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La Revolución Ciudadana será recordada como una época de harta paja y pocas agujas. La abundante paja es la retórica bolivariana, antiimperialista, nacionalista y retrógrada con que nos han inundado: desde esa extraña prosopopeya de una espada que camina hasta la creación del chupacabras de la tecnocracia del siglo veintiuno, el intelectual orgánico. Esa forma de hablar, esa estética sacada de la Ostalgie la nostalgia por la forma de vida de la Alemania comunista— y esa trova atascada en el tiempo (¿hasta qué hora quieren cantar a Silvio como si Obama no hubiera ido a pavonearse en la Plaza de la Revolución la semana pasada?) parecen risibles pero no son inocuas. No solo son un constante mirar hacia el pasado (en lugar de hacia el futuro), sino lo que es peor a un pasado que jamás existió. Escrito en ese idioma que podría llamarse revolucocó (engendro mitad revolucionario, mitad rococó) nos llega el Código del Ciclo de la Vida. 

Hay que leer el artículo 19 de este bodrio (que tiene el efecto secundario —menos importante pero irritante— de arruinarnos el Rey León) para entender que el lenguaje revolucionario mira al pasado para imponer ideas del pasado. Se supone que en pleno siglo 21 tenemos que “respetar a la Patria y sus símbolos”. Vaya absurdo. 

La Patria es uno de los conceptos más dañinos de la historia de la humanidad. Ha servido para las más grandes atrocidades “Tenemos que pelear por la libertad e independencia de la Patria, así nuestra gente podrá cumplir la misión que le asignó el Creador” dijo Hitler. La Patria ha servido, además, para que una élite se adueñe del poder y mande a los más pobres a matarse para mantener esos privilegios. En nombre de la Patria el censor de la hoy Nobel de Literatura, Svetlana Alexievich, le dijo que sus libros no se podían publicar: “La verdad es lo que soñamos, es como queremos ser”. La Patria es esa ficción, esa mentira repetida una y otra vez, que queremos pasar por verdad. La Patria es un intangible peligroso, y su mejor antídoto es el concepto urbanístico de barrio. De la Patria son hijos todos los pogromos de la historia, y de ella han salido las peores taras sociales: el chauvinismo, la xenofobia, el provincianismo y la autosuficiencia. Del útero de la Patria judía mama el genocidio del Estado de Israel contra el pueblo palestino. La Patria es una matriz de odio. Es una peligrosa abstracción que ahora nos quieren encajar como si viviéramos en Prusia o en la Cuba del Patria o Muerte, venceremos —que me imagino ahora se reemplazará por un ¿qué bola, Obama?, o un más melódico I can’t get no satisfaction. 

El lenguaje bolivariano es un complejo ejercicio narcisista: el revolucionario se habla frente a un espejo retrovisor que mira a un pasado que jamás existió. Y, a pesar de todo, el revolucionario logra verse reflejado en esa inexistencia. Por eso reivindica una postura ideológica que supone progresista pero, en realidad, es anacrónica y ultraconservadora. No es algo exclusivo del Ecuador, sino una peste regional. Lo explica mejor el periodista argentino Jorge Fernández Díaz en este texto: el expresidente del gobierno de España, el socialdemócrata Felipe González, dijo que no se podía confundir a chavistas y kirchneristas con el progresismo a pesar de su discurso izquierdoso: “Ellos practican una utopía regresiva”. Una quimera de otro tiempo, que “no proyecta hacia el futuro; solo busca regresar a alguna época presuntamente dorada y perdida”. Un tiempo feliz al que algunos piensan que aún, medio siglo después, se necesita llegar aunque el hijo de Fidel Castro crea que es buena idea abrir un McDonalds en el malecón de La Habana. Aún así, hay quienes se ven reflejados en esas imágenes e insisten en ese lenguaje que pide cosas tan disparatadas como respetar a la Patria y sus símbolos.

Lo que debería respetarse es la posibilidad de profanar los símbolos patrios.  En 1990, en uno de los países más nacionalistas del mundo, Estados Unidos, la Corte Suprema resolvió que esto que digo —que para el militante de la revolución ciudadana podría sonar casi a terrorismo— tenía sentido. Cuando varios estados pasaron leyes que prohibían profanarla, la Corte dijo que la bandera representaba un país donde la libertad significa incluso poder quemar un símbolo patrio. Quemar la bandera era una forma de ejercer derechos constitucionales. En el proyecto del Código del Ciclo de la Vida parece que, cada vez más y contra el tiempo que ya no tienen, quieren crear un ciudadano gris, uniforme, una especie de patriota de mediados del siglo veinte. Un código de boyscout estalinista. 

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En la misma línea del despropósito va el de respetar a las autoridades legalmente constituidas, la de preservar la salud y practicar deporte. ¿Cómo pueden exigirse estas cosas mediante una ley? ¿Qué pasa si no quiero practicar deporte? Yo fui esa niña que jamás pudo correr rápido, que siempre se golpeó la nariz con la pelota de básquet y para la que las dos horas marcadas como educación física en mi horario colegial equivalían a tortura. Pero no sólo eso, ¿de quién es el problema si mañana quiero comer aserrín o inhalar cemento de contacto? La dimensión de las decisiones personales no se pueden regular por ley. Zobeida Gudiño —la proponente de la Ley— no está invitada a mi cama, ni a mi mesa, ni me puede obligar a ser la ciudadana revolucionaria que no bebe, no fuma y no fornica. Yo quiero ser la mujer que me dé la gana de ser sin perder por eso mi calidad de ciudadana. 

Hoy más que nunca, los políticos nos deben explicaciones. Nosotros no les debemos respeto. Nuestra obligación es desconfiar de ellos y desafiarlos cada tanto, en las rendiciones de cuentas y en las urnas. El respeto se lo daremos a quien se lo gane, pero no puede ser impuesto por decreto legal. Pero ya sabemos: el imaginario de la revolución ciudadana (ese en el que el Ecuador era un milagro económico —que resultó ser más bien un pobre truco de prestidigitación financiera— y un país perfecto para propios y extranjeros —eso sí, solo si eres Guillaume Long y no Manuela Picq—) se impone. Es un lenguaje retrógrado y curuchupa revestido de una cobertura de azucarados y empalagosos eufemismos tecnocráticos que no nace del consenso, sino de la contemplación vanidosa del reflejo propio en un juego de espejos. Qué terrible destino aquél de tener que vivir de un oficio en el que es indispensable echarse flores uno mismo a cada rato.  La cita que hace Antonio García Ángel del psicoanalista Adam Phillips en esta columna lo dice con precisión: “Aunque esté pensado para consumo del público, alardear es un acto curiosamente solitario. Es el soliloquio de los inseguros”. Por eso es que las sabatinas son unos cada vez más surreales monólogos de autoafirmación y autoproclamación de superioridad de un presidente que encarna a un gobierno cada vez más inseguro de tantas cosas (de mantener el poder ejecutivo, el legislativo, de cómo pasarán a la historia). Por eso el presidente Correa no dubita antes de compararse con Jesús, ni Guillaume Long tiene pena de andarse apropiando de frases de Chavela Vargas —una mujer que representó todo lo que el Código (jajajajajjaja) del Ciclo (jajajajjajaja) de la Vida (jajajajja) va a contradecir—, ni esa ex subsecretaria de Turismo se detuvo a pensar lo que iba a decir antes de afirmar que a las turistas argentinas asesinadas en Montañita les iba a pasar lo mismo en cualquier lado. Dicen todas esas cosas porque se sienten infalibles, porque de tanto hablar desde un pedestal, de tanto pontificar —en vez de dialogar— se han enamorado del sonido de su voz y se han convencido de que los otros, los que disienten, los que cuestionan o dudan son sufridores, o tontos, o de plano, malvados. Qué terrible destino aquél. Pero aún más terrible será ese futuro en el que ese canto de sirena homogéneo, bolivariano y conservador que llama a esa utopía regresiva de la que hablaba Felipe González se quiera imponer a través de una ley que, para mayor desgracia, viene con un nombre tan ridículo. 

Bajada

El Código del Ciclo de la Vida es el último engendro de un idioma bolivariano y retrógrado

fuente

Still de la canción Be Prepared, de la película The Lion King.