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El triunfo del NO en el referéndum sobre la “reelección indefinida” en Bolivia marca una tendencia en América del Sur que se inició con la muerte de Hugo Chávez en Venezuela. El partido del presidente Evo Morales —el Movimiento por el Socialismo, MAS— tendrá que definir un sustituto para él en las elecciones de 2019. El riesgo de que el MAS deje el poder es una posibilidad real, frente a un país dividido luego de los resultados: NO 51.27% y por el SI 48.73%. Una señal más de un potencial cambio de época en la región: quizá hacia la derecha o el centro, pero —sin lugar a dudas— síntomas de un agotamiento del discurso ( y en algunos casos de la praxis) progresista que fue exitoso por diez años. 

Los resultados en Bolivia son en sí mismo un mensaje, si no de derrota, por lo menos de preocupación para el gobierno de Evo. Dependerá mucho cómo lo asuma el Gobierno boliviano y los correctivos que tome frente a las elecciones del 2019, pero el efecto podría ser similar al proceso de desgaste político que ha vivido el movimiento político del gobierno ecuatoriano y sus líderes respectivos desde las elecciones seccionales de febrero de 2014 que impuso como ícono de la derrota local al 23F (Alianza País fue derrotado en las alcaldías de ciudades principales como Quito y Cuenca y otras capitales de provincia, por citar ejemplos). Irónicamente, el MAS en Bolivia también tuvo su 21F, quizá sembrado y cosechado en las pasadas elecciones locales de marzo de 2015, donde Evo Morales perdió bastiones clave para su movimiento —entre otros, la alcaldía de la simbólica ciudad de El Alto. Ya en ese momento, el vicepresidente García Linera en una profunda autocrítica apechugaba el golpe: “Entendemos el mensaje de la población. Nosotros evaluamos que esto ha tenido que ver con la debilidad en la formación de liderazgos locales tanto a nivel departamental como a nivel municipal”. Un año después, parece que la reacción del gobierno boliviano no fue suficiente.

En Ecuador sucede algo similar. La fuerza del liderazgo presidencial de Rafael Correa, ha opacado el desarrollo de otros al interior de su movimiento, y aunque suene contradictorio, también fuera del mismo. Las elecciones locales dejaron fuera de juego a los cuadros de País que tenían, si triunfaban en sus respectivas alcaldías, la posibilidad de ser alternativas concretas a la sucesión presidencial. Pero, al mismo tiempo, quienes triunfaron apoyados por los más diversos movimientos de la oposición —en ciudades como Quito, por ejemplo— también están lejos de ser vistos como alternativas reales de recambio presidencial para el 2017, tal como los resultados de los recientes sondeos de opinión lo demuestran.

El Ecuador parece estar en una paradoja similar a la boliviana: hay reparos a la continuidad del presidente Correa, producto del desgaste del modelo que promovía, pero no existe un consenso claro sobre su reemplazo. Como decía el periodista Pablo Stefanoni, citando a su colega Pablo Ortiz, en un artículo previo al referendo boliviano: “estamos en una situación rara, si se concretara un triunfo del No es una especie de salto al vacío. Es algo así como: ‘te queremos pero no para siempre y al mismo tiempo no tenemos con quién irnos’”. Aunque la historia, la economía y los procesos son distintos, los dilemas políticos nacionales (para el oficialismo y las respectivas oposiciones) a los que Ecuador y Bolivia se enfrentan luego de diez años de liderazgos políticos presidenciales de Rafael Correa y Evo Morales, son muy parecidos y se resumen en la siguiente pregunta: 

¿Y ahora quién?

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Después de diez años de los mismos gobiernos y gobernantes, la gran pregunta parece ser ¿ahora quién?

fuente

Fotografía de Eneas de Troya bajo licencia CC BY-SA 2.0. Sin cambios