El presidente de la Federación Ecuatoriana de Fútbol (FEF), Luis Chiriboga, tiene un elemento que lo distingue del resto de incriminados en la investigación de la fiscalía norteamericana sobre la corrupción en el fútbol regional: es el único que no ha renunciado. Las evidencias de la fiscal norteamericana Loretta Lynch son contundentes en términos de rastreo de cuentas, inculpaciones y delaciones de los implicados, junto al detalle de los mecanismos de soborno y corrupción. Además de haber llevado al conjunto de los dirigentes involucrados a ser apresados, deportados, o entregarse voluntariamente a la justicia, la acusación de Lynch obligó a renunciar a quienes todavía ejercían funciones en organismos nacionales o regionales. A todos, menos a Chiriboga.

No solo que Chiriboga se distingue de sus pares regionales. Lo suyo incluso supera al incombustible Josep Blatter, quien a poco de haber ganado su quinta reelección como presidente de la FIFA en mayo de 2015, debió renunciar ante el hedor de la corrupción institucional. El bueno de Sepp hizo todos los esfuerzos para no asumir su responsabilidad política negando, encubriendo o disminuyendo la magnitud de los casos de sobornos para la venta de derechos de televisación y la elección de sedes mundialistas. A pesar de ello, en un rapto de inusual decencia, Blatter decidió no continuar a la cabeza de la FIFA. En diciembre de 2015, la Comisión de Ética de la FIFA lo expulsó de por vida de la dirigencia del fútbol mundial. Algo que no ha ocurrido con Chiriboga, a quien las investigaciones casa adentro siempre lo han exculpado.

La pregunta evidente es qué hace tan especial a Chiriboga y por qué la FEF no ha tomado la decisión de separarlo. La respuesta probablemente esté ligada a la magnitud del poder que acumuló desde que se convirtió en su presidente en 1998. Ha sido un ejercicio creciente y sistemático, siguiendo la pauta dejada por sempiternos presidentes federativos sudamericanos como Julio Grondona en la AFA y Nicolás Leoz en la Conmebol, y mundiales, como Havelange y Blatter. El método es infalible: comprar la voluntad de los miembros de la federación, invitándolos con todos los gastos pagados y en condiciones lujosas a cuanto evento fuera posible. Cooptar la prensa mediante acreditaciones e invitaciones. Centralizar las fuentes de ingreso por la vía del marketing y la televisión, lo que permite contar con el combustible necesario para hacer funcionar la maquinaria. Establecer vínculos con todo el poder político posible (Blatter se ufana de ser la única persona que no necesita agendarse una reunión con ningún mandatario mundial). Y, finalmente, tejer un manto interno que asegure la impunidad institucionalizada.

La versión ecuatoriana de este método ha demostrado ser muy efectiva. Chiriboga ha sobrevivido a cuanto escándalo ha salpicado su presidencia. Desde el silencio federativo sobre el intento de asesinato de Hernán Bolillo Gómez, pasando por el caso de los visados  de Vinicio Luna, quien además fue recontratado por la FEF para fungir como testaferro federativo. Amén de las extensas comitivas —incluyendo a acompañantes de los dirigentes —invitadas para hacer patria en los Mundiales, los cheques irregulares dados al Deportivo Quito. Aparecen en esa lista, también, los vínculos con los dueños de Full Play, Julio y Mariano Jinkis, ahora presos como parte de las empresas que sobornaron a los dirigentes de la  Conmebol. Nada de este prontuario ha hecho mella en Luis Chiriboga. Ni siquiera que el dirigente ecuatoriano sea parte acusada en la investigación de la fiscalía norteamericana —y ahora, de la local— ha logrado mover un ápice de su aparentemente inexpugnable poder en la FEF.

La efectividad de este método ha sido fortalecida por un hecho no trivial: durante la presidencia de Chiriboga la selección ecuatoriana ha clasificado a tres mundiales de fútbol. El éxito de la participación mundialista, le ha dado al quiteño un sustento que consciente o inconscientemente ha operado a su favor. Nos guste o no, es un hecho de la causa. Es el mismo caso de Julio Grondona, presidente de la Asociación de Fútbol Argentina (AFA) cuando su selección ganó una Copa del Mundo (1986), alcanzó un vicecampeonato (1990) y múltiples consagraciones a nivel de selecciones menores. El inefable Don Julio murió inmune a la justicia, como dueño y señor del fútbol argentino entre 1979 y 2014.

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Algo parecido quiere hacer Chiriboga. Su poder se ha extendido de la mano de sus logros. Hay una especie de premisa que pareciera operar: “el rumbo exitoso del barco está ligado a su capitán. ¡Qué importa si es un corsario!”. Si el pirata ha sabido compartir el botín, tanto mejor. Eso es lo que ha pasado con muchos dirigentes del fútbol mundial y regional. Usando el método con el que han cooptado al fútbol, han sabido articular un engranaje institucional que funcionó mejor que el Barcelona de Pep Guardiola. En casos como el del todavía presidente de la FEF, esa lógica ha sido legitimada por los logros. Por ello buena parte del público, del periodismo y de la dirigencia del Ecuador han hecho de la vista gorda por un periodo demasiado largo.

El problema es que Chiriboga quiere aferrarse a su cargo a como dé lugar. Sin vergüenza ni pudor, quiere mantener la impunidad de la que ha gozado por 18 años, evitando a toda costa perder los privilegios de su cargo. Por cierto que tiene muy buenas razones para tratar de mantenerse a la cabeza de la FEF. En el resto de los casos destapados por Lynch, la caída de los presidentes federativos derrumbó sus maquinarias delictivas: al salir de sus cargos, el destape de la cloaca en la que habían convertido a sus federaciones, dio cuenta de sus abusos, delitos y descaro.

Quizás el caso más emblemático sea el del ex presidente de la Asociación Chilena de Fútbol (ANFP), Sergio Jadue. A pesar de ser el más joven de los jerarcas regionales, y uno de los que menos tiempo tenía en su cargo (5 años), el chileno acumuló un palmarés notable. Bajo su presidencia, la selección chilena clasificó al Mundial de Brasil, donde realizó una muy buena presentación. El año pasado, la roja ganó por primera vez en su historia la Copa América y se ubicó quinta en el ranking FIFA. La cereza de la torta fue la organización del Mundial sub 17 en 2015. Sin embargo, la participación de Jadue en el sistema de corrupción denunciado por la justicia norteamericana lo llevó a renunciar a su cargo diciendo “misión cumplida”, poco antes de viajar a EEUU para colaborar con la investigación de la fiscal Lynch. Ahora se conoce que Jadue usó a su antojo los fondos de la ANFP, que desvió los sobornos a paraísos fiscales, que pagó su defensa con fondos de la federación y que arregló sin consulta ni control más de doce veces los contratos del cuerpo técnico de la roja.

Seguro que Luis Chiriboga está consciente de que estas historias tienen un destino de cárcel y de vergüenza. Pero cuenta con una estrategia que apunta a ganar tiempo y a facilitarle un buen pasar por el resto de sus días. En principio, se declara inocente de toda culpa, mientras la fiscalía recaba pruebas que, según la defensora de Chiriboga, Lucía Vallecilla, carecen de rigurosidad. La misma abogada defensora ahora aparece implicada en el caso de las mafias de los registros de títulos en la Senescyt. Según el fiscal general Galo Chiriboga  esto sería causal de ¡nulidad del juicio! lo que llevaría a reiniciar el proceso. En todo caso, si el resultado fuera adverso, el presidente de la FEF gozará del beneficio de la prisión domiciliar por ser mayor de 65 años. Ninguno de sus colegas regionales ha tenido mejor fortuna.

Mientras el proceso judicial en su contra toma ribetes kafkiano-cantinflescos, Luis Chiriboga sabe que cuenta con el apoyo incondicional de su FEF para una estrategia de escape. Durante su última reunión, la federación decidió darle una bofetada a toda noción de decencia institucional, apelando al principio de inocencia de su presidente para no tomar ninguna medida en su contra. Las pocas voces disonantes que claman por un poco de cordura pidiendo la salida de Chiriboga, chocaron contra el muro mayoritario de un chiriboguismo totalmente obsecuente con su jefe e igual de impresentable. Y además miope, porque no se da cuenta que deja la credibilidad del fútbol ecuatoriano por el piso y con un futuro tan preocupante como desesperanzador.

**Actualización al 10 de marzo de 2016:

Y por fin cayó. Era el último de la fila de impresentables que han lucrado con el fútbol a nivel regional. A pesar de enfrentar la acusación de la fiscal Lynch y de estar arrestado en el proceso que se le sigue en Ecuador, Luis Chiriboga no había dimitido. Fue el hueso más duro de roer, el pino de bolos que aguantó todos los embates. Hasta que el martes 8 de marzo presentó su renuncia a la testera de la FEF.

Cuando el lunes 7 se filtró la noticia de que el riobambeño iba a enviar dicha misiva, las expectativas del mundo del fútbol masticaban el sabor agridulce de no saber qué esperar. Esa renuncia debió aparecer apenas se inició el proceso en su contra, en diciembre. Incluso, si regresamos al historial de eventos mafiosos que caracterizaron los 18 años de la presidencia de Chiriboga, debió ser presentada hace mucho tiempo atrás. En ese sentido, la carta era muy esperada. Pero la manera con la que Chiriboga se aferró a su cargo, sin indicios de un mínimo decoro para renunciar, hicieron que muchos pensaran que el cartero iba a extraviar la misiva nuevamente.

La carta, para variar, fue un himno al descaro. Habla de errores y aciertos, pero solo hace mención a estos últimos en detalle. Sobre todo a nuestra posición como punteros en las eliminatorias a Rusia y la posibilidad de clasificar a nuestro cuarto Mundial. Además, entra en una contradicción: luego de hablar de sus logros, cree oportuno dar un paso al costado. Nunca dice los por qué. La misiva de renuncia sigue el patrón del resto de presidentes federativos que, como el chileno Sergio Sadue, omiten los escándalos que los obligan a retirarse, y se centran en sus logros, hasta llegar a decir ¡misión cumplida!

 La renuncia de Chiriboga, además, tuvo dos versiones. Tal como lo explica El Comercio, la carta que se filtró a las redes sociales fue distinta a la que envió a la FEF. En la última, además de dimitir a la presidencia federativa, Chiriboga renuncia a sus puestos como vocal del directorio y miembro de la Conmebol y la FIFA. En síntesis: es un adiós al fútbol en su faceta dirigencial. Pero nadie sabe por cuánto tiempo.

La pregunta es obvia: qué pasará después. Hasta el momento, la FEF sigue como si nada. A Chiriboga lo reemplazó Carlos Villacís, la persona que, junto con el resto del directorio de la Federación, permitió -de manera inexplicable- que la novela de la permanencia del riobambeño en el cargo se extendiese tanto. Han sido los fieles escuderos de unas prácticas institucionales arbitrarias y que han dejado la credibilidad de la FEF por los suelos. A diferencia del resto de Federaciones que formaron comisiones investigativas que han llevado o llevarán a expulsar a sus expresidentes de por vida o de recomendaciones de lo mismo por parte del comité de ética de la FIFA , hasta el momento la FEF sigue la política de silencio e inmovilidad frente a su ex presidente.

El problema que plantea este comportamiento es triple. Por un lado, si la FEF no establece un proceso interno en contra de Chiriboga, diera la impresión de que se podría allanar el camino para el regreso del riobambeño, si llega a sortear el proceso judicial en su contra. Por otra parte, el mutismo de la FEF, más que encubridor, sonaría a cómplice. Nadie plantea con seriedad qué mecanismos y procedimientos internos van a implementarse de manera distinta para evitar que eventos como los que se han denunciado –incluyendo las nutridas comitivas y el coyotaje- no se vuelvan a repetir nunca más. Y, finalmente, sigue la miopía, porque la FEF no se da cuenta de que su imagen y credibilidad están por los suelos y necesita, urgentemente, transparencia y fair play. Y, por supuesto, gente nueva.