Placeres

La chica danesa habla de amor

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Durante el rodaje de Les Misérables, en 2012, el director de la película, Tom Hooper, le entregó un guión al actor británico Eddie Redmayne —quien hacía el papel de Marius Pontmercy— y, sin explicarle nada, le pidió que lo leyera. “Entonces —dice Redmayne a su entrevistador Matt Lauer, del programa Today — leí esta increíble, hermosa historia de amor”. La chica danesa es, sobre todo, eso: una increíble y hermosa historia de amor. El filme, nominado a cuatro premios Oscar, está basado en la novela homónima de David Ebershoff, que narra la relación de la vida real entre los pintores daneses Gerda Gottlieb y Einer Wegener, desde que él descubre y empieza a asumir su identidad como mujer. 

En Copenhagen, Dinamarca, transcurre 1926. Gerda, interpretada por la sutil y  conmovedora Alicia Vikander —nominada a Mejor Actriz de reparto—, debe terminar el cuadro de una mujer con zapatillas y vestido fragantes. Oola, la modelo, ha cancelado de nuevo la cita y Gerda, obstinada en completar la pintura, le pide a su esposo que se ponga unas medias delicadas, se calce las zapatillas y sostenga el vestido sobre su cuerpo. Einer, en un principio, se resiste. Un instante después, sus dedos rozan los pliegues sedosos de la tela, y la sensación es tan plácida como inquietante. De allí en adelante, con igual delicadeza e intriga, Hooper centrará su relato en las transformaciones físicas y emocionales en el devenir de Einer Wegener —la primera persona en someterse a una reasignación de sexo en el mundo— en Lili Elbe. En una entrevista con The New York Times, Hooper explica que la escena del vestido está inspirada en una de las memorias de Lili Elbe, reunidas en su autobiografía Man into woman, publicada en 1933.

“Lili, eres exquisita”, le dice Oola la primera vez que ve a Einer llegar a una fiesta vestida de mujer, y quizá no haya otro adjetivo que defina mejor la actuación de Redmayne, nominado a Mejor Actor, y ganador de esa misma estatuilla en 2015 por su papel de Stephen Hawkings en La teoría del todo. El maquillaje de Lili, su peluca pelirroja y el parpadeo avergonzado de sus ojos expresivos suavizan aún más sus facciones y le otorgan una feminidad grácil, consecuente con la época. Ocurre igual con la floritura de su manos, su risa, su forma de caminar: todo en Redmayne es coqueto.

La transición de Einer Wagener a Lili Elbe, sin embargo, no solo fue glamurosa. Fue, de hecho, tortuosa. Wegener visitó varios médicos y les explicó que no estaba cómodo en su cuerpo masculino, que se sentía una mujer. Esperaba conseguir ayuda pero el miedo torpe de los doctores solo lo agredió con indolencia. Los diagnósticos eran esquizofrenia, homosexualidad, desbalance hormonal, perversión; las curas: encierros y radiaciones para “destruir lo malo”.  La transexualidad, en ese entonces, era una aberración incomprensible. Y, por desgracia, lo sigue siendo y sigue afectando a quienes la viven: en Estados Unidos, el 41% de las personas trans intenta suicidarse.

La muerte de Lili Elbe, en cambio, se produjo en su búsqueda por convertirse en mujer, luego de la quinta operación en la que intentaron trasplantarle un útero: quería ser madre. Gerda estuvo a su lado, apagando las fiebres delirantes, recordándole que tomara las medicinas, escuchando sus temores. La abnegación de Gerda fue tal que lo acompañó a hablar con el doctor Magnus Hirschfeld, quien fue el único que aceptó operar a Lili entre 1930 y 1931. En esa escena, Vikander y Redmayne, tomados de la mano, con una complicidad limpia y tierna, aceptan la decisión riesgosa que él deje de ser, físicamente, aquel del que ella se enamoró. Ni los vestidos, ni la peluca ni el cuerpo cambiante de Lili ahuyentaron la abnegación y el amor de Gerda. Y eso fue parte de su salvación.   

La película, en manos del director equivocado, quizá hubiese sido únicamente un melodrama lacrimoso. El tacto de Hooper, ganador de un Óscar por El discurso del Rey, y la elegancia del director de fotografía, Danny Cohen, sin embargo, logran que esta historia, además de emotiva, ofrezca tanto placer estético como visitar una galería con cuadros de la época. La mayoría de fotogramas, en especial los de transición, son preciosos frescos de tonos celestes, amarillos, anaranjados, irradiados con luz pálida. Los abrigos afelpados, las batas sedosas, los trajes brillosos y los vestidos fragantes, diseñados por el español Paco Delgado, parecen haber sido confeccionados por modistas de la época. Los premios a Mejor Diseño de vestuario y Mejor Dirección de Arte serían también bien merecidos.  

En una de las escenas casi al final de la película, Gerda le sugiere a Lili que vuelva a pintar y ella contesta: “Quiero ser una mujer, no un pintor”. Gerda, desde entonces, no insistirá de nuevo, pero continuará hasta el final de su vida inspirándose en Lili para pintar sus cuadros. El amor, como lo muestra La chica danesa, es aceptar y entender al otro como lo que es. Como lo que tiene derecho a ser. 

Bajada

Pero todo el mundo piensa que se trata de la transexualidad

Óscar Molina V.
Quito, 1987. Periodista. Ha publicado en medios como Mundo Diners, SoHo, CartónPiedra, Revista Vanguardia, El Espectador (Colombia) y The Clinic Online (Chile). Editor y docente universitario. Tiene una maestría en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España).