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Foto de Hernán Piñera bajo licencia CC  by 2.0. Sin cambios.

En los últimos años, América Latina muestra una creciente fatiga con la ola de gobiernos progresistas. No tanto con sus políticas, sino con una forma de hacer política. El triunfo de Mauricio Macri parece confirmar el cambio de dirección del péndulo latinoamericano. Sin embargo, no queda claro si estos cambios serán en mejoras de la calidad institucional, menos discrecionalidad, mayor diálogo político —tal como la sociedad demanda— o solamente una vuelta a políticas neoliberales

Como aprendimos en la escuela, los procesos de transformación sociopolítica en América Latina tienden a moverse en olas. Así sucedió con las revoluciones independentistas, las repúblicas conservadoras, los golpes militares, la vuelta a la democracia, y —más recientemente— el movimiento hacia la nueva izquierda inaugurada por Hugo Chávez en 1999. En éstos últimos años, con el magro desempeño electoral de Dilma en Brasil, la pérdida de las principales ciudades por el MAS en Bolivia, y las movilizaciones sociales en Venezuela y en Ecuador una nueva ola se avizoraba. Con la elección presidencial en Argentina, el casi seguro tropiezo de Maduro en las legislativas de este mes y el aviso de Correa de no ir por la reelección en el 2017, se confirma que el péndulo ya cambió de dirección hacia gobiernos y políticas de corte ideológico más conservador. 

Quiero aportar algunos elementos a este debate a partir de una encuesta online a 1.094 activista de todo el hemisferio y grupos focales con partidos políticos y líderes sociales en Honduras, Ecuador y Brasil. Ambos trabajos fueron realizados durante el mes de octubre de 2015. 

Lo primero es la confirmación de la sensación de crisis que existe en casi todos los países. Sorprende como —aún en un contexto generalizado de estancamiento económico y de violencia— lo que más se acentúa es la crisis política. El principal problema que surge es la corrupción, aún en países flagelados por el narcotráfico y la violencia, y donde la desigualdad económica es la más alta del mundo. Y, cuando se indaga a qué se debe, el primer puesto se lo lleva la distancia entre representantes y representados.

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En los grupos focales cuando se les preguntó sobre la política de su país y el desempeño de la democracia las respuestas fueron “nefasto”, “este es un modelo acabado”, “la democracia no da respuestas”. No sorprende que en el centro de la tormenta se encuentran los partidos políticos. Las protestas masivas a lo largo de todo el continente, y una muy baja legitimidad de los Presidentes, tanto en países gobernados por la izquierda como por la derecha, son síntomas de este fenómeno. “Como no hay nadie preso, salimos a las calles” decía un hondureño. Hasta aquí no hay sorpresas y confirma la recesión democrática de la que el académico Larry Diamond nos alerta, y que tanto el establishment intelectual y mediático de la región repiten constantemente.

El segundo punto, y esto no emerge muy a menudo en los análisis que leemos por ahí, es que al consultarles en comparación al pasado, las miradas sobre el desempeño de la democracia son más positivas. En la encuesta sobre la comparación con el funcionamiento de la democracia una década atrás, los participantes tuvieron una respuesta más matizada (un fifty-fifty), y en el caso de los países del Cono Sur el 73% respondió que la democracia ha avanzado, algunos señalando algunos retrocesos. La democracia salió mucho mejor que en América del Norte. En la región hay una mayor madurez democrática y ahora aún más sectores conservadores disputan los espacios públicos organizando marchas u optan por crear partidos políticos (el PRO en Argentina, el Partido NOVO en Brasil, CREO en Ecuador o el Partido Anti Corrupción de Honduras), en vez de golpear las puertas de los cuarteles como se hacía en otras épocas. 

En los grupos focales surgieron aún más claramente estos avances: “las mujeres tienen otro rol en política”, “se han dado avances institucionales, está la consulta popular”, “hay mayor inclusión de actores, paridad de géneros y agendas sociales”. 

 

Esto es una manifestación de expectativas insatisfechas y muchas promesas incumplidas por parte de gobiernos progresistas:

—“hicieron un poder ciudadano que al final está controlado por su partido” (Ecuador). Lo que hay de fondo es que estamos frente a transformaciones sociopolíticas profundas que la política no ha logrado leer. Por un lado, tenemos a 70 millones de personas que son una nueva clase media, un 33% de la población es joven y nativa democrática, y estamos experimentando una triple revolución tecnológica (Internet-celular-redes sociales) que todavía no terminamos de comprender. 

Estos factores nutren la emergencia de un animal político diferente. Al analizar las protestas que se han proliferado por toda la región, y también a los emergentes políticos, se ve claramente una textura y formas de hacer y entender la política que contrasta con la política institucional que tenemos. En los grupos focales de líderes sociales y en los de partidos políticos se puso en evidencia estos mundos crecientemente disociados: una mirada participativa de la democracia vs una representativa, una construcción en red vs mi grupo de militancia, relaciones de poder horizontales vs jerarquía, una experimentación vs procedimientos. Son cambios, muchas veces incipientes, pero profundos. 

El tercer punto al que me quiero referir es sobre el ya trillado baño de humildad. Las quejas de Yasunidos, #YaMeCansé, #PasseLivre, las Antorchas son rebeliones contra la concentración del poder, la discrecionalidad, la corrupción, el neo-extractivismo, entre otros, son acumulaciones de frustraciones con gobiernos que iban a cambiar lo que no cambiaron. El corazón de estas demandas es contra una forma de hacer política. Un activista capturó el espíritu de época: “yo estoy de acuerdo con la Ley de Herencias de Correa, pero jamás la apoyaré porque se hizo a puertas cerradas y lo hace justo ahora que le falta plata”. Es decir, la principal demanda no es con las políticas, sino con la política

Para peor, la reacción de los oficialismos, o como los llama Salvador Schavelson los sectores “gobernistas”, ha sido antagonizando frente a estos reclamos. Lo escuché aún a Marco Aurelio García, genial intelectual del PT, diciendo que eran unos “desagradecidos”, y al propio gobierno actuando con represión u organizando marchas paralelas. Los Yasunidos han sido acusados de enemigos de la patria y también hemos subestimado a los que se quejan de las cadenas nacionales y de las discrecionalidades del reparto de los recursos del Estado. El mensaje se leyó incorrectamente, y el baño de humildad no es para dirigentes específicos, sino a prácticas del poder. Hoy los ciudadanos entienden de matices, articulan agendas complejas y plurales, y quieren participar más que votar cada dos años dando un cheque en blanco. 

El último punto, pero quizás el más importante, es sobre lo que se viene. Estamos en un estado de confusión que se debe a la creciente desconexión entre emergentes sociales en transformación y un sistema político con poca porosidad para dar respuestas. En esta confusión es que los intereses concentrados y el establishment mediático logran imponer la agenda que tiene un relato alternativo de la república, que se contrapone a estos populismos como gusta estigmatizarlos. Una fanática de Von Hayek como Gloria Álvarez circula por la región cual estrella de rock. Muchos piensan y votan en esta dirección con la mejor de las intenciones, pensando en la necesidad de alternancia, de desconcentrar el poder, y de tener contrapesos institucionales. 

Sin embargo, en la encuesta que llevé a cabo y los grupos focales (aclaro que en una mayoría son opositores) alertan que frente a la crisis política los que ganan al final son los poderes fácticos. Como señaló un brasileño “nos mostraron una ficción de que es un movimiento de masa, la verdad es que hay otros intereses por detrás”. Al consultarlos sobre los obstáculos de la democracia, surgió espontáneamente las menciones a los grupos concentrados, los bancos y elites como los actores con la capacidad de incidir en las tomas de decisiones. 

Es decir, frente a una política debilitada y desprestigiada, en gran medida por fallas propias, emergen actores políticos que buscan de políticas diferentes, con un discurso de cambio de política. Cuando uno mira a Salvador Nasrallah de Honduras, Alejandro Maldonado en Guatemala, el banquero Guillermo Lasso en Ecuador, Aecio Neves en Brasil y Mauricio Macri en Argentina: ¿representan un cambio de política o de políticas?

Todo indica que no falta mucho para que lo averigüemos. 

Bajada

¿El regreso de la derecha regional al poder es un cambio de política o de políticas?