaccesible desde cualquier continente. Está en el Pacífico Sur, a 2.688 kilómetros del terreno firme, y hasta no hace mucho no tenía nombre y era sólo conocido por las coordenadas 48°52.6’S 123°23.6’W. Pero entonces alguien lo ubicó en GoogleMaps, le colocó una banderita y lo llamó Nemo, en homenaje al marino imaginario de Julio Verne, el autor que mejor entendió nuestro deseo y fascinación por lo distante y extraordinario.

La ficción ha creado un número finito de fines del mundo posibles, aunque desde que Estados Unidos es la mayor fábrica cultural del planeta, los extraterrestres, los meteoritos y los terremotos parecen confundir a toda la humanidad con la que vive dentro sus fronteras. De hecho, en los años treinta del siglo XX, la voz subterránea de Orson Welles trasladó el fin de la humanidad de La Guerra de los Mundos de H. G. Wells del Londres del siglo XIX a los suburbios de la Nueva York, y desde entonces el GPS de la destrucción ha puesto radical atención por ciudades como Washington —Día de la Independencia—, New York —El día después de mañana— o Los Angeles —2012—. En gran medida, el etnocentrismo destructor estadounidense es de celebrar: siempre es mejor que la ficción de Universal y MGM acaben decenas de veces con el planeta a que un intercambio de misiles durante la Guerra Fría lo destruya de una vez y para siempre.

Ya sabemos que la búsqueda jamás concluirá: hay empresas que deben ser utópicas por naturaleza, y la existencia es una de ellas. Tal vez porque no podemos dejar de movernos y tal vez porque los límites de nuestra curiosidad, de nuestra valentía y de nuestra torpeza —y, sobre todo, de nuestro aburrimiento— no existen. Los mayas anticiparon un posible fin del mundo, pero el 21 de diciembre de 2012 el sol del verano salió como siempre para los habitantes de London, Paris y Poland, las tres ciudades principales de Kiritimati, la isla tropical con forma de botín en el Pacífico central donde la humanidad amanece primero. Que el nombre de la isla del fin del mundo signifique «Navidad» —nacimiento— es una aceptable contradicción: redondo como es el cascote en que vivimos, el confín y el principio quedan tanto en las antípodas de cada uno de nosotros como en el lugar desde el cual cada persona observa. Dante y Borges lo vieron por igual: si un punto tiene todos los puntos, el fin e inicio del mundo es un aleph, un lugar que es todos los lugares. El fin del mundo que hemos buscado en la geografía de manera incansable es al final metafísico. Un destino inalcanzable, indestructible, impreciso. Quizás sea mejor así. Qué buscamos cuando buscamos el fin del mundo nos puede dar respuestas indeseables. Tal vez la mejor idea sea no conocerlo todo.