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Un militar fornido amable mira a los ojos, revisa maletas al azar, da la bienvenida al Aeropuerto Internacional Abraham González de Ciudad Juárez, Chihuahua. Hace cinco años, miles de ellos custodiaban la ciudad para frenar la delincuencia organizada que la convirtió en la ciudad fronteriza más violenta del mundo: tres mil asesinatos. Hoy los pocos soldados se ven en el aeropuerto, en un centro comercial, en una que otra calle. La imagen de un centenar de hombres en tanques de guerra con ametralladoras ya no existe. En su lugar, dos mil policías municipales —incluidas cientos de mujeres— tienen tiempo para terminar la secundaria y algunos buscar un título universitario.

Pasando la Avenida de los Insurgentes —una de las vías principales—, una muchacha se frota las manos mientras espera el verde. Del lado derecho, una camioneta deja la ventana abierta para que un perro saque la cabeza. En el pasado no muy lejano, ningún automovilista miraba a los ojos a otro conductor, el claxon no se tocaba para rebasar, así murieron cientos. Mantener la mirada fija en el horizonte sin voltear a nadie, era una especie de código de protección en una ciudad que se desangraba por una guerra frontal entre el Cártel de Juárez y el de Sinaloa.

En el pasado, Juárez perdió. Un hijo, un primo, un amigo, un hermano.

A Cindy, una policía de treinta y cinco años, la delincuencia le quitó una amiga, también policía municipal. Su cuerpo quedó tendido junto a la patrulla que hoy conduce. Ese mismo año, El Mix —un pandillero— estuvo a punto de morir después de 118 puñaladas, y al mismo en Villas de Salvárcar le avisaban a una madre que su hijo había sido masacrado. Hubo un año en el que nadie quería visitar Ciudad Juárez. Las maestras con miedo de los alumnos, los alumnos sicarios, policías vinculados con redes de explotación de mujeres, fue el 2010, cuando el alcalde de la ciudad vivía en Estados Unidos y no en la población que, supuestamente, gobernaba. 

En palabras de César Omar Muñóz, el hombre frente a la Secretaría de Seguridad Pública municipal, en esa época “más de mil delincuentes pusieron de rodillas a cinco millones de chihuahuenses, de ese tamaño era el calibre de perversidad de estos hombres”. Las distancias en la ciudad más habitada de Chihuahua son extensas, secas, polvosas. Los Yonkees, donde se compran autos chocados y venden autopartes, reabren sus puertas en terrenos donde antes reposaban esqueléticas construcciones abandonadas por no pagar las cuotas de extorsión al narcotráfico. Con la misma suerte corrieron gasolineras, bares, restaurantes.  

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Hoy en el centro hay almacenes que venden botas, bufandas, suéteres, guantes, sacan bocinas a la puerta, se mezcla en el ambiente un reguetón, una canción de banda norteña, una salsa. Parece una fiesta vecinal donde los microempresarios compiten con canciones pegajosas para avivar las ventas. De frente un letrero rojo de Yo amo a Juárez, refugio de uno que otro indigente que se echa una siesta mientras un par se montan en sus letras, se toman la fotografía de tradición con la catedral de fondo y la fuente en el parque. Al fondo está la imagen del Papa Francisco I, próximo invitado especial de la ciudad. En la silueta de cartón, cualquiera puede hacerse al lado y ver como el santo pontífice abraza en una mañana de invierno. Dentro de la carpa blanca, un libro del mismo color espera el mensaje de tres sesentonas. “Querido Papa Francisco, su visita alegrará los corazones de tantos fieles olvidados. Ciudad Juárez necesita su plegaria para sanar las heridas de una sociedad doliente”, firma Teresa. Once mil fieles han puesto un mensaje en tres libros que deambulan por el centro, las escuelas, oficinas y zonas marginales de Juárez. 

La ciudad fronteriza con el estado de Texas, da vuelta a la página de la violencia y es certificada como una de las cien ciudades resilientes  por la Fundación Rockefeller de los Estados Unidos. Es un programa que destaca la capacidad de una sociedad para ponerse de pie después de la adversidad. Los juarenses participan en este proceso, es una razón que les permite alzar la frente. Solo así se explicaría que una ciudad con temperaturas extremas que sofocan, ahogan, debilitan, salgan a trabajar igual en el verano que en el invierno con temperaturas gélidas. No los detuvo la guerra entre dos cárteles rivales por el trasiego de cocaína, tampoco tres mil asesinatos en un año. Los mismos que vieron morir su gente, enterraron a un vecino, un familiar, una hija, son los creadores de cientos de asociaciones civiles que llevan a zonas de riesgos programas de prevención, participación ciudadana, cultura de la legalidad, esperanza, sosiego, reconciliación. 

La clase política hizo su papel. Los tres órdenes de gobierno —Federal, estatal, municipal— apoyaron en la modificación de 220 leyes que les cambió la jugada a los delincuentes. Al endurecer las penas contra el secuestro y la extorsión, los delincuentes supieron que estarían en una prisión de máxima seguridad toda la vida cuando anteriormente las penas los dejaban en libertad en menos de tres años y si el secuestrador era menor de edad, podía salir en meses. El Centro de Readaptación Social número 03, dejó atrás las complicidades con la delincuencia. Se hizo limpieza de custodios, directores, se reforzó las medidas de seguridad. Hace cinco años, el reclusorio estaba en la lista de los más peligrosos de América Latina porque cada semana se presentaban asesinatos tumultuarios, los presos dirigían secuestros y asesinatos a favor de un cartel de la droga. Hoy, más de setecientos reos recibirán al Sumo Pontífice la próxima semana, la seguridad está garantizada.

La policía municipal también aporta desde su trinchera en la transformación de la ciudad. Dos 2500 elementos se ponen las botas, agarran el fusil y se preparan académicamente para obtener un título universitario, una especialidad. Quinientas mujeres y dos mil hombres que cambiaron el modelo policiaco anterior, basado más en lo operativo que en lo preventivo. Hoy, los policía son cercanos a su comunidad, hablan con madres de familia, dan charlas de prevención, detienen delincuentes, persiguen ladrones de casa habitación o comercio que es el delito más elevado en el 2016. Antes levantaban muertos, cabezas, torsos y el resguardo de su ciudad, estaba en manos de doce mil hombres del Ejército y la Marina con tanquetas de guerra porque la mayoría de sus pares estaban coludidos con el narcotráfico. 

Este año, la ciudad esboza una sonrisa, respira, duerme sin miedo. Una treintena de secuestradores, extorsionadores y asesinos no saldrán jamás del Cereso 03. De tres mil homicidios en el 2010, el 2015 cerró con 311, una cifra menor que en el 2007 donde los picos de la violencia comenzaron a subir. De 76 secuestros, hoy no hay ninguno, las extorsiones pasaron a cinco contra 76 en años anteriores.

A un mes de tomar posesión como alcalde de Ciudad Juárez, Javier González Mocken, recibe una ciudad resiliente aunque reconoce que todavía hay mucho por hacer. “Dotar de mejor infraestructura la ciudad y traer más inversión”. Su antecesor, Enrique Serrano Escobar —quien orquestó la mayoría de las transformaciones de la ciudad fronteriza desde que era Diputado Federal en el 2009— hoy tiene licencia para competir por la grande, quiere ser el próximo gobernador de Chihuahua, una silla que en el 2010 era impensable para un edil que gobernaba la entonces ciudad más violenta del mundo. 

Los piquetes de El Mix

Las Huellas De 118 Piquetes Las Trae En El Cuello Cabeza Todo El Cuerpo

En el argot criminal, El Mix está curado, rezado, protegido, bendito o simplemente tiene más vidas que un gato. La primera vez que intentaron asesinarlo en una riña callejera a punta de pata y puño por parte de la pandilla contraria, logró escabullirse y refugiarse en los puentes de Ciudad Juárez “con una botella de tequila, la billetera llena y un celular, era más que suficiente”, sonríe y se acomoda la boina. El Mix fue un pandillero. El muchacho moreno y de mirada pícara, sonríe hasta en sus peores momentos. Viste pantalones tres tallas más grandes, tenis desbordados, saluda sacando el índice y el pulgar de la derecha, donde muchas veces sostuvo un arma.

Una noche El Mix no volvió a casa, lo querían matar. Una noche se abrazó a la almohada de una amiga que pudo esconderlo; otra más, en casa de un amigo del colegio donde vendían marihuana y crack al menudeo. Cuando era necesario extorsionaba a los profesores de matemáticas por una calificación superior y el resto de las noches, caminaba intoxicado por alcohol hasta encontrar un puente alejado de los enemigos. Se sintió tranquilo cuando logró que Diego, un compa de la escuela, le diera trabajo cuidando su casa. Tendría techo y comida como parte del pago. Habían pasado dos años de la última riña, comenzaba a ganarse la vida cuidando un bien ajeno, dormía caliente, pero era 10 de mayo de 2010 y a los 20 años todo es motivo para celebrar.

En el Día de la Madre, El Mix celebró desde temprano. A las dos de la mañana, unos golpes en la puerta. —Ha de ser tu hermano Diego, ¿le abres wey?—. Un grito ensordecedor levantó a El Mix de un salto al piso. Diego recibió un cuchillo de frente en el esternón, quedó tendido en la puerta. Buscaban a El Mix. Después solo hubo sangre: un cuchillo cebollero le rebanaba el cuello mientras cinco hombres con el rostro visible le hacían 118 piquetes de los pies a la cabeza y lo aventaron en un sofá moribundo. Los flashes de las cámaras fotográficas de los peritos y reporteros que lo daban por muerto fueron su último recuerdo. 11 de mayo, un titular en la que hasta entonces era la ciudad más violenta del mundo, Ciudad Juárez, Chihuahua resumió su odisea:

 “Día negro. mueren nueve, sobrevive uno”. 

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“Yo trabajaba en un circo ambulante antes de estar aquí, cuidaba un tigre bien grande, le daba de comer, lo ayudaba a bañar, pero un día el tigre se escapó y tenía que detenerlo, peleamos tanto que miren cómo me dejó, todo lleno de arañazos”, entonces muestra la cabeza a un público de niños de ocho años. El más chico está impresionado con la anécdota y toca el cráneo inclinado para sentir de cerca las garras del felino ancladas en El Mix. La historia la inventó un año después de sobrevivir al —día que más miedo tuve en toda mi vida— cuando aceptó ir a CASA, un Centro de Integración Juvenil que busca a través de talleres de serigrafía, graffiti, música y actividad física, rescatar a niños y jóvenes de Ciudad Juárez en situación de riesgo. Tomó un curso de rap, un poco de baile, clases de guitarra, aprendió a pintar camisas que podía vender, dibujó decenas de grafitis, dejó el alcohol, las armas, se casó, tiene dos hijos propios y cientos heredados. 

Sólo  entonces se vio obligado a buscar una respuesta para  los niños curiosos que con asombro, tocaban alguna de sus 118 cicatrices. ¿Cómo explicarles a unos niños que otros hombre lo quiso matar?

Es enero de 2016 y han pasado cinco años desde el día en que El Mix agonizaba en un hospital. También agonizaba Ciudad Juárez en el 2010: 3057 asesinatos, 76 secuestros y 93 extorsiones ocurrieron en la ciudad fronteriza señalada internacionalmente como la más violenta del mundo. Han pasado cinco años y El Mix ha ganado un par de kilos, juega fútbol con niños de cinco, seis, ocho, doce, catorce años, en una cancha pavimentada con salones naranja que se han vuelto en su refugio. Niños en situación de calle, pobreza extrema, hijos de zonas marginales, de madres que se sumergen en una maquinadora para llevar el pan a la mesa, juarenses todos que han encontrado en El Mix un héroe de carne y hueso. 

Volvió a ver a sus agresores. “Como eran menores de edad, todos salieron rápido de la cárcel. Eran seis, de todos me acuerdo perfecto porque cuando uno es del barrio, conoce a sus enemigos. Uno de ellos lo asesinó mi tío, me lo contó y ahora mi tío está en la cárcel con un policía que le ayudó en eso, los otros cinco salieron libres y un día iba caminando por la calle con mi esposa, mis hijos y los vi, todos juntos otra vez, me miraron, los miré, tuve tanta ira, tantos deseos de ir con toda esa rabia contenida a partirles su madre pero me contuve. Amigos míos me decían que me los agarraban a todos y que yo fuera a darles el tiro de gracia o me preguntaban que cómo quería que me los entregaran y eso me rondó muchas noches la cabeza, el corazón, el alma, pero yo ya no era ese Mix, yo ya soy otro y aprendí que una de las tantas maneras de ser feliz es cuando perdonas, yo los perdoné”, se vuelve acomodar la boina. 

Quien escuchara las confesiones de El Mix jamás pensaría que tiene 25 años, sino más de 40. Tampoco daría crédito a la historia que guarda un cuerpo donde las huellas de tortura sobresalen por las manos, los tobillos, el cuello, la cabeza; El Mix ahora es Alejandro, un adolescente que cursa segundo semestre de docencia en la Universidad Pedagógica de Ciudad Juárez porque quiere ser maestro —pero no para dar clases en un salón encerrado, sino para ir al barrio, recorrer sus calles y sacar a chicos del riesgo de las drogas, las pandillas, el alcohol—

Son las siete de la noche, la penumbra de la Colonia Azteca hace más notorio la polvareda de sus calles y avenidas de donde hoy día se disputan la plaza del menudeo las pandillas de Los Aztecas contra Los Artistas Asesinos. Las llantas de los coches rechinan con las piedras y Javier, de escasos seis años, se abraza de la pierna de El Mix. Le pide que cuente otra vez el día que peleó con el tigre, le hala con insistencia el pantalón, lo mira hacia arriba. El Mix sonríe, se agacha, los niños corren a su regazo, el viento helado sopla. 

“Yo trabajaba en un circo ambulante antes de estar aquí…”

Cindy: la mujer del rifle

Cindy La Mujer Del Rifle

En casa suele soltarse el cabello, pintarse los labios de rosa. Cuando sale a bailar con su esposo, prefiere los pantalones pegados, una falda, un vestido. Prefiere los tacones del cuatro que la harán medir 1.67 metros. Entonces en una noche, llegará la pregunta, esa que responde con una franca sonrisa: Soy policía. 

El arma larga que sostiene Cindy con la mano derecha le rebasa la cintura casi a la altura del ombligo. Camina con temple sin doblegarse al peso de cargar un chaleco antibalas de tres kilos que junto con el rifle, hacen que pese 58 kilos, seis más de lo habitual. Cindy llega exaltada, viene de interponerse en una riña callejera donde esposó a dos hombres tendidos en el pavimentoy los subió a la patrulla que maneja en la Policía Municipal de Ciudad Juárez, Chihuahua. Cuando el agresor escuchó la voz de mujer ordenándole pararse del suelo, el hombre pidió disculpas, antes había intentado escupirle sin atinarle. 

La noche anterior había cocinado hamburguesas para sus dos hijos de cinco y doce años mientras veían una película. Tiene vecinas imprudentes la han increpado sobre su profesión “poco femenina”. Que si le gustan los hombres aunque saben que está casada, que si sabe cocinar y del cuidado de la casa, que si es femenina o más bien machona. Pero Cindy va más allá de un estereotipo que comenzó al ser la única mujer entre tres hermanos varones y quince primos. Tiene 35 años y lleva once de policía en Juárez, un municipio que navegó entre la sangre y el dolor en vísperas del 2010 cuando más de tres mil personas fueron asesinadas en la ciudad fronteriza con El Paso, Texas, Estados Unidos. La lucha a muerte por la plaza entre el Cártel de Sinaloa y La Línea, brazo opresor del Cártel de Juárez, dejaron a miles sin hijos, primos, hermanos, mamás, amigos. Cindy perdió a una.

“Era mi amiga, una gran compañera, también policía. Conocía a su esposo, sus hijos, su barrio. Una mañana me tocaba patrullar y me avisaron de un tiroteo cerca, me acerqué a colaborar y allí estaba ella, en el suelo, muerta…Entonces todas las mañanas pensaba en que quizás no iba a regresar, estaba embarazada de mi hijo menor pero sabía que por él y por mi ciudad, teníamos que seguir dando la batalla”

— ¿Qué fue lo más difícil de ese 2010?

— Ver morir tanta gente y sentir el desprecio de la sociedad. La policía estaba desprestigiada, las miradas de los vecinos como reclamándote, los comentarios fuertes de la gente.

Le llegaron a decir que no servía para nada defender a su ciudad. Cuando Cindy se embarazó, estuvo allí. Cuando su amiga murió, estuvo allí. Cuando la sociedad la increpó, también estuvo allí. Cuando Juárez fue la ciudad más violenta del mundo, estuvo allí. Ocho años en una policía municipal que en el 2010 tenía un diagnóstico desalentador: decenas de uniformados víctimas de la delincuencia. 

En ese entonces, la mujer patrullaba las zonas marginales con el mismo rifle que hoy la acompaña a recorrer la Secretaría de Seguridad Pública de Ciudad Juárez. Perseguía asesinatos, veía cuerpos destajados en bolsas plásticas, le hablaban microempresarios para reportar extorsiones o amenazas. Hoy Cindy reporta robos a casa habitación y vehículo como su principal dolor de cabeza.

Se ha enrollado el cabello ensortijado en un nudo a la altura de la nuca que descubre sus orejas puntiagudas. Su rutina arranca a las tres de la mañana cuando deja uniformes y loncheras listas porque una hora más tarde comienza a patrullar las calles de Juárez y antes de las tres, debe estar en la puerta de la escuela donde Joaquín cursa preescolar. 

Cindy habla en clave con sus compañeros, los llama elementos; saluda con firmeza, las voces del radio que escucha a cada paso, dicen cosas como “C4”, “confirmado”, “en camino”. Es una de las 523 policías mujeres que resguarda su ciudad como quien cuida de un rebaño de ovejas que a veces se descarrían. Era la única de un salón de clases que formaría a cientos de policías varones. Ahora la acompañan cientos de jovencitas o mujeres maduras que no les tiembla nada cuando hablan sobre combatir al crimen. Está por concluir sus estudios en Criminología sin pagar un solo peso, la institución avala y modifica los turnos de policías que como ella, quieran obtener un título universitario.

“Esa es la clave, capacitación y cercanía con la comunidad”, explica el hombre al frente de la Secretaría de Seguridad Pública, César Omar Muñoz Morales. Dice que antes todos los “elementos” tenían apenas la secundaria, hoy el 90 por ciento tiene preparatoria y un 30 por ciento, como Cindy, está terminando sus estudios profesionales. Dice que la policía es una sola corporación, que las mujeres policias no tienen un rol diferente en la institución, que son 2500 policías municipales, hombre y mujeres. 

A las 14:35 Cindy posa para una fotografía en una cuatrimoto, luego en medio de patrullas. Enseña en su teléfono celular una fotografía donde se ve caminando, uniformada, de rifle, chaleco antibalas, radio. Es la imagen de una campaña publicitaria que busca a los mejores policías para resguardar Juárez.  

Cuando Cindy entra a una reunión de madres de familia, su hijo corre a presumirle a sus amigos que quien entra en tacones es mamá, es policía. Todos esperan verla uniformada, seria, alta, fornida. Pero su cuerpo menudo no trae el rifle, ni las esposas, ni los 3 kilos del chaleco antibalas. 

La noche más larga de mi vida..: Lupe Cadena.

El Brillo En La Mirada De Una Mama Que Pese Al Dolor De Perder Un Hijo Saca Valor Para Luchar Por Un Manana Mejor

Villas de Salvárcar, 30 de enero de 2010. 9:30 pm. Suena el teléfono.

—¿Papá me dejas quedar en la casa de Sanders?

—No. Sabes que no me gusta que duermas en casa ajena

—¿Entonces pasas por mi cuando termine la fiesta?

— ¿A qué hora?—

— Pues más tarde papá—

11:30 de la noche, segunda llamada y su última conversación.

—Hola papá—

—¿Cómo estás hijo?

—Bien, bien—

—¿A ver hazme un cuatro? lo reta el padre por el auricular.

Al fondo la risa de los muchachos que se burlaban de ver a Rodrigo manteniendo el equilibrio como si su papá lo estuviera viendo.

Un viento frío se cuela por la espalda de Lupe mientras su esposo conduce rumbo a la colonia Villas de Salvárcar, al oriente de Ciudad Juárez. ¿Qué habrá pasado? se preguntan los padres de Rodrigo después de la llamada de la mamá de de Sanders, un compañero del fútbol americano que les pide con voz nerviosa que vayan a la casa, que algo pasó. Los papás de Rodrigo se miran y tiemblan de frío a la misma vez. 

“Cuando llegamos a Villas de Salvárcar vemos a muchos policías, dice mi esposo molesto ¿pues qué hicieron estos muchachos? estaciona el carro en la calle de un costado, ya estaba encintada la zona, se pasa la cinta, me dice no te muevas de ahí del carro y al minuto lo escucho gritar, es el grito más ensordecedor que puede escucharse de un hombre, en ese momento yo supe que algo muy malo le había pasado a Rodrigo, salgo corriendo del auto, nadie me detiene, no me podían detener,  me topo con la mamá de Sanders y veo a mi esposo gritar y ella me dice “entraron unos hombres y le dispararon a Rodrigo”, cuando yo entro a la calle veo unos cuerpos tirados a un lado, en la casa de enseguida se veía sangre, Rodrigo estaba en la casa de en medio, entré en Shock, entro en Shock, empiezo yo a gritar, me encierran en la casa de enfrente, pues no me podían controlar, desde ahí alcanzaba a ver la casa donde fallecieron los demás jóvenes y aquello era.. pues una escena terrible, yo creo que… la noche más larga de mi vida, recuerdo gritaba que mi hijo tenía que ir a la universidad, que él no podía estar muerto”

De repente se acercó un oficial, ella no sabía cuántos jóvenes habían muerto, sabía que Medrano estaba en el hospital, sabía que Parra estaba en el hospital, sabía que Alan estaba en el hospital, que eran varios de sus compañeros de fútbol americano que estaban hospitalizados pero no sabía cuántos había fallecidos en ese momento, veía cuerpos, veía gente, escuchaba gritos, porque todos gritaban, las madres gritaban, los familiares que iban llegando, los mismo policías lloraban. El oficial se acercó a su esposo y le dijo “¿cuál es el nombre de su muchacho? a lo mejor está en el hospital”, ella todavía tenía la esperanza pero el oficial revisó y movió la cabeza, entonces en ese momento supo que Rodrigo era el que estaba ahí en esa casa. “Mi muchacho estaba muerto”.

La ráfaga de disparos alcanzó a quince personas esa noche. La mayoría jóvenes que aún no cumplían la mayoría de edad, algunos cayeron al piso intentando saltar la barda para sobrevivir. Allí, tendidos en el suelo con un tiro de gracia, perdieron la vida:

Rodrigo Cadena

José Luis Aguilar, 

Horacio Soto, 

los hermanos Marcos y José Luis Piña, 

José Adrián Encinas, 

Jesús Armando Segovia, 

Brenda Escamilla, 

Juan Carlos Medrano,

Carlos Lucio. 

Cuatro adultos, padres de algunos de los estudiantes muertos, cayeron también por las balas.

Las autoridades municipales encontraron ochenta y nueve casquillos de bala en la escena del crimen donde un comando armado de quince hombres en cuatro camionetas, llegó a la colonia Villas de Salvárcar y bloquearon el acceso a la calle Villa de la Paloma buscando a sus rivales los Artistas Asesinos ligados al Cártel de Sinaloa. Pero no, no eran ellos, eran jóvenes de bien que celebraban una victoria deportiva.

Rodrigo tenía 17 años ocho meses y en su último cumpleaños, aparece untado de pastel en la nariz. Cursaba su último año de secundaria, tenía los brazos fuertes, fornidos, como todo un jugador de fútbol americano. Entrenaba en las noches con el equipo Jaguares, el mismo que quedó campeón en su categoría derrotando a los Borregos del Tec de Monterrey. Cuando no entrenaba americano, Rodrigo iba con los Jaguares a sacarle sonrisas a los ancianos en los asilos o a los niños enfermos de de leucemia. El próximo siete de abril, Rodrigo cumpliría 24 años y sus tres hermanos estarían planeando a dónde irse de vacaciones.

“Mamá, el día que tú te mueras lo que más voy a extrañar de ti son tus huevos con jamón” fue lo último que Lupe escuchó de Rodrigo sin imaginar que horas más tarde, un viento helado la haría temblar camino a Villas de Salvárcar. 

Abrazos en el alma

Fernando tiene los brazos fuertes, podría pasar por un fisiculturista si no fuera por su estatura, demasiado pequeña. Su físico es el resultado de varias horas de entrenamiento de fútbol americano de la mano de su papá, el coach de Lo Jaguares, el equipo que integraba Rodrigo y Juan Carlos, asesinados en Villas del Salvárcar hace seis años. Dice que es católico: dirigía un grupo de jóvenes en la iglesia rescatando valores como la solidaridad, el perdón, orando por las víctimas, intentando quitar el odio de tantos corazones envenenados. La mañana del domingo 31 de enero de 2010, hizo un rezo especial en nombre de los quince muchachos masacrados la noche anterior. Rodrigo era especial para Fernando. Estudiaba con su hermano menor, iban juntos al gimnasio a entrenar, visitaba la casa para hacer tareas, era de la familia, le apasionaba el fútbol americano. Todo eso pasó por la mente de Fernando esa mañana de domingo improvisando una oración en la iglesia principal de Ciudad Juárez.

Antes de trabajar en la casa naranja con verde donde hoy tiene su oficina, Fernando tuvo una oferta de trabajo más ambiciosa, quizás mejor remunerada. Le pedían dirigir un grupo de jóvenes capacitadores en Tamaulipas, Chihuahua, Coahuila. Pudo aceptar la oferta pero en cambio apostó por comenzar desde cero la construcción de una asociación civil para recomponer el tejido social de una ciudad golpeada por la violencia. 

Un joven toca la puerta con dos botellas de agua. Delgado, veinteañero, brazos inflados por el ejercicio. Es el hermano menor de Fernando, que hoy tiene 24, la misma edad que tendría su amigo Rodrigo Cadena si la delincuencia organizada no lo hubiera confundido con un pandillero. “Mi hermano iba ir a esa fiesta pero a último momento mi papá no lo dejó ir, recuerdo todavía ese pleito y cuando sucedió la masacre yo mismo me dije no puedo esperar a que asesinen a mi hermano para hacer algo por los jóvenes de mi ciudad”. Fernando y un grupo de treinta jóvenes rescataron una casa donde hoy funciona Jaguares, Jóvenes de Bien. Con brochas, cubetas, pintura donada, otra comprada  con recolectas vecinales, lograron pintar, reconstruir, tapar los huecos, remodelar baños de una vivienda dada en comodato por unas monjas que les pidieron recuperar la casona a cambio de quedarse con ella.

Desde allí, Gallegos dirige una A.C. que busca llevar talleres, charlas y capacitaciones de prevención, sexualidad y actividad física a escuelas ubicadas en zonas marginales de la ciudad fronteriza. La idea llegó después del asesinato de Rodrigo Cadena, de una mamá que clamaba justicia pero que no estaba dispuesta a cruzarse de brazos, de un coach de fútbol americano que inculca valentía, disciplina, perseverancia en sus muchachos. Y aquí están, a cinco años de una tragedia que dio paso a una bocanada de aire fresco en tiempos convulsos.

Un pizarrón blanco con letras verdes, muestra un calendario de actividades con fechas, actividades, interrogantes, voluntarios. Uno de ellos se llama Familia, un programa apoyado por psicólogos y nutriólogos que consiste en realizar encuentros, dinámicas, conversaciones y convivencia entre los padres e hijos de los equipos deportivos. Aunque Fernando reconoce que falta mucho por hacer, quinientas familias se han beneficiado de este espacio que les permite acercarse a sus hijos por medio del deporte. Jaguares, jóvenes de bien también busca darle empleo a los jóvenes por medio de trabajos temporales que les ayuden a la economía familiar. De la mano del sector público y privado, jóvenes mayores de 18 años pintan escuelas, limpian calles, parques, hacen carpintería, jardinería. Para los más pequeños, hay actividades deportivas, culturales, artísticas en las escuelas públicas del oriente de la ciudad.

Lupe Cadena se viste de luto. Suéter morado, bufanda gris. Sentada en un escritorio viendo pasar las fotos de Rodrigo en vida. “Esta me la mandó una amiga de él, esta otra también, es que muchos amigos me mandan fotos de Rodrigo todavía y aquí las voy guardando”, sonríe al ver la nariz de Rodrigo untada de pastel en su último cumpleaños. Cuando no está aquí, Lupe se reúne con organismos internacionales, consulados, embajadas, asociaciones civiles, autoridades locales, estatales, federales. Intercambian experiencias, busca fondos para ampliar la red de apoyo a los jóvenes, para pintar la casa, para ponerle un baño, para contratar a un sicólogo más. “Hay mucho trabajo por hacer. Tenemos toda una generación de niños víctimas de la violencia, con odio, resentimiento, falta de sensibilidad, muchos de ellos no tienen ambos padres, muchos de ellos son criados por abuelos, por abuelas, por tíos, primos, muchos de ellos necesitan un abrazo”.

Faltan doce días para el 30 de enero, Lupe y Fernando lo saben, la nostalgia invade una oficina pintoresca donde las fotos de los muchachos del fútbol americano los hacen suspirar. “Treinta de enero para mí significa Rodrigo Cadena Dávila y el nombre de 15 jóvenes más que partieran junto a él aquel día, significa lucha, es el recordar la fecha en que mi hijo partió de la manera más cruel que se le puede quitar la vida a un ser humano pero a la vez también significa no olvidar, para que no se vuelva a repetir”. Para Lupe el 30 de enero significa para, como decía su hijo, no dejar de mover las piernas y aquí está ella moviéndolas por él, por los jóvenes como él, 30 de enero es un homenaje a la vida.

El año pasado Lupe vio a Rodrigo en un niño de siete años vestido de futbolista americano. Meses atrás, un papá le pidió la foto de Rodrigo para después mostrarle en el campo de fútbol a un joven tan parecido a él que por minutos sintió que lo veía corriendo detrás del balón. “Son esos ángeles que Dios nos envía de alguna manera, son esas caricias al alma que nos da a través de los niños, de los jóvenes que veo, que se parecen a él, que ayudo por él”.

Cinco personas han sido juzgadas por la masacre de Villas de Salvárcar en el 2010. Uno salió libre por la Suprema Corte de Justicia no por ser inocente sino porque su declaración fue tomada en una guarnición militar, que atenta contra los Derechos Humanos. Entonces el abogado de quien ya se había declarado culpable dijo que no hubo debido proceso, y lo soltaron. Ahora el muchacho culpable está prófugo. Se cuenta que más de dieciséis criminales participaron en el asesinato que enlutó a Ciudad Juárez, se sabe también, que la carpeta de investigación continúa abierta. Se sabe que hoy Ciudad Juárez necesita contar una historia de paz. 

Bajada

En el municipio que fue el más violento del mundo ya no hay un secuestro hace 28 meses

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