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Era de esperarse que la visita de Barack Obama a Cuba estuviera cargada de simbolismos: era el primer presidente  estadounidense en pisar la isla —último reducto del socialismo revolucionario en las Américas— en 88 años. Los ojos del mundo (y sobre todo de los cubanos) miraron el encuentro, totalmente inédito y marcado por un tono conciliador, como el inicio de la promesa de levantar el embargo que Estados Unidos impuso a Cuba hace más de medio siglo. Pero a pesar de los gestos y mensajes de Obama en Cuba, su visita estuvo marcada por la ausencia del mayor ícono de la revolución cubana: Fidel Castro. La ausencia del símbolo es, en sí, un símbolo.

La imagen de Obama paseando por la Plaza de la Revolución, visitando el Teatro Nacional y caminando por las calles de la Habana contrastaba con la desaparición de Fidel —la imagen por excelencia de los lugares medulares de la capital cubana— durante la visita oficial. Presencia y ausencia están entrelazadas. Desde que los dos países decidieran reiniciar relaciones diplomáticas en diciembre de 2014, se han multiplicado los gestos para intentar limar  las asperezas generadas durante la Guerra Fría.

Ese estado de guerra simbólica y política siguió incluso después de la caída del muro de Berlín y el desplome de los socialismos reales. Los gobiernos norteamericanos apostaron a que tarde o temprano el régimen castrista —como los de Europa del Este—— iba a sucumbir. Mantener el embargo y la política de aislamiento cubano resultaba de una secuencia lógica: el cambio de régimen no demoraría. Sin embargo, lo que esta política no contaba fue con que décadas de Guerra Fría habían generado una simbiosis funcional: el embargo y el peligro de la invasión, amén de un control ideológico a rajatabla, demostraron ser lo suficientemente poderosos como para que el régimen cubano se sostuviera en pie. Y así lo hizo por más de dos décadas. A pesar de la crisis económica que golpeó a Cuba en los noventas, la revolución encontró un aire refrescante en el revival del socialismo de los sesentas en pleno siglo XXI, particularmente de la mano del apoyo indispensable del petróleo de Hugo Chávez.

No obstante, el cuento de hadas de la revolución cubana enfrentó nuevamente problemas y, sobre todo, cambios ineludibles. Como dijo Moisés Naim, la muerte de Hugo Chávez y la caída de los precios del petróleo generaron una crisis en Venezuela —principal aliado y protector cubano-—que cubrió de incertidumbre la sostenibilidad de esa relación en el tiempo. Por el lado norteamericano, esa debilidad representaba una nueva oportunidad para cambiar el eje de política, luego de tantos fracasos. Ello contó con la voluntad y decisión de Obama, que en su segundo mandato está enfocado en dejar un legado de política internacional. A las fuerzas que impulsaron la decisión de restablecer relaciones diplomáticas plenas en diciembre de 2014 entre los dos países, se sumó un hecho biológico: el envejecimiento de los líderes cubanos tanto revolucionarios como anticastristas. Los cubanos-norteamericanos más jóvenes están menos opuestos a cambiar la política del embargo y la vieja guardia castrista estaría consciente de que, junto con enfrentar un ineludible recambio generacional, el vínculo estratégico con Venezuela se desvanece. Optaron por la apertura sin renunciar a su discurso antimperialista.

Desde entonces, Cuba y Estados Unidos han encontrado varios canales para empezar a hablar. Desde el expresidente uruguayo, José Mujica, hasta el papa Francisco, que se ha convertido en un puente entre Obama y los Castro. No fue casual que, antes de Obama, en septiembre de 2015, Francisco visitara un país oficialmente ateo, pero cuyo gobierno ha demostrado más cercanía que rechazo al discurso y la imagen del primer pontífice latinoamericano. La visita incluyó un encuentro con Fidel Castro, a quien Francisco le regaló un libro de Armando Llorente, el sacerdote —jesuita como Bergoglio— que guio la formación colegial de un joven Fidel. El regalo fue interpretado como un gesto para reconectar a Castro con sus orígenes, y facilitar una mayor apertura desde la reconciliación con el pasado. Esa reunión no se repetiría entre Obama y Castro.

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El presidente estadounidense llegó a Cuba para dar un mensaje potente sobre lo irreversible del acercamiento entre los ex enemigos. Como cuenta desde La Habana el editor de The Clinic, Patricio Fernández, la cobertura del primer día de la visita tuvo, dentro de Cuba, los matices propios del discurso del régimen castrista: apenas unos pocos minutos en televisión. Al día siguiente, el diario oficial Gramma ponía en portada la visita del presidente venezolano Nicolás Maduro —que se citó con la dirigencia cubana apenas pocas horas antes de la llegada del mandatario estadounidense—para resaltar lo vital de la relación venezolano-cubana para la supervivencia de la isla. En el discurso, el régimen cubano refirmaba lealtades, a pesar de que en la práctica busca acercarse a EEUU.

Pero estos mensajes cifrados se desvanecieron ante la expectación e interés que la presencia de Obama generó entre los cubanos. Como describe Fernández, a diferencia de la visita de Francisco —que no calentó emotivamente a un país secularizado—, el viaje de Obama, sus visitas a lugares icónicos, las reuniones con grupos de emprendedores y disidentes, su tono cordial, distendido y casual —diferente, a juicio del editor, del discurso oficial cubano—, multiplicaron las conversaciones de un pueblo cubano que miraba perplejo cómo el demonizado enemigo –llamado irónicamente “compañero Obama”- les tendía una mano abierta para restablecer relaciones y, quizás, confianza.

Obama es un experto en generar mensajes de esperanza, que muchas veces se estrellan contra el muro de la realidad política. Ocurrió con varias ofertas de campaña, particularmente con las reformas a la seguridad social, que siguieron un tortuoso camino hasta convertirse en una política distinta —e insuficiente— de la propuesta original del mandatario demócrata. El discurso de Obama ha ido cambiando a matices más pragmáticos, considerando la realpolitik que se interpone entre los deseos y las realizaciones. En ese sentido, a los gestos y el manejo distendido que tuvo en Cuba, reconociendo los logros de la revolución cubana (salud y educación) y apelando a los aspectos que los une (Hemingway y el béisbol), el norteamericano puso énfasis en su deseo de acabar con el embargo, algo que llegará —dijo— cuando lo permita el Congreso de su país.  Todo sucedía con un Fidel silente, algo que parecería casi imposible.

Una Pared De Una Calle Vacia En Cuba Dice Viva Fidel

Fotografía de max.n bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0. Sin cambios.

Según Fernández, el pueblo cubano se paralizó para escudriñar y discutir sobre el verdadero significado y los mensajes de la visita de Obama. Para la mayoría —sobre todo joven o de mediana edad— la presencia del mandatario norteamericano es una señal de cambio. Otros se acogieron al escepticismo y, los menos, al rechazo ante lo que consideran un lobo con piel de oveja. No obstante, todos coincidían: Fidel no estaba. “El jefe” –como cuenta Fernández que los cubanos llaman a Fidel- no apareció en ninguno de los actos ni encuentros especiales con Obama. Algo que contrastó con su encuentro con el papa Francisco, o la presencia de la nonagenaria bailarina clásica Alicia Alonso, quien recibió al presidente estadounidense cuando Obama visitó el Teatro Nacional que lleva el nombre de la balletista. La ausencia de “el jefe” debe ser increíblemente impactante para un pueblo que durante los 56 años de revolución ha tenido una constante: la imagen, la voz y la omnipresencia de Fidel. Castro es una figura mítica, que se convirtió en el bastión simbólico del régimen. En el imaginario popular incluso alcanza ribetes increíbles en clave machista cubana: se dice que tiene más de 30 hijos no reconocidos, que lo convierten en el “semental de la patria”.

Fidel y el régimen cubano son dos caras de la misma moneda. Por ello, su ausencia durante la visita de Barack Obama generará un cambio en la percepción del pueblo cubano que debe estar procesando el llamativo silencio y desaparición de su líder histórico. Es como si por defecto validara y potenciara el simbolismo del discurso y las ofertas de Obama. Como si con la salida de Fidel de la escena, el régimen cubano está repensándose en serio.

Mientras, Obama saldaba la ausencia con su innata capacidad para la diplomacia: dijo que quisiera ver a Castro en una próxima visita, cuando el cubano se haya recuperado de un percance médico. La salud de Fidel ha sido un tema recurrente para justificar su menor perfil político en los últimos años. No obstante, podría ser solo una excusa. A nadie extrañaría que el gobierno de Obama haya forzado la desaparición de Castro en todo el proceso de restablecimiento de relaciones diplomáticas, para enviar un mensaje de renovación y futuro. Tampoco suena descabellado pensar que el mismo Fidel haya decidido enclaustrarse para no validar con su imagen —en una suerte de claudicación ideológica— el acercamiento y apertura para con su peor enemigo.

Lo cierto es que la ausencia de “el jefe” implica el inicio del fin de la Guerra Fría en nuestro continente. También significa que los mitos cubanos del enemigo histórico y del padre fundacional se empiezan a resquebrajar. Pero, sobre todo, la ausencia de Fidel le va a dar un significado distinto y profético a la frase más importante que Obama pronunció —en español— durante su visita: “El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano”.

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¿Cuál es, en realidad, la clave del futuro de Cuba?

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Fotografía de max.n bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0. Sin cambios.