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Recuerdo que era mediodía y la luz del sol veraniego pegaba fuerte. Al frente, en mi computadora, veía alelado Historia de un oso, la película chilena que acaba de ganar el Oscar al mejor cortometraje animado de 2016. La narración, la música, el refinamiento de los detalles, la imaginería brillantemente ensamblada, me dejaron sin habla. Estaba absorto contemplando una obra de arte. Una que más allá de la historia formal —la tragedia de un oso que fue separado de su familia para trabajar en un circo— narraba con sutileza el desgarro que provocó el exilio en Chile. Me emocioné y lloré de manera incontenible. 

Antes de verla, había leído las excelentes críticas del trabajo de artesanía que era Historia de un oso. De cómo Gabriel Osorio, el director del cortometraje animado, lo ideó como una manera de contar la historia de su abuelo Leopoldo, a quien Gabriel recién llegó a conocer a los ocho años, cuando el abuelo regresó a Chile tras la larga travesía de un exilio con escala en las cárceles de la dictadura de Pinochet, México y una década en el Reino Unido. Con un presupuesto de cuarenta mil dólares, entre 2010 y 2014 Osorio y su equipo de Punkrobot (su productora) trabajaron en el guion y las características del arte del corto, que mezcla 3-D, 2-D y otras técnicas, en lo que se denomina mixed media

Osorio y sus 15 colaboradores trabajaron con un tesón que les permitió sobreponerse al limitado presupuesto. Los fondos del estatal Consejo Nacional de la Cultura y las Artes chileno solo alcanzaron a financiar la mitad de la película y, para completarla, tuvieron que realizar otras tareas de animación –sobre todo comerciales- para recabar recursos. El proyecto era totalmente nuevo por lo ambicioso y bien elaborado, pero al que nadie —más allá de Punkrobot— apostaba porque, como recuerda Osorio, con el presupuesto de Historia de un oso, Pixar financiaba un minuto de películas como Sanjay’s super team, otra de las nominadas al Oscar de corto animado de 2016. El trabajo de los chilenos demostró que la fe mueve montañas y potencia de manera creativa bajos presupuestos para que David pueda darle en el ojo a Goliat.

Estos antecedentes me llevaron a ver una historia que, como las Matrioskas, tiene otra adentro. El cortometraje de diez minutos muestra a un oso mayor que trabaja como ambulante, entreteniendo a niños con un diorama con el que narra una historia: un papá oso y su familia (osa y osezno) son separados cuando un circo llega a la ciudad y obliga al oso y a otros animales a “trabajar” con ellos. A pesar de la crueldad y hacinamiento circense, al oso lo guía el deseo de escapar para reencontrarse con su familia. Y lo logra, con un final feliz (en el diorama) que no se sabe si ocurre en la vida real del oso.   

El arte y la música de Historia de un oso tocan las fibras íntimas de todos los que la ven. Imagino que eso, más mi cercanía con la historia narrada, me doblaron. Mi suegro vivió exiliado cerca de dos décadas en Argentina y regresó a Chile cuando la democracia en su país estaba más consolidada. Es como el oso del cortometraje: grande, fornido, silencioso. Vivió su propia experiencia circense, de la que supo escapar con una resiliencia que siempre he admirado. Recuerdo que mientras veía la película, mi hijo y mi suegro —que nos estaba visitando— jugaban con el cariño y la cercanía que solo los nietos y abuelos pueden tenerse. Agradecí que la historia de mi suegro tuviera final feliz.

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Igual que cuando uno se vuelve fanático de un equipo, comencé a hinchar por Historia de un oso y a seguirla en su camino al Oscar. La del filme chileno fue una tarea que implicó participar en varios festivales, antes de ser nominado al Oscar al mejor cortometraje animado. Algo así como sacar las marcas para clasificar a los Juegos Olímpicos. El corto chileno compitió con la crema y nata de su categoría y se alzó con premios en los festivales de Washington, River Run, Cleveland, Palm Springs, Nashville, Lisboa y Florida. En todos logró concitar un interés que le mereció la nominación a la estatuilla de la academia en enero de este año, junto a Prologue, Sanjay’s super team, We can’t live without cosmos y World of tomorrow. Historia de un oso clasificó como cuando ocurren esos milagros deportivos en los que los campeones son esa combinación —entre naturaleza pura, entrenamiento y determinación— que permite compensar la falta de presupuesto.

A pesar de las altas expectativas, Historia de un oso trataba de guardar las proporciones. No podía competir con Pixar para promocionarse. La empresa de películas de animación estrenó The good dinosaur en octubre de 2015, poniendo a Sanjay’s super team como telonero. Sanjay’s super team también era una película políticamente correcta: era el primer cortometraje animado en el que la temática eran las deidades hinduistas en una familia de origen indio. Algo que podía jugar a su favor en un entorno marcado por las acusaciones de racismo contra la Academia estadounidense. Pero la calidad del corto chileno también le valió apoyos. La revista Variety la puso como favorita para el Oscar

Por esos antecedentes, la decisión de la Academia de este domingo trajo una alegría mayúscula para los realizadores y fans del corto chileno. Fue, para Gabriel Osorio y su equipo, el momento más feliz de su vida. También fue el primer Oscar para Chile, además de la primera estatuilla latinoamericana en cortometraje animado. Pero, por sobre todo, fue un premio a la calidad y a la perseverancia, cuando están llevadas por los homenajes sentidos a tantos abuelos y padres exiliados chilenos, que merecían este bello reconocimiento.

Bajada

La primera estatuilla de corto animado para Chile y Latinoamérica fue para la increíble Historia de un oso

 

fuente

Captura de pantalla del trailer del corto Bear Story.