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Todos los días quiero escaparme de los noticieros que nos bombardean con imágenes trágicas y oscuras. Pero no puedo, mi trabajo como catedrática en política me lo impide. Solo dos veces, después del nacimiento de cada uno de mis hijos, pude aislarme temporalmente. Pero cuando terminé mis pausas y regresé a las páginas de CNN, BBC, Al-Jazeera, El Comercio, no hubo sorpresas: los mismos conflictos arden, las heridas coloniales siguen supurando, la pobreza se come la esperanza y la paz. Y, como el miedo vende, los titulares solo muestran lo que espanta. 

Las bombas y los suicidas, cuyos nombres y causas evito recordar porque me niego a perpetuarlos, matan y mutilan en África, en América, en Asia, en Europa. Y enseguida en las redes sociales muchos corren a cambiar sus bandera, a declarar solidaridad y afiliación proclamando ‘ser’ París, y Bruselas, y Beirut, y Nairobi, y ahora Pakistán. Pero, ¿no es esta una reacción efímera y vacía? ¿Qué sentido tiene clamar ‘ser’ un ente abstracto? Creo que afiliaciones pasajera a una bandera, a un territorio afectan poco nuestra visión, nuestras motivaciones, nuestros actos. 

Estos vínculos efímeros con ciudades o países me llevaron a reflexionar sobre un vínculo verdadero: el de la maternidad. La maternidad cubre la brecha entre nuestra realidad diaria y las atrocidades que ocurren cerca y lejos. Ser madre es dedicarse a aprender a amar a otra persona, conociendo y respetando sus características y exigencias únicas mientras honramos nuestras propias necesidades. En este aprendizaje, la maternidad nos da la capacidad de ver a seres fuera de nuestra familia como a ‘hijos de otras madres’, creando una profunda empatía cosmopolita que no se postra ante bordes nacionales. 

Hace unos meses regresaba en bus del trabajo cuando vi a otra madre, inmigrante del Medio Oriente, subir con sus niños. Ella podría haber sido mi hermana: piel cobriza, ojos oscuros, cabello negro cubierto en parte con un velo. Y sus hijos podrían haber sido los míos: niños de ojos sonrientes, de largas piernas y churos rebeldes. Pero mis niños, por una de esas vueltas de la genética en países coloniales, son rubios. Y sé que por eso en este mundo racista no sufriré noches rogando que mis hijos no sean asumidos terroristas o criminales. Y por una suerte geográfica mis hijos no nacieron con el tronar de bombas ni crecieron escondidos para no ser forzosamente reclutados como asesinos. Al pensar todo esto, sentí el corazón de esta otra madre romperse ante tal injusticia. Viendo a esos niños como a mis hijos sentí una profunda afinidad con su mamá, una comunión  que trasciende religión,  nacionalidad, o color de piel. 

El domingo 27 de marzo de 2016 la rama Paquistaní del grupo insurgente Talibán detonó una bomba suicida en un parque infantil en Lahore, Pakistán, buscando víctimas cristianas y una plataforma política. Hubo al menos setenta muertos —incluyendo treinta niños — y más de trescientas personas heridas. Cuando vi la noticia de esta tragedia y me conmoví, me di cuenta que no lloraba por un Estado, no ‘era’ yo Pakistán, más bien era una madre llorando por mis propios hijos. Una madre en luto por los pequeños de Pakistán.

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La idea de la maternidad como un instrumento de cambio no solo surge de la poesía. Un creciente número de estudios demuestran que la maternidad y la lactancia cambian de maneras importantes el cerebro de las mujeres. Investigaciones han demostrado que áreas envueltas en el razonamiento, juicio, y regulación emocional —cortex ventrolateral prefrontal y córtex dorsolateral prefrontal, hypothalamus, amygdala— y áreas de  reconocimiento emocional y empatía —ínsula, gyrus superior temporal, y thalamus— desarrollan nuevas conexiones neuronales durante la maternidad. Este cambio es tan drástico que puede ser comparado con los cambios en la pubertad. Otros estudios proponen que estas transformaciones tienen sentido en términos de evolución, concediendo a las madres una aguda percepción social para actuar rápida y estratégicamente para proteger a su descendencia. 

La ciencia también demuestra los daños que pueden causar la falta de una maternidad adecuada. La pediatra estadounidense Nadine Burke Harris, por ejemplo, discute cómo traumas infantiles afectan la salud al largo plazo y lo explica con personas que han sufrido más de cuatro traumas —como el abuso o neglecto emocional—, tienen 4.5 veces más riesgo de sufrir de depresión, y doce veces más de ser suicida. Igualmente estudios demuestran que cuando niños menores de tres años son separados de su madre por varias horas aumenta su nivel de cortisol, hormona que en exceso previene el desarrollo del córtex prefrontal afectando la memoria, atención y autorregulación de los niños. Proteger la maternidad, en otras palabras, es un componente clave para proteger la salud física y psicológica de la próxima generación. 

Pero el desarrollo y uso de las capacidades cerebrales maternales necesitan apoyo. Las políticas públicas, estructuras sociales, económicas y culturales pueden inhibir o ayudar estas capacidades. Las estructuras laborales que limitan el tiempo de la madre con sus hijos, por ejemplo, también limitan la secreción de hormonas, como el oxytocin, que se activan cuando la madre ve, oye, huele, y sostiene a su hijo. Otro ejemplo es la lactancia: según Jennifer Hahn-Holbrook, del Departamento de Psicología de la Universidad de California de Los Ángeles, dar de lactar crea nuevos senderos neuroquímicos en el cerebro que guían a la madre a cambiar sus prioridades en respuesta a su hijo, además de ayudarle a sobreponer el estrés e incrementar su valentía. Sin embargo, los prejuicios sociales, presiones laborales y falta de información se suman para dificultar el proceso de lactancia y, por lo tanto, minan el proceso biológico materno.

Y es en la intensa e íntima interacción entre madre e hijo que la biología transforma a la madre en un instrumento de cambio. La madre necesita invertir tiempo en mimar, cuidar e, idealmente, dar de lactar a su bebé para que su capacidad empática e inteligencia emocional se desarrolle en todo su potencial.  Igualmente la sociedad necesita invertir en el cuidado de la madre para que tenga el tiempo, energía y estructura de apoyo para llevar a cabo su rol. Esta inversión debería ser parte de la visión de los Objetivos de Desarrollo del Milenio dentro de la idea de empoderar a las mujeres. 

Una sociedad donde la maternidad se respete será una sociedad que adelanta su capital humano y previene traumas que dejan terribles secuelas y siembran las semillas para más violencia en el mundo. Una sociedad donde la maternidad se respeta será una sociedad que haga uso de la empatía y compasión materna para fomentar lazos transnacionales de cooperación y desarrollo. 

Bajada

Las mujeres con hijos pueden solidarizarse más con las víctimas

fuente

Fotografía de Raúl Hernández González bajo licencia CC BY-SA 2.0. Sin cambios.