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Mañana, 8 de marzo, a más de un diligente hombre se le ocurrirá comprarle flores a sus compañeras de trabajo, de estudio o de vida. En realidad, lo que debería hacer es pasar el día pensando en lo que les pasó a María José Coni y Marina Menegazzo en Montañita. Mañana, 8 de marzo, es un día internacional con la suerte torcida: ha pasado de una conmemoración por la lucha de los derechos de las mujeres a una fiestecilla mercantil más, que muchas veces tiene el tufo de la apología a la versión más retrógrada de lo que es ser mujer, cuando en realidad es una jornada para recordar que, aún, ser mujer es una cosa supremamente jodida, desigual y que el feminismo es, como siempre, una necesidad.

A mí me encantan las flores pero siento hacerlas un lado hoy: no hay nada que celebrar. No en un país donde aún hay gente que cree que a Menegazzo y a Coni las mataron por viajar solas, por andar en tanga, por hacer lo que les provocaba. Hay una anécdota que no me parece menor: hace unos años, hubo tres casos de adolescentes que se escaparon de sus casas en Quito y en Guayaquil. Aparecieron en Montañita, admitiendo que no eran víctimas de secuestro alguno, sino que huyeron en un acto de mal presupuestada rebeldía: a los pocos días, con hambre y sin cómo regresar, tuvieron que admitir su travesura. Eran por supuesto, chicos. Ya ni siquiera me acuerdo de sus nombres, a pesar de que sus padres, el país entero y el detective de tira cómica que tenemos por Ministro del Interior los buscaron con desesperación.  Los nombres de María José Coni y Marina Menegazzo, en cambio, no se me olvidarán nunca. En el Ecuador, una travesura de esas es, para una mujer, como jugar a la ruleta rusa.

No hay nada que celebrar, así que no me voy a ir a pasar la tarde al spa como dice un anuncio en un diario quiteño: En el Ecuador hay casi cuatro millones de mujeres en edad fértil, según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos de 2012. Una de cada cuatro de ellas ha sufrido violencia sexual. Es decir, casi un millón de mujeres han sido víctimas de ella. Son legión, son una ciudad entera —que sería la tercera más grande del Ecuador. Según un estudio del Congreso Americano de Obstetras y Ginecólogos (CAOG), citado por Silvia Buendía en este texto, entre el 16 y el 30% de las mujeres pueden quedar embarazadas, pero en el Ecuador la discusión del aborto por violación se resolvió con una bravata del presidente Correa que, además, castigó como un padre autoritario a las asambleístas de su partido que propusieron la medida. Porque vivimos en un país donde la autoridad patriarcal está por encima de la vida de las mujeres.

¿Qué vamos a celebrar si el embarazo de niñas entre 10 y 14, para el 2012, había subido en un 78% en la década anterior? Según el informe Sombra, elaborado por la Coalición Nacional de Mujeres, y entregado al Comité de la Convención para eliminar todas las formas de discriminación contra la mujer en 2015, en el país los derechos de las mujeres van en retroceso. Ahora, en medio de un dudoso proceso investigativo, que el Ministro Serrano ha entorpecido por su vocación de desaforado tuitero, a estas dos jóvenes el país parece que les negará el derecho a que se esclarezca cómo murieron. Un derecho que comparten, además, con sus familias. No parece, sinceramente, que en el Ecuador haya algo que celebrar mañana, cuando esta investigación siga dando tumbos, los padres de las víctimas sigan sin tener respuestas claras y sus averiguaciones parezcan tener más sentido que las de la Policía.

El presidente Correa dijo que su gobierno a veces era víctima de su propio éxito, pero está equivocado en el diagnóstico: es víctima de su propia y desmedida arrogancia. De la misma que le hizo decir, a propósito de una encuesta de violencia de género, que había que dejarse de novelerías, que la violencia contra la mujer en el Ecuador era un problema pero que los formularios de la investigación tenían un sesgo. Una arrogancia que llevó a que la Coalición Nacional de Mujeres rechazara recibir una condecoración que el Gobierno Nacional pensaba entregarles. Es un acto consecuente: no hay nada que celebrar en el Ecuador.

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Pero no nos engañemos. Este no es un tema que se va a resolver verticalmente, desde el gobierno. Por el contrario, el gobierno es un reflejo de la sociedad a la que sirve. Y en el Ecuador, el machismo está institucionalizado, se perpetúa y se normaliza. Es carne de nuestra carne. Por eso los grupos de whatsapp son unos hervideros de fotografías de mujeres desnudas que no han autorizado su publicación, y a la gran mayoría de hombres que los integran les parece que calificar eso de violencia sexual es una exageración. “Para qué se toman las fotos si no quieren que las veamos” suele ser el argumento predilecto para justificarlo. Es lo mismo que decir para qué andaban en tanga, para qué fueron, o por qué viajaban solas. Por supuesto, si fuera su novia, su mamá o su hermana, la indignación sería otra. Porque, claro, aun mantienen la idea de que nuestros cuerpos son de su propiedad, o porque —como se pregunta uno de ellos— tal vez le tengan miedo a las mujeres que nos desnudamos sin remordimientos. Porque el Ecuador es un país donde todavía, hasta los políticos, quieren resolver las cosas como machitos de barrio: a los puños.

Olvídense. Mañana no hay nada que celebrar. Es un día de recogimiento y reflexión. Por todas las discriminaciones que sufren aún las mujeres (desde lo violento hasta lo remunerativo) en el mundo. Por María José y Marina, por todas las que queremos viajar solas y desnudarnos y fotografiarnos y hacer lo que para los hombres son travesuras o tonterías de adolescentes. Mañana, más que nunca, tenemos que convencernos de que necesitamos un país más feminista porque, como dijo la escritora Dala Spender “El feminismo no ha luchado en guerras. No ha matado a oponentes. No ha hecho campos de concentración, no ha matado de hambre a enemigos, no ha practicado crueldades. Sus batallas han sido por la educación, por el voto, por mejores condiciones laborales, por seguridad en las calles, por el cuidado de los niños, por el bienestar social, por centros de crisis de abuso sexual, por refugios de mujeres, por reformas en la ley. Si alguien dice “Oh, no soy feminista’, yo pregunto, ¿Por qué? ¿Cuál es tu problema?”

Mañana es un gran día para preguntarnos por qué y cuál es nuestro problema. Tal vez por ahí —y no por pesquisas de apuros y bravatas en redes sociales— empecemos a desentrañar la muerte de María José y Marina.

Bajada

Reflexiones sobre el día de la mujer a propósito del asesinato de dos jóvenes argentinas en Montañita

fuente

Still del video del performance Para verte mejor (2005) de Jessica Lagunas.