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El alcalde Nebot tiene un paraguas inmenso, útil para estos días de invierno. Está hecho de una cobertura mediática gigante y por eso cuando dice cosas como que las inundaciones de Guayaquil son causadas por un sabotaje  delincuencial para taponar las alcantarillas no se moja. No sé qué es más tierno: que alguien crea que los ladrones quieren esperar a los pocos carros que se aventuren durante esos diluvios para atracarlos sin tener cómo escapar —nadie que quiera robar dos celulares va a ir con un motor fuera de borda para huir, no es que haya carros blindados dando vueltas por la ciudad en esos trances— o pensar que la impresionante fuerza del agua no se llevaría, también, esos obstáculos. No, el problema de Guayaquil y sus inundaciones es el mismo de Guayaquil y sus árboles: no hay soluciones técnicas sensatas, sino evasiones de responsabilidades por décadas. 

El resto del mundo también se inunda. Es un problema que ha existido desde hace siglos. La mayoría de civilizaciones de la antigüedad tienen historias relevantes sobre grandes inundaciones. Hoy seguimos maravillados por las leyendas de supuestas ciudades —continentes enteros— que se han sumergido para eterna memoria. Lugares en los que —a diferencia de lo que sostienen el alcalde de Guayaquil y sus adláteres— el agua nunca bajó. Lidiar con las inundaciones ha sido, igualmente, un desafío milenario. Los antiguos egipcios tenían un sistema para proteger de ellas a las tumbas de sus faraones. Milenios después, en 1966, el río Arno se desmadró e inundó Florencia, dejándola cubierta de seiscientas mil toneladas de lodo. Según el historiador Gregory S. Aldrete en su libro Los desbordamientos del Tíber en la Roma antigua, un estudio de la Oficina para la Asistencia Internacional estadounidense dice que, de 1964 a 2007, las inundaciones fuera de Estados Unidos dejaron ciento treinta mil muertos, a setenta millones sin casa y afectaron, de una u otra forma, a mil millones de personas. Las inundaciones son, desde siempre, un problema serio. Y a problemas serios, soluciones serias. No cuentos de espantos donde el cuco ahora se llama Marea Alta o Taponamiento Premeditado. Cucos fueron también los árboles. Como dice Eduardo McIntosh: ya es hora de que en Guayaquil dejemos de tomarnos el kool aid

La verdad es que Guayaquil no está sufriendo una inundación de proporciones bíblicas. Lo que tenemos es un problema de infraestructura pública. Si el Guayas se desbordara como se desbordaba el Tíber romano o el Nilo egipcio, El libro flotante de Leonardo Valencia sería una realidad: de Guayaquil quedarían habitables sus cerros. Guayaquil tiene —según un estudio de la Corporación Andina de Fomento— una red de alcantarillado obsoleta, de más de cincuenta años. Está vieja y dañada. Según el urbanista John Dunn, los sumideros de agua del centro de Guayaquil tiene 70 centímetros de ancho mientras que los de la pequeña ciudad donde hizo su maestría, en Estados Unidos, tienen tres metros. Como dice Dunn, no es que vino un huracán categoría 5, como en New Orleans, y se lo llevó todo. La de la semana pasada fue apenas una lluvia fuerte de una temporada invernal intensa. 

Yo estoy cansada de escuchar a mi abuelo decir que lluvias eran las de antes. ¿Qué pasaba entonces, se inundaba la ciudad como ahora? La verdad es que la fiebre desarrollista de los años 50 del siglo pasado y la mentalidad de los año 50 del siglo pasado de la actual administración municipal han agravado la situación. Se rellenó el estero Salado, la ciudad le dio la espalda al río que la hizo crecer económicamente y, ahora, parece que los funcionarios encargados de resolver los problemas nos piden, nada más, paciencia. A los medios y a los guayaquileños, ahí sí, nos parecen sensatos esos pedidos (cuando los piden del otro lado… bueh —para qué meternos en esa discusión ahorita). Además, según este científico, el parque de los Samanes podría estar jugando un papel en estas inundaciones: se tapó un humedal que servía de sumidero natural de lluvias. 

El problema de Guayaquil es un problema de mentalidad. Los ejemplos están en todas partes: en Holanda hay todo un plan para evitar las inundaciones (se llama Espacio para el Río, como lo cuenta Luis Saltos Espinoza en este texto). Londres debería inundarse, pero sus diques lo evitan. En Dinamarca están convirtiendo lotes de parqueos para automóviles en espacios públicos donde, en la temporada seca, se podrán realizar actividades al aire libre pero que en la estación lluviosa servirán como lagos artificiales para retener el exceso de agua. Y ya saldrá el asesor de turno del Alcalde a decir que ese es el primer mundo. También muchos conciudadanos lo secundarán. Pero no: en Kenia están resolviendo el problema de las inundaciones en Kibera, el slum más grande del país. En Kibera, las inundaciones eran un problema que todo el mundo daba por sentado. O sea, el alcalde Nebot habría sido súper popular allá también: había que esperar nomás que el agua baje. Pero, como reporta Vox, “en 2015 un grupo de arquitectos, diseñadores e ingenieros en el Kounkuey Design Initiative combinaron su experiencia en planificación urbanística, diseño sustentable e integración de la comunidad en el gran desafío de prevenir inundaciones en Kibera —y, tal vez, más allá”. Y lo están logrando. Tal vez es hora de que el alcalde deje de ir a Miami y Singapur y se dé una vuelta por Kenia. Si quieren asesoría local, busquen a los colectivos de arquitectura que cobran fuerza en la ciudad. Amigos de la Alcaldía: el mundo les ha dado pensando, cojan las ideas sin miedo. 

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La mentalidad cincuentera de la Alcaldía de Guayaquil radica en creer que a la naturaleza se la combate. Por eso creen que los árboles de copa frondosa son malos y que no hay otra solución que la poda brutal —algo que pasaba también en España y que fue catalogado con su nombre propio: mala planificación de ciudad. Por eso piensan que si la ciudad se inunda con la mínima caída de agua, es porque la marea está alta. Y es lo contrario: hay que entendernos como parte de un ecosistema. Como dicen los holandeses: vivir con el agua, no combatirla. Para lidiar con las grandes inundaciones tienen que romper esa mentalidad de fierro que tienen: nunca se dobla, nunca se moldea, solo se rompe. No es la marea alta, no es el peor plan delincuencial de la historia (salir a robar cuando llueve), es la falta de voluntad de aprender de los demás. Si no cambian, cuando el agua no baje, y sea demasiado tarde, que nadie diga que no nos advirtieron. 

Lo peor del argumento de la alcaldía socialcristiana de dos décadas —ya basta del argumento de tú no te acuerdas lo que era esto con Bucaram, por dios— es que es un gran inhibidor de empatía ciudadana. Al levantar las manos y decir “no es mi responsabilidad” están generando una reacción proporcional en los guayaquileños. Por eso es que la ciudad se ve más sucia (cosa que no se veía en la época de Febres-Cordero), por eso es que cada vez más gente —sumado a los retrasos de la recolectora de basura— tira los desperdicios a las calles: los llamados a crear conciencia están diciendo, de frente, que hay un problema ciudadano que no tiene solución. Así como la excusa es “hay que esperar que el agua baje”, la excusa de los sucios parece ser “algún rato pasará el recolector”. Hay un círculo vicioso, en una ciudad donde el Alcalde solo logra emocionar a sus electores con retórica opositora. Y hay que decirlo clarito: eso, a los guayaquileños, no les quitará el agua del cuello. Ese bla bla blá de malas justificaciones seguirá lloviendo (sobre mojado) mientras el paraguas mediático del alcalde le siga cubriendo las deficiencias de su administración.

Bajada

Llegará el día en que el agua en Guayaquil no bajará: entonces será demasiado tarde

fuente

Fotografía de Julian Rotela Rosow bajo licencia CC  by 2.0. Sin cambios.