En 1974, el experto en administración, Jerry B. Harvey, explicó por qué las organizaciones toman decisiones contrarias a las que realmente quisieran ejecutar. Su teoría, que también detalla cómo estas elecciones desvían a los grupos de sus metas iniciales, es la “Paradoja de Abilene”. Lo que Harvey describió no tiene que ver con qué tan complicadas resultan las relaciones dentro de un grupo, sino qué tan coordinados están sus miembros para cumplir un mismo objetivo.

Harvey utilizó un sencillo ejemplo para explicar su argumento: en una tarde de verano, dos parejas (padre y madre, junto con su hija y su yerno) que disfrutan un domingo en su ciudad —Coleman, Texas— deciden, por sugerencia del padre,  ir a cenar en la apartada Abilene. Después de 85 kilómetros de viaje —distancia similar entre Quito y Otavalo—, llegan a un lugar triste, húmedo e insoportablemente caluroso, y comen una cena que no les gusta, en una cafetería al borde de la carretera. Al regreso en Coleman —después de cuatro horas— cada uno expresa su descontento. Al parecer, desde un inicio, ninguno de los cuatro pensó que el viaje fuese una buena idea; sin embargo, accedieron a ir porque pensaron que era lo que los demás deseaban. Es decir, a nivel individual, existía un acuerdo: quedarse en casa. No obstante, la falta de comunicación llevó a toda la familia a un sitio incómodo y lejos de casa.

La Paradoja puede afectar a más de a una familia: puede atrapar a la población de todo un país (digamos unas 16.278.844 personas) en un momento dado de la historia (digamos, unos nueve años). En este caso en concreto: un presidente recién electo, apoyado por la mayoría (68% en 2007), llegó al poder con la promesa de establecer un panorama político, social y económico más estable; en pocas palabras, asumió el rol de asegurar la felicidad de la familia ecuatoriana, cuyos miembros creyeron completamente en lo que consideraron su ‘buen juicio’ y optaron por entregarle la confianza. Con un Plan en mente —uno para el “Buen Vivir”— y convencido de que la tarjeta de crédito cubriría cualquier percance, el líder nos persuadió de que podría llevarnos al Paraíso, pero el único lugar al que nos ha conducido, en un periplo que esperamos que tenga retorno, es a Abilene.

Varados en Abilene han estado muchos, hasta los más capaces. Casi una década después de la publicación de Jerry B. Harvey, la NASA quedó atrapada en este sitio: un error produjo uno de los peores desastres de la historia de la exploración espacial. El 28 de enero de 1986, aproximadamente 17% de la población estadounidense —40,8 millones de personas— fue testigo del trágico accidente del transbordador espacial Challenger. 73 segundos después de su despegue, la nave se desintegró y, si bien no todos sus siete tripulantes murieron a causa de la expulsión de la cabina en sí, fallecieron minutos después por no soportar el impacto de la cápsula contra la superficie oceánica. Fue un accidente que se pudo haber evitado si se hubiese analizado a profundidad las condiciones del despegue y si hubiese habido una mejor comunicación en el equipo de ingenieros de la NASA. La falla de la junta tórica del cohete acelerador derecho era previsible, sobre todo, por la bajísima temperatura de aquella mañana. Todos los encargados de tomar la decisión final conocían los riesgos de tal despegue, y pudieron haber modificado el itinerario del Challenger —después de todo, ya lo habían hecho en anteriores ocasiones—. El problema fue que ninguno expresó sus preocupaciones de manera eficaz, lo que condujo al desastre. Tampoco se informó sobre estos inconvenientes a los tripulantes que estaban a punto de enfrentar las consecuencias del lanzamiento; es decir, fueron intencionalmente excluidos de la mesa de decisiones.

Para evitar este problema en una organización determinada, es posible reprogramar su ruta, especialmente cuando sus miembros no están satisfechos con los resultados. Un ejemplo de esto ha ocurrido en los últimos tres meses en tres países latinoamericanos que, hasta el momento, parecían estar atrapados en Abilene. Sus poblaciones reaccionaron y escaparon del secuestro: el 22 de noviembre de 2015, en Argentina, con la victoria del líder de la oposición Mauricio Macri; el 6 de diciembre de 2015, en Venezuela, cuando la oposición ganó la mayoría en el Parlamento; y el 21 de febrero de 2016, en Bolivia, cuando el pueblo decidió que no quería que su presidente Evo Morales se quedara en el poder de forma indefinida. En Ecuador, por el contrario, nuestros 16.278.844 habitantes siguen secuestrados. Los que más apresados se encuentran son los más cercanos al poder, quienes, aunque están académicamente capacitados para entender lo que ocurre, prefieren no rendirse ante la evidencia y reconocer que estamos en crisis. Por eso, estamos convencidos de que la solución a la crisis debe surgir desde el mismo gobierno. Esperamos —con ansias y desesperación— que uno de los tantos tomadores de decisiones del círculo de poder se arme de valor y saque a la luz, de manera honesta, las razones que nos han conducido a esta situación, y señale la imperante necesidad de cambiar de rumbo. Sólo de esta manera, podremos evitar los errores del Challenger.

Lastimosamente, al día de hoy, la realidad es otra, y aunque la crisis es evidente, existen aún muchos que siguen convencidos de que vivimos inundados de felicidad en un paraíso incomparable; incluso hay quienes dan testimonio de esta fe ciega públicamente, como Pamela Aguirre, vocera del colectivo juvenil “Rafael, contigo siempre”. El pasado 22 de febrero, en un espacio de réplica solicitado a Contacto Directo para desmentir lo que, según ella, eran falacias del asambleísta Andrés Páez, Aguirre aseguró ser capaz de movilizar a los seiscientos voluntarios del colectivo en todo el país. Así, pretende conseguir los tres millones de firmas que presentarían ante la Corte Constitucional para derogar la transitoria que impediría la postulación de Rafael Correa en las elecciones presidenciales del 19 de febrero de 2017 —una transitoria propuesta por el propio mandatario—. Y todo esto, según ella, con recursos propios, ya que afirmó que el colectivo se autofinancia con aportes de sus miembros. Si sus planes funcionan según lo previsto, debería darse una Consulta Popular (al menos esta vez, convenientemente), para que el pueblo ecuatoriano decida sobre la derogación. Sólo de esta manera, Correa podría aspirar a la reelección. Y sí, todo esto en menos de un año —y con recursos propios, nomás—. Y no, no es que los miembros de este colectivo se estén yendo en contra del principio de alternancia que, hasta hace poco, defendían a capa y espada (la de Bolívar, suponemos), sino que confían en un “pueblo ecuatoriano que es totalmente sabio”; aquel que, en las elecciones de 2002, otorgó apenas el 1,07% de los votos a Osvaldo Hurtado, quien se volvía a postular a las elecciones (Aguirre olvidó mencionar que el demócrata cristiano aspiraba nuevamente al cargo ocho años después de haber concluido su primer período como presidente, en 1984). Y sí, el mismo pueblo sabio que, en 1996, eligió a Abdalá Bucaram.

Discrepamos con la señorita Aguirre y su tesis sobre la sabiduría del pueblo en su conjunto —incluyendo a los miembros del colectivo “Rafael, contigo siempre” y a aquellos ungidos que se encuentran cerca del círculo del poder—, y explicamos nuestro punto de vista con los seis síntomas de la Paradoja. El primer síntoma es que conocemos cuál es el problema —la crisis—, el segundo es que sabemos qué medidas se podrían tomar para salir de él. Nuestra sociedad —sobre todo las autoridades gubernamentales— presenta el tercer síntoma de la Paradoja: una severa falta de comunicación, que conduce al cuarto síntoma: que hagan lo contrario a lo que conciben como correcto y, de esta manera, distorsionen la realidad colectiva (y la del colectivo “Rafael, contigo siempre”, al que Correa asegura no conocer). El tercer síntoma —la falta de comunicación en la que vivimos— se entiende con este ejemplo: el Presupuesto General del Estado (PGE) de 2016 fue elaborado con base en un precio del barril de petróleo de 35 dólares —cifra conservadora, a los ojos de los funcionarios del Ministerio de Finanzas—. Sin embargo, en menos de una semana, dos anuncios diferentes del oficialismo han provocado una disonancia. Por un lado, el 19 de febrero, el Presidente consideró posible el hecho de que el precio del barril, en el mediano plazo, bordee los 200 dólares. Cuatro días después, tras el taller del Gabinete “Ecuador al 2017”, el Ministro Coordinador de la Política Económica, Patricio Rivera, advirtió que se avecinan ajustes al PGE, los cuales contemplarían una reducción de los optimistas 35 dólares, ya que los precios fluctúan, más bien, alrededor de los 22. En otras palabras, las mismas autoridades nos dicen que los inusuales precios altos —muy altos— podrían retornar…. y paralelamente, ajustan la proforma presupuestaria como si fuésemos a experimentar el peor de los escenarios. Distorsión de la realidad colectiva, una clara evidencia del cuarto síntoma.

El ajuste tardío del presupuesto no es el tema que más nos preocupa —aunque las medidas que se tomarán están por verse—, sino las razones por las que se lo hace. Nos aseguran que se debe a la caída de los precios del petróleo y, a veces, hasta tratan de echarle la responsabilidad a la apreciación del dólar. Pero, ¿qué parte de la culpa, en realidad, recae sobre estos factores? El ajuste presupuestario, en el fondo, no se debe a un petróleo en decadencia o un apogeo del dólar, sino que revela problemas más profundos, como nuestra limitada capacidad para conseguir financiamiento y la falta de ahorro en tiempos de vacas gordas. Esto, a su vez, es síntoma de la decadencia del “modelo económico” que se sustentó en un excesivo gasto fiscal, no por razones económicas, sino políticas; ya que este gasto era el motor que alimentaba su popularidad durante los años dorados —o color verde País, para guardar consistencia—. Estos hechos son conocidos por los ungidos del gobierno, pero ninguno de ellos tiene el valor de comunicarlos y peor aún tomar las riendas del problema.

En suma, como resultado de decisiones contraproductivas, los miembros de la sociedad experimentan frustración, ira y falta de satisfacción, lo que los conduce a unirse en pequeños subgrupos que se acusan los unos a los otros por los problemas de la organización (quinto síntoma de la Paradoja). Por ende, no es extraño que estallen casos como aquel de la Universidad Andina Simón Bolívar —con el desconocimiento del rector legal y democráticamente elegido, César Montaño—, del ISSFA —donde hubo sobreprecios en la venta de terrenos al Estado—, el del aeropuerto de Tena —con la subutilización de una infraestructura de primer nivel—, el colegio Montúfar —con la reubicación de docentes—, los derechos de propiedad intelectual sobre el material visual público, o incluso las polémicas recepciones a cantantes extranjeros en Carondelet—.

El peligro no es equivocarse de ruta, sino perseverar en el error cuando se sabe que se ha tomado el camino incorrecto. Ahora, en caso de no corregir este tropezón (sexto y último síntoma), el perverso ciclo está destinado a repetirse y cada vez con mayor intensidad. En otras palabras, en un país en donde lo mágico resulta más verosímil que lo real —al fin y al cabo, el anhelado precio de 200 dólares del barril de petróleo de Correa, por el simple hecho de haber sido anunciado por él, adquiere más peso que aquel de 22 dólares de Rivera—, las estirpes condenadas a cien años de opresión no tienen una segunda oportunidad sobre el paraíso.