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Hay tensión entre civiles y militares en el Ecuador. La ceremonia de cambio del alto mando en la Escuela Superior Militar en Quito lo reflejó. Mientras las bandas de guerra y tropas desplegaban descargas simbólicas sobre disciplina y lealtad, un grupo de oficiales militares pasivos rompían con esos valores al retirarse intempestivamente de la ceremonia cuando asumía el podio el Comandante en Jefe de las FF.AA.  Aún más viscerales fueron las indirectas de los Jefes del Comando Conjunto saliente y entrante respecto al rol de las FF.AA.  En cuanto al primero, el general Luis Garzón dijo que son la columna vertebral del Estado. En tanto que el segundo, el vicealmirante Oswaldo Zambrano expresó su preocupación por “voces que socavan la unidad del elemento militar y atentar contra su prestigio”.  Pero ¿son las Fuerzas Armadas del Ecuador la columna vertebral del Estado? No, no lo son. Aferrarse a esa idea de su rol institucional lo único que hace es paralizar al Ecuador al promover una democracia y sociedad incapaces de determinar su destino en todas los aspectos de su vida, incluido el militar.

La actitud reflejada de los  líderes militares ecuatorianos no es un fenómeno nuevo en la ciencia política. Autores como Jack Snyder, profesor de la Universidad de Columbia en New York, han estudiado cómo distintos factores institucionales llevaron al Ejército Prusiano a convertirse en la institución preeminente de Alemania, después de su unificación en 1870. Otros autores como Kenneth Pollack, profesor de la Universidad de Georgetown en Washington DC, investigaron cómo las fuerzas armadas de países de Medio Oriente buscaron conquistar el poder político para defender sus privilegios —institucionales y económicos— a costa de su capacidad de combate. Para explicar  por qué nuestros comandantes militares están tan equivocados, usaré las ideas y políticas militares que los líderes de Israel implementaron cuando su nación declaró su independencia en 1948.  

Israel es un ejemplo apropiado porque —a diferencia de la economía vibrante que es hoy— el naciente Estado hebreo vivía prácticamente de las remesas y donaciones de la diáspora judía alrededor del mundo. Tenía serios problemas de pobreza, seguridad, y desarrollo social.

Uno de los arquitectos de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF por sus siglas en inglés), el general Yigail Allon, dijo que en el naciente ejército israelí la igualdad de sacrificio sin importar el rango sería la piedra angular de la disciplina militar. Para Allon, el Comandante debía inspirar a sus subalternos, liderándolos como un soldado más que ostentaba un puesto de responsabilidad, pero que pelearía y moriría como ellos. Este principio de comando nos introduce a una característica esencial que está ausente de las declaraciones de los Jefes militares ecuatorianos: el soldado no está encima de nadie en su sociedad, es solo un miembro más de la comunidad, que hará el sacrificio máximo sin pedir nada a cambio. Aun más impresionante es que David Ben Gurion —el líder político e intelectual del naciente estado hebreo—, aun consciente de que Israel estaba rodeado de enemigos superiores en recursos bélicos, decidió una política militar que ponía el ser humano por delante. En palabras sus palabras, la seguridad de su país no dependía de ejércitos grandes como el de Egipto, sino de “construir una economía en expansión que provea a nuestra gente un sustento y los libere de la dependencia de asistencia material externa”.  En términos de presupuesto esto significó que Israel priorizó la habilidad individual de sus soldados, en lugar de dotarlos con una multiplicidad de beneficios que, aunque económicamente hubieran sido atractivos, no eran una exigencia militar.  

Otra implicación de la política militar de Ben Gurion era que no dudó en imponer sus órdenes cuando eran necesarias para alcanzar los objetivos estratégicos de Israel.  En 1952 esto significó un choque con el general Yigail Yadin, héroe de la Guerra de Independencia de 1948, quien se resistió a que Ben Gurion recortase el personal de la IDF que realizaba tareas no militares, a fin de liberar fondos para la modernización de la IDF sin tener que aumentar su presupuesto. Ben Gurion se impuso, Yadin renunció, y fue reemplazado por el general Mordechai Makleff. Este último entendió, y aceptó la decisión de Ben Gurion. El general Moshe Dayan, héroe de la Guerra de los Seis Días de 1967, apoyó el cambio: decía que los recursos destinados  para necesidades no militares tales como lavanderías y comedores tenían que ser recortados para liberar fondos necesarios para el entrenamiento, armamento, y operaciones de la IDF.

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Este breve repaso por la historia militar israelí revela tres ideas que sustentan el argumento que las FF.AA. del Ecuador no son la columna vertebral del Estado ecuatoriano.  En primer lugar, como lo argumentó Allon un soldado no es un ser extraordinario de la comunidad, sino uno más que hace un sacrificio extraordinario. Ya sea cabo, sargento o general: la ética del soldado es una de igualdad con su comunidad. Presenta un ejemplo extraordinario, pero jamás demanda un tratamiento extraordinario. 

Las FF.AA. son una institución más del país. No tienen ninguna preeminencia.  En segundo lugar, la política militar de Ben Gurion nos muestra que el bienestar social y económico de la nación es su columna vertebral. Mantener unas fuerzas armadas que succionen recursos sin considerar las necesidades nacionales, no. Esta política sembró las semillas de las victorias de las Guerras del Sinaí en 1956, Seis Días en 1973, Yom Kippur en 1973, y Líbano en 1982.  En tercer lugar, un orden político que permita a los ciudadanos introducir los cambios que sean necesarios aun en las FF.AA. para garantizar que puedan alcanzar la victoria en el campo de batalla es el sistema nervioso al que se debe esa columna vertebral.  Siguiendo el ejemplo de la imposición de Ben Gurion —quien no dudo en remover a un héroe de guerra que mantenía un ejército demasiado numeroso para ser entrenado y modernizado apropiadamente— un Ecuador fuerte debe ser capaz de modificar sus FF.AA. Lo contrario (impedir cambios militarmente necesarios so pretexto que la importancia histórica de las FF.AA. y su pureza política) es paralizar el sistema nervioso  que le da motricidad al Estado.

Los jefes militares quienes declararon que las FF.AA. eran la columna vertebral del Ecuador durante la ceremonia del cambio del alto mando están tremendamente errados. La verdadera columna vertebral del Ecuador es su desarrollo social y económico. Como consecuencia, se podrán formar potenciales militares y científicos que fabriquen armas, y ciudadanos que creen la riqueza para pagar por nuestras fuerzas. Es necesario tomar una postura firme de rechazo, y condenar las declaraciones de los jefes militares ecuatorianos,  no solo como reliquias del pasado de intervencionismo castrense del país sino como recetas para nuestro próximo colapso militar.  Los militares que defienden esas ideas no hacen otra cosa que paralizar al Ecuador, arriesgando su misma existencia —la cual han jurado defender.

Bajada

No, las Fuerzas Armadas del Ecuador no son la columna vertebral del Estado

fuente

Fotografía de Presidencia de la República del Ecuador bajo licencia CC BY-SA 2.0. Sin cambios