En The Sense of an Ending, Julian Barnes hace decir a uno de sus personajes que aquello que acabas recordando no es siempre lo que has atestiguado. Así, creo, es como el presente se vuelve memoria, de manera imperfecta y acomodado a los achaques del tiempo, a la demanda del momento, a las miserias exhibidas y las glorias por exhibir.

También dice esto:

Creo que todos —de una u otra manera— nos rompemos. ¿Cómo podría ser de otra manera, si no vivimos en un mundo de parientes, hermanos, vecinos, compañeros perfectos? Y luego está la pregunta de la que tanto dependerá, que es cómo reaccionaremos ante esas roturas —si las admitiremos o las reprimiremos— y cómo afectarán nuestra manera de relacionarnos con los demás. Algunos las admiten e intentan mitigarlas; otros se pasan la vida tratando de ayudar a otros que están rotos; y están aquellos que intentan no romperse más, a cualquier costo. Y esos son los despiadados, y de los que hay que cuidarse. 

Nos hemos roto demasiado, Argentina. Tiempo de echar el carromato a reparación.

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En la mayor parte de las ocasiones, no hay nada como un fin de ciclo. Duelen ciertas cosas, pero, al cabo, quien supera el cachetazo respira mejor. El aire fresco revive —y pongamos que, por principio, llamamos aire fresco a la alternancia. Viene bien, hace bien. Se aprende de los tortazos y de ver al otro donde antes estuvo la cara propia.

Yo no sé qué será del futuro, pues quien dice anticiparlo o es un nigromante o es un farsante. Pero si sé que el pasado está bien como lo que es: una postal que acomodamos, más o menos, a la necesidad del presente. Con el pasado no hay mucho más que hacer que tenerlo como referencia; vivir encerrado en él es siniestro, de enfermos y suicidas. El futuro tiene todo de promisorio. Para empezar, a diferencia del pasado, hay que hacerlo.

Argentina precisa de gobiernos capaces de gestionar la cosa pública para las mayorías y las minorías. El kirchnerismo, que sólo conoce la acción política como gerente del poder, se convenció de que era vocero de los excluidos y, en esa ilusión, excluyó al resto. Paga las consecuencias de la ceguera del patán. Estaría bueno, para su propia supervivencia, que desensille. En la oposición se verá realmente el rulo completo de su ADN democrático. Ese mejunje que fue tiene la chance de repensar qué quiere ser: una oposición democrática, inteligente y moderna o la clásica máquina de impedir que ha sido el peronismo fuera del poder.

El kirchnerismo construyó una política de nosotros o ellos, quemó todos los puentes de consenso posibles y batió el parche del todo o nada. Les ganaron, tal vez porque antes perdieron consigo mismos. La arrogancia nunca es buena consejera. La creencia de que una vanguardia esclarecida está llamada a liderar a las masas es la confirmación de que se opera más por actos de fe que como un actor político racional. Aceptar el culto al personalismo confirma que se ha decidido echar el cerebro al tacho de las basuras para seguir como zombie el dedo rector del líder.

Esperemos que Macri haya comprendido esa suerte. Si los votantes han elegido tan poco (y tanto) como un discurso de proximidad que habla de calma y unidad, es porque todas las demás discusiones han quedado hundidas en y por la ciénaga de la palabra oficial, un relato con parrafadas de grandilocuencia vacía en las que el líder —o la líder— eran la síntesis de la sabiduría humana.

Las sociedades, y esta elección validó la idea, no abrazan fidelidades permanentes. Las personas votan en base a su necesidad y conveniencia, cada vez menos alineados a alguna disciplina militante u orgánica. Macri no es un fenómeno de generación espontánea: es la catálisis de búsquedas precedentes fallidas de numerosos grupos sociales —y, a la luz de los resultados, crecientes grupos sociales—por una alternativa al discurso único kirchnerista. El oficialismo se equivocaría si creyera que ganó la derecha: les ganó un candidato de centroderecha que reunió votos de todo el espectro. Les ganó el cansancio, el hartazgo, la reiteración, la televisión clavada en una película ya vista. Macri resultó el hombre más potable para articular el voto que desplazaría, más que a un gobierno, a una parroquia familiar, una iglesia donde El Padre, La Madre y El Hijo eran dueños de La Palabra.

Ahora a Macri le tocará demostrar que puede llevar adelante la confianza de los electores. Tiene la oportunidad de construir un proyecto de centro derecha equilibrado moderno, único: una rareza en Argentina. Su gobierno no tendrá un cheque en blanco y eso es magnífico. La sociedad esperará reacciones pendulares (en el respeto a las instituciones, por ejemplo) pero también medidas cautelosas, sopesando riesgos, sobre todo en economía. El abanico de posibilidades para Macri parece desplegado con el menemismo en un extremo y el kirchnerismo en el otro, por lo que tiene margen de maniobra para el pragmatismo. Lo mínimo que podemos esperar del nuevo Presidente es que no repita los vicios de unos y otros; lo mínimo que podemos esperar es que entienda, si es una opción moderna de poder, que hay demandas sociales innegables que requieren una gestión cada vez más institucionalizada y menos clientelista, y que el Estado no es propiedad de ningún otro grupo más que de la ciudadanía.

Yo suelo ser bastante optimista —I know, parece que no, pero trust me on this— y creo que las experiencias del kirchnerismo, como antes la del menemismo o la de la Alianza y la del viejo Alfonsín, nos permiten ir ajustando la mira. Todas proveen —o debieran proveer— aprendizajes de lo que sí y lo que no. No quiero creer que sólo reaccionamos a movimientos tectónicos sino que, en cada proyecto político, aprendemos qué debemos asumir y qué desechar para el futuro. No quiero creer que elegimos y elegiremos vivir divididos. No quiero perder amigos por la estúpida letra muerta de un dogma: quiero discutir con mis amigos en función de las necesidades actuales y futuras; reescribir el libreto, no abrazar su ortodoxia.

Por lo pronto, supongo, no es viable una dirigencia que crea que ganar una elección es un mandato divino para refundar la nación. Tampoco es viable un país sin políticas de Estado —esto es clave: sostenibles y a largo plazo—, sin una asignación racional del gasto y control del uso de los recursos. Ni es viable una república sin independencia de poderes. O un gobierno sin balances institucionales. Y definitivamente no es viable una sociedad en oposición permanente, chiquilina, conspiranoica. No pertenezco ni a uno ni a otros —y muchos saben cómo quiero que se acaben los bandos— porque sé que, cuando se dan esas instancias, perdemos todos.

Menos argentinidad al palo, tal vez; un poco de equilibrio, razón, mesura. Inteligencia.
Me estoy poniendo viejo, me cansa la mamarrachada. Quiero que, como dice Barnes, reparemos lo roto. Que aquello de lo que sido testigo pierda peso en el recuerdo, porque el futuro —el presente en el que viviremos— será mejor.

Gracias por su tiempo, presidenta CFK.

Bienvenido, presidente Mauricio Macri.