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En Venezuela hay un dicho que tiende a dignificar a los pillos. Es una idea que pretende hacer honores a aquellos de espíritu bribón y audaz de esta tierra del Sur. “Si no la gana, la empata”, reza ese refrán que rueda por las gargantas del pueblo como distinción de las almas “vivas”, de los astutos que se salen con la suya, aún en las peores circunstancias. Un postulado del vulgo con tufo a admiración hacia el marrullero.

En esta noche de desvelos, la frase aletea en la memoria con una profunda pena ajena. El presidente Nicolás Maduro, así como su partido único, su Gobierno, también la idea socialista que heredó del fallecido Hugo Chávez, fracasaron estruendosamente en las parlamentarias de diciembre de 2015. Pero, aún así, el robusto jefe de Estado quiere empatar un juego electoral que perdió sin remedio.

Aquel primer domingo de diciembre la diferencia fue bochornosa para un proyecto político con 17 años en el poder. Ciento doce diputados para sus opositores, de 167 curules posibles. La plataforma del cambio, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), logró las dos terceras partes del Parlamento, que le otorga facultades para aprobar leyes orgánicas o vetar y destituir figuras de otros poderes, como magistrados, ministros y titulares de los demás poderes constitucionales. Una licencia lograda gracias a dos millones 300 mil votos más que los candidatos del Partido Socialista.

Escribo sobre un líder que seis semanas antes de la votación firmó un acuerdo de respeto a los resultados del 6D. En ese acto prometió que serían “palabra sagrada”. Escribo sobre un hombre cuyas exactas palabras fueron: “quien gana, ganó, y quien pierda, perdió. Por un voto de más o un voto de menos. Donde no nos favorezca el voto popular, seremos los primeros en decir ‘amén’. Decide el pueblo”. 

Es un discurso que repitió en transmisión televisiva apenas segundos luego que el Consejo Nacional Electoral confirmara la estrepitosa derrota de la autoproclamada revolución socialista. Puso el sello de garantía a un respeto que nunca fue. El delfín de Chávez abordó un tren con paradas en la bipolaridad política.

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Giro al fraude

El mandatario comenzó a dar pistas de su giro de 180 grados tan solo a los dos días del desmadre. En su programa semanal de televisión, Contacto con Maduro, amenazó con suspender los programas sociales a sus simpatizantes por no haberlo respaldado en los comicios. Ante las cámaras de VTV soltó perlas retóricas como esta: “Ustedes votaron contra ustedes mismos. Yo quería construir 500 mil viviendas el próximo año. Ahorita lo estoy dudando. No porque no pueda construirlas, porque puedo construirlas. Pero te pedí tu apoyo y no me lo diste”. Una sentencia con ínfulas extorsivas. 

Y, al poco tiempo, lo peor: se atrevió a cantar fraude. No gritó su denuncia a los mil vientos. No al principio, al menos. Lo hizo a ritmo tímido. Como un carterista que quiere obrar sin levantar sospechas. Dejó entrever que hubo una supuesta compra de votos en el estado Amazonas, que escogió cuatro diputados en sus circuitos, asomó qué candidatos del partido oficial habían perdido por solo 82 votos en Aragua, y también mencionó la curiosa cantidad de votos nulos en no pocas circunscripciones. El máximo representante del Gobierno, eterno defensor del “sistema electoral más infalible del mundo”, se atrevió a nombrar al cuchillo en la casa del verdugo. 

Mientras Maduro coqueteaba con el desconocimiento de los resultados, se concretó lo que la plataforma unitaria llamó “el golpe judicial”. La Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia habilitó despacho a finales de diciembre —a pesar de que el Poder Judicial se encontraba de vacaciones— para recibir las impugnaciones del Psuv —el oficialista— contra 10 diputados de la MUD —la oposición—. Un día después, un fallo de esa instancia judicial admitió los recursos y ordenó la desproclamación temporal de tres legisladores de la oposición.

Y la directiva actual de la Asamblea Nacional, antes de dejar sus curules el martes 5 de enero, activó lo que sus integrantes bautizaron como un “Parlamento Comunal”: un pseudo Poder Legislativo a cargo de dirigentes populares afines al madurismo. 

Los líderes del oficialismo rodean con pólvora al barril de la confrontación. Convocaron a una marcha del oficialismo para copar las cercanías del Palacio Federal Legislativo el 5 de enero (5E) y el Colectivo La Piedrita —una especie de guerrilla urbana de corte radical izquierdista— llamó a tomar el Parlamento en esa misma fecha. Impugnaciones, capturas a la fuerza, amenazas. Es un guión diametralmente opuesto al respeto que prometieron.

Árbitro con botas

El escenario es preocupante. Intimida e intriga. Ya las voces institucionales dentro y fuera del país dejan clara su inquietud. El cardenal Jorge Urosa Sabino exigió al Gobierno acatar la voz del pueblo. El secretario de la OEA, Luis Almagro, convidó a impedir que los resultados se distorsionen con “estratagemas de dudosa juridicidad y organismos reconstituidos para la ocasión”. La Mesa de la Unidad Democrática, a su vez, ha tocado a la puerta de quien puede prevenir la fórmula del caos: la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

En el epicentro de la polvareda está Vladimir Padrino López, ministro de Defensa. Fue el hombre que a las 9:20 de la noche del 6 de diciembre de 2015, cuando ningún rector del CNE aparecía ante las cámaras para cerrar las mesas electorales o anunciar resultados, apareció para poner orden. Flanqueado por sus generales, alabó el proceso “impecable”, exhortó a los actores a comportarse “con cordura” ante el anuncio de los resultados y llamó a “respetar las reglas del juego”. Fue la vocería inusitada y sorprendente de un militar claramente cercano al poder.

Era claro que no hablaba a los ganadores. El hombre de las tropas se dirigió a los gobernantes y a sus seguidores. Entre líneas se leyó el mensaje al desnudo: nada de comiquitas, como se dice en Venezuela cuando alguien pretende tomar atajos fuera de la norma.

Hoy la figura y radio de acción de Padrino López luce determinante en una Venezuela de pasos inciertos en la arena política. No es una cuestión de si habrá o no choque de poderes. Se trata más bien de predecir cuándo, dónde y bajo cuál argumento. 

La delgada línea roja de lo legal y lo ilegítimo es hoy una cuerda floja sobre la cual hacen malabares los hombres y mujeres de poder. Se tienta al estallido. Es un juego peligroso en el que Maduro puede quedarse, como dicen por estos lares, “sin el chivo y sin el mecate”. El accidente de los trenes institucionales en Venezuela es inminente y su resultado es insospechable. El forense de ese siniestro político, eso sí, está ataviado con uniforme verde oliva.

Bajada

El Gobierno venezolano apela al desconocimiento de facto de los resultados electorales. Maduro tienta a su destino cuando la Fuerza Armada vela por el respeto a la voz del pueblo.

fuente

Foto: Globovisión bajo licencia CC  by 2.0. Sin cambios.