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Rafael Correa ha dicho que él se considera feminista. “A pesar de ciertas feministas” —ha explicado en su Enlace Ciudadano 466— “pero no creer que somos iguales, que el género es una construcción social y esa doctrina medio novelera de los últimos tiempos”. Por supuesto que no tendría mucho sentido hacer aquí una larga exposición de los motivos por los cuales el Presidente del Ecuador no solo no es lo que dice, sino que —en realidad— es la peor versión del machista: el que dice (y está convencido) que no lo es. Correa es, en rigor, un neomachista: sonriente machito de clase media que cree que la igualdad ya está alcanzada y que el feminismo es una rabieta de cuatro locas sin sexo, que creen en teorías noveleras y que, por supuesto, no tienen derecho a decidir sobre su cuerpo sin temer la cárcel por hacerlo. Pero él no es el problema, y es —a estas alturas— imposible que cambie de padecer. Lo que no entiendo es dónde están las izquierdistas feministas que, dizque, militan en Alianza País.

El silencio de las asambleístas de Alianza País —esas que iban a foros internacionales a codearse con lo más ilustre del movimiento feminista mundial— ha pasado de triste a indignante. ¿Cómo es posible que sigan a los pies de un tipo que dice que “cuando vienen gritonas del MPD, me dan ganas de darles un cocacho y que se callen”? Es increíble que Gina Godoy o Paola Pabón, invitadas al Congreso Latinoamericano Reproductivos en Cuernavaca, México (allá por el próspero 2013) puedan mantener la boca cerrada cuando la figura más mediática, de mayor poder y autoridad en el país dice que él, a una mujer que piensa distinto —eso, es, en resumen una emepedista respecto de Correa—  se la puede silenciar de un golpe. Los semiólogos —hasta los del Cordicom— podrían explicarnos los efectos de esas declaraciones de poder patriarcal desde el poder político.

¿No les da náusea  a Paola Pabón y a Gina Godoy que ese mismo sujeto que acaba de legitimar la violencia en contra de la mujer disidente, luego tenga el empacho de sentenciar que “hay feministas de verdad y feministas extremistas»? No hay nada peor que los activistas que han hecho de su causa moneda política.

Así no se va a construir el hombre nuevo con el que Gina Godoy sueña. En septiembre de 2013, le dijo a Jean Cano, periodista del portal Plan V “tengo un hijo varón y creo que frente a él tengo el reto de construir o de contribuir a que sea un hombre distinto. Un hombre respetuoso, consciente de su realidad y de la diversidad de esa realidad.” Me pregunto si Gina Godoy quiere enseñarle todo eso —que me parece excelente— a cocachos. La entrevista se llama El antimachismo debe seguir. Hoy, la voz de Godoy está acallada bajo la bota neomachista de Correa, que es la única que se sigue promocionado.

Como si no fuera suficiente, Correa se refirió a la construcción social del género. “Ay Diosito, como académico no paso esas cosas”. Al diablo con el medio siglo de autores y teorías que tratan de entender la complejísima identidad —y naturaleza— del ser humano. Pero, vamos, ¿quién se sorprende? Es Rafael Correa, el hombre que por su cumple recibió ron y habanos cubanos y dijo que entre los regalos que de la caja de vicios que le había mandado Raúl Castro solo faltaba “la mulata”.

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Pero que esto no indigne a las feministas que militan en País, para decirlo en palabras de otra devota del Presidente: ¡Ay, Rafa, políticos como tú mueven montañas! (de sumisas). Para ellas que saben que Simone de Beauvoir dijo que los roles de género abarcaban únicamente una construcción social, no el estatus biológico de ser hombre o mujer. O que han leído a Judith Butler y el Manifiesto contrasexual de Beto Preciado. Todas ellas, en silencio por una causa que se ha convertido en exactamente el opuesto de lo que buscaba su activismo original. Tanta abyección no vale la pena.

Podría ser hasta gracioso si no fuera porque seis de cada diez mujeres aún reciben un cocacho (es lenguaje figurado: la mayoría de veces es mucho peor) porque alguien las consideró gritonas, o provocadoras. Para un machista, la provocación es militar en el MPD, o estar en contra del tirano turco Erdogan que llegó, golpeó y se fue. Para otros, la provocación es tener la falda muy alta, andar en tanga, beber alcohol, fumarse un porro, ser libre. Ay, Rafa, ¿recuerdas cuando preguntabas qué le dirías a una adolescente de doce años que va a pedir anticonceptivos a un centro de Salud?” ¿Te diste cuenta cuán revelador era que uses el ejemplo de una niña, y no de un niño? Y las feministas del partido de gobierno, ¿no se sintieron aludidas? Según Verónica Potes y Silvia Buendía, la propia Fiscalía del Estado reportó que de las 671 sentencias por violación que se dictaron en 2014, el 98% ocurrió dentro del círculo familiar. Además, se reportaron 271 violaciones a niñas en escuelas y colegios. Y según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), en 19 de las 24 provincias el suicidio es la primera o segunda causa de muerte de adolescentes entre 10 y 19 años. Las tres primeras causas de suicidio de esos jóvenes estaban asociadas con las depresiones causadas por violencia, embarazos precoces y relaciones amorosas. El feminismo de Rafael Correa —un lobo con piel de cordero que en realidad se llama neomachismo— es violencia. Palpable, registrada, hecha a partir de datos.

Otros datos para el autodeclarado feminista: la violencia machista no ha disminuido. No lo digo yo, lo dice el Informe Regional de Desarrollo Humano 2013-2014 del PNUD: el 41% de las mujeres ecuatorianas ha sufrido maltratos. Esa cifra, elaborada con datos de 2004, era inferior al 60% que mostraba el censo del INEC de 2010. En 2014, según el Ministerio del Interior, de un total de 179 muertes violentas de mujeres, 97 fueron femicidios. Es decir, el 54%. Y sobre la tan cacareada participación de la mujer en la política y el poder: si bien hubo un aumento nominal, hoy esos números no son más que una fachada para perpetuar la desigualdad. Según Lisette Arévalo, el formalismo se explica de esta forma: el gabinete ministerial está compuesto de 36 puestos —una vicepresidencia, tres secretarías del Estado, cinco secretarías nacionales, seis ministerios coordinadores y veintiún ministerios. “De acuerdo al organigrama estructural de la página de la Presidencia de la República, solo diez mujeres lideran los cargos. Es decir, el 27.7%, y no la mitad, como decía el Presidente”. Las decisiones siguen siendo de papá.

Gina, Paola, y todas las feministas que aún militan en la Revolución Ciudadana ¿no les suena el timbre de la alarma? El Presidente también habló del aborto, y pasó por alto los dolorosos números que registra el país por su capricho curuchupa. Ya ha pasado demasiado tiempo desde que otra mujer cercana a Correa dijera en una conferencia de Women Deliver de 2012 “Los datos estadísticos son los más importantes. Hay que ser conscientes que las cifras duras son las que mueven los procesos sociales” —era Diane Rodríguez, activista por los derechos de las personas trans, la que hablaba — “El tema de la mortalidad materna resulta complejo para los gobiernos pues claramente entendemos sus intereses económicos particulares”. ¿Y ahora? Qué podrá decir de un gobierno que cuenta como una victoria el cambio de género en la cédula a través de un proceso tortuoso y hasta humillante.» Sus palabras en la conferencia de Women Deliver parecen haber caído en el olvido perpetuo, especialmente estas: “esto tomando en cuenta la situación de los dogmas y fundamentalismos a nivel mundial que tienen un poder de control hegemónico.” El poder hegemónico y fundamentalista en el Ecuador es Rafael Correa. Su ejercicio del poder y sus expresiones sobre violencia machista son un reflejo de la sociedad en que vivimos y, además, son la patente de corso para perpetuar esas conductas. Correa es un político con mucha ascendencia popular —especialmente en las clases más pobres— así que su palabra sigue teniendo un peso clarísimo. Si él lo dice, así debe ser.

Compañeras aún convencidas de que son feministas, su silencio parece impuesto por un hierro electoral. Como escribió María Cuvi hace un par de años “La mayoría de mujeres ministras y asambleístas de Alianza País ha hecho una carrera política relámpago. Ninguna ha llegado al poder respaldada por organizaciones del movimiento de mujeres. No son mujeres que se van a ir contra la matriz patriarcal de Alianza País para defender nuestras libertades”. Tiene sentido: la Coalición de Mujeres no aceptó una condecoración del gobierno, y según estudios recientes, en el Ecuador ni siquiera se ha alcanzado una paridad remunerativa. Yo ya sé: tal vez en la cabeza de Godoy y Pabón —y quién sabe, hasta de Aguiñaga— agachar la cabeza frente al padre Rafael es un sacrificio por la Patria en la que creen. Supongo que creen que la revolución que fantasean con militar lo vale. Pero no se equivoquen, compañeras, como decía ese cartel en la Plaza del Sol de Madrid, donde protestábamos hace cinco años por los indignados españoles: la revolución será feminista o no será.

Bajada

(de sumisas)

fuente

Fotografía de Ministerio Coordinador de Política Económica bajo licencia CC BY-SA 2.0. Sin cambios.