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Para los que vivimos fuera del país, las celebraciones de Fin de Año son una forma de regresar, sin volver, al Ecuador. El periodo navideño-fin-de-añero lejos del terruño me ha sabido insípido, sin condumio. Supongo que tras casi veinte años de vivir en el extranjero, más allá de que las aventuras pirómanas de fin de año o que tomar chocolate caliente con 35 grados de temperatura pudieran ser actividades no muy recomendables —y hasta peligrosas—, esos detalles moldearon el cómo siento y vivo estas fiestas. Hasta el punto de convertirlas en una necesidad imprescindible. Imagino que esos recuerdos nostálgico-aprehensivos nos atraviesan a todos en algún grado y en algún momento. Pero recién tras la lectura de La nostalgia feliz, de la escritora belga Amélie Nothomb, comprendí que la acepción tristona de la palabra nostalgia es propia de Occidente. En Oriente, y en particular en Japón, tiene una connotación distinta, más feliz. 

Hija de un diplomático belga, Nothomb vivió su primera infancia en la patria de Mishima, Godzilla y Sony. Parte de su obra —que incluye muy buenas novelas como Estupor y Temblores, Metafísica de los Tubos y Biografía del Hambre—, gira en torno de esos recuerdos y sus intentos por reencontrarse con su pasado japonés. Un viaje documental que un equipo de la TV francesa organiza para el efecto, le permiten a la escritora retornar a cada uno de los puntos que construyeron su historia nipona, y le sirvieron de pretextos para varios de sus libros. Ese reencuentro con el pasado fue el equivalente a transitar por la nostalgia que le había dejado a Nothomb la expulsión de su Edén japonés.

Buscando un símil para la palabra nostalgia, la escritora belga observa que natsukashii es el equivalente japonés, pero que se refiere a un recuerdo que nos regresa a un momento feliz. En el vocabulario nipón, las ausencias y distancias no tienen el equivalente melancólico y mustio de la nostalgia en sus variantes occidentales, que llegan a su máxima expresión en la saudade portuguesa. La nostalgia en Japón es una conexión con los recuerdos que se expresa en una especie de contentamiento, de bienestar y felicidad. Fue justamente lo que Nothomb sintió cuando se reencontró con su escuela primaria, con su niñera y con su único novio japonés. Fue reconectarse con la calidez de los recuerdos de su primera infancia y su juventud, lo que despertó su deseo de volverse escritora. 

Cuando uno explica a otros, en un idioma propio o distinto, las celebraciones navideñas —que tienen características similares en Hispanoamérica— y, en particular, la costumbre de quemar el Año Viejo, lo hace desde la voz natsukashii: tratando de encontrar las palabras que le devuelvan su luminosidad a las carcajadas que desatan las viudas y la poesía bufonesca de los testamentos, la ansiedad infantil que genera la pedida de caridad, la inventiva familiar o barrial para ir armando los monigotes que serán inmolados, el panorama citadino lleno de viejos, que nos llevan a acordarnos por qué y por quién el año debe morir. Mientras se rememoran, los recuerdos se apiñan con el fondo de tono naranja que cobra el horizonte de cada ciudad a la medianoche. La hecatombe es una pira gigantesca que consume no solo a los viejos y a la historia grande o pequeña que los monigotes evocan a nivel nacional o local, sino también a una parte de nosotros mismos, que se hace, literalmente, cenizas. 

El fuego de la quema del Año Nuevo es un elemento que marca. El calor se lo lleva prendido en la piel. El resplandor queda grabado en la retina, junto a los abrazos de tantas personas, que están o que no. El Ecuador, en la transición entre el año que muere y el que empieza, es un incendio necesario cuya piromanía nos renueva a los ecuatorianos, en un ejercicio de purificación social. Es de las pocas cosas que hacemos todos, sin distinción de edad, sexo, nivel socieconómico, región ni creencia. Nos sentimos uno solo, como si esta costumbre nos devolviese un atisbo de esperanza que empieza por la alegría de los abrazos sinceros que compartimos con el resto de la familia o del barrio.

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El ejercicio de explicar y traducir esa experiencia a otros que no la han vivido se vuelve imposible en la práctica. Pero es muy oportuno para construir la nostalgia feliz personal. Esa es la gracia de las costumbres: cobran sentido en un contexto y un momento muy particulares. Pero por el efecto de la repetición y el significado personal o social, adquieren un valor distinto. El fin de año es, para la humanidad, un momento de transición que nos lleva a reflexionar, a evaluar lo hecho, a pensar en el futuro y a hacernos promesas. El fin de año, para los ecuatorianos, es todo eso en el marco de una serie de costumbres comunitarias o familiares que le dan un sabor inolvidable, intraducible e inmaterial. 

A propósito de las iniciativas que buscan rescatar el patrimonio material e inmaterial del país, las costumbres de fin de año serían un excelente objeto de estudio y recuperación patrimonial. Si bien hay iniciativas muy puntuales en algunas provincias, hay costumbres —como los años viejos de aserrín— y personajes —como las viudas— que parecerían estar en extinción. La Nochevieja podría ser un excelente imán para el turismo, sobre todo si el reconocimiento patrimonial tomase una forma institucional y facilitara el financiamiento para conectarlo con otras estrategias turísticas. Si hay algo que nos une y  de lo que estamos orgullosos los ecuatorianos es de nuestra manera de despedir el año. Es, sin duda, una hermosa fiesta de fuego: un recuerdo que quema por dentro y, por fuera, lo ilumina todo.

Bajada

¿Puede una expresión japonesa explicar lo que sentimos los ecuatorianos al quemar un Año Viejo?

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